Libro I – Capítulo 1: prólogo

Traducido por:

Publicado el:

Estado de Edición:

Editado

Editor/es responsable/s:

16 minutos
📝 Tamaño de fuente:

La zona que rodea la calle Nanping Norte de la Ciudad Yan, en el distrito del Mercado de las Flores, era como un demonio con media cara maquillada. 

La amplia y recta carretera de doble sentido dividía en dos todo el Distrito del Mercado de las Flores. El Distrito Este era uno de los centros comerciales más concurridos de la ciudad, mientras que el Distrito Oeste era un viejo barrio olvidado, lugar de reunión de los pobres de la ciudad.

Tras varios años de subastas sucesivas de propiedades del Distrito Este a precios altísimos por magnates inmobiliarios, el barrio viejo, muy necesito de transformación, había alcanzado cierta gloria reflejada. El coste de pagar y realojar a los residentes había subido con la marea, espantando a un puñado de promotores y erigiendo una barrera de capital entre los estrechos y empobrecidos callejones.

Los vecinos que vivían en casas destartaladas soñaban todo el día con utilizar docenas de metros cuadrados deteriorados para hacerse ricos de la noche a la mañana. Ya les embargaba el sentimiento de superioridad de la idea de que “Mi casa derribada cuesta millones”. 

Por supuesto, estos millonarios de los barrios pobres aún tenían que ponerse los zapatos y hacer cola todos los días para vaciar los orinales. 

Todavía hacía frío en esta noche de principios de verano. El calor veraniego que se había acumulado durante el día se iba rápidamente. Los carritos de barbacoa que ocupaban ilegalmente las calles recogieron sus pertenencias y se marcharon uno tras otro; los habitantes que disfrutaban del aire fresco también se fueron pronto a casa; de vez en cuando, una vieja farola parpadeaba inestablemente, muy probablemente porque los alquileres cercanos, abarrotados ilegalmente, estaban desviando la electricidad del suministro eléctrico.

Mientras tanto, a una calle de distancia, en el centro comercial, la vida nocturna apenas empezaba— 

Al caer la tarde, en una cafetería del distrito Este, una camarera que acababa de atender a un montón de clientes tuvo la oportunidad de respirar profundamente. Sin embargo, antes de que pudiera recuperar su sonrisa, la campanilla que colgaba de la puerta de cristal sonó de nuevo.

La camarera tuvo que volver a esbozar su sonrisa practicada. “Bienvenido”. 

“Un latte descafeinado de vainilla, por favor.”

El cliente era un joven alto y delgado, con el pelo casi hasta los hombros. Portaba un atuendo formal y solemne, llevando unas gafas con montura metálica. Las finas monturas se asentaban sobre el puente alto y recto de su nariz. Cuando bajó la vista para sacar la cartera, el pelo le cayó hacia adelante por encima de la barbilla cubriendo casi la mitad de la cara. Con la luz, el puente de la nariz y los labios parecían estar cubiertos con una capa de esmalte pálido. Parecía frío e inaccesible. 

Todo el mundo aprecia la belleza, la camarera no pudo evitar mirarle varias veces. Entabló una conversación, intentando adivinar las preferencias del cliente. “¿Quiere vainilla no azucarada en esto?” 

“No. Con extra de sirope, por favor”. El cliente le dio algo de cambio y levantó la vista. Los ojos de la camarera se cruzaron con los de él.

Debió ser por cortesía que el cliente le sonreía. Detrás de los lentes, sus ojos se curvaron ligeramente, una expresión cálida y algo sugerente rompió de golpe su anterior muestra de solemne cortesía. 

La camarera se dio cuenta de que, aunque el cliente era guapo, no era un tipo de guapo normal y digno. En sus ojos había una pizca de coquetería propia de un melocotonero en flor. Su rostro se calentó de manera inexplicable y rápidamente evitó la mirada del cliente, bajando la vista para registrar su pedido. 

