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MA LIANG SE PARÓ junto a la ventana, fumando mientras lo miraba.
—¿Hiciste a-algo inapropiado…? ¿Lo fo-forzaste…?
—¿A quién voy a forzar? —Sun Wenqu se levantó de la cama y se sirvió un vaso de leche—. ¿A Fang Chi, dices?
Ma Liang lo miró un momento, evaluándolo.
—Su-supongo que no, no podrías… ganarle.
—Aunque pudiera, no haría algo tan fuera de lugar —dijo Sun Wenqu, sosteniendo el vaso—. ¿Acaso crees que soy esa clase de persona, que me propasaría con un estudiante de preparatoria? Vaya…
—No, esperarías a que se-se gradúe. —Ma Liang asintió y apagó su cigarrillo—. Ento-tonces, ¿qué hiciste?
Sun Wenqu lo miró un momento antes de aclararse la garganta.
—Lo besé —respondió en voz baja.
—¿Qué cosa? —Ma Liang volteó la cabeza con brusquedad y se atragantó. Estuvo tosiendo un buen rato.
Sun Wenqu salió del dormitorio, se dejó caer en el sofá y puso las piernas sobre la mesita de café.
—Tampoco es para tanto.
Ma Liang lo siguió y lo señaló con el dedo.
—Tú, viejo verde, ¿cómo puedes se-ser tan… desvergonzado?
—Vete a la mierda, ¿quién es el viejo verde? —refunfuñó Sun Wenqu.
—¿Aceptas que eres un desvergonzado… entonces?
—Es que pensé que lo era, pero él dijo que no… Mejor ya no hablemos de eso. —Sun Wenqu hizo un gesto con la mano—. ¿Hay algo más que quieras decirme?
—Mañana —dijo Ma Liang—, ven a mi estudio.
Sun Wenqu no respondió.
—No es para que hagas ce-cerámica. —Ma Liang se sentó a su lado—. De se-ser así, ni me habría mo-molestado en venir.
—¿De qué se trata?
—Pero sí está relacionado con la ce-cerámica. —Ma Liang le dirigió una mirada—. Necesito que me ayudes, con un gran… cliente, di-diseñando algo.
—¿Me estás tendiendo una trampa? —Sun Wenqu entrecerró los ojos en su dirección.
—Piénsalo como quieras. —Ma Liang le dio una palmada en la pierna—. Vine espe-pecíficamente a pedirte… ayuda. Este cliente no está sa-satisfecho con ningún diseño… anterior.
—Déjame pensarlo. —Sun Wenqu bostezó.
Después de que Ma Liang se fuera, Sun Wenqu sintió demasiada pereza como para moverse, por lo que no volvió a la cama para acostarse y se quedó tirado en el sofá.
Su padre hablaba en serio esta vez, más que aquella ocasión en que lo mandó a excavar arcilla. Y aunque todavía no sentía una verdadera urgencia, de vez en cuando pensaba en lo que podría pasar en el futuro.
La casa no estaba a su nombre, pertenecía a Sun Yao, así que si ella realmente quería venderla, no tendría ningún margen de maniobra.
Ahora estaba pensando en qué hacer con el asunto de la vivienda. Todavía tenía muchos ahorros, o no habría usado cien mil yuanes solo para fastidiar a Fang Chi. Pero si deseaba comprar una casa de inmediato, le sería imposible pagar todo el monto. ¿Quizá podría hacer un pago inicial y luego sacar un crédito hipotecario?
Tal vez sería mejor alquilar.
Pero no importaba lo que pensara, todo le parecía un dolor de cabeza.
Buscar una casa, ver las opciones, organizar las cosas, mudarse, desempacar, establecerse.
Un fastidio total.
—¿Tienes alguna habitación libre en tu casa? —preguntó Sun Wenqu, sentado en el despacho de Ma Liang la tarde siguiente—. Alquílamela.
—No —respondió Ma Liang.
