La puerta se cerró de un portazo.
En cuanto Cai Hong se fue, Hua Yong abandonó la actitud de hueso duro de roer. Soltó la muñeca de Sheng Shaoyou y le preguntó con voz melosa: —Señor Sheng, de postre, ¿prefiere algo chino o algo occidental?
Solía andar con rodeos, pero esta vez, era evidente que no iba a funcionar. Sheng Shaoyou frunció el ceño. —¿Qué demonios te pasa? ¿Quién era ese tipo? ¿Tu hermano? ¿Un médico? —Su mirada analítica se posó en el apósito que cubría el brazo de Hua Yong. Le agarró el brazo que intentaba esconder—. ¿Y esto qué es?
Hua Yong forcejeó un poco, pero no logró soltarse. Se quejó con un tono mimoso: —Señor Sheng, me está haciendo daño.
Sheng Shaoyou rechinó los dientes, pero no pudo hacer nada contra él. Aflojó un poco la mano. —Hua Yong, dime la verdad. ¿No dijiste que no volverías a mentirme nunca más?
—No le he mentido —dijo Hua Yong con seriedad—. No se enfade, señor Sheng. Lo que quiera saber, se lo diré.
Pero a Sheng Shaoyou no era fácil engañarlo. Lo miró fijamente y le preguntó: —¿Por qué has pedido el día libre?
Hua Yong lo miró, apretó los labios y sonrió de nuevo, con un aire inofensivo y tierno. Evitó el tema principal: —Ese doctor Cai es unos años mayor que yo. Por sangre, es mi hermanastro. Mi madre murió muy pronto y me dejó a su cuidado, por eso siempre le gusta sermonearme como si fuera mi hermano mayor. —Parecía ofendido y apoyó la cara en el pecho de Sheng Shaoyou para quejarse—. Señor Sheng, es muy borde conmigo.
Tú eres mucho más borde que él, pensó Sheng Shaoyou para sus adentros.
La intención de Hua Yong de desviar el tema era obvia, pero Sheng Shaoyou no se tragó el anzuelo. Se centró en el punto clave y le recordó deliberadamente: —¿Has dicho que es médico?
—Sí —respondió Hua Yong con indiferencia—. Dicen que es bastante famoso en su campo, pero con ese genio que tiene, hasta una persona sana se pondría enferma por su culpa. Con razón a su edad todavía no tiene pareja. ¿Quién lo va a querer?
—¿A qué ha venido?
Hua Yong se puso alerta al instante. Bajó la vista, con una docilidad extrema, pero su boca se cerró como una ostra, difícil de abrir. Dijo de forma ambigua: —A verme.
—¿Ah, sí? —Abrir una ostra para sacar la perla también tenía su gracia. Sheng Shaoyou le sujetó la muñeca, acariciándola un par de veces, y continuó con su interrogatorio—. ¿Y qué ha visto?
Hua Yong levantó la vista, se encontró con sus ojos oscuros y, sorprendentemente, se sonrojó un poco. —Nada grave.
Sheng Shaoyou bajó la cabeza y olfateó su aroma. La fragancia fría de la orquídea había desaparecido, reemplazada por un aroma floral, suave y sereno. El de un Omega.
Hua Yong se acercó, le besó la barbilla y le susurró al oído: —Sándwich occidental, pastelitos de arroz chinos¹, o… a mí. ¿Qué quiere comer primero el señor Sheng?
A Sheng Shaoyou se le quitó el hambre de golpe. Le sujetó la barbilla con fuerza. —¿Te divierte mucho tomarme el pelo?
—No.
Apretó con fuerza, pero esta vez Hua Yong no se quejó de dolor. Lo miró con sus ojos, dos abismos insondables. —Me gusta el señor Sheng, y espero que al señor Sheng también le guste yo.
—¿Y me gustarás si cambias de olor?
Hua Yong enarcó una ceja, sin decir nada, pero sus ojos decían claramente: Antes te gustaba mucho, ¿no? Sheng Shaoyou, furioso, sintió que se le entumecían los dedos y que la tensión le subía por las nubes. Por fin entendió por qué Cai Hong había dicho que, con Hua Yong, acabaría con pastillas para la tensión. —Hua Yong, si te atreves a volver a hacer una tontería así, no solo no me gustarás, sino que no volveré a verte en mi vida. ¿Ha quedado claro?
Hua Yong lo había oído, pero su expresión era de confusión. —¿Por qué? —insistió—. ¿No dijo que le gustaba el olor a Omega? Pues me convierto en un Omega. ¿Qué tiene eso de malo?
¿Qué tiene de malo? ¿Y encima se atreve a preguntar qué tiene de malo? Mírate esa cara, más blanca que el papel. Sheng Shaoyou le soltó la barbilla y rio con frialdad. —Sí, no tiene nada de malo. Cuando te mueras, nadie me molestará. Sigue usando ese maldito modificador. Yo paso.
—Espera —dijo Hua Yong, agarrándolo del borde de la ropa, pero él se lo quitó de un manotazo.
—Si quieres morirte, muérete. Yo no juego más.
