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—¿TU HIJO? —MA LIANG vaciló un momento, luego tomó el teléfono de Sun Wenqu—. Fang… Fang… Fang… ¡Mierda! Apestoso si-sinvergüenza, después de que lo besaste ¿aún esperas que el brotecito te haga ca-caso?
—Por supuesto que sí —Sun Wenqu sonrió.
—¿Cómo lo sa-sabes? —Ma Liang no marcó el número, solo lo miró—. Di-dime la verdad, ¿te gusta ese chi… co?
—No es cuestión de gustar o no. Es muy joven. —Sun Wenqu se recostó contra el asiento y chasqueó la lengua un par de veces—. Me pareció que lo era, así que lo molesté un poco en broma. Pero si él dice que no lo es, pues nada, lo dejo en paz.
—¿Y lo e-es o no? —preguntó Ma Liang.
—Si dice que no, entonces no. —Sun Wenqu sonrió.
—Entonces de-debe serlo. —Ma Liang le devolvió la sonrisa—. Tal vez le gu-gustas.
—No estoy seguro. —Sun Wenqu pensó un momento—. Ese chico es el tipo de persona particularmente propensa a la culpa… Bueno, no tanto así. Es más bien… ¿Entiendes a qué me refiero?
—No —dijo Ma Liang.
—Hasta que me devuelva esos cien mil, cualquier cosa que yo diga o haga, mientras no sea demasiado excesiva, él lo soportará. Porque me debe dinero.
—Ah. —Ma Liang deslizó el dedo por la pantalla del teléfono—. ¿Entonces lo llamo?
—Olvídalo. —Sun Wenqu detuvo la mano de Ma Liang—. Ya casi es fin de semestre, los exámenes están cerca. Mejor no molestarlo. Pidamos un chofer.
—Hmm. —Ma Liang contactó a un conductor de confianza—. ¿Ya encontraste dó-dónde vivir?
—Todavía no. —Sun Wenqu se estiró con pereza—. No hay prisa.
—Cierto. —Ma Liang asintió—. Vas a terminar dur… miendo debajo de un puente a-antes de tener prisa.
Sun Wenqu cerró los ojos y se rio para sus adentros un buen rato.
¿Prisa?
No, en absoluto.
No sentía que hubiera nada urgente.
Pero, si de verdad no le importaba… entonces, ¿por qué, estos últimos días, no podía apagar esa persistente inquietud en su corazón? Incluso causó que su ya de por sí pobre calidad de sueño se desplomara a un mínimo histórico.
¿Era ansiedad? ¿La maldita angustia volvió?
Ni siquiera golpear a Li Bowen había servido para aliviarlo.
¿Qué demonios le pasaba?
Una obra fallida; ridículamente pretenciosa.
***
Desde de que Sun Wenqu lo salpicó con agua en el camino a casa ese día, Fang Chi no había vuelto a contactarlo.
No mucho después, Fang Ying tomó la iniciativa de devolver veinte mil yuanes, lo que significaba que ya había pagado la mitad de la deuda. Dijo que podría liquidar la deuda antes de las vacaciones, justo a tiempo para cumplir con el plazo de tres meses. Pero Sun Wenqu no andaba escaso de dinero y, en realidad, tampoco le importaban mucho esos cien mil, así que no volvió a informarle del progreso.
De ese modo, su relación con Sun Wenqu, que había parecido cercana, se había interrumpido de manera incómoda, suspendida en una especie de limbo. Sun Wenqu ya no lo contactaba y Fang Chi, por su parte, tampoco encontró motivo para hacerlo.
Justo lo que él quería, no enfrentarse a Sun Wenqu de nuevo.
Es solo que la imagen algo desamparada y solitaria de Sun Wenqu al entrar en su casa aquel día seguía rondando la mente de Fang Chi, apareciendo de vez en cuando.
Por ejemplo, cuando cocinaba fideos.
Cuando no podía resolver un ejercicio.
Cuando miraba las dos pinturas en su pared.
Cuando Sir Amarillo practicó su movimiento Garra de Acero contra su cuenco de comida.
Cuando La Pastora sonaba en su MP3.
En muchos, muchos momentos.
A veces, Fang Chi pensaba que todo esto era bastante extraño. Solo había pasado un mes con esa persona, pero podía recordar tantas cosas. Sin embargo, dicha «relación» y todo lo que habían vivido juntos se sostenía únicamente por ese contrato de servicios.
