Sheng Shaoyou se quedó helado y abrió los ojos.
En la oscuridad, los ojos de Hua Yong brillaban con una intensidad particular, pero no era el brillo alegre y vivaz del sol. Sus pupilas, insondables, eran como un cielo nocturno cargado de nubes oscuras que, al rozarse, producían un relámpago brillante y fugaz.
El rostro de Hua Yong no mostraba ninguna expresión. Su semblante, al igual que sus ganas de vivir, era tan indiferente que resultaba alarmante. Su mano delgada descansaba dócilmente sobre el pecho de Sheng Shaoyou, cálida y suave, pero parecía sujetar con firmeza los latidos cada vez más fuertes de su corazón.
Hua Yong apoyó la cara en su pecho y bajó la vista. —He conseguido información sobre la aplicación de la tijera genética y una lista de los altos ejecutivos de X Holdings. Te lo doy todo, ¿vale?
Aunque solo había pasado un mes, Hua Yong parecía haberse convertido en un torpe hombre de negocios. Exponía sin rodeos lo que tenía y lo que había perdido, mostrándoselo con franqueza a Sheng Shaoyou, como si le dijera: Solo me queda esto, ¿todavía lo quieres?
Pero Sheng Shaoyou no era un cliente regateando en un puesto de mercado.
No tenía la más mínima intención de negociar con Hua Yong.
Por esa orquídea tambaleante, solo sentía deseo; nunca había considerado no quererla.
No se atrevía a pensarlo.
Temía que, si mencionaba la palabra “no”, Hua Yong asintiera de inmediato y dijera “vale”.
Y luego no volviera nunca más.
Sheng Shaoyou no quería pensar a cambio de qué había conseguido Hua Yong esa información y esa lista.
Se negaba a pensarlo.
Además, tenían asuntos más importantes y urgentes que tratar.
Como, por ejemplo, cómo conseguir que Hua Yong se recuperara, que volviera a ser feliz, que decidiera seguir viviendo y que, en un futuro, bañado por la luz, le dedicara de nuevo a Sheng Shaoyou esa sonrisa tímida pero llena de vida.
Sheng Shaoyou echaba de menos su sonrisa inocente, echaba de menos su timidez.
—¿Lo quieres? —Hua Yong se movió de nuevo, levantando la cabeza, intentando liberarse del abrazo de Sheng Shaoyou. Temiendo hacerle daño, este no tuvo más remedio que soltarlo.
Hua Yong se incorporó y estiró el brazo para encender la luz.
La luz brillante iluminó su piel pálida y delicada, deslumbrante. Su cintura, delgada pero fuerte, se ceñía al albornoz de seda. El pecho que quedaba al descubierto era de un blanco níveo, como una foto sobreexpuesta, lo que le dio a Sheng Shaoyou la falsa impresión de que Hua Yong se recuperaría pronto. En las pocas horas que habían pasado, las terribles marcas en su cuerpo parecían haberse atenuado un poco.
Encontrándose con su mirada, Hua Yong retrocedió unos pasos y pisó el suelo descalzo. Sheng Shaoyou frunció el ceño. —¿A dónde vas? —Lo agarró por el brazo delgado, lo atrajo hacia él y le dijo que dejara de pensar en tonterías, que se concentrara en recuperarse, que ya hablarían del resto más adelante.
Hua Yong asintió y, muy dócil, volvió a la cama, estiró el brazo y apagó la luz.
Sheng Shaoyou recordó la imagen de Hua Yong estirándose para alcanzar la lámpara y pensó que, en realidad, no había cambiado tanto en un mes. Solo estaba más delgado, hablaba menos y su rostro delicado estaba sorprendentemente pálido.
Pero engordar a una orquídea no era difícil. Si hablaba poco, le sacaría conversación; si no sonreía, le contaría más chistes.
Hua Yong se reía con facilidad. Antes, cuando Sheng Shaoyou le contaba algún chiste de vez en cuando, se reía hasta quedarse sin aire, con los ojos curvados como lunas crecientes, temblando de la risa.
—¿Tan gracioso es?
—Sí, el señor Sheng contando chistes con esa cara seria es adorable.
Sheng Shaoyou tenía mucha experiencia en hacerlo reír. Aunque solo había pasado un mes, esa experiencia no tenía por qué haber perdido su efecto. Además, con todas las técnicas de negociación y comunicación que había aprendido, sacarle conversación a un Omega excesivamente silencioso no sería nada difícil.
Pensando en esto, de repente se sintió tranquilo. Cerró los ojos y, envuelto en el sutil aroma a orquídea, se fue durmiendo poco a poco.
…
A la mañana siguiente, Sheng Shaoyou le compró a Hua Yong un móvil nuevo y una tarjeta SIM.
Poco después de recibirlo, Hua Yong le envió su primer mensaje de WeChat en un mes.
