- El testamento del Conde Lutgart
Una débil lluvia caía el día del funeral.
—Hubiera sido un gran problema si se hubiera acumulado agua en el hoyo previamente cavado—. Pensó Theodore Lutgart mientras escuchaba al sacerdote recitar una oración solemne. De repente, levantó la mirada.
Fue porque pequeños susurros flotaban aquí y allá como polvo rozando sus oídos.
—No lo puedo creer. Esa mujer incluso vino al funeral.
—Si pensara en el bienestar del Maestro Theodore no se hubiera presentado.
—Es una mancha en la Familia Lutgart.
—Es la hija adoptiva del difunto Conde, a quien amaba tanto que no le importaba sacarse los ojos si por ella se tratara. Es justo que asista a su funeral.
—Qué tontería. Considerando que la Condesa murió por culpa de esa mujer y su madre, desde la perspectiva del Maestro Theodore, ni siquiera despedazarla hasta la muerte sería suficiente.
—Desde la perspectiva del Señor Pavel, también es así. Por muy adorable que fuera su hija ilegítima, debido a eso, terminó distanciado para siempre de su único heredero. ¿Crees que podrá descansar en paz con eso?
Las acusaciones y burlas continuaron, pero no había forma de saber qué expresión tenía en el rostro Olivia Pheril, ya que estaba oculto detrás de su velo negro mientras ella permanecía de pie en un rincón de la capilla, con una postura solemne.
Quizás estaba triste. Probablemente más que todos.
Así lo creía Theodore. Su padre amaba a Olivia y Olivia amaba a su padre. El difunto Conde parecía más el padre de Olivia que el suyo.
—Tal vez él está encantado con la situación.
Y los dolientes también lo sabían.
—No ha pasado mucho tiempo desde que el Maestro Theodore se peleó con su padre. Ha estado fuera de su ciudad natal durante 10 años. Y por lo que he oído, ni siquiera intercambiaban cartas.
—¿Ni siquiera estuvo en su lecho de muerte?
—Decir eso es demasiado. Lo más triste es que el Maestro Theodore no pudo llegar antes de que muriera su padre.
—¡Pobre Conde!
—Honestamente, eso fue su culpa. Estaba tan obsesionado con su amante y su hija ilegítima que llevó a su esposa a la muerte, por lo que era natural que su hijo lo odie.
La mayoría de personas susurrando habían llegado desde lejos para dar el pésame a la familia o eran familiares directos. Los vasallos que llevaban mucho tiempo sirviendo al Conde tenían expresiones incómodas en sus rostros, pero no dijeron nada.
Era bien sabido en la Familia Lutgart que el difunto Conde Pavel se había enamorado de una mujer de apellido Pheril y había descuidado a su esposa. La Condesa descubrió la existencia de esa mujer y Olivia durante su segundo embarazo y, tras un gran shock, sufrió un aborto espontáneo. A pesar de que su matrimonio con Pavel había sido puramente por conveniencia, desafortunadamente, ella lo amaba.
Y murió poco después. Gracias a eso, todo el mundo murmuraba que el Conde había asesinado a su esposa.
El Conde Pavel era un señor virtuoso, pero ese incidente arruinó por completo su reputación.
Perder su honor también lo condujo a pérdidas reales. La familia materna de la Condesa, los Condes Knox y sus parientes, rompieron todos los lazos de cooperación con el Condado Lutgart y Pavel perdió su posición en la corte. Esto incluso redujo la credibilidad de los próximos condes de Lutgart.
Los familiares exigieron que Pheril fuera expulsada y que pidiera disculpas a los Condes Knox. Sin embargo, aunque Pavel se disculpó con el Conde Knox, no expulsó a Pheril, ni se volvió a casar.
“¿Creen que los votos se pueden romper tan fácilmente? La Señorita Pheril seguirá contando con mi lealtad y protección.”
Aunque le aconsejaron que se volviera a casar con una mujer de buena familia, Pavel no lo hizo. Todos se rieron de las palabras del Conde sobre la lealtad, ya que estaba claro que lo hacía por su amante.
Desde el principio, no estaba claro si Pheril era digna de ser llamada Señorita. Nadie sabía quiénes eran sus padres ni de qué familia provenía. A juzgar por su porte y modales, parecía haber recibido una educación aristocrática, pero una mujer verdaderamente educada no actuaría como la amante de otra persona.
Cuando Pheril murió, los parientes de sangre de Lutgart se sintieron aliviados. Y pensaron que Pavel entraría en razón y se casaría nuevamente con una mujer noble con verdadera dignidad y clase.
Sin embargo, Pavel nunca se volvió a casar, y después de que su único hijo, Theodore, abandonara el hogar, vivió únicamente con la hija de Pheril, Olivia.
