Capítulo 12: Xiaoyu, ven aquí

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El médico que vende licor como negocio principal, trata las enfermedades como si estuviera fermentando alcohol.

Después de manipular torpemente las heridas de ambos, los colocaron en una cama de bambú y los “cocinaron” como en una sauna.

Bajo la cama de bambú ardía licor, y sobre ella se “cocían” personas.

Ji Tingyu despertó varias veces. De no haber sido por los trozos de carne seca colgados en el patio, habría sospechado que el médico planeaba convertirlos en un plato de “gato borracho” y “lobo ebrio” para acompañar el alcohol.

Pasó dos días entre delirios y fiebre antes de recuperarse por completo. Cada vez que despertaba, intentaba moverse, pero no podía: He Zhuo lo agarraba de la mano, sin soltarla jamás, como si temiera que escapara.

El médico le explicó que He Zhuo estaba mucho más grave que él. De no haber sido por el sorbo de sangre de venado que lo mantuvo con vida, ya habría muerto.

No había recobrado el conocimiento en todos esos días, pero su mano seguía aferrada a la de Ji Tingyu. El médico intentó separarlos para cambiarlos de cama, pero no logró abrirle el puño.

“Es un hombre confiable. Tu pareja es increíble” dijo el médico, bebiendo directamente de la botella y guiñándole un ojo a Ji Tingyu.

Tenía una barba espesa y desaliñada, y el alcohol que bebía goteaba sobre ella.

Ji Tingyu se sorprendió. “No es mi pareja.”

El barbudo pareció aún más confundido. “¿No? Entonces, ¿qué eres para él? No viste su expresión cuando intenté separarlos. Parecía que le estaba arrancando el corazón.”

Ji Tingyu parpadeó y bajó la mirada hacia esa mano grande y herida que lo sujetaba con fuerza. Uñas rotas, huesos de los dedos agrietados, innumerables heridas rojas y profundas…

De pronto, sintió un dolor indescriptible.

Como si su corazón se hubiera convertido en un trozo de tela vieja y delgada, deshilachada, y alguien tirara de ese hilo, arrastrando la carne más blanda de su interior.

Faltó tan poco…

Tal vez unas horas, unos minutos más, y no habrían vuelto a abrir los ojos. Se habrían quedado para siempre en aquella cueva de viento retorcida, congelados en un bloque de hielo, abrazados.

Y esa aventura, que duró desde el atardecer hasta el amanecer, habría sido enterrada junto a ellos en una de las cien mil montañas nevadas de Niwell.

Nadie más habría sabido lo que aquel lobo, al que nunca antes había visto, hizo por él.

Aunque eres un pervertido, siempre atesoraré tus sentimientos, Damon.

Apretó la mano de He Zhuo y la llevó a su pecho.

He Zhuo despertó al tercer día. Ji Tingyu acababa de despertar de una siesta cuando lo vio volver la cabeza para mirarlo.

“¿Por fin despiertas?”

“Mmm.”

“¿Te duele algo?”

“No.”

He Zhuo no apartaba los ojos de él. Levantó una mano, como si quisiera tocarle la oreja, pero tembló sin atreverse.

“Tus orejas… ¿están bien? Antes de desmayarme, vi que sangraban mucho…”

El corazón de Ji Tingyu se encogió.

“Era tu sangre, Damon.”

“Tus manos sangraban, pero tenías miedo de que me durmiera, así que no dejabas de acariciarme la cara.”

He Zhuo parpadeó, confundido, y miró sus manos. Tras un momento de desconcierto, de pronto se incorporó y lo atrajo contra su pecho.

“Menos mal que estás bien…”

Suspiro con los ojos cerrados, y el aire caliente que exhaló cayó sobre el cuello de Ji Tingyu como lava ardiente.

Sus cuerpos, cocidos por el licor, estaban empapados en sudor. Cada contacto los hacía pegarse, como si acabaran de pasar una noche de pasión. Pero Ji Tingyu no se resistió. Solo sintió paz.

El médico entró justo cuando estaban abrazados.

“¡Dios mío! ¡Estás despierto! Nada de abrazos, Damon. Necesitas que te cambien las vendas.”