Ma Liang y su esposa eran muy trabajadores y sabían cómo llevar una vida austera. Su estudio estaba funcionando bien, pero seguían manejando una furgoneta vieja y nunca habían comprado una casa. Para ahorrar dinero, habían habilitado una habitación arriba del estudio y todavía vivían allí.
—¿Quieres que Liang-zi te ayude a buscar? —Hu Yuanyuan, la esposa de Ma Liang, entró con una jarra de café y la dejó sobre la mesa.
—No. Gracias, cuñada. —Sun Wenqu se sirvió una taza de café—. Puedo buscar yo mismo.
—¿Tú solo…? —Hu Yuanyuan se veía escéptica—. Si te secuestran, ¿a dónde vamos a ir a buscarte Liang-zi y yo? ¿Por qué no nos dejas un código secreto en caso de que algo salga mal? No ha sido fácil criarte hasta ahora.
Ma Liang se rio desde su escritorio. Sun Wenqu sonrió y chasqueó la lengua.
—Cuñada, estamos hablando de negocios aquí.
—Hablen, hablen, ya decía yo por qué el sol no salió por el este hoy. —Hu Yuanyuan sonrió y le dio unas palmaditas en el hombro, luego se dio la vuelta y se fue.
La ayuda que Ma Liang le había pedido específicamente no era algo demasiado difícil: un cliente importante quería un juego de té con ciertos requisitos de materiales y diseño, pero no le gustaban los diseños anteriores. Lo que Ma Liang quería era que Sun Wenqu diseñara un juego para él. Sin embargo, si decía que era algo sencillo, estaría mintiendo, porque la estética de una tetera no era algo con un gusto unánime.
—¿Qué requisitos tiene? —Sun Wenqu miró los diseños previos en la computadora.
—Quiere algo con… historia y cultura, pero también que sea mo-moderno, simple y… elegante —respondió Ma Liang.
—¿Qué malditos requisitos son esos? —Sun Wenqu frunció el ceño y lo pensó durante mucho tiempo—. Primero, cuéntame un poco sobre ese tonto que no sabe en qué gasta, ¿has ido a su casa? ¿Qué estilo de decoración tiene?
—Un nu-nuevo rico de pueblo… que… estudió en el extranjero —respondió Ma Liang de manera concisa—. Candelabros de cristal enormes con mu-muebles de caoba. Y usa ga-gafas de sol en… interiores.
Sun Wenqu lo miró un momento.
—Ya veo.
Como alguien que estaba a punto de ser echado de su hogar, sin ingresos, sin haber trabajado nunca, sin estudios ni ninguna habilidad para ganarse la vida —aparte de un montón de habilidades pretenciosas— y que había pasado casi treinta años holgazaneando, probablemente nadie, salvo Sun Wenqu, podría seguir viviendo de manera tan despreocupada.
Pero, no es que no estuviera preocupado, sino que no sabía cómo o hacia dónde dirigir su preocupación.
De todos modos, por ahora seguía viviendo en una casa grande con suficientes reservas de comida y bebida, y aunque acababa de ser golpeado y obtener un ojo morado, eso no le impedía tomarse su tiempo y holgazanear.
Cuando se encontró a Xiao Ji en el gimnasio, incluso le citó para que pasara al día siguiente a arreglarle el cabello.
—¿Por qué no pruebas un nuevo color? —El cañón al cielo en la cabeza de Xiao Ji había mutado a púrpura, y seguía insistiendo en que se lo tiñera también.
—No —respondió Sun Wenqu con su típica brevedad.
—Es una pena y más teniendo una cara tan bonita —suspiró Xiao Ji—. A pesar de que te pegaron, sigues viéndote muy guapo.
—Cállate y hazlo rápido —dijo Sun Wenqu—. Voy a dormir un rato.
—¿Qué tal si te haces unos rizos? —insistió Xiao Ji—. Tu cabello ya tiene la longitud suficiente.
—Quieres que te golpee, ¿no? —Sun Wenqu cerró los ojos.
