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SUN WENQU CASI PODÍA adivinar cómo se desarrollaría esta conversación.
Un padre de familia decepcionado porque el hijo no cumplió con sus expectativas, mirando con desprecio condescendiente al vástago indigno que terminó siendo nada más que un jarrón decorativo, frívolo y superficial. La familia invirtió tanto esfuerzo en criarlo, pero el niño resultó ser un inútil que no podía entender el arduo trabajo de ser padre y que, además, lo único que tenía en la cabeza era andar con hombres…
Con muchos hombres.
No es como si Sun Wenqu no supiera qué tipo de persona era él mismo. Y aunque había algunos puntos en las acusaciones de su padre con las que no estaba de acuerdo ni satisfecho, tampoco podía defenderse, porque hacerlo también era considerado desobediencia. Sin embargo, tenía que aceptar que había partes que no podía negar.
Es solo que nunca bajó la cabeza para admitirlo. Primero, porque le parecía inútil; segundo, porque si lo hacía, solo haría que su padre pensara que debía someterse aún más.
Por supuesto que saldría a colación el asunto de su gusto por los hombres, pero según las experiencias pasadas, generalmente se trataba de un tema secundario que se introducía más adelante en la conversación, como una herramienta auxiliar usada para resaltar el hecho de que era un fracaso y que su familia siempre debía estar preocupándose por él. Sin embargo, Sun Wenqu nunca hubiera imaginado que su padre abriría esta conversación —ultimátum— con una frase así.
Y, además, lo dijo de una manera que no terminaba de entender.
¿Noviecito?
¿A pasear a las montañas?
—¿Qué quieres decir? —Sun Wenqu frunció el ceño mirando a su padre.
—Parece que aún tienes la habilidad de hacerte el tonto —dijo su padre con una risa fría.
Sun Wenqu no respondió. En este período de tiempo, el único viaje relacionado con las montañas que había hecho fue a la Cresta del Cuervo. Si su padre estaba hablando de esa salida, entonces, con noviecito se refería a… ¿Fang Chi?
¡Mierda!
Ese no era su noviecito, ¡era su joven esclavo, o más bien el hijo que dejaron en su puerta!
Pero, incluso si era su noviecito, ¿cómo lo supo su padre?
—Era un viaje con amigos, éramos más de veinte personas, Liang-zi, Bowen, Luo Peng… —Sun Wenqu se detuvo a mitad de sus palabras y sonrió—. ¿Te lo dijo Li Bowen?
—Quién me lo dijo no te incumbe —respondió su padre, manteniéndose firme—. Si todavía quieres depender de tu familia, tendrás que deshacerte cuanto antes de todos esos desastres. ¡Ponte serio! ¡Todo lo que sabes hacer es comer, beber y perder el tiempo! Desde que eras pequeño, yo te he dicho…
—¿Li Bowen te dijo que estaba corriendo por las montañas con mi noviecito? —insistió Sun Wenqu, interrumpiendo las palabras de su padre.
—¡Todavía estoy hablando! —Los ojos de su padre brillaron de ira y su mano golpeó la mesa a su lado—. ¡¿Es tu turno de abrir la boca?! Y hasta tienes el valor de preguntar sin ninguna vergüenza sobre esa asquerosa afición tuya que tu familia ni siquiera soporta mencionar.
Sun Wenqu no volvió a hablar.
—Te lo voy a dejar claro. —Su padre lo señaló con el dedo—. ¡No podrías vivir ni un día sin mí siendo como eres! ¡Si no te comportas con seriedad esta vez, tendrás que ir a mendigar comida! ¡Tampoco cuentes más con tu madre ni tus amigos! ¡Ya he hablado con todos ellos!
Sun Wenqu miró a su padre en silencio. Tanto Sun Yao como su madre le habían dicho que regresara y hablara con su padre «como corresponde».
Hablar como corresponde.
Hablar.
