Capítulo 67

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No quería volver a ver a Gao Tu. Aunque se lo decía a sí mismo, su mente no le obedecía. Cuanto más intentaba no pensar en él, más le venía a la memoria.

Como ahora. No quería pensar en Gao Tu en medio de una fiesta, no quería estar todo el día distraído por un secretario prescindible. Pero no podía evitarlo. Olvidar por completo a ese maldito Beta era algo que Shen Wenlang no podía hacer. La sola idea de que el teléfono de Gao Tu ya no existiera, de que estuviera en algún rincón perdido de la mano de dios, lo llenaba de inquietud.

Gao Tu no era de los que desaparecían sin más. Seguro que se había metido en un problema del que no podía pedir ayuda, y por eso se había esfumado. Algo parecido ya había ocurrido hacía muchos años. En aquel entonces, Shen Wenlang apenas conocía a Gao Tu.

Desde hacía mucho, sabía que tenía una “hada madrina¹” que a menudo le dejaba bebidas y comida. Pero a diferencia de los que lo hacían para ganarse su favor, esta “hada” siempre actuaba a escondidas, en silencio. Al principio, a Shen Wenlang le extrañaba que en su pupitre siempre “crecieran” aperitivos o bebidas que eran justo de su gusto. Por desconfianza, al principio no pensaba comerlos. Pero una vez, después de hacer deporte, tenía mucha hambre. Y justo cuando dudaba si tirar la comida, una voz suave sonó a su espalda. 

—Oye… la comida es fresca, está envasada y no está sucia. Tirarla siempre así es un desperdicio. 

—¿La has comprado tú? ¿Por qué te metes tanto? —le espetó Shen Wenlang por instinto. Al girarse, vio un rostro completamente sonrojado.

A día de hoy, Shen Wenlang todavía recordaba esa imagen. El Gao Tu de la época estudiantil, con el pelo corto y limpio, tan común entre los adolescentes, con la cara tan roja que casi la hundía en el cuello de su uniforme escolar azul, descolorido por los lavados. Qué idiota tan torpe. Esa fue la primera impresión que tuvo de él.

Y la segunda cosa que le dejó una profunda impresión fue que, durante las vacaciones de verano, Gao Tu tuvo cuatro trabajos a la vez. En un solo día, Shen Wenlang se lo encontró en un KFC, en una frutería, en la biblioteca y en una tienda de conveniencia. —¿Son cuatrillizos? 

El rostro de Gao Tu se sonrojó al instante. Bajó la cabeza y, evitando su mirada, dijo: —Son doscientos cuarenta y siete con ochenta.

Shen Wenlang cogió la bolsa de plástico que le tendía y, mirándole el cuello y la cara enrojecidos, dijo: —¿Qué haces en verano? ¿Un estudio de campo sobre el sector servicios? 

—Yo… —Gao Tu bajó aún más la cabeza. Sus ojos, ocultos tras las gafas de montura negra, miraban al suelo, y sus labios temblaban de vergüenza. 

—¿Tú qué? —A Shen Wenlang le pareció divertido e insistió—: ¿Acaso trabajar por ahí es tu afición?

—No —dijo Gao Tu, con la vista clavada en un punto desconchado de la mesa—. Yo… —Parecía que se le había atragantado algo. Estaba tan rojo como si, en lugar de encontrarse con un compañero de clase mientras trabajaba, lo hubiera pillado la policía robando. Tan cohibido que apenas podía mantenerse en pie. 

Shen Wenlang dijo “Ah” y lo miró con picardía. —Las clases empiezan en unos días. ¿Has hecho los deberes? —Al ver que no respondía, añadió—: ¿Cuánto se gana con estos trabajos? Estudiar es lo importante.

La luz de la tienda, blanca y tenue, caía sobre la cabeza de Gao Tu. Desde arriba, Shen Wenlang solo podía ver sus labios, que se movían con nerviosismo. Gao Tu parecía tener mucho que decir, pero ninguna palabra era apropiada. Aunque tuviera la mejor de las razones, no podía decirla en ese momento.