—Ay, nunca me topé con alguien como tú. Con un estilo tan simple, no tengo nada de espacio para lucirme —murmuró Xiao Ji—. Podrías ir a una peluquería normal y te harían lo mismo, hasta te saldría más barato.
—No quiero moverme —dijo Sun Wenqu—. Si sigues hablando, te juro que voy a golpearte.
—No te estoy hablando a ti. —Xiao Ji se volteó hacia la asistente que estaba a su lado—. ¿Verdad, Amy?
—Sí… ajá —respondió Amy débilmente, como de costumbre.
Sun Wenqu ya sabía que no podría conciliar el sueño, pero después de que Xiao Ji se calló, por lo menos pudo cerrar los ojos y descansar un rato.
A pesar de ser molesto, Xiao Ji seguía siendo muy profesional en lo suyo, sus movimientos eran bastante pulcros y le arreglaba el cabello muy rápido, pero sin dejar de garantizar un buen trabajo.
—Listo. —Xiao Ji le dio una palmadita—. Abre los ojos y mira el mundo.
—Está bien, gracias. —Sun Wenqu abrió los ojos y se miró en el espejo.
—Sun-ge, siento que estás con muy poca energía, —dijo Xiao Ji mientras empacaba—. Permíteme recomendarte un salón de masajes muy bueno, tiene un trato confiable y es de alta calidad.
—Hmm —respondió Sun Wenqu.
Xiao Ji le entregó una tarjeta de presentación.
—Di que eres amigo mío y tendrás precio de socio sin necesidad de tarjeta.
—¿Y me presento como cachorro, el amigo de pollito? —Sun Wenqu miró la tarjeta, parecía que había estado en ese lugar antes, con Ma Liang.
—Yang Dingbang —dijo Xiao Ji—. Mi nombre es Yang Dingbang.
—Eh, es un gran nombre. —Sun Wenqu no pudo evitar mirar con seriedad el rostro de Xiao Ji—. Aunque no te pega mucho.
Xiao Ji se rio.
—Dicen que un adivino me lo dio. Mis padres pensaron que sonaba prometedor, así que lo usaron.[1]
Cuando se trataba de nombres, Sun Wenqu en realidad estaba un poco confundido sobre lo que su padre tenía en mente al ponerle el suyo.
Lo que sí sabía con certeza era que, fuera cual fuera la expectativa o el propósito, él definitivamente no estuvo a la altura.
No es que nunca se esforzara en cooperar. Su padre le había hecho aprender muchas cosas, y aunque no le gustaban ni le interesaban, las aprendió con mucha seriedad. Pero mientras recorría el camino trazado por su padre, sintió que su vida sería siempre así.
«Serás mi obra más exitosa». Su padre le dijo eso una vez, cuando era muy joven, y después se lo repitió muchas veces. Pero luego, más tarde, lo que dijo fue: «Eres el mayor fracaso de mi vida».
Cuando era niño, no tenía noción ni una idea intuitiva de lo que era una «obra».
Solo cuando creció y miró la arcilla que tenía en las manos, siendo amasada y moldeada a su antojo, empezó a entender: la cerámica que fabricaba, la caligrafía que escribía, los cuadros que dibujaba y pintaba… eran sus «obras».
Ser una de esas obras para toda la vida lo asustaba y enfurecía.
Por supuesto, a estas alturas, el conflicto entre él y su padre era algo más que la simple lucha de ser una obra, y cuanto más complejo era el contenido, más difícil resultaba resolver el conflicto.
Sobre todo, cuando nadie parecía querer dar el primer paso para resolverlo.
Sun Wenqu bostezó, sacó su teléfono y llamó a Luo Peng.
—Vamos a vernos.
—¿Wenqu? —La voz de Luo Peng sonaba un poco sorprendida—. ¿Estás bien?
—¿Qué podría estar mal? —dijo Sun Wenqu.