De repente, un cuerpo cálido se pegó a su espalda tensa. Unos brazos largos y delgados le rodearon la cintura con fuerza. El calor corporal, con su aroma a orquídea, lo envolvió, impidiéndole dar un solo paso. —Señor Sheng —lo abrazó Hua Yong por detrás, reconociendo su error con voz suave—. Me he equivocado, lo corregiré. No se enfade, no se vaya.
—¿En qué te has equivocado?
Hua Yong no supo qué decir, pero tampoco se atrevió a mentir de nuevo. Dijo con sinceridad: —No debería haber enfadado al señor Sheng.
Sheng Shaoyou se giró bruscamente y lo regañó: —¡No deberías jugar con tu propio cuerpo!
Hua Yong se quedó perplejo e, instintivamente, respondió: —Pero no me voy a morir.
¿Así que te aprovechas de tus dones, no? Mientras no te mueras, puedes hacer lo que te dé la gana.
Sheng Shaoyou soltó una risa gélida. —¿Te gusta tanto sufrir? Pues entonces quítate los pantalones y déjame que me divierta un poco.
A su lado, Chang Yu se quedó de piedra, sin atreverse ni a respirar. No podía seguir escuchando, pero tampoco sabía si debía taparse los oídos. Si oía demasiado, probablemente su jefe lo silenciaría. Efectivamente, la mirada afilada de Hua Yong se posó en él.
Chang Yu, sintiéndose como si estuviera sentado sobre ascuas, dijo con tacto: —Todavía tengo algunos asuntos en el grupo. Me retiro. Si necesita algo, no dude en llamarme.
Dicho esto, el secretario Chang, famoso por su imperturbabilidad, huyó como si se le fuera la vida en ello.
En la enorme habitación, volvieron a quedarse solos. Hua Yong tiró de la corbata de Sheng Shaoyou y, al ver cómo su nuez subía y bajaba, no pudo resistirse y se la lamió. Más que lamer, fue como si la envolviera con la boca, un gesto que hizo que el corazón de Sheng Shaoyou se detuviera por un instante y luego latiera como un tambor.
Una fuerte corriente eléctrica lo recorrió. El aliento cálido de Hua Yong en su cuello y sus manos, ansiosas y ardientes, hicieron que la sangre le hirviera en las venas. El calor que emanaba de su nuca se extendió por todo su cuerpo. Para cuando se dio cuenta, acababan de terminar un beso largo y húmedo.
Sheng Shaoyou miró a un Hua Yong de rostro pálido. La fascinación en los ojos de Hua Yong era tan intensa que a Sheng Shaoyou se le encogió el corazón. Acarició sus labios húmedos y suaves. —No vuelvas a hacer tonterías.
—Pero, el olor…
—Es casi lo mismo —suspiró Sheng Shaoyou—. Tu olor original tampoco es tan desagradable.
—¿De verdad? —insistió Hua Yong. Su expresión era seria, extremadamente seria, como si la respuesta de Sheng Shaoyou fuera lo más importante del mundo.
—De verdad —un suspiro de resignación se escapó de sus labios, pero fue silenciado al instante por otro beso.
Al final, no llegaron hasta el final. El período de celo de Sheng Shaoyou estaba cerca, y el aroma a Omega de Hua Yong lo excitaba, pero al ver ese rostro tan pálido, no pudo obligarse a hacer nada. Su corazón se ablandó por completo. Incluso al besarlo, no se atrevía a usar demasiada fuerza, y mucho menos a “aprovecharse de la situación”.
En la mesa del comedor, no probó ni un solo bocado. Con solo lidiar con Hua Yong, ya tenía bastante. No podía comer. Al final, casi entró en pánico. —¡Para, para!
Hua Yong retrocedió un poco y, lamiéndose los labios, dijo: —El señor Sheng está muy dulce.
¡Dulce mis cojones! Sheng Shaoyou le empujó el hombro. —Abróchate los botones.
A través de la camisa abierta de Hua Yong, se veía una clavícula hermosa. Más abajo, su pecho pálido y plano brillaba con una luz deslumbrante, imposible de ignorar. Esta persona era aterradora. Encajaba perfectamente con todos sus gustos. Pero todo era un cebo. Como un señuelo colgado de un anzuelo, tentando a Sheng Shaoyou para que mordiera, para que se lo tragara. Pero en realidad, el que acababa siendo devorado siempre era él. Sin embargo, era el engaño más dulce del mundo. Aunque sabía que este pequeño loco era un embustero lleno de tretas, su forma de engañar encajaba tanto con sus gustos que no podía evitar caer en la trampa.
…
Bajo la supervisión personal de Sheng Shaoyou, Hua Yong descansó en casa dos días. Cuando volvió al trabajo, la actitud de Chen Pinming hacia él había cambiado mucho. Este “leal servidor” de la familia ya no se limitaba a tratarlo con un respeto puramente profesional; en sus palabras y gestos había ahora un interés personal por emparejarlos.
Esa mañana, Sheng Shaoyou necesitaba un documento. Chen Pinming se lo entregó a Hua Yong. —El informe que necesita el señor Sheng para la tarde. Sería mejor que se lo llevara usted personalmente —le guiñó un ojo—. A estas horas, probablemente esté echando la siesta.