Una vez que esa cosa fue declarada nula, todo se detuvo y desapareció así como así.
Como si nunca hubiera conocido a esa persona.
Este año, las vacaciones de invierno llegaron tarde. La escuela casi programó clases hasta la víspera del Año Nuevo.
En cuanto empezaron las vacaciones, Fang Chi fue a buscar a Fang Ying. A regañadientes, ella le entregó otros cuarenta mil yuanes. Dijo que había conseguido parte del dinero de sus padres y que había hecho todo lo posible, pero aún le faltaban diez mil. No podía conseguir más, necesitaba guardar algo para el Año Nuevo.
—Después de las fiestas te lo devuelvo todo —dijo Fang Ying en voz baja—. Estos tres meses no he hecho otra cosa más que buscar dinero. Ya no sé de dónde sacarlo… No tienes idea de cómo se puso mi mamá cuando se lo pedí, casi agarra un cuchillo para cortarme en pedacitos… Vendí el brazalete que mi abuela le dejó a mi mamá para poder reunir esta cantidad…
—Después de Año Nuevo, entonces. —Fang Chi dudó un poco cuando escuchó lo del brazalete, pero aún así tomó el dinero. Aunque Fang Ying de verdad hubiera vendido el brazalete, si él rechazaba el dinero, ella no iría precisamente a recuperarlo. El dinero se haría humo en quién sabe qué.
En cuanto a los diez mil que faltaban, Fang Chi no discutió más con ella. Sacó el dinero de sus ahorros para cubrir la diferencia, principalmente porque tenía prisa por regresar a casa a ver a sus abuelos, y también porque necesitaba entregarle el dinero a Sun Wenqu a tiempo.
Después de retirar todo el dinero del banco, Fang Chi lo colocó en una bolsa de papel y tomó un taxi a la casa de Sun Wenqu.
Cierto, había pasado bastante tiempo desde la última vez que vio a Sun Wenqu. Al pensar en su aspecto perezoso, lánguido y de huevo de serpiente, se puso un poco nervioso sin saber por qué.
Pero lo más extraño era que, a pesar de ese ligero nerviosismo, mientras caminaba por la calle que llevaba a la casa de Sun Wenqu, de repente aceleró el paso.
No se atrevía a pensar demasiado en el por qué.
Además, cuando llegó al exterior del patio de la casa, realmente no tuvo tiempo de pensar en ello.
Había un auto estacionado afuera que no había visto antes. Sun Wenqu solo tenía aquel Beetle, y ni siquiera estaba seguro de si era suyo o de Ma Liang.
Justo cuando dudaba si Sun Wenqu tenía visitas y si debía tocar el timbre, la puerta se abrió y un hombre salió con una carpeta en la mano y una credencial colgando del cuello.
Fang Chi se quedó atónito. ¿Era… un agente inmobiliario?
—La situación general es así —dijo el hombre, volviéndose hacia atrás—. Una casa de menos de diez años a este precio es una ganga.
—No tiene ninguna reforma hecha —respondió una mujer que salía tras él, acompañada de una anciana—. Me va a costar un dineral renovarla.
—Si ya estuviera reformada y no te gustara, igual tendrías que remodelarla, lo cual sería aún más problemático —dijo el hombre. Luego alzó la vista y notó a Fang Chi en la entrada—. ¿Necesita algo?
—Estoy buscando a alguien. —Fang Chi sentía que su mente no terminaba de reaccionar—. Busco a Sun Wenqu.
—¿Sun Wenqu? —Él pareció desconcertado. Pensó un momento antes de negar con la cabeza—. No conozco a nadie con ese nombre. El dueño de esta casa no se llama así.
—Entonces… ¿la casa está en venta? —preguntó Fang Chi.
—Sí. —El hombre asintió y lo escudriñó, como evaluando si tenía la capacidad de comprarla, pero perdió el interés y siguió conversando con la mujer.
Fang Chi se alejó hacia el pequeño jardín de al lado. Estaba un poco impactado. Que la casa de Sun Wenqu no estuviera a su nombre no era algo extraño, pero… ¿venderla así, de repente?
Fang Chi sacó su teléfono y marcó el número de Sun Wenqu.