Durante los días de su desaparición, Sheng Shaoyou le había enviado mensajes a diario.
El historial de chat, antes un ir y venir de conversaciones, había sido sepultado por un bombardeo unilateral de largos mensajes verdes, todos sin respuesta. Cada vez que lo revisaba, Sheng Shaoyou sentía el dolor de una despedida eterna.
Al ver el tan esperado mensaje en la pantalla, sus ojos se calentaron. Lo abrió y vio que era un enlace a un servicio en la nube. Dentro había una gran cantidad de información sobre la aplicación de la tijera genética, todos secretos cruciales que el Grupo HS nunca había revelado.
La lista de altos ejecutivos de X Holdings era larga, con nombres en chino e inglés, pero sin excepción, todos eran Alfas.
La visión de Sheng Shaoyou se volvió a nublar. Sintió un dolor agudo en el pecho y soltó un gemido ahogado.
Apretó la mandíbula con fuerza, con la nariz congestionada. Al mirar esa valiosa información, que no se podía comprar ni con todo el oro del mundo, se sintió rodeado por el fuego de la ira y los celos. Pero no se atrevía a preguntarle a Hua Yong de dónde había salido todo eso, ni a cambio de qué lo había conseguido.
…
Con esa información, la tecnología de aplicación de la tijera genética de Shengfang Bio, efectivamente, avanzó a pasos agigantados.
El tiempo se deslizó silenciosamente. Llegó septiembre y el calor del verano aún persistía. El sol, en lo alto, hacía que las flores del jardín se marchitaran.
Hua Yong estaba de pie junto a la ventana, mirando el colorido parterre, ensimismado.
Desde que había vuelto, no había regresado a trabajar a HS. Sheng Shaoyou no lo dejaba salir solo. Cada vez que salía, si él no podía acompañarlo, iba seguido por una fila de corpulentos guardaespaldas Beta.
Al tercer día de su regreso, se mudó con Sheng Shaoyou a una villa a media hora en coche del antiguo apartamento. Era la casa de Sheng Shaoyou.
Poco después de la mudanza, una noche, Sheng Shaoyou volvió a casa con la cara magullada.
Hua Yong, de pie en la entrada, lo miró en silencio. Sus ojos límpidos se llenaron de preocupación, pero se mordió el labio y no dijo nada.
Sheng Shaoyou sintió su preocupación. Sabía que Hua Yong dudaba, que quería preguntar, pero no se atrevía.
Temía que, si le preguntaba qué le había pasado, tendría que preguntarle con quién se había peleado, y entonces tendría que oír ese nombre que no quería oír, que nunca más había mencionado.
Y al oír ese nombre, ya no tendría que preguntar por qué.
Porque ambos sabían la razón.
Ambos recordaban ese desastre que nadie mencionaba, que ambos habían olvidado a propósito, fingiendo que nunca había ocurrido. Pero fingir olvidar es, en sí mismo, una forma de recordar.
—¿Has cenado? —Sheng Shaoyou se acercó, le tomó el rostro entre las manos y besó su mejilla con sus labios partidos.
Hua Yong se puso rígido al instante.
Apartó la cara y retrocedió. —Sí.
—¿Qué has comido? —Sheng Shaoyou le agarró la mano, impidiendo que se alejara. Su mirada era ardiente, pero muy tierna—. ¿Está muy bajo el aire acondicionado? ¿Por qué tienes la mano tan fría?
La mano de Hua Yong no estaba fría, era la palma de Sheng Shaoyou la que ardía. El aroma a naranja amarga y ron se acercó a su nariz, recordándole que tenía delante a un Alfa de clase S al borde de su período de celo.
Su mano estaba firmemente sujeta por la de él, su rostro, atrapado por esa mirada ardiente. Se sentía intensamente amado. Respiró hondo y, con las pestañas temblando, se inclinó y besó la comisura amoratada de los labios del Alfa. —¿Te duele? —le preguntó.
Sheng Shaoyou le llevó la mano al corazón. —No —dijo, como si quisiera decir que la pelea no dolía, pero el corazón sí.
Hua Yong no pudo evitar sonreírle. La mano del Alfa se apretó aún más. —¿Por qué me regalas una sonrisa hoy?
La sonrisa se tensó al instante. Dejó de sonreír, pero la ternura permaneció en sus ojos. —El señor Sheng también es adorable con heridas de guerra.
Sheng Shaoyou no supo si reír o llorar. Le llevó la muñeca a los labios y la besó. —¿Adorable?
—Sí, mucho.
El tiempo pareció retroceder varios meses, a cuando Hua Yong, agachado frente al horno, vigilaba nervioso sus galletas. Sheng Shaoyou se acercaba para molestarlo y besarlo, y él se quejaba: “El señor Sheng es muy pegajoso y no se porta bien”. Sheng Shaoyou: “¿Soy muy pegajoso?”. Hua Yong sonreía y decía: “Sí, mucho”.
