Shen Wenlang llevaba una racha de muy mala suerte.
Hace poco, en el garaje de un hospital, se vio obligado a presenciar un melodrama de amor correspondido y apasionado, y luego a hacer el papel del villano estúpido que intenta separar a los tortolitos, y sin éxito. Si no fuera porque Hua Yong tuvo un poco de conciencia y detuvo a Sheng Shaoyou, lo más probable es que hubiera acabado sufriendo una paliza en ese mismo garaje.
Y peor que todo eso, su mano derecha, su sombra, había desaparecido. Shen Wenlang llevaba casi setenta y dos horas sin poder contactar con Gao Tu.
Desde que se desvaneció en la fiesta de aquella noche, no lo había vuelto a ver.
El dignatario del País P era un borracho de tomo y lomo, y al final de la cena lo había obligado a beber. Shen Wenlang, ansioso por irse a buscar a Gao Tu, bebió una copa tras otra, tan rápido que acabó con la memoria hecha un lío y la mente nublada. Y para colmo de males, parecía que, en su estado de inconsciencia, se había acostado con un Omega en celo.
Bueno, “acostado” era un decir. Ni siquiera había una cama decente.
A la mañana siguiente, Shen Wenlang se despertó en la sala de descanso de empleados del Tiandi Hui. El espacio era agobiante, y un intenso aroma a salvia, suave y ligeramente amargo, se mezclaba con el olor depredador del lirio, tan denso que resultaba abrumador. En un rincón, una de las patas del sofá cama estaba rota, y todo estaba hecho un desastre. Parecía que hasta había sangre.
Los fragmentos de memoria hicieron que Shen Wenlang, que siempre había odiado a los Omegas, se sintiera furioso y humillado. Ante la evidencia irrefutable, no podía fingir que todo había sido un sueño. En silencio, casi por instinto, empezó a culpar al desaparecido Gao Tu.
¡Quién sabe dónde se habrá metido ese Beta! ¡Por su culpa me he acostado con un Omega desconocido! ¡Menuda mala suerte!
Después de más de diez llamadas sin respuesta, su ligera preocupación se convirtió en una furia ciega.
Como su secretario personal más competente, Gao Tu lo había acompañado a cientos, si no miles, de cenas de negocios a lo largo de los años. Nunca antes había desaparecido en mitad de un evento.
Shen Wenlang, con el rostro sombrío, intentó recordar los detalles de aquella noche. Quiso recordar la cara del Omega, pero el alcohol había ahogado sus recuerdos. Por mucho que lo intentaba, no recordaba nada. Solo que no era del tipo frágil y delicado habitual; tenía los hombros anchos, la cintura estrecha, un buen cuerpo. Sus reacciones eran increíblemente torpes y, al final, le había suplicado con voz ronca, mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas y le mojaban los dedos con los que le sujetaba la barbilla.
¡Mierda! ¿Y por qué coño le estaba sujetando la barbilla?
Las imágenes que le venían a la mente ensombrecieron aún más su rostro. Recordó que, como si no pudiera evitarlo, lo había besado muchas veces. Y de esos besos apasionados, de los que no quieres que terminen. Como si se sintiera irresistiblemente atraído por esos labios suaves, como si fuera a morir de sed si no le robaba un poco de su saliva.
¡Mierda! ¡Aunque el olor no estaba mal y abrazarlo se sentía bien, seguía siendo un sucio Omega! ¿¡Cómo había podido dejarse llevar y abrazar a un Omega!? ¡Estaba loco!
Shen Wenlang cerró de golpe el informe que le habían traído para firmar. La fuerza fue tal que la joven secretaria que lo sustituía dio un respingo.
—Señor Shen, ¿necesita algo?
—¿Aún no ha venido Gao Tu? —dijo Shen Wenlang, con el rostro tenso.
—¡Ah! ¡El secretario Gao acaba de llamar! —respondió la secretaria, temblando ante el mal humor de su jefe—. Ha dicho que necesita un permiso de una semana.
—¿Un permiso? ¿No ha tenido suficiente con ausentarse tanto tiempo? ¿Y encima pide un permiso? —Shen Wenlang entrecerró los ojos peligrosamente—. ¿Por qué? ¿Cuántas veces ha pedido permiso este último medio año? ¿Y la razón? ¿Otra vez por el celo de su pareja?
La secretaria solo había oído rumores en la sala de descanso. Sabía que el siempre profesional secretario Gao había vuelto a pedir un permiso, pero no sabía la razón. Al ver la cara de pocos amigos de su jefe, respondió con aprensión: —Creo que sí, pero no estoy segura. ¿Quiere que pregunte?