—Lo sentimos, el número que marcó está fuera de servicio… —La voz que salió del teléfono hizo que todo el cuerpo de Fang Chi se quedara helado. Sostuvo el teléfono junto a la oreja y escuchó el mensaje tres veces antes de colgar.
¿Fuera de servicio?
¿Qué significaba eso?
¿Un tono de espera personalizado?
Fang Chi volvió a marcar. Xu Zhou usó un tono de espera similar antes: «El número que marcó fue secuestrado, si quiere recuperarlo, traiga dos panqueques rellenos…».
Después de marcar dos veces más, Fang Chi determinó que no era un tono de espera personalizado ni nada por el estilo.
El número de Sun Wenqu había sido desconectado.
Fang Chi permaneció en el pequeño jardín, viendo cómo los compradores se subían al auto y se iban. Luego, regresó a la entrada del patio y, después de dudar un momento, saltó el muro para entrar al jardín.
Las flores se habían marchitado y los montones de hojas caídas en el suelo no se habían limpiado.
Fang Chi caminó hasta la ventana e intentó mirar hacia dentro, pero las cortinas estaban cerradas y no se veía nada. El alféizar estaba cubierto de polvo.
Parecía que Sun Wenqu se había ido hacía al menos medio mes.
De pie en el patio, Fang Chi se sentía confundido.
¿Qué había pasado?
Justo cuando Fang Chi dudaba si forzar la ventana para entrar y echar un vistazo, alguien se acercó por detrás. Al volverse, vio a un guardia de seguridad parado afuera del patio.
Era alguien que ya había visto antes. El día que atraparon al ladrón, fue este mismo guardia quien le preguntó quién era.
—¿Por qué sigues saltando? Aquí ya no vive nadie. —El guardia le hizo una seña para que saliera—. Sal de inmediato, o tendré que arrestarte.
Fang Chi no tuvo más remedio que volver a saltar el muro.
—¿Sabe qué pasó? —preguntó—. ¿Por qué venden la casa de repente?
—No tengo idea —respondió el guardia—. ¿No eres su amigo? ¿Tú no sabes?
—Hace casi dos meses que no hablo con él… —Fang Chi frunció el ceño—. ¿Sabe cuándo… se mudó? Se mudó, ¿verdad?
—Sí, la casa está vacía —asintió el guardia—. Se fue hace casi un mes. En este tiempo han venido personas a ver la casa todos los días. Supongo que su familia necesita dinero con urgencia y por eso la vendieron. No sé más. Antes de irse, me regaló una pancarta.
—¿Qué dice? —preguntó Fang Chi de inmediato.
—Algo como «Quiero que el Cielo deje de cegar mis ojos» y no sé qué más.. —El guardia sonrió—. Me pareció que estaba bien escrita, pero nosotros, los simples, no entendemos estas cosas. No sé ni dónde colgarla.
—¿Puedo…? —Fang Chi se rascó la cabeza, algo avergonzado—. ¿Puedo verla?
—¿Verla? —El guardia lo pensó un momento—. Mejor llévatela, ¿te gusta?
—Está bien —respondió Fang Chi de inmediato.
Sun Wenqu se había ido.
Su teléfono estaba desconectado.
Fang Chi se sentó en la silla y miró el cuadro de caligrafía que había obtenido del guardia de seguridad.
El guardia no sabía dónde colgarlo y él tampoco. Las paredes de su casa estaban llenas de polvo. Aparte del dibujo chibi de Sir Amarillo, ni siquiera se atrevió a colgar la versión oficial que le había regalado Sun Wenqu.
¿Qué le había pasado a Sun Wenqu?
¿Tuvo algún problema?
O… ¿simplemente vendió la casa y cambió de número de teléfono?
Pero si solo era eso, ¿por qué no había dicho nada?
O tal vez sí lo hizo… solo que no a él.
Eso tampoco tenía sentido. ¿Acaso no pensaba recuperar su dinero?
Fang Chi tenía la cabeza hecha un lío. No sabía qué hacer con el montón de dinero en su mochila.
Iba a irse a casa en dos días, y necesitaba encontrar una manera de localizar a Sun Wenqu dentro de ese tiempo. Incluso si no era por el dinero, al menos por ese contrato de servicios que una vez tuvieron, necesitaba saber si Sun Wenqu estaba bien.