Por suerte, en ese momento llegó el repartidor de la cafetería. La camarera se apresuró a ponerse manos a la obra. Llamó en voz alta al repartidor que estaba detrás del mostrador para que verificará el contenido del pedido.

El repartidor era un tipo joven, de unos veinte años, rebosante de jovialidad. Entró a la cafetería con la luz dorada del atardecer. Su piel era morena. Sonrió, revelando una boca llena de pequeños dientes blancos, y saludó alegremente a la camarera. “¡Hola, guapa! Hoy pareces feliz. ¿El negocio va bien?”.

La camarera se limitaba a cobrar su sueldo mensual sin prestar atención a cómo iba el negocio de la cafetería. Al oír este halago fuera de lugar, agitó su mano, sin saber si reír o llorar. “No pasa nada. Ponte a trabajar ahora. Cuando salgas te serviré un vaso de agua helada”. 

El joven repartidor lanzó un grito de alegría y se secó el sudor de la frente. En la esquina de la frente tenía una pequeña cicatriz en forma de luna creciente, como un Justo Bao torcido.

En el tiempo que la camarera tardó en hacer el pedido del cliente, el repartidor había limpiado su registro de un plumazo y se acercaba a informar. Se apoyó en el mostrador a la espera de agua y preguntó charlando: “Guapa-jiejie, ¿Sabes en qué edificio está la Mansión Chengguang?”.

“¿Mansión Chengguang?” A la camarera le resultó familiar, pero no lo recordaba bien, así que negó con la cabeza. “No estoy segura. ¿Por qué?”.

“Oh…” El joven repartidor bajó la mirada y se agarró la nuca. “Por nada. He oído que buscan repartidores”. 

La camarera no estaba prestando mucha atención por lo que no se dio cuenta de sus gestos inseguros. Poniendo una tapa en el vaso de papel, dijo despreocupadamente: “Puedo preguntar por usted. Señor, su bebida. Tenga cuidado, está caliente”.

El cliente que compró el café no tenía nada que hacer. Miró al joven repartidor y le dedicó unas palabras ociosamente. “La Mansión Chengguang no está en un edificio comercial, es un club privado en la parte de atrás. ¿Qué, siguen buscando repartidores? ¿Por qué no le llevo allí?”. 

La camarera por fin se dió cuenta de que algo no iba bien y miró dubitativa al joven repartidor. “¿Un club privado?”.

El joven repartidor vio que su mentira había quedado al descubierto, puso mala cara y, cogiendo su vaso de agua helada y el desprendible de envío, salió corriendo en un parpadeo. 

Detrás del corazón luminoso del centro comercial del Distrito Este, había una gran franja de vegetación y paisaje artificial. Tenían que construir sus residencias aquí, porque la ‘soledad’ en sí no costaba dinero; lo que costaba dinero era ‘encontrar paz en un entorno ruidoso’. 

Desde el perímetro del paisaje se extendían en abanico todo tipo de lujosos terrenos de diferentes estilos. El ‘estilo’ era el eje: los más caros estaban más adentro y los más baratos más cerca de la calle.

Entre ellos, el mejor terreno, el más caro y el más ‘elegante’ era la mansión Chengguang. 

El propietario de este lugar no solo era rico; en cuanto a pretensiones culturales, sus logros eran profundos. El pequeño patio había sido renovado al estilo de los tiempos antiguos. A simple vista, parecía un lugar cultural e histórico protegido. No hacía mucho que lo habían terminado y, para presumir de ello, el propietario había invitado a un grupo de amigos ricos y distinguidos a echar un vistazo. Algunos venían a socializar, otros a hablar de negocios y otros simplemente a apoyar a su círculo. No eran pocos los que habían olfateado el acontecimiento y habían venido a unirse a la diversión, planeando utilizar sus caras y cuerpo como entradas. El aparcamiento estaba lleno de coches de lujo de todo tipo y se había montado una escena festiva propia de Vanity Fair. 