—¿No te castigó el Maestro? —preguntó Luo Peng—. Ni siquiera me atrevía a llamarte. Bowen me dijo que no te contactara por nada del mundo, le preocupaba que el Maestro te estuviera controlando y eso fuera a causarte más problemas.
En ese instante, Sun Wenqu sintió como si fuera a explotar, diez mil cascos de caballos, de ovejas, de cerdos y de burros corriendo dentro de él.
—No es tan exagerado. —Sonrió.
—Me alegro de escuchar eso. —Luo Peng suspiró aliviado—. Entonces salgamos la próxima semana, es el cumpleaños de Zhang Lin y habrá una fiesta.
—¿Dónde? —preguntó Sun Wenqu.
—En el bar de Bowen, es más conveniente —dijo Luo Peng.
—Hmm, está bien —respondió Sun Wenqu, apretando los dientes.
—Wenqu. —Luo Peng volvió a bajar la voz—. No tienes a la gente de tu padre al lado, ¿verdad?
—No, habla. —Sun Wenqu sintió que le temblaban las manos.
—Si necesitas dinero, dímelo. Bowen dijo que tu padre advirtió que nadie te prestara —susurró Luo Peng—. Pero no debería pasar nada si es a escondidas. No se enterará.
—No me falta dinero, no te preocupes por eso. —Sun Wenqu respiró hondo.
—Bueno, de todos modos, si necesitas algo, avísame. —Luo Peng volvió a su tono normal—. Ahora estoy en el sauna, ¿vienes?
—Paso, no aguanto eso.
—Entonces hablamos con más calma la próxima semana. Tengo una botella de buen vino esperándote.
—Claro —dijo Sun Wenqu con una sonrisa.
Luo Peng colgó.
Sun Wenqu se sentó en el sofá, mirando su teléfono.
Esa ira y frustración que no podía desahogar se acumularon en su pecho hasta darle ganas de toser, pero ni siquiera lograba toser, quedando atrapado en esa sofocante obstrucción.
Al final, levantó la mano y estrelló el teléfono contra el televisor. Este golpeó con precisión la esquina superior izquierda de la pantalla antes de rebotar al suelo y partirse en varios pedazos.
Se acercó y lo pisoteó con fuerza, escuchando el crujido de los fragmentos romperse aún más. Solo entonces, satisfecho, regresó al sofá.
***
Con el contrato de servicio anulado, Fang Chi ya no necesitaba ir a la casa de Sun Wenqu para cuidarlo durante su posparto, ni hacer la compra, cocinar o lidiar con sus repentinos cambios de humor. Sus días se habían vuelto mucho más tranquilos.
Sin embargo, esa normalidad antes habitual ahora le resultaba incómoda.
Ah, qué patético…
Aunque, incluso si Sun Wenqu le pidiera que regresara, definitivamente no aceptaría ir. La pregunta de Sun Wenqu le había imposibilitado enfrentarse a él de nuevo.
No.
No lo soy.
Esa fue la respuesta que le dio a Sun Wenqu, la misma que una vez le había dado a Xiao Yiming.
Sin embargo, no sabía por qué, esta vez, al enfrentarse a la pregunta de Sun Wenqu, esa respuesta no salió con la misma firmeza que antes, como cuando se lo dijo a Xiao Yiming.
Lo único que no había cambiado era su rechazo y la necesidad instintiva de evitar el tema.
Ese día, después de hablar con Xiao Yiming, su relación pareció haberse suavizado un poco. Pero al encontrarse de golpe con el neurótico de Sun Wenqu —y encima con Xiao Yiming como testigo—, todo volvió a volverse incómodo por unos días.
Por suerte, con el final del semestre a la vuelta de la esquina, el repaso se estaba volviendo cada vez más estricto, así que no tenía tiempo para pensar en asuntos que le desgastaran la mente.
Si tenía tiempo para pensar en Sun Wenqu, sería mejor aprovecharlo pensando en el dinero de Sun Wenqu.