Ji Tingyu emitió un sonido de asentimiento e intentó separarse, pero He Zhuo no lo soltó. Al contrario, apretó más su brazo alrededor de su cintura y enterró el rostro en su cuello, frotándose con ansia.

“Ya basta… ¡Ni siquiera he aceptado nada todavía!” Ji Tingyu echó la cabeza hacia atrás para evitarlo, pero He Zhuo aprovechó para acercarse más, sus labios ardientes rozándole la nuez “Pero quiero besarte… ¿Qué hago?”

“¡¿Qué demonios?! ¡Hay gente aquí! “Las mejillas de Ji Tingyu ardieron.

“Si no hubiera nadie, ¿me darías un adelanto?”

“¡Te daré un adelanto de golpes!”

El barbudo y Sangbu tosieron, riendo con complicidad.

“Bueno, Damon, sabemos que tu gatito es muy abrazable, pero no lo aprietes tanto. Tus heridas están sangrando.”

Finalmente, He Zhuo lo soltó. La ropa de Ji Tingyu estaba desordenada, sus mejillas rojas, y saltó de la cama para escapar.

“Que te hagan un chequeo” lo atrapó He Zhuo.

“Ya me han revisado mil veces…”

“Una más. Quiero verlo.”

Sabiendo que era genuina preocupación, Ji Tingyu no tuvo más remedio que quedarse, sentándose en su propia cama mientras lo observaban.

El médico le cambió las vendas, y Sangbu avivó el fuego bajo la cama de bambú, haciendo que el vapor del licor subiera con más fuerza.

He Zhuo se incorporó, apoyándose en la cama con las manos detrás de la espalda. Una manta delgada le cubría la cintura, y su torso musculoso parecía una cadena montañosa perfectamente esculpida.

El sudor provocado por el licor resbalaba por sus clavículas, recorriendo los músculos del pecho marcados por pequeñas heridas, hasta llegar al abdomen, donde dos heridas frescas sangraban.

Cualquiera de ellas, desplazada medio centímetro, lo habría matado.

Ji Tingyu apartó la mirada, incapaz de soportar la vista.

He Zhuo golpeó suavemente la cama a su lado.

“Ven aquí.”

A regañadientes, obedeció, inclinándose.

He Zhuo le tomó la nuca y lo acercó hasta que sus frentes se tocaron.

“Estoy bien. Todo pasó. No pongas esa cara.”

“Lo sé…” Ji Tingyu respiró hondo y se levantó.

Al otro lado, el médico lo miraba con picardía y dijo en alemán:

“¿No es tu pareja?”

Ji Tingyu se rascó la cabeza, avergonzado.

“¿Qué dijo?” preguntó He Zhuo.

“Que eres un idiota.”

“Así que no negaste que soy tu novio, ¿no?”

“¡¿Si lo entendiste, para qué preguntas?!”

Los resultados del chequeo de Ji Tingyu fueron positivos.

Sus orejas estaban bien, las quemaduras en las piernas no eran graves, y lo peor era el dedo meñique de la mano derecha, que tenía una fractura por contusión.

El médico le aplicó ungüento y lo entablilló con dos pequeñas tablillas.

Ambos se recuperaron rápidamente.

En tres o cuatro días, He Zhuo ya podía levantarse, y Ji Tingyu volvió a ser un gatito saltarín, aunque su mano aún le molestaba. Al usar los palillos, tenía que levantar el meñique con elegancia, lo que resultaba curiosamente coqueto.

El médico no tenía muchos pasatiempos, pero le encantaba beber, especialmente con ellos, y más con He Zhuo.

Porque era un buen bebedor: no fanfarroneaba ni se volvía molesto. Solo se quedaba mirando a Ji Tingyu sin parar, hasta incomodar a todos.

Una vez, la mirada fue tan intensa que el médico, borracho, se acercó y dijo:

“¡Damon, NO! ¡Sé que quieres hacerlo, pero ahora no! ¡Xiao Yu sigue enfermo, lo romperás!”

Ji Tingyu casi escupe la comida y amenazó con cortarle la barba con tijeras, haciendo que el médico huyera por el patio.

He Zhuo los observó a distancia, bebiendo tres tazas de té frío sin inmutarse.