Al final, incluso en su funeral, donde todos deberían mostrar respeto, solo hubieron chismes.
Pero Theodore dejó pasar tales palabras.
Lo que la gente decía a veces era cierto y a veces era falso. Y justo ahora, era cierto que odiaba y despreciaba a su padre, y aún ahora no se sentía particularmente triste por su muerte.
Pero era un poco diferente de lo que pensaban. Hubo momentos en que estuvo resentido con su padre durante su apasionada infancia, pero su corazón se ha enfriado y ya no sentía emociones negativas. Su padre era una persona normal y corriente, con unos cuantos defectos importantes y unas cuantas virtudes destacables.
Cada vez que pensaba en esas cosas, Theodore se daba cuenta de que incluso el odio era otra forma de afecto.
—Theo.
Su primo segundo, Andrei Knox, que estaba a su lado, lo llamó en voz baja y Theodore movió ligeramente la cabeza para indicar que estaba bien.
Había regresado para cumplir con sus responsabilidades como hijo mayor de Lutgart, y continuaría haciéndolo. No había razón para que otros sentimientos interfirieran con él.
—Ilumina el camino de aquellos que se van.
La oración del sacerdote terminó. El órgano comenzó a tocar una marcha fúnebre.
Theodore fue el primero en dar un paso adelante y, siguiendo las formalidades, colocó flores en el ataúd de su padre. Después, se hizo a un lado para observar a todos los demás colocando sus flores y expresó su gratitud a los dolientes.
La ofrenda floral comenzó con los familiares más cercanos y continuó en orden de cercanía. Sin embargo, hasta que los visitantes que nunca habían conocido personalmente al Conde llegaron a ofrecer sus flores, Olivia se quedó quieta en un rincón apartado.
Sólo cuando finalmente no quedó nadie, Theodore la miró. Pensó que tal vez estaba tan triste que ni siquiera podía moverse.
—¿Termino la ceremonia ahora?
El sacerdote le preguntó en voz baja. Theodore esperó un momento sin asentir.
Finalmente, Olivia se movió. Fue la última después del último grupo.
Pavel Lutgart ya estaba enterrado en el ataúd entre todo tipo de flores. Olivia colocó suavemente, en un rincón, la flor blanca que sostenía en sus manos. Como si fuera un pecado que sus flores fueran colocadas en el ataúd de Pavel.
Theodore observó la escena en silencio. La expresión detrás del velo aún era desconocida, pero a juzgar por sus gestos tranquilos, no parecía estar llorando.
Le hizo un gesto con la cabeza al sacerdote, indicándole que era hora de terminar. Cuando el sacerdote dio la señal de cerrar el ataúd, dos diáconos cerraron la tapa con cuidado.
Varias personas no pudieron soportarlo más y estallaron en sollozos. Theodore volvió a mirar a Olivia, pero ella todavía estaba de pie en silencio.
El sacerdote tocó la campana y comenzó a caminar hacia adelante. A continuación llegó el féretro, seguido por el coro y el diácono portando el incensario.
El lugar de Theodore estaba justo detrás del incensario. Le siguió su tío Dennis, apoyando a su llorosa tía Daria. Los que siguieron hasta el cementerio formaron una larga fila en el orden en que depositaron las flores.
«¿Olivia volverá a seguirnos esta vez? ¿O regresará primero para evitar la mirada de la gente?»
Por un momento, esos pensamientos estuvieron en su mente y luego Theodore pensó: “¿Qué pasará si hace eso?” Pavel habría hecho planes para ella, así que no había necesidad de preocuparse.
Por su futuro, por su dolor.
***
Fue esa misma noche cuando los herederos de la familia del Conde Lutgart se reunieron en el estudio.
Fue algo extraordinario. Dado que el funeral se celebró ese día, sería correcto pasar al menos esa noche de luto, y luego empezar a hablar de la herencia unos días después, o incluso si fuera urgente, mañana por la noche.
Pero los familiares del Conde Lutgart no tenían intención de esperar.
—Es algo que hay que hacer de todos modos, así que ¿por qué perder el tiempo?
Esas fueron las palabras del hermano menor de Pavel, Dennis. Sus murmuradas racionalizaciones resonaron en el silencioso estudio. Se había cargado de deudas que nunca podría pagar debido a su extravagancia y a sus inversiones fallidas.
Nadie respondió. El estudio estaba tranquilo, pero extrañamente caótico, como la calma antes de la tormenta. Parecía como si una gran pelea estuviera a punto de estallar.
«Esto no es extraño.»
El ejecutor testamentario, el Marqués Ascencio, entrecerró los ojos y escudriñó la sala. Los pecados de Pavel eran profundos.

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