Cuando Fei Du se acercó, ya se había terminado su dulce y empalagosa taza de café. Oyó a lo lejos música y voces en el patio. Tiró el vaso de papel a una papelera que había junto al camino, y luego oyó que alguien cercano daba un silbido desafinado. “¡Presidente Fei, por aquí!”.

Fei Du giró la cabeza. No muy lejos de él, vio a un grupo de personas, todos niños ricos ociosos. A la cabeza de ellos había un joven muy modesto, vestido con andrajos. Era uno de los amigos de copas de Fei Du, Zhang Donglai. 

Fei Du se acercó. “¿Te burlas de mí?”. 

“¿Quién se atrevería a burlarse de ti?” Zhang Donglai pasó un brazo alrededor de los hombros de Fei Du. “Vi que tu coche estaba aquí. Te he estado esperando, ¿Qué estabas haciendo? ¿Y qué demonios llevas puesto? ¿Acabas de firmar un acuerdo comercial bilateral con el presidente de Estados Unidos?”. 

Fei Du ni siquiera lo miró. “Vete a la mierda”. 

Zhang Donglai, en consecuencia, cerró la boca durante un minuto, llevando su resistencia al límite. “De ninguna manera, esta mirada tuya es demasiado desaliñada. Es como si trajeras al padre de alguien. ¿Cómo voy a conquistar a las chicas?”. 

Los pasos de Fei Du se detuvieron brevemente. Estiró un dedo, se quitó las gafas y las colgó casualmente en el cuello de Zhang Donglai. Luego se quitó la chaqueta, se remangó la camisa y empezó a desabrocharse los botones. 

Se desabrocho cuatro botones, dejando al descubierto gran parte de un tatuaje indistinto que tenía en el pecho, luego se alborotó el pelo. Agarró la mano de Zhang Donglai, le quitó tres grandes anillos tan toscos como dedales y se los puso en su mano. “¿Servirá esto, hijo?”. 

Zhang Donglai se consideraba una persona mundana, pero aún así estaba deslumbrado por esta impresionante transformación.

Fei Du era el líder de su grupo de niños ricos, porque los demás tenían a sus padres asomados sobre ellos y siguen siendo ‘príncipes herederos’. Mientras tanto, el joven maestro Fei había perdido a su madre a una edad temprana, y en cuanto alcanzó la mayoría de edad, su padre había tenido un accidente automovilístico y había sufrido muerte cerebral. Ahora, había ‘ascendido al trono’ antes de lo previsto, lo que le situaba un grado por encima de los demás. 

Tenía dinero y nadie que se ocupara de él, así que se había convertido de forma natural en un avión de combate entre la multitud de hijos de ricos. — Afortunadamente no tenía la afición de hacer el papel de ‘genio comercial’. Normalmente hacia las cosas según las reglas, sin salirse de su camino para hacer inversiones descabelladas. Simplemente se ceñía a la palabra ‘despilfarro’ y malgastaba su fortuna, aunque era una fortuna que no podía derrocharse en poco tiempo.

Aunque últimamente parecía haber comido algo raro. Hacía tiempo que no salía a hacer el tonto. Parecía que quisiera ‘lavarse las manos en una palangana de oro’.

Fei Du se metió las manos en los bolsillos y se adelantó unos pasos. “En realidad, hoy sólo estoy aquí como espectador. Me iré a medianoche”.

“Maestro Fei”, dijo Zhang Donglai, “eso es de debiles”.

Cuando un grupo de niños ricos se reúne, ¿es irse antes de la segunda mitad de la noche diferente de no haber venido en absoluto?

Fei Du no podía negarlo. 

Zhang Donglai preguntó: “¿Por qué?”.

“Estoy persiguiendo solemne y seriamente una esposa”, dijo Fei Du despreocupadamente. “¿Es adecuado jugar mientras persigo? No demuestra calidad”.