Pero, viendo la situación, quedaba claro que su padre no compartía la misma idea. Desde el principio, no había tenido la intención de hablar como corresponde, como él había creído, ni de abordar el tema de forma calmada.
Hablar como corresponde… Aquello parecía más una exigencia unilateral hacia él.
—¡¿Me has entendido?! —preguntó su padre con voz severa, clavando sus ojos en él.
—Puedo… —Sun Wenqu abrió la boca, intentando contener la frustración causada tanto por ese absurdo «noviecito» como por las acusaciones implacables de su padre—. Si me esfuerzo en hacer algo serio, pero no relacionado con la cerámica, ¿estaría bien?
—¡No! ¡La familia ya ha pavimentado el camino para ti! —Su padre levantó la voz—. Solo mírate, ¿qué más podrías hacer? ¡Eres un inútil ignorante, un irresponsable sin oficio ni beneficio! Aparte de enredarte con hombres, ¿sabes hacer algo más? ¡¿Qué puedes hacer tú?!
Sun Wenqu sentía que mantenía la calma, pero, sin saber por qué, sus manos temblaban con fuerza.
Se giró y abrió la puerta.
—Entonces, me iré a mendigar.
—¡¿Qué dijiste?! —rugió su padre.
Tanto su madre como Sun Yao estaban esperando de pie en la sala de estar, mirando hacia el corredor del primer piso muy pendientes de la situación. Así que pudieron escuchar el rugido de su padre con mucha claridad.
—¡Wenqu! —Sun Yao frunció el ceño de inmediato, reprimiendo su voz—. ¡¿Qué te pasa?!
—Voy a mendigar comida —respondió Sun Wenqu, su tono no era alto, pero sí lo suficientemente claro como para que todos en casa lo escucharan—. Si algún día quiero dedicarme a la cerámica, será porque yo quiero, porque yo lo deseo, no porque alguien me fuerza.
—Ingenuo. —La voz de su padre se volvió más fría.
—Mmm. —Sun Wenqu comenzó a bajar las escaleras—. Esa es mi única virtud, y me la otorgué yo mismo.
***
Fang Chi se sentía realmente genial hoy. Cuando se duchó y se puso la ropa después del entrenamiento, todo su cuerpo se volvió ligero y sentía que estaba dando saltitos al caminar.
Puntitas, puntitas, puntitas.
Dio un par de saltos más antes de agarrar su mochila.
¡Mis garras están que arden!
—¡Señor Xiang, ya me voy! —le gritó a Chen Xiang, que estaba hablando con un aprendiz.
—Este niño… —se rio Chen Xiang—. ¿Qué tal si más tarde te invito a comer algo rico?
—No, gracias. —Fang Chi sonrió—. Esta noche tengo que estudiar.
—Vaya, vaya —comentó Chen Xiang.
De hecho, las calificaciones de Fang Chi no eran malas, siempre se había mantenido a la mitad del escuadrón, pero desde que entró en el último año de preparatoria, fue presionando por el profesor Li y logró avanzar varias posiciones en las filas. Sin embargo, su escuela, aunque era una institución centenaria, no era especialmente destacada. Con esos rankings, entrar en una buena universidad era casi imposible.
Fang Chi ya había pensado antes en presentar batalla, pero nunca luchó realmente en serio. Sin embargo, en los últimos dos días, Sun Wenqu había estado explicándole algunos problemas. Quizás antes era perezoso y no preguntaba a los profesores, pero ahora, con Sun Wenqu enseñándole, se ponía nervioso y no tenía más remedio que escuchar con atención. De pronto, sentía como si hubiera alcanzado la iluminación, y fue entonces que decidió de verdad esforzarse al máximo durante estos seis meses.
Mientras pensaba en si cocinar fideos para la noche, ni siquiera había dado dos pasos fuera del club cuando Fang Chi sintió que algo pequeño golpeaba su cara.