Al día siguiente, se levantó temprano y se preparó para ir al club. Ya no tenía entrenamientos ni trabajos como guía, pero quería intentar contactar a Luo Peng. Ellos siempre pasaban el rato juntos, tal vez él supiera algo…
Cuando salía de casa, recibió una llamada de Xiao Yiming.
—Xu Zhou alquiló una cancha, ¿vienes a jugar?
Hacía mucho tiempo que no jugaba baloncesto. Antes, por más ocupado o preocupado que estuviera, Fang Chi y Xiao Yiming jugaban al menos dos o tres veces al mes. Ahora, al escuchar la invitación, sintió unas ganas incontrolables de ir, pero con la situación actual, no podría relajarse lo suficiente como para jugar.
—Estoy ocupado estos días, en serio no tengo tiempo —dijo Fang Chi.
—Está bien —respondió Xiao Yiming—. Te vas en un par de días, ¿no?
—Ajá. —Fang Chi caminaba mientras hablaba—. Juguemos cuando vuelva.
—Trato. —Xiao Yiming se rio—. Hoy haré llorar a Xu Zhou yo solo.
—Él dice que ha mejorado muchísimo. Ten cuidado.
—¿Le crees?
—Nah. —Fang Chi se echó a reír.
Después de intercambiar algunas palabras más, colgó la llamada y tomó un taxi.
El club estaba igual de concurrido que siempre. Eran vacaciones, y muchos estudiantes buscaban lugares cerrados para pasar el rato.
Fang Chi miró alrededor, pero no vio a Luo Peng y su grupo habitual, así que fue a la oficina y le preguntó a una chica que conocía bastante bien.
—¿Luo Peng? —La chica revisó la lista de miembros en la computadora—. Los datos de los clientes no pueden ser divulgados.
—Pero si ya estás buscando —dijo Fang Chi.
—¡Eh! —La chica cerró la página y lo miró con desdén—. Solo estaba revisando por costumbre.
—Entonces revisa otro poco más —dijo Fang Chi—. O si quieres, ve por un vaso de agua y yo revisaré por ti.
—De acuerdo, el número. —La chica miró la pantalla y copió el número de teléfono de Luo Peng en un papel—. Pero no digas que te lo di yo. Solo te lo doy porque sé que eres cercano a ellos.
—Gracias. —Fang Chi tomó la nota.
La llamada a Luo Peng fue fácil de conseguir, pero la respuesta decepcionó a Fang Chi.
—Yo tampoco lo sé, de verdad, no te estoy mintiendo. Esta vez no le dijo a nadie que cambiaba de número —dijo Luo Peng con un suspiro—. Es una persona bastante peculiar.
—Entonces… —Fang Chi frunció el ceño—. ¿Crees que Ma Liang lo sepa?
—¿Liang-zi? Supongo que sí. ¿Qué quieres con Wenqu?
—Le debo dinero.
—Ah, ya veo —dijo Luo Peng, dudando un momento—. Entonces te daré el número de Liang-zi. Pregúntale a él.
—Gracias —respondió Fang Chi al instante.
—¿Sobrino? —Ma Liang se sorprendió bastante al escuchar su voz.
—Liang… tío Liang-zi —dijo Fang Chi con resignación—. Solo quería preguntarte si puedes contactar a Sun Wenqu.
—Es tu-tu padre, ¿y no pu-puedes contactarlo?
—Hmm. —Fang Chi suspiró.
—¿Tienes algún a-asunto?
—Quiero devolverle el dinero.
—Oh, pues dá-dámelo a mí —dijo Ma Liang sin rodeos.
—¿A ti? —Fang Chi se sorprendió—. ¿Eso es apropiado?
—No lo es —dijo Ma Liang—. No devolverlo se-sería lo más apropiado.
Fang Chi quedó con Ma Liang para encontrarse a las cuatro y media de la tarde en la entrada del club. Cada treinta segundos, Fang Chi salía al aire frío del norte y miraba alrededor, luego volvía a entrar al club.
Ya estaba casi muerto de frío cuando por fin vio llegar a Ma Liang en una pequeña furgoneta destartalada, casi cuarenta minutos más tarde de la hora acordada.
—Sube. —Ma Liang le hizo señas desde la ventanilla del auto.
Fang Chi se ajustó el cuello del abrigo y corrió hacia el vehículo. Intentó abrir la puerta del copiloto cuatro veces, pero no lo logró.