Pero no era su culpa.

Al principio, He Zhuo acompañaba al médico a beber, pero cuando supo que el licor estaba macerado con cuerno de ciervo, dejó de probarlo.

Era demasiado estimulante.

Las noches que lo bebía, tenía que salir a “resolver” el problema.

Al principio, pensó que era por estar cerca de Ji Tingyu, por su aroma, pero luego entendió que era el licor. Un virgen reprimido por dos vidas no podía soportar ese tipo de “suplemento”.

Pero incluso después de dejar el alcohol, el efecto persistía.

Ji Tingyu compartía cama y manta con él, y ningún movimiento escapaba a sus agudos oídos felinos.

Las primeras veces, fingía dormir cuando He Zhuo se levantaba.

Luego, le pareció ridículo: en las montañas, los criminales no lograron matarlo, pero ahora un licor medicinal lo tenía al borde de la “muerte por exceso”.

“Esto es una píldora mágica. Si el médico hubiera vendido este licor antes, ya sería rico” comentó en voz alta cuando He Zhuo salió por segunda vez esa noche.

En la oscuridad, la figura que se iba se detuvo y lo miró fijamente, sin decir nada durante un largo rato.

Ji Tingyu sintió un escalofrío y se arrimó hacia adentro, pero He Zhuo se giró de golpe y lo cubrió con su cuerpo.

“Si sigues burlándote, te haré ayudarme a sacarlo.”

Su cuerpo ardía como una bestia en celo.

Ji Tingyu sintió que su corazón se saltaba un latido y, tras unos segundos de silencio, tartamudeó:

“Y-yo no puedo ayudarte… Mi mano está rota.”

“Si la mano no sirve, hay otras partes.”

El pulgar de He Zhuo deslizó hasta sus labios.

¿En serio?

Ji Tingyu estaba atónito. En el amor, era un completo inexperto, un ingenuo.

Pero no podía rendirse.

“Adelante, si te atreves, te lo muerdo.”

¿Qué tal eso? ¡A ver si sigues el juego!

Pero He Zhuo se acercó a su cuello y susurró con voz fría:

“Si lo tienes en la boca, morderme será un placer.”

“¡Lárgate!” Ji Tingyu puso cara de derrota.

¡Maldición! ¡Otra vez perdí!

He Zhuo se rio y, al levantarse, le dio un suave golpe a su orejita peluda.

“Abusas de que no me atrevo a tocarte.”

Cuando He Zhuo regresó, ya amanecía, y Ji Tingyu, envuelto en las cobijas, maldecía para que se le pudriera la mano.

Pero al día siguiente, las tornas cambiaron.

En el almuerzo, entre platos de carne y encurtidos, había un pequeño plato de rábanos blancos que parecían dulces y crujientes.

A Ji Tingyu no le gustaba la carne, así que se sirvió varios trozos de rábano. Pero cuanto más comía, más calor sentía, como si su garganta ardiera. Mientras bebía agua, preguntó:

“¿Por qué hasta el encurtido sabe a alcohol?”

“Porque está marinado en licor.”

“¿Qué licor?” Ji Tingyu sintió que algo andaba mal.

El médico iba a decir “licor de pene de toro”, pero antes de hablar, se rio sin control. Los otros tres también se rieron, mirando su nariz.

Ji Tingyu se tocó la cara y vio sangre.

“¿En serio…?”

No pudo escapar…

Mientras se burlaba de He Zhuo por no aguantar, ahora descubría que él era aún más sensible.

Antes del anochecer, ya sentía sequedad y calor. Para cuando llegó la hora de dormir, su cuerpo era un horno, empapando las sábanas de sudor. Hubiera querido correr desnudo en la nieve.

Para colmo, He Zhuo, que normalmente dormía temprano, hoy se quedó leyendo sin intención de acostarse.

“¿Por qué no duermes?”

“Te espero.”

“¿Para qué?” preguntó con ojos como platos.

“Para apagar la luz cuando te duermas” respondió He Zhuo sin mirarlo.

“…”

Ji Tingyu acumuló un enojo felino.

“Apágala ahora.”

¡Me dormiré ahora mismo, profundamente!