Se sobresaltó, miró alrededor, pero no vio nada. Se tocó la cara y no sintió nada extraño. Estaba a punto de continuar su camino cuando algo lo golpeó de nuevo.
Esta vez alcanzó a verlo con claridad: un pequeño objeto que volaba desde su derecha y, al caer al suelo, se dio cuenta de que era una bolita de papel.
—¡Mierda! —Giró la cabeza bruscamente y miró a su derecha.
Había un hombre apoyado en el poste de luz de la acera, mirándolo con una pequeña sonrisa en los labios.
—¿Qué haces aquí? —Fang Chi se sorprendió. La temperatura bajó por la tarde y Sun Wenqu seguía vistiendo la misma chaqueta informal de la mañana, con solo una camisa debajo, parado tranquilamente en el viento.
—Vamos. —Sun Wenqu se frotó las manos—. Te invitaré a comer algo.
—¿A comer qué? —Fang Chi lo miró con desconfianza—. ¿Y con qué me acabas de golpear?
—Con esto. —Sun Wenqu levantó la mano, hizo un movimiento rápido con los dedos, y otra bolita de papel le golpeó la punta de la nariz—. Envoltura de caramelo.
Fang Chi frunció el ceño y se frotó la nariz.
—Tienes buena puntería.
—Bueno, básicamente, si hablamos de apuntar y golpear en el blanco… —Sun Wenqu sonrió—. Es mi sexta habilidad pretenciosa, aparte del erhu, el Go, la caligrafía, la pintura y la cerámica.
—Esta habilidad está un poquito por debajo en comparación a las otras… —dijo Fang Chi, recordando la primera vez que fue a pedir dinero prestado y Sun Wenqu le golpeó la cara con un avión de papel.
Sun Wenqu detuvo un taxi, se subió e informó una dirección. Fang Chi escuchó que estaba cerca del vecindario donde vivía Sun Wenqu, pero no recordaba ningún restaurante que un libertino como él pudiera visitar por esa zona.
—¿Qué comeremos? —preguntó Fang Chi.
—Siomai, el siomai de Chen Ji —respondió Sun Wenqu.
—Oh. —Fang Chi asintió—. ¿La misma tienda que según tú es tan buena que le escribiste un cuadro para colgarlo en tu pared?
—Así es. —Sun Wenqu se rio.
Fang Chi pensaba que un lugar que vendiera siomai debía estar al costado de la carretera, con una fachada sencilla y mesas y sillas grasientas… Pero cuando bajaron del taxi, Sun Wenqu lo condujo por un callejón, torcieron por varias esquinas, y al salir por el otro extremo, doblaron dos veces más.
—¿Estás tratando de secuestrarme…? Creo que si me abandonas aquí, no sabría cómo volver yo solo —dijo Fang Chi—. ¿A esto llamas «Siomai de Chen Ji»? [1]
—Ha sido un secuestro todo este tiempo. —Sun Wenqu giró la cabeza y le dedicó una sonrisa traviesa—. Oye, bombón, ¿ya perdiste la virginidad? Así sé cuánto pedir por ti…
—Toda… —Fang Chi estaba tan concentrado en averiguar dónde estaba la tienda de siomai que casi le respondió «todavía no» sin pensar.
Sun Wenqu se rio a carcajadas por un buen rato, luego colocó un brazo sobre su hombro y señaló hacia adelante.
—Ya llegamos, ahí está.
Era una pequeña tienda de siomai de apenas veinte metros cuadrados. Pero aunque no parecía nada especial en apariencia, en realidad había bastante gente. La planta baja ya estaba llena, así que Sun Wenqu lo llevó al primer piso.
El primer piso era un ático con techo en punta, donde solo había dos mesas ocupadas. Encontraron una mesa vacía junto a la ventana.
—Venir a comer siomai es como una peregrinación —comentó Fang Chi mientras se sentaba.