—Ay. —Ma Liang se inclinó y, con una pierna, pateó la puerta—. Vu-vuelve a intentarlo.
—Oh. —Fang Chi tiró con más fuerza y, esta vez, la puerta se abrió.
Ma Liang condujo dos calles más y estacionó frente a una tienda de bebidas calientes.
Después de sentarse, Fang Chi se bebió más de la mitad de la taza de té con leche caliente antes de lograr calentarse. Luego, tocó su mochila y dudó un poco.
—Entonces, ¿qué pasa? ¿Sun Wenqu está en problemas?
—No-no es nada grave. —Ma Liang estaba sorbiendo el té de burbujas[1] en su taza con una pajita—. Se fue a, vagabundear.
—¿Qué? —Fang Chi lo miró sorprendido.
—Vaga… bundear —dijo Ma Liang—. No me hagas re-repetirlo, es extenuante.
—¿Vagabundear? ¿Por qué? ¿Y por qué vendió su casa entonces? —Fang Chi no podía entender la lógica detrás de todo esto.
—Son asuntos diferentes. La casa… no era suya —dijo Ma Liang y a continuación, extendió la mano—. ¿Y el dinero?
—¿A dónde se fue a vagabundear? —Fang Chi apretó su mochila. Sabía que Ma Liang y Sun Wenqu eran buenos amigos, y Ma Liang parecía una persona confiable, pero aún así quería estar seguro—. ¿Puedes ponerte en contacto con él?
—Claro. —Ma Liang sonrió—. Pero no te lo pu-puedo decir.
—No le ha pasado nada, ¿verdad? —volvió a preguntar Fang Chi.
—¿Te preocupas mucho por él? —replicó Ma Liang.
Fang Chi sintió una oleada de nervios. De repente, le invadió la sensación de querer huir, así que se limitó a mirar fijamente a Ma Liang, sin poder decir nada.
—Estos, padre e hijo. —Ma Liang masticó su pajita—. Qué amor tan profundo.
—Ayúdame a darle el dinero, ¿sí? —Fang Chi sacó una bolsa de papel con dinero de su mochila—. En cuanto al pagaré…
—Aquí está. —Ma Liang sacó un papel de su bolsillo y lo puso frente a él.
Fang Chi miró el papel. Era el pagaré que él había escrito para Sun Wenqu.
De repente, sintió una gran decepción. De hecho, Sun Wenqu ya le había dado el pagaré a Ma Liang de antemano.
En otras palabras, Sun Wenqu sabía que lo buscaría, pero no le dijo nada sobre el cambio de número. Si él encontraba a Ma Liang, entonces Ma Liang le devolvería el pagaré.
Fang Chi se sintió repentinamente desanimado.
Sun Wenqu, una persona que solía ser muy despreocupada y juguetona, que se la pasaba haciendo bromas sin sentido, pero que también le regalaba dibujos hechos con seriedad, que le había explicado los ejercicios con atención, y hasta se tomaría el tiempo de grabar en secreto La pastora en su MP3…
Entonces, al final, ¿había desaparecido de una manera tan abrupta e incluso algo grosera?
El cambio de actitud era un poco inconsistente.
Sin embargo, al pensarlo bien, no le sorprendió tanto; en cuanto a lo imprevisible, Sun Wenqu nunca había cambiado.
Ma Liang llevó a Fang Chi a casa y luego se marchó manejando esa pequeña furgoneta destartalada.
Fang Chi no le preguntó por el Beetle, probablemente Sun Wenqu se lo había llevado.
¿A dónde fue? A vagabundear.
Fang Chi entró a su habitación, pensativo mientras empacaba sus cosas. Todavía tenía equipaje sin organizar y un montón de regalos para sus abuelos y familiares que debía meter en la maleta.
Además de eso, también tenía que llevar un transportín y dos bolsas de comida para gatos…
De hecho, debido a que Sir Amarillo odiaba su transportín, también pensó en no llevarlo consigo a casa. Sun Wenqu, a quien le gustaban tanto los gatos, probablemente no habría tenido problema en cuidarlo por unos diez días. Pero ahora eso ya no era posible.
Pensando en gatos, Fang Chi volvió a suspirar.