He Zhuo lo miró, guardó el libro y estiró el brazo para apagar la luz.

La habitación quedó a oscuras.

En la quietud de la noche, cada respiración era audible.

No sabía si era por el tiempo sin alivio, pero Ji Tingyu no lograba concentrarse. Se movía inquieto, evitando hacer ruido.

“¿Cuánto más vas a tardar?”

Una voz ronca y somnolienta surgió de pronto, y un brazo lo rodeó por detrás.

He Zhuo parecía aún dormido, pero su aliento caliente en su nuca le erizó la piel y aceleró su corazón.

Ji Tingyu sintió que su alma se desvanecía del susto.

“Aléjate… Das demasiado calor.”

“¿Seguro que soy yo, o eres tú el que arde?” murmuró He Zhuo contra su cuello.

“V-voy a salir un momento” dijo, tratando de escapar.

Pero el brazo alrededor de su cintura apretó con fuerza.

“Afuera nieva. ¿A dónde irás?”

Ji Tingyu, exasperado, lo golpeó con el codo.

“¡¿Y tú qué finges?! ¡Como si no hubieras salido antes!”

He Zhuo abrió los ojos, y sus miradas se encontraron en la oscuridad. Ji Tingyu sintió que su sangre hervía.

“No salgas. Si te resfrías de nuevo, la fiebre volverá” dijo con voz fría, arrastrándolo de vuelta.

Como dos cucharas, se acurrucaron. He Zhuo, mucho más grande, lo envolvió por completo. Su mano cálida se posó en su vientre, como una fuente de alivio.

“Si te da vergüenza que te vean, yo te cubro.”

Su mano subió más.

¡Eres tú quien no quiero que me vea, pervertido!

“Entonces… cúbrete los ojos” susurró Ji Tingyu.

“¿Seguro? Sin vista, el oído se agudiza. Soy un lobo; oiré hasta tu respiración más leve.”

Ji Tingyu, con el rostro pálido pero el cuerpo ardiendo, enterró la cara en la almohada.

El pecho de He Zhuo contra su espalda, su aliento en su cuello… Todo lo hacía temblar.

“En una noche nevada y cálida como esta, ¿sabes qué es lo mejor?”

“…remojar los pies” respondió Ji Tingyu, mordiendo su labio.

“Equivocado” susurró He Zhuo, acercándose a su oreja “Lo mejor es… susurrar al oído.”

Su voz baja y peligrosa erizó la piel de Ji Tingyu.

“Si te da vergüenza, te cubro los ojos.”

Una mano fresca lo cegó.

Como había dicho He Zhuo, sin vista, todo se intensificaba.

Ji Tingyu sintió esa mano larga y fresca, recordando cómo había apagado su cigarrillo con dedos elegantes.

Quiero más de ese frescor…

“Xiao Yu, ¿estás fantaseando con mi mano?”

La voz fría lo paralizó.

Porque, en ese instante, llegó al clímax, emitiendo un sonido…

Dios, ¿qué hice?

Quedó inmóvil, deseando que He Zhuo dijera algo, lo que fuera, para romper el silencio.

Pero He Zhuo no habló.

En el mismo momento, se apartó, salió de la cama y encendió la luz.

La habitación se iluminó. Ji Tingyu cerró los ojos, sus orejas felinas cayendo tímidamente.

¿Está enojado?… ¿Porque pensé en su mano así?

Se sintió ridículo.

Sin saber que, al otro lado de la pared, en el baño, He Zhuo se sumergió en agua fría, con los puños apretados y los músculos tensos.

Quería volver a la habitación y reclamar a Ji Tingyu por completo.

En ese momento, unos golpes suaves en la puerta.

Un par de orejas felinas asomaron.

“¿Qué quieres?” preguntó He Zhuo, con la voz cargada de tormenta.

“El médico dijo que… el agua fría es mala para ti…”

“Xiao Yu, ven aquí.”


Nota del autor:

Gatito: ¡¿Qué?! ¡¿No te enojaste conmigo?!

Lobo: Ven primero.

Gatito: ¡No! ¡Si voy, me atraparás!

Lobo: Si no vienes, también lo haré.

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