—Es muy bueno —dijo Sun Wenqu—, te garantizo que te gustará.
El mesero subió detrás de ellos y, sin darles el menú, se apoyó en la mesa y preguntó:
—¿Qué relleno y cuántos?
—Una canasta de cada uno —respondió Sun Wenqu—. Y tráenos ese vino que prepara el dueño, el secreto de la casa.
—Está bien. —El mesero asintió, dio media vuelta y bajó las escaleras.
—Yo no beberé —susurró Fang Chi—. Todavía tengo que estudiar por la noche.
—Yo sí beberé. —Sun Wenqu sonrió.
—Entonces, ¿todavía me vas a ayudar con los ejercicios? —Fang Chi lo miró—. Si no puedes, mejor me voy a casa a estudiar por mi cuenta.
—Claro que sí. —Sun Wenqu se recostó en la silla—. No voy a beber mucho. Además, mientras no mezcle, está bien.
—Oh. —Fang Chi desvió su mirada hacia la ventana—. ¿Por qué se te ocurrió invitarme a comer siomai?
—Me preocupaba no poder invitarte en el futuro. —Sun Wenqu sonrió—. Quería comer siomai hoy, te llevaré a comer otra cosa mañana.
—¿Eh? —Fang Chi no entendió.
—Ya no preguntes. —Sun Wenqu se estiró—. La angustia, ya sabes.
Fang Chi no hizo más preguntas, pero no dejaba de pensar que hoy había algo extraño en Sun Wenqu. El mismo tipo de abatimiento que lo había envuelto ese día, cuando estaba apoyado en el capó del auto, volvía a rodearlo vagamente.
Cuando el mesero trajo los siomai, Fang Chi se sorprendió. Dos pilas, un total de ocho canastas, fueron colocadas en la pequeña mesa, bloqueando completamente la vista de la persona frente a él.
—¿Tanto? —Fang Chi miró a Sun Wenqu a través del hueco entre las dos pilas de siomai.
—Claro, hay varios tipos de masa y rellenos. —Sun Wenqu apoyó la barbilla en su mano y lo observó a través del mismo hueco—. Y todavía no han traído todo.
—¡Es imposible comer tanto!
—Un joven que ha estado entrenando todo el día seguro puede con esto —dijo Sun Wenqu con una sonrisa—. ¿No estuviste practicando resistencia por la tarde?
—¿Cómo lo sabes…? —Fang Chi se quedó perplejo.
—¿Qué podría no saber? —Sun Wenqu comenzó a repartir las canastas de siomai—. Después de todo, soy tu padre.
—¿Fuiste por la tarde? —preguntó Fang Chi.
—Hmm. —Sun Wenqu sonrió—. Estabas tan concentrado en el entrenamiento que entré y salí del club como diez veces y ni siquiera te diste cuenta.
—¿Tú… estuviste ahí toda la tarde? —Fang Chi estaba realmente sorprendido.
—Sip, desde el mediodía hasta ahora. —Sun Wenqu tomó un siomai—. Apúrate y come, si se enfrían ya no sabrán tan bien.
—Oh. —Fang Chi se metió un siomai en la boca y habló con la boca llena—: ¿No tenías algo que hacer?
—Tenía una reunión. Hablamos y ya, ni siquiera pude almorzar. —Sun Wenqu le dio un mordisco al siomai—. Ay, estaba muerto de hambre.
—¿Una reunión sin comida? —Fang Chi estaba confundido.
—Ya deja de preguntar. —Sun Wenqu frunció el ceño—. ¡Esto está buenísimo, céntrate en comer!
Fang Chi tragó el siomai. Era realmente delicioso, diferente de los que hacía en casa al vapor. Se metió otro en la boca y dijo:
—Está muy bueno.
Después de probar uno de cada tipo, no pudo evitar seguir preguntando:
—Si no comiste en la reunión, ¿por qué no fuiste a comer algo después? ¿Y por qué no regresaste a casa?
