Capítulo 7 – Julien VI

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“¡Subcapitán Tao!”

 

Tao Ran se giró y vio a la prodigiosa ‘gota de agua’ de la suboficina. Xiao Haiyang el de las gafas pequeñas, lanzándose hacia él.

 

Las gafas de Xiao Haiyang se habían roto ayer, y aún no se había tomado la molestia de cambiarlas por unas nuevas: le colgaban torcidas sobre las mejillas. Estaba de pie, sin aliento, frente a Tao Ran, con una expresión inusualmente grave mientras respiraba hondo varias veces. A Tao Ran le dolía un poco el pecho con sólo mirarle.

 

El rostro de Xiao Haiyang estaba tan tenso como si acabaran de hacerle un estiramiento facial. Se limpió las palmas sudorosas en los pantalones y se subió las gafas, que estaban en sus últimas. Entonces, pudo aclararse la garganta y sacar un bloc de notas del bolsillo. “Subcapitán Tao, hay algo que quiero informarle”.

 

Tao Ran esperó con buen humor a que recuperara el aliento. “No te precipites. Cualquier cosa que tengas que decir…, tómate tu tiempo”.

 

“Es así: ayer, mientras hacíamos averiguaciones en el Distrito Oeste, descubrí que la situación de las viviendas allí es muy compleja, muy variable y estacional. Es normal que los inquilinos se muden cuando cambian de trabajo. En cuanto a esos alquileres abarrotados ilegales, en realidad son más bien albergues deteriorados de larga estancia. Por eso, las relaciones entre la gente no son muy estrechas, salvo las personas que son del mismo lugar que se cuidan entre sí. Ayer mis colegas trabajaron todo el día sin conseguir mucha información útil”.

 

Tao Ran hizo un gesto de ánimo. “De acuerdo”.

 

“Pero entre las personas que vivían con He Zhongyi, había uno de la misma provincia que él, llamado…”. Xiao Haiyang hojeó su libro de notas. “…llamado Zhao Yulong. Se llevaba bien con la víctima. Al parecer, He Zhongyi consiguió el trabajo de entrega por su contacto. Ma Xiaowei dijo que había tenido que volver a casa para ocuparse de algo estos últimos días”.

 

Tao Ran levantó las cejas sorprendido. Acababa de pensar en ponerse en contacto con esa persona.

 

“Ayer por la tarde encontré a la persona encargada del suministro de la cadena de cafeterías y conseguí la información de contacto de Zhao Yulong”, dijo Xiao Haiyang. “Cuando se enteró de la noticia, accedió anoche a tomar el último autobús de larga distancia de vuelta a la Ciudad Yan. Quedé en verle hoy”.

 

Tao Ran lo miró pensativo. “Creía que la investigación de la suboficina se centraba en Ma Xiaowei”.

 

El rostro de Xiao Haiyang se tensó aún más. Inconscientemente tiró del dobladillo de su camisa. “Yo… he estado pensando que hay algo raro con ese misterioso individuo que le dio el teléfono a la víctima. Ahora que han identificado a Ma Xiaowei como el asesino, todavía hay muchos puntos dudosos… Lo hablé con nuestro capitán… me dijo que no fuera tan listillo y dejara de buscarme problemas.”

 

En este punto, el rostro de Tao Ran se había puesto serio, desapareciendo su cálida sonrisa. “¿A qué hora han quedado?”.

 

“Hm”, dijo Xiao Haiyang, mirando su reloj, “si el autobús de larga distancia no se retrasa, dentro de una hora”.

 

Tao Ran tomó una rápida decisión. “Vamos, voy contigo.”

 

Mientras los humildes policías criminales golpeaban la acera con el sol dándoles de lleno, el maestro Fei estaba reclinado en un mullido sillón giratorio de su despacho.

 

Tenía la frente apoyada en un dedo. Sobre el escritorio, a su lado, había un ordenador portátil en cuya pantalla aparecía el breve y poco memorable relato de la vida de He Zhongyi. Fei Du encontró un número de teléfono en su agenda e hizo una llamada.

 

“Hola, Chang-xiong, soy yo”. Fei Du escuchó a la persona al otro lado decir algo, luego bajó la mirada y se rio. “Cierto, es un poco embarazoso. En realidad, hay algo para lo que me gustaría pedirte ayuda”.

 

Menos de media hora después, Fei Du consiguió con éxito lo que había querido: las imágenes de todas las cámaras de vigilancia alrededor de la mansión Chengguang la noche que había abierto sus puertas.

 

Durante el descanso del mediodía, Fei Du calentó un tarro de leche dulce en el microondas del salón de té, halagó disimuladamente la figura de una secretaria y le aconsejo que comiera bien y dejara de hacer dieta, y luego se encerró en su despacho. Se puso los auriculares, con la canción que había puesto anteriormente en el coche, y sacó una hoja de papel A4.

 

Con una serie de marcas abstractas que sólo él entendía, esbozó un sencillo mapa topográfico. Jugueteo con el bolígrafo, reflexiono un momento y luego dibujó unos círculos. Escribió ‘20:00–21:30”; luego, la punta de su bolígrafo se detuvo y cambió ‘20:00’ por ‘20:30’.

 

Fei Du seleccionó unos cuantos archivos de vigilancia de entre un gran montón, los abrió todos juntos, eligió el segmento de las ocho y media a las nueve y media, y los vio en avance rápido.

 

En la pantalla, varias imágenes se reproducian rápidamente al mismo tiempo. Se reclinó tranquilamente en la silla y todo el vigor de su cuerpo pareció concentrarse en sus ojos mientras miraba inmovil la pantalla.