Hua Yong lo miró con una sonrisa burlona. —No sabía que el secretario Chen me ayudaría.
Chen Pinming negó con la cabeza. —No es ayudarlo a usted. Es solo que el joven amo rara vez se encapricha de alguien. Si usted también va en serio, espero que pueda darle un hogar.
—Lo haré —dijo Hua Yong, cogiendo el informe—. Lo que el señor Sheng quiera, se lo daré.
—No vuelva a mentirle —dijo Chen Pinming—. El joven amo odia que le mientan. Usted es el primero que, después de tantas mentiras, no ha sido descartado.
Hua Yong sonrió. —¿Tan en serio? ¿Le gusto tanto al señor Sheng?
Chen Pinming asintió. —Cualquiera que tenga ojos puede verlo. Pero si vuelve a mentirle, lo odiará. —Al ver que Hua Yong no se inmutaba, añadió—: Antes, una Omega llegó veinticinco minutos tarde a una cita y mintió diciendo que había tenido un pequeño accidente de coche. El señor Sheng, tras investigarlo y descubrir la mentira, me ordenó que la despachara en el acto. Y hay muchos ejemplos más. ¿Quiere que le cuente alguno?
—No es necesario —dijo Hua Yong con una sonrisa—. No volveré a mentirle. Ya no es necesario. Lo que había perseguido durante quince años, finalmente estaba al alcance de su mano.
…
Sheng Shaoyou solía echar una siesta de media hora para recargar las pilas por la tarde. Pero ese día, su siesta se alargó a más de una hora. Las feromonas tranquilizadoras, de alta concentración y compatibilidad, lo hicieron tener un sueño placentero. Abrió los ojos, despejado, y se encontró con el rostro de Hua Yong muy cerca. Sheng Shaoyou se quedó perplejo. —¿Qué haces aquí?
Hua Yong se incorporó en la cama del dormitorio privado, con el pelo alborotado y la mirada húmeda. —He venido a traerle un informe al señor Sheng, y de paso a acompañarlo en la siesta.
Sheng Shaoyou: …
—El informe puedes dejarlo en el escritorio de fuera —dijo Sheng Shaoyou, levantándose de la cama. Lo miró desde arriba—. Hay diecisiete secretarios. Si cada uno, al traerme un informe, se me mete en la cama, no cabrían todos.
—Sí —dijo Hua Yong, con los ojos curvados en una sonrisa—. Pero conmigo aquí, no podrán ni entrar por la puerta, y mucho menos meterse en su cama.
Sheng Shaoyou no tenía ganas de discutir. Se dio la vuelta para vestirse. Cuando terminó, Hua Yong ya se había abrochado el último botón de la camisa.
El trabajo de la tarde transcurrió sin problemas. Cerca de la hora de salida, Chen Pinming entró para recordarle que debía pasarse por el hospital. —Debería hacerse la revisión del trastorno de feromonas. Y además, el fármaco dirigido está funcionando muy bien. El estado del presidente ha mejorado mucho, y los médicos dicen que hay una alta probabilidad de que despierte pronto. Si tiene tiempo…
—Entendido —dijo Sheng Shaoyou, firmando un presupuesto. Dejó el bolígrafo—. Mañana por la mañana iré al hospital para la revisión y de paso a ver a mi padre. Mira si hay algo en la agenda que no se pueda cambiar.
Chen Pinming consultó su agenda y asintió. —Mañana por la mañana tiene flexibilidad, y por la tarde también tiene tiempo. Podemos pasar lo de la mañana a la tarde. ¿Qué le parece?
Sheng Shaoyou asintió. Antes de que pudiera hablar, Hua Yong, a su lado, preguntó de repente: —¿El señor Sheng tiene un trastorno de feromonas? ¿Eso es lo que dijeron los médicos?
Chen Pinming: —Sí, y en etapa intermedia. Debería haberse hecho la revisión el mes pasado, pero el señor Sheng no ha tenido tiempo.
—Entonces mañana iré con él —dijo Hua Yong—. Aunque creo que debe de ser un error de diagnóstico de un médico incompetente, de todas formas, es una enfermedad que requiere la colaboración de la pareja.
En los últimos días, el trastorno de feromonas de Sheng Shaoyou había mejorado mucho. Él mismo ya se había olvidado del asunto. Al ver que Hua Yong y Chen Pinming lo discutían con tanto ahínco, no pudo evitar sonreír. —¿Pareja? ¿He dicho yo que lo seas? ¿Ya te estás dando por aludido?
—Sí —dijo Hua Yong con sinceridad, girando la cabeza—. El señor Sheng es muy popular. Por fin hay un sitio libre a su lado, claro que tengo prisa. —Su expresión era tan seria, como si de verdad le importara esa “posición”, que a quien se atreviera a quitársela, lo mataría en el acto.
Chen Pinming, que se había tragado una buena dosis de azúcar sin querer, ya se había acostumbrado. Se retiró en silencio de la oficina, dejando el espacio privado a su jefe y a su futura “jefa”, que por una vez, estaban teniendo un romance entre iguales.