Shen Wenlang tiró los documentos sobre la mesa. —No es necesario. No le apruebo el permiso. Dile a Recursos Humanos que si vuelve a llamar, me pasen la llamada a mi despacho.
—Pero, el secretario Gao…
—¿Pero qué? Si en veinticuatro horas no recibo su llamada, que se largue y no vuelva a trabajar aquí nunca más.
¿Acaso el mundo se va a acabar si falta un secretario prescindible? ¡No sabía que mi antiguo compañero era tan romántico! Anoche estaba tan inquieto, ¿será porque estaba preocupado por su pareja en celo? ¡Ah, estos sucios Omegas que no dejan vivir en paz!
Ya estaba de bastante mal humor, y por la tarde, para colmo, recibió una llamada de ese pequeño loco. —Necesito que me traigas más dosis de ese medicamento.
A Shen Wenlang, que todo le salía mal, se le agotó la paciencia. Dijo con una risa fría: —¿Que te lo lleve? ¿Qué soy, un repartidor a domicilio?
—Si te empeñas en pensar eso, no puedo hacer nada.
¡Mierda!
—¡No te lo llevo, ven a buscarlo tú!
—Tráemelo tú. El señor Sheng está muy enfadado, y probablemente necesite pegarte una paliza para sentirse un poco mejor.
—¿Y por qué no te pega a ti?
—Porque a mí no se atreve.
¡Mierda, estoy harto! ¡Que se acabe el mundo ya! Shen Wenlang, a quien le acababan de meter una sobredosis de azúcar ajeno por la garganta, se sintió asqueado, colgó el teléfono con furia.
Pero al instante recibió un mensaje: 「La otra noche te acostaste con un Omega. ¿Quieres saber qué aspecto tiene?」
A Shen Wenlang le dio un vuelco el corazón. Le habían tocado en su punto débil. Volvió a llamar, rechinando los dientes. —¿Lo viste?
—Sí, y también hice fotos —dijo una voz suave al otro lado, con una risita—. ¿Quieres verlas?
—¡Envíalas!
—Tráeme el medicamento.
…
Al volver a casa, Sheng Shaoyou pasó por una mala racha. Una vez que Hua Yong fue encontrado, por fin tuvo tiempo para investigar a fondo lo que había ocurrido la noche de la fiesta.
Se había topado con un desgraciado al que había que descuartizar, pero no podía hacerlo público. Hasta para revisar las cámaras de seguridad tuvo que tragarse la humillación, fingiendo que buscaba a un ladrón que le había robado algo de valor.
Pero, como se rumoreaba que el famoso “el que no debe ser nombrado” iba a asistir, las cámaras internas del Tiandi Hui habían estado apagadas toda la noche. Más de mil cámaras, completamente inútiles.
Sheng Shaoyou se había tragado una ofensa enorme y, frustrado, solo pudo contactar con el centro de control de enfermedades para someterse a un tratamiento post-exposición.
Durante ese tiempo, se obligó a asistir a varias licitaciones.
El Grupo HS, su competidor más fuerte, se retiró varias veces de la puja, lo que permitió a Sheng Shaoyou conseguir sin esfuerzo varios contratos importantes de alto beneficio.
Desde el encuentro en el aparcamiento, tanto X Holdings como el Grupo HS, tal como habían prometido, dejaron de atacar a Shengfang. El entorno externo de la empresa se relajó considerablemente y la crisis se dio por superada.
Pero el ánimo de Sheng Shaoyou no mejoró en lo más mínimo. Sentía el corazón como si se lo estuvieran cortando en pedazos, aplastado por la cruda realidad.
Esos contratos, que podrían generar cientos de millones de beneficios, parecían manchados con las lágrimas con aroma a orquídea de Hua Yong.
Hua Yong había alimentado al halcón con su propia carne. Cuanto mejor le iban las cosas a Sheng Shaoyou, más recordaba ese sacrificio que le oprimía el pecho.
La vida de su padre y el futuro del Grupo Shengfang se habían comprado con el cuerpo y el orgullo de ese Omega. Un Alfa de clase S, que se consideraba en la cima de la cadena evolutiva, pero que ni siquiera podía proteger a su único amor. Era una broma de mal gusto.
…
Aquel día en el garaje, Sheng Shaoyou finalmente se llevó a Hua Yong de vuelta. Shen Wenlang, fingiendo generosidad, se encogió de hombros. —Soy un hombre de palabra. Dije una noche, y es una noche. Si quiere volver contigo, adelante.