Unos días después, empezaron las clases. Por no haber terminado los deberes de verano a tiempo, su tutor le echó una bronca monumental y lo mandó a estar de pie en el pasillo. Mucho después, Shen Wenlang se enteró de que Gao Tu no había hecho los deberes por pereza, ni trabajaba en cuatro sitios por hacer un estudio. Sino porque su padre se había jugado y perdido el dinero que Gao Tu había ahorrado durante varios trimestres para la matrícula, obligándolo a aceptar trabajos imprevistos para poder pagarla. El día que se enteró de la verdad, Shen Wenlang sintió una punzada en el corazón, un dolor agudo. Después de clase, fue a propósito a la tienda donde trabajaba Gao Tu y le regaló un zumo de espino amarillo. Esa botella de zumo anaranjado, Gao Tu la guardó en lo más profundo de su estantería. Nunca se atrevió a bebérsela, hasta que se estropeó.

En la merienda, que ya iba por la mitad, Hua Yong, que se había levantado a por un pastelito, tropezó y cayó de forma inestable en los brazos de Sheng Shaoyou. Luego se disculpó, sonrojado. Este loco, de una desfachatez innata, se había aficionado a hacerse la víctima. Shen Wenlang no podía soportar mirarlo y tuvo que girar la cara, fingiendo ser ciego. Pero parecía que la táctica de Hua Yong funcionaba. Sheng Shaoyou lo sujetó con firmeza y frunció el ceño con reproche. —¿Por qué no tienes más cuidado?

Hua Yong volvió a disculparse suavemente y, bajo la atenta mirada de todos, se dejó ayudar por Sheng Shaoyou para volver a sentarse. En un instante, todas las miradas se centraron en él. Todos se preguntaban quién era esa hermosa orquídea que se atrevía a flirtear con el prometido del líder de X Holdings tan descaradamente, delante del mismísimo Chang Yu. Solo Hua Yong se lo pasaba en grande. Disfrutaba enormemente de la atención de Sheng Shaoyou y no perdía ni una oportunidad de hacerse la víctima para conseguirla.

Chang Yu, acostumbrado a estas escenas, observaba con rostro impasible cómo su jefe y su Daji masculino coqueteaban en público, manteniendo una compostura profesional y lidiando con las miradas curiosas y las preguntas indiscretas.

Al terminar la merienda, Sheng Shaoyou volvió a la empresa. Hua Yong lo acompañó hasta la puerta y luego se fue a casa. De camino, una furgoneta gris plateada le cortó el paso. —Jefe, nos han cerrado el paso —dijo el chófer, resignado. Hua Yong, que estaba recostado en el asiento trasero con los ojos cerrados, dijo sin levantar la cabeza: —Choca contra ellos.

—Pero es el coche del señor Shen. Hua Yong abrió los ojos y, efectivamente, vio a Shen Wenlang bajarse del coche con el rostro sombrío. Bajó la ventanilla y dijo: —Qué casualidad. 

—¿Casualidad? —dijo Shen Wenlang—. ¡Llevo un rato persiguiéndote! ¡He tocado el claxon un montón de veces! ¿Estás sordo? 

—¿Podrías hablar con normalidad? 

—Busquemos un sitio donde hablar. Tengo algo que decirte.

Hua Yong miró su reloj y asintió. —Puedo darte treinta minutos. Pero… 

—¿Pero qué? 

—Pero tengo cosas que hacer por la noche. Como mucho en treinta minutos tengo que irme. 

—Con veinte es suficiente —dijo Shen Wenlang. Frunció el ceño con asco—. ¿Desde cuándo llevas reloj? 

Hua Yong apoyó la muñeca deliberadamente en el marco de la ventanilla y presumió: —Me lo ha regalado el señor Sheng.

Shen Wenlang puso los ojos en blanco. —Señor Sheng, señor Sheng, ¿no te cansas? 