—No tenía ganas de comer. —Sun Wenqu le dio una mirada—. Tampoco quería volver a casa. Ah, ¿por qué fui al club? Porque no tenía otro lugar a dónde ir. ¿Y por qué no te saludé? Porque estabas empapado en sudor y no quería que me salpicaras. ¿Alguna otra pregunta?
—No, ya no. —Fang Chi agachó la cabeza y comenzó a comer el siomai en serio.
De hecho, Fang Chi también estaba hambriento. Después de un día de entrenamiento, solía llegar a casa y cocinarse una olla entera de fideos. Pero hoy, aunque los siomai eran pequeños —y solo cuatro por canasta—, con las ocho canastas que trajeron, la cantidad era considerable. Luchó arduamente, pero al final fue vencido.
Por el contrario, Sun Wenqu, que gritaba que se estaba muriendo de hambre, dejó sus palillos después de comer solo seis y bebió un sorbo de vino lentamente.
—¿No se supone que uno pide algún aperitivo para acompañar el vino? —preguntó Fang Chi.
—Un maestro como yo, no necesita una espada para matar. —Sun Wenqu tomó un sorbo de vino—. Y tampoco necesita aperitivos para beber.
Fang Chi no respondió, sentía que no tenía la capacidad de encontrar una forma adecuada de seguir esta conversación.
Este restaurante de siomai era realmente bueno. Lo que no se comieron, Sun Wenqu los pidió para llevar, planeando calentarlos y comerlos como refrigerio nocturno.
Al pagar, Fang Chi vio que Sun Wenqu sacó varios billetes grandes de su billetera. Sorprendido, esperó a que el mesero se fuera y preguntó:
—Oye, ¿cuánto fue?
—Veinticinco por canasta, ¿por qué?
—¡Mi-mierda! —Fang Chi se quedó boquiabierto y bajó la voz a un susurro—: ¿Veinticinco por canasta? Pero si ni sumando estos cuatro siomai son suficientes para un bocado.
—No son suficientes para un bocado y ni así te los terminaste —dijo Sun Wenqu con pereza.
—¿Ese es el punto? —Fang Chi lo miró y, tras pensarlo, frunció el ceño—. De haberlo sabido, no habría comido tanto. Solo una pulgada de siomai por poco más de seis yuanes…
Sun Wenqu se rio tanto con ese comentario que todavía estaba riendo cuando salieron del restaurante.
—Y presumías de ser un buen bebedor —suspiró Fang Chi—. Hace frío, no te rías tanto.
—Ay, Fang Xiao-Chi… —Sun Wenqu le pasó un brazo sobre los hombros y se apoyó en él—. A veces eres muy gracioso.
Fang Chi no dijo nada. Cuando Sun Wenqu se pegó a él, todo su cuerpo se puso rígido, incluso su lengua se entumeció al punto de no poder ni decir «ah». Si no fuera porque tenía miedo de que Sun Wenqu volviera a decir algo para provocarlo y burlarse de él, ya lo habría apartado de un codazo.
—Podrías intercambiar experiencias con tu tío Liang-zi —continuó Sun Wenqu mientras caminaban—. Una vez lo traje aquí y también se quejó de lo pequeños que eran los siomai. Apenas los vio, dijo: «Mierda, estos si-siomai están de lujo, pe-pero un poco grandes, ¿no? Ya ni ca-caben en la canasta».
Sun Wenqu imitó tan perfectamente la forma de hablar de Ma Liang que Fang Chi no pudo evitar reírse. Ambos caminaron riendo como tontos hasta llegar a la casa de Sun Wenqu.
De vuelta allí, Fang Chi se dirigió al estudio con su mochila para comenzar a trabajar.
—Haz lo que puedas primero y deja cualquier cosa que no entiendas —dijo Sun Wenqu—. Voy a tomar una ducha para despejarme.