Los guardaespaldas de Sheng Shaoyou impidieron que Shen Wenlang se fuera, y él se arremangó, dispuesto a darle una lección. Hua Yong le tiró suavemente del brazo, musculoso y tenso, y lo disuadió: —Señor Sheng, dejémoslo estar. Su mirada era suplicante, como si le pidiera que no fuera impulsivo, recordándole que el medicamento de su padre dependía de Shen Wenlang.
Su fuerza era mínima, pero sujetaba una manga de la ropa de Sheng Shaoyou, y fue suficiente para controlar sus decisiones. Sheng Shaoyou soltó la solapa de Shen Wenlang y lo fulminó con la mirada. —Has tenido suerte. A partir de ahora, ten cuidado por dónde andas. Quien mucho arriesga, al final se quema.
Shen Wenlang se quedó sin palabras. ¿Suerte? ¡Probablemente no había nadie en el mundo con peor suerte que él! Su expresión se contrajo en una sonrisa forzada. —Gracias por el consejo. Y tú, cuida bien de tu tesoro. Huele tan bien que la gente que querrá probarlo hará cola desde aquí hasta el País P.
Sheng Shaoyou volvió a apretar los puños. Si no fuera por la intervención de Hua Yong, le habría dejado la cara como un mapa. Al final, no llegaron a las manos.
Sheng Shaoyou, con una rabia contenida, fingió que no había pasado nada, pero durante todo el camino no soltó la mano de Hua Yong. Una tormenta de emociones se agitaba en su interior, y la nuca le ardía. Por suerte, el suave aroma a orquídea lo calmaba. Hua Yong había vuelto. Menos mal.
Sheng Shaoyou estaba convencido de que, con Hua Yong de vuelta en casa, todo volvería a la normalidad. Pasarían página juntos y continuarían con su relación agridulce.
Pero las cosas no salieron como esperaba. Esa noche, Hua Yong se mudó solo a la habitación de invitados.
A Sheng Shaoyou se le subió la sangre a la cabeza. Lo esperó en la puerta del baño para acorralarlo. Al verlo, Hua Yong se quedó helado. Dejó de secarse el pelo, sus ojos más transparentes que el ámbar, y lo llamó en voz baja: —Señor Sheng. Era cauteloso, como si estuviera en un sueño del que pudiera despertar en cualquier momento.
Sheng Shaoyou se acercó, queriendo abrazarlo, besarlo, pero él lo esquivó suavemente. Acababa de ducharse, y una fina capa de vapor lo envolvía. Sus labios, suaves y pálidos, estaban apretados. Dijo en voz baja: —Señor Sheng, es sucio. Su mirada era esquiva, y el dolor del autodesprecio era palpable.
Sheng Shaoyou, aunque por fuera parecía tranquilo, por dentro se moría de dolor. Forzó una sonrisa y bromeó: —¿Crees que estoy sucio? ¿Entonces voy a lavarme, vale?
Hua Yong sonrió, pero no fue una sonrisa feliz. Era más amarga que burlona. Como si Sheng Shaoyou hubiera dicho algo absurdo, pero no lo contradijo. El agua de su pelo mojado goteaba. Bajó la cabeza y se quedó quieto en silencio.
Sheng Shaoyou sintió un fuerte deseo de acercarse, de besar su frente lisa, sus labios temblorosos y sus ojos, que habían soportado tantas lágrimas. Pero temía que lo volviera a esquivar, y no podía soportarlo. Cada vez que Hua Yong lo evitaba era como si blandiera una espada de doble filo: la punta afilada lo atravesaba a él, pero también hería a Sheng Shaoyou, que sentía su dolor como propio.
Sheng Shaoyou, que odiaba a las parejas que le aguaban la fiesta, no sabía qué hacer con este Omega altivo, de pocas palabras y testarudo. Había pensado que nunca en su vida se encontraría con una pareja que pudiera dominarlo tan fácilmente, que nunca perdería la cabeza por amor. Pero se equivocaba.
Antes, Li Baiqiao solía decir que el amor era complicado. A Sheng Shaoyou no le importaba. Nunca se había enamorado de nadie, ni tenía interés en hacerlo. Quién iba a decir que Hua Yong, en apenas un año, le enseñaría a saborear todas las facetas del amor: lo dulce, lo amargo y lo picante.