Zhang Donglai miró su camisa y el pelo largo ondeando en el viento de la noche. Aparte de la  despreocupación, realmente no podía pensar que otra cualidad podría tener Fei Du. Rápidamente fue tras él y le dijo: “Estás loco. Ignorar todo el frondoso bosque para ir tras un viejo y pobre…”. 

De repente, Fei Du giró la cabeza y miró friamente a Zhang Donglai.

Había algo peculiarmente contradictorio en su actitud. Sonriendo, estaba lleno de coquetería, pero tan pronto como su rostro se volvía serio, ese sentimiento agudo y solemne se apoderaba de él. Su mirada era casi amenazadora.

La voz de Zhang Donglai se detuvo. Se quedó con la mirada perdida y no terminó la frase. Levantó una mano y se dio una bofetada en la cara. “Bah, me equivoqué. Otro día me disculparé con mi cuñada, cara a cara”.

El término ‘cuñada’ pareció tranquilizar de algún modo a Fei Du. Las comisuras de su boca, que se habían tensado, se suavizaron, y agitó la mano, como si arrancara ‘magnánimamente’ la página de lo que acababa de suceder.

Zhang Donglai puso los ojos en blanco. Sentía que Su Majestad había sido desconcertado por una hermosa concubina y que el futuro de la nación estaba en peligro.

Fei Du adecuó la acción a la palabra. En cuanto llegó la medianoche, como Cenicienta al oír sonar el reloj, abandonó rápidamente el lugar.

Atravesó toda una multitud de fantasmas y demonios, esquivó a un imbécil que levantaba una copa de champán para brindar por él y se adentro en el bosque en busca de Zhang Donglai.

Zhang Donglai estaba discutiendo sobre asuntos armoniosos de la vida con una hermosa joven. Su discusión estaba en pleno apogeo, como si no hubiera nadie más alrededor.

El imbécil borracho dijo: “Lo tienes todo ahora que tu padre ha muerto. Maestro Fei, realmente eres el ganador de la vida”.

“Gracias, mi padre aún no ha muerto”. Fei Du asintió educadamente y miró a Zhang Donglai: “¿Ocupado?”.

Zhang Donglai era un zoquete podrido y desvergonzado. Silbó a Fei Du. ‘Maestro Fei, ¿Juntos?”.

“No.” Los pasos de Fei Du no se detuvieron. “Si ves mi físico tan sensual, no serás capaz de controlarte y te irás antes de tiempo. Sería muy humillante si se supiera, ¿verdad, preciosa? Me voy”.

Entonces, sin prestar atención a los gritos de Zhang Donglai, se marchó rápidamente por el camino de grava. Sus pasos eran firmes, nada propios de alguien que había estado bebiendo media noche.

Cuando llegó al aparcamiento, ya se había vuelto a abrochar la camisa. Llamó a un conductor sustituto y se apoyó en un gran árbol para esperar. 

El comienzo del verano en Ciudad Yan siempre estaba impregnado del aroma de las flores del árbol de los eruditos. A menudo brotaba de una esquina, casi imposible de distinguir. El tubo de escape de un coche podía enmascararlo, pero si se dejaba acumular, volvía a surgir por sí solo.

La música lejana procedente de la mansión Chengguang se mezclaba con risas estridentes y bullicio. Fei Du entrecerró los ojos y se volvió para mirar. Vio a un grupo de jóvenes jugando con unos cuantos ‘veteranos de carne fresca’ panzones y calvos. 

Aunque se trataba del distrito Este de Nanping, a esas horas la mayoría de las tiendas ya habían cerrado la persiana. Los verdaderos caballeros y los hipócritas se habían retirado en su mayoría antes de medianoche tras intercambiar tarjetas de visita para ampliar sus contactos sociales. Los que quedaban sabían tácitamente que iban a participar en la parte de ‘lagos de vino y bosques de carne’ de la velada.