—¿No decías que no estabas borracho? —Fang Chi lo miró de reojo.
—Que no, no estoy borracho. —Sun Wenqu esbozó una pequeña sonrisa—. Aunque claro, el alcohol…
—Calienta la sangre y nubla el juicio, sí, está bien, ve a ducharte de una vez. —Fang Chi se apresuró y cerró la puerta del estudio.
Al escuchar los pasos de Sun Wenqu yendo al baño, bajó la cabeza y comenzó a trabajar en los ejercicios. Todavía le quedaba mucho por escribir para la tarea de inglés que debía entregar al día siguiente.
Sun Wenqu parecía haber encendido incienso en el estudio hoy, Fang Chi seguía percibiendo un leve olor mientras escribía, que era bastante agradable.
Parecía que Sun Wenqu había encendido incienso en el estudio. Mientras trabajaba, Fang Chi notaba un aroma suave y agradable que le llamó la atención. Miró alrededor y vio un quemador de incienso sobre el escritorio, ya consumido, que había dejado solo unos pequeños anillos de ceniza sobre un delicado recipiente de porcelana blanca.
Fang Ying le había dicho que Sun Wenqu hacía cerámica, pero nunca había visto nada. Aparte de ese quemador, no había otras piezas de cerámica en esta casa.
Recogió el quemador de incienso y lo examinó, preguntándose si fue hecho por Sun Wenqu. Era muy bonito, con un diseño simple pero moderno: un cuadrado con los bordes curvados hacia adentro, como una estrella de cuatro puntas algo redondeada.
Después de que Sun Wenqu tomó su baño para despejarse, abrió la puerta del estudio y preguntó:
—¿Has terminado?
—¿Qué tan rápido crees que puedo escribir? —dijo Fang Chi mientras seguía trabajando—. Aún falta un rato. ¿Por qué?
—Entonces sigue, solo preguntaba. Si todavía te falta, dormiré unos minutos.
—¿Seguro que no estás borracho? —Fang Chi lo miró, dudoso.
—No tiene nada que ver con el vino. —Sun Wenqu sonrió—. Solo estoy cansado, hoy fue un poco… emocionalmente agotador.
—Oh. —Fang Chi no entendió a qué se refería, pero asintió de todos modos—. Bueno, duerme un poco.
—Despiértame cuando hayas terminado —dijo Sun Wenqu, cerrando la puerta al salir.
Fang Chi se inclinó sobre el enorme escritorio negro, que era ideal para concentrarse, y pasó casi tres horas luchando con su tarea. Debido a que Sun Wenqu dormía en el sofá —aparentemente muy cómodo—, Fang Chi decidió no tomar pausas y terminó toda la tarea que acumuló los últimos dos días, salvo algunos ejercicios que no sabía resolver y una composición en inglés que no podía redactar.
Después de mirar la hora, se levantó para estirarse y se sintió algo mareado, sin saber si era por todas esas preguntas o por el cansancio.
Sun Wenqu seguía durmiendo. Fang Chi caminó hacia el sofá, pero dudó en si despertarlo.
No entendía del todo lo que significaba «emocionalmente agotador», pero Sun Wenqu no parecía estar sumido en un sueño profundo. Tenía una mano cubriendo sus ojos y Fang Chi podía ver sus pestañas temblar con delicadeza entre sus dedos.
Carraspeó un poco y estaba a punto de darle un empujón cuando Sun Wenqu abrió los ojos y, con un poco de voz nasal, preguntó:
—¿Ah, terminaste?
—Mmm, no hubo muchas cosas que no entendiera hoy —respondió Fang Chi.
Sun Wenqu se sentó y se estiró, girando el cuello de un lado a otro. Al hacerlo, Fang Chi notó un tatuaje detrás de su oreja.
Muy pequeño. En todo el tiempo que llevaba conociendo a Sun Wenqu, era la primera vez que notaba que, además del tatuaje en la parte baja de su espalda, también tenía uno en un lugar tan único como detrás de la oreja.