 

Mientras tanto, con su maletín bajo el brazo y sus llamativas gafas de sol, Luo Wenzhou paseaba por un callejón con mucho tráfico del Distrito del Mercado de las Flores. De vez en cuando estiraba el brazo hacia los taxis que pasaban por la calle; por desgracia, ninguno de los que pasaban a alta velocidad estaba libre. Al ver esto, el producto especial del Distrito del Mercado de las flores — Una cadena de taxis negros sin licencia — le extendió invitaciones.

 

“¿Necesitas que te lleve, guapo?”

 

“¿A dónde vas?”

 

“¡Es barato y más rápido que un taxi!”

 

Luo Wenzhou inspeccionó críticamente las filas de taxis negros y finalmente se detuvo frente a un joven con un corte de pelo estilo militar.

 

El joven estaba muy alerta. Enseguida le abrió cortésmente la puerta del coche. “Suba, por favor. ¿A dónde se dirige?”

 

Luo Wenzhou no contestó. Se subió.

 

El joven encendió el aire acondicionado y se alejó de la fila de coches. “¿Todavía no has dicho dónde quieres ir, guapo?”

 

“Sigue conduciendo hacia adelante, ¿vale?”. Luo Wenzhou se quitó las gafas de sol. Su aguda mirada se cruzó con la del conductor en el espejo retrovisor, y éste se quedó helado, sintiendo un malestar inexplicable.

 

“Tengo aquí un informe anónimo”. Cuando habían recorrido cierta distancia, Luo Wenzhou abrió sin prisa su maletín, sacó un documento fotocopiado y lo ojeó. La expresión del conductor cambió de inmediato; casi chocó contra el coche de al lado, recibiendo un largo toque de claxon. Luo Wenzhou no se inmutó. “No soy de su suboficina. No te asustes, sigue conduciendo. Tengo algunas cosas que preguntarte”.

 

Tao Ran y Xiao Haiyang se reunieron con éxito con el compañero de provincia de He Zhongyi, Zhao Yulong. Los tres fueron juntos a una pequeña tienda de fideos.

 

Zhao Yulong era de mediana edad. Llevaba muchos años ganándose la vida a duras penas en Ciudad Yan. Aunque su posición seguía siendo insegura, era mucho más respetable que los jóvenes que iban de un lado a otro sin descanso. El rostro del hombre tenía el aspecto cansado de alguien que ha viajado diez horas o más en un autobús de larga distancia. Parpadeó con fuerza varias veces,y las generosas bolsas bajo sus ojos temblaban. “Nunca esperé que le pasara algo. – Oficiales, ¿les parece bien que fume?”.

 

Nadie en la pequeña tienda de fideos hacía cumplir las normas antitabaco; el local estaba lleno de hombres dando caladas. Zhao Yulong dio dos grandes caladas y se frotó la cara. “Zhongyi era un niño bien educado. Mucha gente que no tiene nada mejor que hacer va a los billares o a los salones de juego, pero él nunca lo hizo. Era constante, iba a trabajar y ahorraba dinero; decía que quería enviarlo a casa para pagar el tratamiento médico de su madre. No saqueaba ni jugaba. Desde luego, no causaba problemas. ¿Cómo pudo pasarle esto? Pregúntame lo que quieras. Mientras sepa la respuesta, no me lo guardaré”.

 

Tao Ran había estado examinando a Zhang Yulong. Se dio cuenta de que, mientras sujetaba los palillos con la mano derecha al comer, sujetaba el cigarrillo con la izquierda y mantenía la taza de té a ese lado también, lo cual era algo habitual: en el pasado, los padres se preocupaban de que su hijo ‘peleará’ al comer en la mesa y ‘corregían’ a la fuerza a un zurdo.

 

Tao Ran sacó de su bolso una fotografía de los zapatos que llevaba la víctima. “Me gustaría preguntarle, si me lo permite, si le prestó estos zapatos a He Zhongyi”.

 

Zhao Yulong echó un vistazo. Los bordes de sus ojos casi enrojecieron. Asintió débilmente. “Son míos, él… ¿pasó usando estos zapatos?”

 

“Sí. Estos zapatos son cruciales”, dijo Tao Ran. “¿Sabrías por qué quería que se los prestaras?”.

 

Zhao Yulong parecía un poco perdido. Pensó y luego dijo: “Dijo que iba a un lugar bastante lujoso a encontrarse con alguien, un lugar llamado… llamado algo Guang… Casa Chengguang, ¿o era Villa?”.

 

Xiao Haiyang se incorporó bruscamente. “¡Mansión Chengguang!”

 

“Eso es”, dijo Zhao Yulong, “ese era el nombre”.

 

“¿Para reunirse con quién? ¿Cuándo?”

 

Zhao Yulong sacudió la cabeza. “No me lo dijo. Le pregunté, pero ese niño tenía ideas muy elevadas, y podía mantener la boca cerrada.”

 

Xiao Haiyang siguió rápidamente: “Señor Zhao, He Zhongyi tenía un móvil nuevo, ¿no?”.

 

“Sí, lo tenía”, dijo Zhao Yulong, “el blanco, ¿verdad? Nunca se atrevía a usarlo. Siempre llevaba el viejo que había tenido antes. A veces sacaba el nuevo para mirarlo, aunque antes le ponía mucha cinta protectora”.

 

“¿Sabes quién le dio ese teléfono?”, preguntó Xiao Haiyang.

 

Zhao Yulong frunció el ceño lentamente.

 

“¿Qué pasa?”, preguntó Tao Ran.


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