Desde que tomó el dinero de Fang Ying la última vez, ella dejó de evitarlo. Seguía respondiendo sus llamadas y no se había ido a ninguna parte, aunque siempre decía que aún no había reunido el dinero.
A pesar de que ese contrato de servicio lo hacía sentir frustrado, sin tal cosa, Fang Chi empezaba a sentirse cada vez más inquieto por la deuda.
—¿Por qué tomaste este camino hoy? —preguntó Xiao Yiming, volviendo la cabeza.
—Voy a la casa de mi prima —dijo Fang Chi.
La casa de Fang Ying estaba más o menos en la misma dirección que la de Xiao Yiming, así que tendría que caminar un largo trecho con él antes de llegar.
—¿Quieres castañas? —preguntó Xiao Yiming, con la mirada al frente.
—Sí. —Fang Chi estaba un poco hambriento, y desde muy lejos ya podía oler el aroma de las castañas fritas confitadas.
—Yo invito. —Xiao Yiming aceleró el paso—. Me muero de hambre.
—Mmm. —Fang Chi lo siguió rápidamente. Esa sensación le resultaba familiar. Solían comer juntos después de la escuela, siempre con prisa, como si estuvieran al borde de la inanición.
Compraron una bolsa de castañas cada uno y estaban a punto de marcharse cuando varias motocicletas se detuvieron al costado de la carretera. Un par de personas bajaron de ellas, aparentemente también para comprar castañas.
Xiao Yiming se detuvo en seco, y Fang Chi, que comía con la cabeza gacha, chocó contra él sin querer. Al levantar la vista, vio a dos personas de la Clase 6… y al exnovio de Xiao Yiming.
Fang Chi se sintió algo molesto, barrió con la mirada a esas pocas personas sin decir una palabra, luego se dio la vuelta para alejarse, con Xiao Yiming siguiéndolo en silencio.
Alguien silbó.
Fang Chi se puso los auriculares —que colgaban de su cuello— y, antes de que pudiera encender la música, escuchó a alguien hablar con un tono raro:
—Sí que es mejor que tú, no me extraña que solo fueras un sustituto.
—Vete a la mierda —le regañó el exnovio—. Pues buen provecho comiendo las sobras de papi.
Cuando Fang Chi de repente se dio la vuelta y regresó, Xiao Yiming lo agarró por el brazo.
—¡Fang Chi, ¿qué vas a hacer?!
Fang Chi no dijo una palabra, se precipitó hacia adelante en dos pasos y golpeó al exnovio en la nariz. Fue un puñetazo potente, mucho más fuerte que cuando golpeó a Sun Wenqu. Con la intensidad suficiente para provocar una hemorragia nasal.
El exnovio se tapó la nariz en silencio, doblándose hacia adelante, probablemente porque el dolor le impidió emitir sonido.
A continuación, Fang Chi le dio una rodillazo en la barbilla y una patada en el pecho, ejecutando los movimientos sin pausa. Para cuando las pocas personas alrededor reaccionaron, el exnovio ya estaba tirado en el suelo sobre su espalda.
—Tú… —Fang Chi lo señaló durante un tiempo, sin saber qué decir. Era así cada vez, nunca sabía qué decir.
Mientras pensaba en sus siguientes palabras, Xiao Yiming se acercó y lo arrastró lejos. Después de caminar algunos pasos sin mucha prisa, comenzó a correr y Fang Chi tuvo que seguirlo.
No habían corrido mucho cuando escucharon el sonido de las motocicletas detrás de ellos. Esos tipos habían reaccionado y los estaban persiguiendo.
—Carajo. —Fang Chi se detuvo en seco, arrojó su mochila a un lado y se lanzó contra uno de los tipos que saltaba de la moto, dándole un puñetazo en el estómago.
Alguien lo golpeó con algo por la espalda y, sin darse la vuelta, agarró la muñeca del tipo con un revés y luego se la retorció con tanta fuerza que este se dobló gritando de dolor.
Cuatro personas habían venido siguiéndolos: dos de la Clase 6 y dos de fuera de la escuela.