Y añadía: “Señor Sheng, tiene que portarse bien”.
Esa escena, aunque solo habían pasado unos meses, parecía de otra vida.
Desde que Hua Yong volvió a casa, no habían vuelto a dormir en habitaciones separadas. Cada noche dormían abrazados, compartiendo el calor de sus cuerpos, la respiración suave del sueño y, a veces, el peso de las pesadillas.
Hua Yong era muy silencioso incluso cuando tenía pesadillas. Sheng Shaoyou lo descubrió por casualidad.
Un día, se despertó a mitad de la noche y notó que las manos y los pies de Hua Yong estaban helados. Su respiración era más pesada y rápida de lo normal. Le tocó la espalda y la encontró empapada en sudor.
Lo despertó con un empujón. Hua Yong se incorporó de un salto, gritando “¡No!”.
Seguro que no quería decir “no me despiertes”, sino otro “no” más profundo. Tenía los ojos muy abiertos, llenos de desesperación, sin la somnolencia de quien acaba de despertar, solo un terror lúcido y afilado.
Sheng Shaoyou lo abrazó, y sintió cómo su camisa se empapaba lentamente de lágrimas.
El Omega en sus brazos hundió la cabeza en su pecho, como un avestruz que se esconde del peligro, y preguntó con voz ronca: —Señor Sheng, ¿algún día podré olvidar?
Sheng Shaoyou no tenía ninguna certeza, pero aun así le acarició la espalda y lo consoló: —Seguro que sí.
Dicen que solo creando buenos recuerdos se pueden tapar los malos. Pero los recuerdos de Hua Yong en la intimidad eran tan terribles que era como si, sobre una hoja de papel en blanco, se hubiera garabateado una gruesa línea negra. Por muchos colores vivos que se pintaran encima, solo quedaría un negro de desesperación infinita, manchando de paso los lápices de colores que intentaban salvarlo.
Sheng Shaoyou había pensado que le importaría mucho.
A la hora de elegir compañeros de cama, nunca se había privado de nada, y siempre había rechazado a los Omegas que habían sido impregnados con el aroma de otro Alfa.
Li Baiqiao había dicho una vez que su puritanismo en ese aspecto era extrañamente anticuado, como el de un viejo señor feudal de hacía siglos, estricto con los demás y permisivo consigo mismo.
Li Baiqiao dijo: “El día que Shaoyou se acueste con un Omega ‘impuro’, las ranas criarían pelo¹“.
Pero Sheng Shaoyou descubrió que no era así.
Según sus antiguos estándares, el Hua Yong de ahora no podría considerarse “puro”.
Pero se negaba a pensar en ello, porque solo de hacerlo, sentía como si le atravesaran el corazón, un dolor insoportable.
A menudo recordaba aquella primera noche, cuando Hua Yong, con los labios apretados, sentado en la cama, lo miraba como si lo estuviera convenciendo de algo. Esa mirada fugaz, cada vez que la recordaba, le provocaba un vuelco en el corazón.
Hua Yong siempre sería puro, adorable y deseable.
Merecía todo lo mejor del mundo.
En el corazón de Sheng Shaoyou, esta orquídea inmaculada tenía un corazón tan hermoso como su rostro. Era el más puro, el más inocente, y el amor que ofrecía era incondicional. Un Sheng Shaoyou descuidado lo había perdido una vez, pero nunca podrían mancharlo.
…
El día antes de que comenzara su período de celo, Sheng Shaoyou sintió los cambios en su cuerpo. Una oleada de calor irrefrenable lo recorrió. Debido al aroma a orquídea en la casa, este ardor era más intenso que nunca.
Terminó la reunión de la mañana y se fue de la empresa. Le pidió a Chen Pinming que enviara a alguien a recoger a la Omega llamada Shuxin y que lo esperara en el aeropuerto.
Esa noche, Hua Yong no esperó a que Sheng Shaoyou volviera a casa.
A las tres de la madrugada, en la habitación, silenciosa como una tumba, el joven que aún no dormía tenía un rostro de una frialdad extrema. Estaba sentado con las piernas cruzadas en la cama, sosteniendo en su mano blanca y delgada un reloj de bolsillo antiguo y recargado. Su hermoso rostro, enmarcado por dos ojos como estrellas heladas, esbozó una sonrisa fría pero seductora.
—Señor Sheng, tiene que portarse bien —susurró.
La luz amarillenta envolvía su rostro inclinado, una cara pálida y exquisita, con una expresión de soledad y decepción, como la nube más solitaria en el cielo del atardecer.
Estaba acostumbrado a ser admirado. Las pocas veces que había perseguido a alguien, parecía que siempre perdía.