El autobús salía al mediodía del día siguiente. Fang Chi se levantó temprano y, justo a tiempo, tomó una bolsa de comida para gatos y regresó al vecindario donde vivía Sun Wenqu.
No sabía por qué, de repente, se había vuelto tan compasivo, pero pensó en los gatos callejeros que Sun Wenqu solía alimentar. ¿Habrían ido a buscarlo y se habrían quedado con el estómago vacío?
Sin embargo, cuando llegó al lugar donde Sun Wenqu solía alimentarlos, se dio cuenta de que su preocupación era innecesaria. Había un plato de comida y otro de agua; probablemente alguien más también los estaba alimentando.
Fang Chi sonrió, sintiendo que se había preocupado demasiado. Con la comida para gatos en brazos, tomó otro taxi de regreso.
Antes de subir al autobús al mediodía, llamó al señor Zhang y le pidió que le dijera a su abuelo que no tenían que esperarlo para el almuerzo, que llegaría por la tarde y podrían cenar directamente.
El autobús estaba lleno de gente, con equipaje amontonado en el pasillo, todo mercancía para el Año Nuevo.
Junto a Fang Chi estaba sentada una mujer con un niño en brazos. Aunque ella seguía disculpándose con él, el niño no quería quedarse en su regazo y prefería sentarse entre los dos. Tampoco quería dormir y no se quedaba quieto, pidiendo comida y bebida a cada rato. Fang Chi no tuvo más remedio que apartarse continuamente, hasta que terminó con medio trasero sentado sobre su maleta.
Por suerte, el trayecto no duró mucho. Justo cuando sentía que su trasero se estaba entumeciendo, llegó a su destino.
Con esfuerzo, logró bajar del autobús, luchando con su equipaje. Cuando sus pies tocaron el suelo, escuchó el sonido de un perro ladrando.
Chico corrió hacia él por el camino de tierra cerca de la entrada del pueblo, ladrando con emoción.
—¡Chico! —Fang Chi sonrió y abrió los brazos.
Chico llegó a él y se lanzó sobre su pecho, dejando dos grandes huellas de barro en su abrigo.
—Ya, ya —dijo Fang Chi, levantando su maleta con una mano y el transportín para gatos con la otra. Miró dentro, donde Sir Amarillo emitía sonidos de enfado, con todo el pelaje erizado, pareciendo una gran bola de diente de león—. Vas a matar de miedo a Sir Amarillo…
Mientras Chico corría y saltaba por delante con alegría, Fang Chi cerró los ojos e inhaló el familiar aroma que le rodeaba.
Había nevado ayer, no mucho, solo algunos pequeños montones de nieve a los lados de la carretera. El aire fresco y frío le transmitía una sensación de tranquilidad.
—¿El abuelo te envió a buscarme? ¿Mis papás ya regresaron? —Fang Chi estiró el pie y le dio un pequeño empujón en el trasero a Chico—. ¿El abuelo ya preparó la cena? Quizá todavía no… Pero ya tengo muchísima hambre…
En el pueblo, mucha gente había regresado estos días. Más personas de las usuales estaban caminando por la calle. Después de unos pasos, Fang Chi no pudo evitar empezar a correr, llevando la maleta y el transportín como si volara con el viento.
Chico corría y ladraba, y desde lejos, Fang Chi vio los pareados de Año Nuevo[2] recién colgados fuera del patio de sus abuelos, mucho más grandes que en años anteriores.
Su abuelo nunca había querido comprar pareados grandes, siempre decía que dos trozos de papel decorados con flores no valían el dinero, pero este año, por alguna razón, había puesto unos tan grandes.
Chico se detuvo en la puerta del patio y el abuelo salió en ese momento.
—¡Abuelooo! —rugió Fang Chi, y luego echó a correr con más fuerza, con la maleta chirriando por el arrastre contra el suelo. Mientras, Sir Amarillo dejaba escapar maullidos furiosos y nerviosos en el transportín.
Notas:
[1] El té de burbujas o té de perlas, también conocido por su anglicismo bubble tea o también como boba, es una bebida de té dulce aromatizada inventada en Taiwán. Las burbujas están hechas con harina de tapioca (almidón), agua y azúcar moreno. A diferencia de la harina de trigo, la tapioca solo contiene almidón.
[2] Un (pareado – 对联) es un par de versos de métrica en poesía, generalmente consta de dos versos que riman y tienen la misma métrica.