Fang Chi volvió a patear, y de pronto lo invadió una sensación muy placentera, como si estuviera haciendo ejercicios de calentamiento. Era especialmente relajante, como si por fin pudiera liberar toda su frustración. Para él, esos tipos eran como un saco de boxeo que le habían mandado directo a la puerta, justo para desahogarse.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho…
«Qué considerados, de verdad».
Cuando Xiao Yiming finalmente lo sacó de la refriega a la fuerza, Fang Chi todavía estaba un poco insatisfecho.
Xiao Yiming lo arrastró por una calle entera antes de soltarlo, con el ceño fruncido.
—¿Por qué lo hiciste? ¿No te estás buscando problemas por las puras?
—No se atreverían a buscarme. —Fang Chi se dio la vuelta y encendió un cigarrillo contra la pared.
—Son todos unos sinvergüenzas, ¿cómo te vas a defender si te tienden una emboscada? ¿Ah? —Xiao Yiming se apoyó en la pared y suspiró.
—Ni siquiera yo estoy preocupado, ¿qué te preocupa tanto?
—Deja que hablen, solo son tonterías de todos modos. —Xiao Yiming se metió una castaña en la boca—. Al hacer esto, te estás metiendo más en esos asuntos.
—¿Qué asuntos? —preguntó Fang Chi, sin pensarlo, pero al instante se arrepintió.
Xiao Yiming no dijo nada y siguió comiendo sus castañas.
Fang Chi exhaló una bocanada de humo contra la pared. Sabía lo que Xiao Yiming quería decir. Y tenía razón. Esto no tenía nada que ver con él al principio, pero después de esta pelea, se había enredado por completo.
Pero era imposible que se quedara quieto, conteniendo su mal genio mientras le decían esas palabras justo en la cara.
Tan malditamente contradictorio.
«¿Cuál es el problema, Fang Chi? ¿A ti qué te importa este asunto? Al final, ¿qué escondes y evitas? ¿A qué le tienes tanto miedo?».
Fang Chi apagó su cigarrillo con cierto fastidio.
—Me voy.
Xiao Yiming le entregó su bolsa de castañas. Fang Chi la tomó y se la metió debajo de su abrigo, con unas ganas repentinas de reírse. Xiao Yiming era realmente increíble, en medio de todo ese lío, de verdad encontró el tiempo para preocuparse por las castañas y no perdió ninguna de las bolsas.
Cuando llegó al edificio de Fang Ying, era la hora en que los hogares estaban más ocupados cocinando; podías oler la fragancia con cada respiración. Si no fuera por su bolsa de castañas, Fang Chi se habría sentido un poco tentado a comer un tazón de fideos en la pensión de abajo antes de subir.
Justo cuando estaba por entrar al edificio, una motoneta se detuvo a su lado, cargada con un montón de cajas de comida rápida en el portaequipajes. El repartidor las bajó a toda prisa y corrió escaleras arriba.
Las cejas de Fang Chi se torcieron de inmediato.
Si se trataba de una entrega de comida, probablemente no había nadie más en este edificio aparte de Fang Ying que pidiera comida a domicilio.
Y había pedido mucho.
Subió las escaleras despacio, sintiendo que el fuego ardía en su interior otra vez.
Cuando llegó al piso donde vivía Fang Ying, el repartidor bajó corriendo con las manos vacías, y Fang Chi se acercó a la puerta, tratando de contener el fuego que le ardía por dentro.
La puerta no estaba bien cerrada, y desde la rendija se podía ver la mesa de mahjong en la sala y a una cansada pero llena de energía Fang Ying.
Fang Chi empujó la puerta y cuando entró y vio a Xiao-Guo, que estaba sentada en un pequeño taburete al costado sosteniendo una caja de comida rápida en las manos, a punto de comer, su ira explotó.
—Xiao-Chi… —Fang Ying se levantó de un salto, sorprendida.