La primera vez que le arrebataron a su amado Omega, probó la amargura de la pérdida. Y esta vez, el sacrificio voluntario de Hua Yong le dejó un sabor agridulce en el corazón, y una sensación de fracaso sin precedentes. Se enorgullecía de ser un Alfa de clase S, pero en los momentos cruciales, no podía proteger a su Omega, dejando que el frágil y delicado Omega se sacrificara por él. Era un pecado.
…
Obligado a dormir en habitaciones separadas, la calidad del sueño de Sheng Shaoyou se desplomó. Varias veces, al abrir los ojos por la mañana, Hua Yong se encontraba a Sheng Shaoyou acurrucado junto a su cama. El alto Alfa, hecho un ovillo en el suelo, como un perro fiel y pegajoso que echa de menos a su dueño. Adorable y lastimero.
Lo observó durante un rato, su rostro indefenso mientras dormía, y luego lo despertó. —Señor Sheng, el suelo está muy frío. Sheng Shaoyou abrió los ojos, confundido por un instante. Al ver el rostro de Hua Yong, su humor mejoró al instante. —Buenos días.
Hua Yong, cautivado por la ternura de sus ojos sonrientes, se sonrojó. —Buenos días.
Después de una semana repitiendo la misma escena, Hua Yong finalmente no pudo seguir permitiendo que Sheng Shaoyou durmiera en el suelo. —Señor Sheng, es demasiado incómodo para usted —su afecto, al igual que su preocupación, era imposible de ocultar.
Su compasión era justo lo que Sheng Shaoyou buscaba. La táctica de hacerse la víctima había funcionado. Le cogió la mano y lo engatusó con voz suave: —¿Entonces te compadeces de mí y me dejas volver al dormitorio principal?
Sheng Shaoyou nunca había hablado así. Hua Yong se sonrojó aún más y no supo dónde mirar. —Usted… usted… —balbuceó, sin poder articular palabra. Sheng Shaoyou, harto de hacerse el caballero, lo cogió en brazos y rio. —¡A llevar a la novia a la cámara nupcial!
Hua Yong, entre avergonzado y alarmado, protestó: —¡B-bájeme!
Sheng Shaoyou caminó a grandes zancadas hasta el dormitorio principal y, obedientemente, dejó caer a su Omega en la cama.
El joven, delicado, quedó desorientado por la caída. Su cuello largo se arqueó hacia atrás, trazando una curva elegante. Levantó el rostro, con una mirada entre asustada y confusa.
—Señor Sheng —lo llamó, con sus hermosos ojos llenos de agua. El corazón de Sheng Shaoyou latió con fuerza. Como un adolescente que se queda sin saber qué hacer ante la mirada de su primer amor, antes de poder hacerse el caballero, su cuerpo ya se había abalanzado sobre él, sus labios buscando la suavidad que tanto ansiaba.
Hua Yong intentó apartarlo, sus manos apoyadas débilmente en su pecho, pero Sheng Shaoyou se las sujetó. El corazón del Alfa latía con fuerza bajo su palma. Al pensar que sostenía el corazón que tanto había anhelado, Hua Yong ya no pudo resistirse. Abrió la boca, dócil, e intercambió saliva y calor con su amado y ansioso Alfa.
Sus dedos se deslizaron bajo la ropa, acariciando la cintura delgada. Los ojos de Hua Yong se abrieron de golpe e, instintivamente, dijo: —No.
Sheng Shaoyou se detuvo al instante. Se maldijo a sí mismo por ser un animal. Avergonzado, pero sin mostrarlo, sacó los dedos y le acarició la mejilla con ternura. —Vale, si dices que no, no lo haremos.
Los ojos de Hua Yong se humedecieron lentamente. Hundió el rostro en su pecho y se disculpó en voz baja: —Lo siento.
Sheng Shaoyou sintió que le daría su propio corazón si pudiera. Le besó la frente torpemente y le prometió: —No tienes por qué disculparte. He sido yo, me he precipitado. No volverá a pasar. La próxima vez, hasta para darte un beso, te pediré permiso, ¿vale?
Hua Yong no pudo evitar sonreír. —¿Y ahora también me va a besar?
Sheng Shaoyou apartó los labios al instante, le tomó el rostro entre las manos y le preguntó con seriedad: —¿Puedo? Quiero besarte, ¿me das permiso?
Hua Yong no le dio permiso. No quería que Sheng Shaoyou siguiera siendo el único en tomar la iniciativa. Se irguió, y sus labios suaves y húmedos se posaron en la mandíbula firme del Alfa. —Qué tonto es el señor Sheng, no sabe ni pillar una broma.