—¿Qué miras? —preguntó Sun Wenqu mientras se levantaba.
—¿Eso es un tatuaje? —Fang Chi señaló detrás de su oreja.
—Ah, esto. —Sun Wenqu se tocó la zona—. Sí, lo es. Ni me acordaba. ¿Quieres verlo?
—No… no hace falta. —Fang Chi se sintió incómodo de repente.
La piel de Sun Wenqu era muy blanca, y cuando inclinó la cabeza de ese modo, su cuello dibujó una curva elegante, lo que hizo que Fang Chi retrajera rápidamente la mirada.
—Vamos a ver esos problemas entonces. —Sun Wenqu bostezó mientras entraba al estudio.
Fang Chi lo siguió. Sun Wenqu ya estaba medio acostado en la mesa del escritorio revisando su tarea.
—El mayor problema de hoy es esto. —Fang Chi sacó su tarea de inglés—. Una composición basada en una imagen. No sé ni cómo empezar.
Sun Wenqu Wenqu miró la tarea y sonrió.
—Tu nivel de inglés es algo como my name is Fang Chi, 18 years old this year, ¿verdad?
—No tanto así. —Fang Chi se rio. Cuando Sun Wenqu hablaba en inglés, su voz sonaba diferente a su habla habitual, muy agradable—. También sé qué es gravity.
—¿Eh? —Sun Wenqu lo miró, sorprendido, y luego se echó a reír—. ¿Todavía te acuerdas de eso?
—¿Por qué no escribes un ejemplo? —propuso Fang Chi tras pensarlo un poco—. Algo sencillo y yo lo extenderé.
—¿Por qué no hago todo yo y tú solo lo copias? —Sun Wenqu chasqueó la lengua, tomó un bolígrafo y papel—. Sí, lo escribiré para ti.
—Mmm —soltó Fang Chi.
Sun Wenqu giró el bolígrafo entre los dedos antes de bajar la cabeza y empezar a escribir.
Cuando Fang Chi vio la primera palabra que trazó, sintió una necesidad inmensa de esconder todas sus tareas de inglés.
La escritura en inglés de Sun Wenqu también era muy hermosa: una serie muy uniforme de pequeños círculos, no estilizados y alargados, sino redondeados, adorables, en marcado contraste con su caligrafía fuerte y poderosa que decoraba la pared del estudio.
Al principio, Fang Chi intentó leer el contenido mientras Sun Wenqu escribía, pero su atención se desvió por completo hacia las letras mismas, quedando un poco hipnotizado por ellas.
La habitación estaba muy silenciosa, salvo por el leve sonido del bolígrafo rascando el papel.
De repente, una sensación indescriptible llenó a Fang Chi. Ahora mismo, estaba tan cerca de Sun Wenqu que podía oler el aroma a leche de coco en su cuerpo e incluso sentir el ritmo pausado de su respiración.
—¿Te gusta? —Sun Wenqu dejó de escribir abruptamente y se giró para mirarlo.
—¿Eh? —Fang Chi se distrajo por un momento.
—Mi letra —dijo Sun Wenqu en voz baja.
—Ah… —Fang Chi lo miró a los ojos, su voz sonaba un poco astringente—. Se ve bien… un poco redonda.
Sun Wenqu sonrió, sin decir nada.
Fang Chi tampoco habló. Aunque ya habían tenido momentos cara a cara así antes, esta vez se sentía diferente en todos sentidos.
El tiempo y sus pensamientos parecieron detenerse ante la sonrisa en los labios de Sun Wenqu.
—Ay… —suspiró Sun Wenqu.
—¿Ah? —soltó Fang Chi en respuesta.
Sun Wenqu se acercó y, suavemente, rozó sus labios con los de él.
Notas:
[1] Chen Ji se puede traducir como «la puerta de al lado».