Fei Du arrancó una pequeña flor blanca del árbol, sopló el polvo en él, la metió en su boca y la masticó lentamente. De puro aburrimiento, abrió sus contactos. Su dedo se detuvo un rato sobre el nombre ‘Oficial Tao’. Entonces se dio cuenta de que era muy tarde y desistió. 

Se quedó en silencio. Con el dulce sabor de la flor del árbol de los eruditos en la boca, empezó a silbar, y el silbido se fue convirtiendo poco a poco en una melodía. 

Diez minutos más tarde, llegó el conductor y condujo con cautela el pequeño deportivo con garras y colmillos del joven maestro Fei por la carretera de Nanping.

Fei Du se recostó en el asiento del copiloto, descansando los ojos. Una aplicación de su teléfono reproducía un audiolibro. La voz límpida de un hombre leía en un tempo uniforme: “...‘’Tengo enemigos secretos’, respondió Julien.’…”.

El conductor sustituto era un estudiante universitario que trabajaba a tiempo parcial. Detestaba el mundo y sus costumbres. Pensaba que si Fei Du no era un niño rico libertino, entonces era un personaje de Serie D que se había hecho una cirugía plástica. Al oír estas palabras, no pudo evitar mirar a Fei Du con cierto asombro. 

Justo entonces, un coche apareció por delante con las luces de distancia encendidas, casi cegando al conductor. Maldijo en silencio: “Loco”, y giró automáticamente el volante hacia otro lado, viendo como el coche encendía sus ‘reflectores’ y pasaba rozando tan veloz como el viento y tan rápido como un relámpago.

Los ojos del conductor seguían un poco deslumbrados. No podía ver que tipo de coche era, así  que no pudo elegir una crítica adecuada entre ‘te crees tan grande porque eres rico’ y ‘si no tienes dinero para permitirte un coche mejor, no deberías conducir’. Se sintió bastante decepcionado. Entonces oyó el golpe de algo que se caía y se volvió para mirar. Resulta que el teléfono que su jefe llevaba en la mano se había resbalado y caído.

La grabación continuaba: “…’¿Pero es menos hermoso el camino porque hay espinas en los arbustos que lo bordean? Los viajeros siguen su camino, y dejan que las malvadas espinas esperen en vano dónde están’…”

Fei Du estaba dormido, muerto para el mundo. Así que había estado utilizando la grabación como cura para el insomnio.

El conductor apartó la mirada, inexpresivo.

Tsk, así que no era más que un bueno para nada. Dorado por fuera, pero inútil por dentro.

Mientras el joven conductor se dejaba llevar por sus fantasías, condujo con paso firme por la recta carretera de Nanping, mientras el coche que acababa de deslumbrar sus ojos apagaba las luces tras su paso, giraba sin hacer ruido y se adentraba con familiar facilidad en el silencioso distrito Oeste.

Cerca de la una de la madrugada, una farola que había parpadeado media noche, sucumbió por fin de muerte natural. Un gato callejero que patrullaba sus dominios saltó encima de un muro.

Aulló de repente, erizando todo el pelaje de su cuerpo.

La débil luz de la luna cayó sobre el suelo, iluminando el rostro de un hombre. Estaba tirado en el suelo. Tenía la cara tan hinchada de sangre congestionada que era casi imposible distinguir su aspecto original. Solo se veía una pequeña cicatriz en forma de luna creciente en la esquina de la frente. Pegado a su frente había un trozo de papel blanco rasgado, como un talismán para evitar que un cadáver caminara.

Estaba muerto

El erizado gato callejero se sobresaltó tanto que puso una pata mal y se resbaló por lo alto del muro. Rodó y huyó sin mirar atrás.


Subscribe

Notify of

guest





0 Comentarios


Inline Feedbacks
View all comments

Donar con Paypal

🌸 El contenido de Pabellón Literario está protegido para cuidar el trabajo de nuestras traductoras. ¡Gracias por tu comprensión! 💖

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x