Fang Chi caminó hacia la mesa de mahjong y la volcó de un empujón, haciendo que el dinero y las fichas cayeran al suelo.
—Xiao-Guo, ve a comer al otro cuarto —dijo Fang Chi.
Xiao-Guo corrió a la habitación interior con su caja de comida.
—¡¿Quién te crees que eres, ah?! —gritó una mujer—. ¡Estás loco!
—¡Largo! —Fang Chi se volteó y le dio una mirada que echaba llamas.
La habitación se quedó en silencio, nadie hablaba ni se movía, todos lo miraban.
Fang Chi volvió a caer en un estado de no saber qué decir, por lo que tuvo que pisar el tablero de la mesa volcada, que crujió, rompiéndose.
Solo entonces el montón de personas se levantó de un salto, se dio la vuelta y salió corriendo, maldiciendo mientras bajaban las escaleras.
—¡¿Qué estás haciendo?! —Fang Ying frunció el ceño y recogió todo el dinero del suelo.
—¿Sigues apostando? —Fang Chi la levantó de un tirón y suprimió su voz—. ¿Acaso piensas que porque la última vez te saliste con la tuya, ya no hay problemas?
—Solo fue hoy… —Fang Ying miró para otro lado.
—¡Pura mierda! —Fang Chi señaló la puerta de la habitación interior—. Si tú quieres arruinarte, adelante, pero ¿también arrastrarás a Xiao-Guo al fango?
Fang Ying no respondió.
—Vamos. —Fang Chi la arrastró hacia la puerta.
—¡¿A dónde?! —Fang Ying se sobresaltó y forcejeó.
—A que devuelvas el dinero —dijo Fang Chi, recogiendo su bolso del sofá en el camino—. Tienes dinero para apostar, ¿pero no para pagar lo que debes?
Fang Ying fue arrastrada por él hasta el cajero automático cerca del vecindario y, a pesar de su gran reticencia, no tuvo más remedio que introducir su clave.
El saldo de su cuenta era poco más de veinte mil. Parecía que Fang Ying había estado tratando de obtener el dinero como había dicho, pero obviamente estaba reacia a devolverlo después de conseguirlo.
Fang Chi, ignorando sus protestas, transfirió los veinte mil a su cuenta, dejando solo una pequeña cantidad.
—Te lo advierto de nuevo. —Fang Chi le señaló la nariz—. No me importa tus estafas y cómo arruinas tu vida, pero si te atreves a usar tus trucos conmigo, ten por seguro que no te dejaré ir.
—¡No me atrevería! —Fang Ying frunció el ceño.
—Más te vale —dijo Fang Chi—. Déjame verte apostando de nuevo antes de devolver este dinero y no me culpes por ser grosero.
Fang Ying lo miró de soslayo.
—Fue Sun Wenqu quien te prestó el dinero. —Fang Chi la miró fijamente—. ¡No creas que es más fácil tratar con él que con los usureros que andas provocando!
Fang Ying levantó la cabeza de golpe y lo miró fijamente.
—¡¿Cómo conseguiste sacarle el dinero?! ¡Santos cielos!
—No te incumbe. —Fang Chi se dio la vuelta y se alejó.
Fang Chi regresó a su casa, revisó el dinero en su cuenta y sacó su teléfono.
Sun Wenqu no había vuelto a ponerse en contacto con él en los últimos días, era como si con la anulación del contrato de servicios se anulara también la deuda.
Pero, aunque Sun Wenqu podía no preguntar por el dinero, a Fang Chi le daba vergüenza no mencionarlo. Quería devolver una parte primero, o al menos dar un reporte sobre el progreso.
Sin embargo, a pesar de que la llamada se conectó, nadie respondió del lado de Sun Wenqu.
Notas:
[1] El nombre 定邦 (Dìngbāng) podría interpretarse como “el que estabiliza la nación” o “el que asegura la paz del país”. Es un nombre que refleja ideales de responsabilidad, fuerza y contribución a la sociedad.