—No —dijo Hua Yong con una sonrisa—. Ni en esta vida ni en la próxima.

Shen Wenlang eligió un club cercano. Un camarero les sirvió el té y se retiró discretamente. —El móvil de Gao Tu ya no existe. 

—Ah. 

—¿Qué significa “ah”? 

Hua Yong cogió la taza con parsimonia. —Si das de baja un número, deja de existir. Es lógico. 

—¿Lógico? —dijo Shen Wenlang, con una vena hinchada en la frente—. ¿Por qué iba a dar de baja su número?

—Quién sabe. Quizás para despedirse del pasado, para alejarse de personas o cosas terribles. 

—¿Qué personas terribles? —Shen Wenlang sacó un mechero y encendió un cigarrillo con pericia. Antes rara vez fumaba. Ni siquiera Hua Yong sabía que tenía ese hábito. Había empezado a fumar a escondidas a los diecisiete o dieciocho años, pero en los últimos años, bajo la supervisión de Gao Tu, lo había dejado. Pero últimamente estaba tan estresado que, si no fumaba, no podía quitarse de la cabeza los pensamientos relacionados con Gao Tu. Y la realidad era que, ni con dos paquetes al día, podía dejar de pensar en él.

—¿Qué debo hacer ahora? —exhaló una nube de humo. Sus dedos acariciaron el mechero de metal que le había regalado Gao Tu—. Ni siquiera sé dónde está. 

Hua Yong enarcó una ceja, sorprendido. —¿Lo has buscado? 

Shen Wenlang asintió a regañadientes. —La casa de su pueblo no es un lugar donde pueda vivir una persona.

Hua Yong sonrió. —¿Te ha dado pena? 

—¿P-pena a mí? 

—Quien lo siente, lo sabe —dijo Hua Yong, mirando el reloj—. Te quedan once minutos. Si tienes algo que preguntar, date prisa. Tengo que irme.

—No ha vuelto a su pueblo, no ha empezado a trabajar en otra empresa, ha dado de baja su móvil y no ha alquilado nada a su nombre. ¿Dónde crees que puede estar? 

—¿Y yo qué sé? 

—Al fin y al cabo, fuimos compañeros. Si le ha pasado algo, no me importaría ayudarlo. 

—Puede que no necesite tu ayuda. 

—¿Qué quieres decir?

Hua Yong sopló las hojas que flotaban en su taza y, tras dar un sorbo, continuó: —El secretario Gao ya tiene su propio hijo, y en el futuro tendrá su propia familia. Ya lo has dicho, solo fueron compañeros. Como un extraño, ¿por qué te preocupas tanto? 

Shen Wenlang se quedó mudo, sin saber qué responder. ¿Su propio hijo? ¿Su propia familia? ¿Un extraño? ¿No decían que no se había casado con ese Omega? ¿Cómo que tiene su propia familia? Y además, ¡hasta que ese Omega no presente una prueba de paternidad, no admitiré que el hijo que lleva en el vientre es de Gao Tu! ¡Mierda! ¡Me lo han quitado! ¡Me dan ganas de tirar a ese maldito Omega al río!

—Wenlang —dijo Hua Yong, interrumpiendo sus pensamientos. Como un recordatorio amistoso, añadió: —El padre del secretario Gao siempre ha estado en la ciudad. ¿Por qué no contactas con él? 

Shen Wenlang levantó la vista, muy alerta. —¿Cómo sabes tú dónde está el padre de Gao Tu?

Aunque Sheng Shaoyou no estaba presente, Hua Yong le sonrió con una ternura inusual, sus ojos revelando una clara compasión por este “discapacitado emocional”. —En mi país hay dos dichos antiguos: “mejor derribar un templo que arruinar un matrimonio” y “salvar una vida es mejor que construir una pagoda de siete pisos”. Wenlang, te estoy salvando. Cuando recuperes al secretario Gao, acuérdate de darme las gracias.

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