No disponible.
Editado
Hacía unos días, Ma Heng le había anunciado alegremente a Gao Tu que su empresa iba a abrir una sucursal en la ciudad y que él sería el director de operaciones. Gao Tu se alegró mucho por su ascenso, pero recordaba vagamente que Ma Heng, desde pequeño, había soñado con la vida vibrante de las grandes ciudades y no estaba dispuesto a quedarse estancado en un pueblo pequeño sin futuro. ¿Será que, después de ver mundo, se ha dado cuenta de que no es para tanto y ha empezado a apreciar su tierra natal? Gao Tu no entendía muy bien la razón de su repentino cambio, pero lo respetaba y le deseaba lo mejor.
Sin embargo, tener un vecino tan excesivamente entusiasta también tenía sus inconvenientes, como ahora. —De verdad que no hace falta, gracias, hermano Heng. Puedo coger un taxi.
Los dos apartamentos de Ma Heng estaban uno al lado del otro. Al mediodía, cuando Ma Heng volvió a casa para comer, se encontró a Gao Tu saliendo y se empeñó en llevarlo. —No es ninguna molestia, me pilla de camino al trabajo.
—Ni siquiera sabes a dónde voy, ¿cómo te va a pillar de camino? —dijo Gao Tu, rechazando amablemente su oferta—. Y además, ¿no entras a la una y media? Apenas son las doce. No quiero que llegues tarde por mi culpa. El sitio al que voy no está lejos, en taxi es solo la bajada de bandera.
—¡Pues perfecto! Doy un rodeo y te dejo en un momento —dijo Ma Heng, agarrándolo del brazo y metiéndolo en el ascensor. Rio—. Si seguimos así, vas a tardar más en rechazar mi oferta que lo que tardamos en llegar.
El lugar de la cita, efectivamente, no estaba lejos de su nueva casa. Gao Ming lo había citado a las doce y cuarto en una cafetería cercana al restaurante, diciendo que tenía que entregarle algo antes de ir a comer. Pero Gao Tu ya había decidido que, en cuanto se vieran, se iría. Comer con Gao Ming solo lo hacía sentir incómodo; hasta el plato más delicioso se le atragantaría.
—¡Gao Tu! —Gao Ming lo esperaba en la puerta de la cafetería. Al verlo bajar del coche, se acercó a recibirlo. El entusiasmo desmedido de su padre, al que no veía desde hacía mucho, lo descolocó. Dio un respingo y retrocedió unos pasos por instinto. Gao Ming le rodeó los hombros y lo guio hacia dentro, presentándole el lugar con efusividad: —Esta es la tienda de un amigo, hoy justo está cerrada. —Fue entonces cuando Gao Tu se dio cuenta de que la persiana metálica de la cafetería estaba medio bajada. Sintió un vuelco en el corazón. Gao Ming prácticamente lo empujó dentro.
La persiana bajó con un estruendo. Dentro, sentados, había tres hombres que no conocía. Por el olor, parecían ser todos Alfas. En pleno tratamiento de aislamiento, enfrentarse de repente a tantos Alfas desconocidos hizo que Gao Tu entrara en pánico. Se tapó la nariz por instinto. —¿Qué pasa? ¿Te da asco el olor de los Alfas? —La sonrisa de Gao Ming se desvaneció. Le preguntó con sarcasmo: —¿No eras un Beta? ¿Desde cuándo te has vuelto tan sensible al olor de los Alfas?
Los tres Alfas, altos y corpulentos, lo rodearon. La mezcla caótica de sus feromonas era asfixiante. Gao Tu retrocedió, tapándose la nariz, y le preguntó a su padre: —¿No decías que tenías algo para mí?
—Ah, eso. De repente he cambiado de idea —mintió Gao Ming—. Pero sí que hay algo que quiero confirmar contigo. ¿Por qué dimitiste de repente y volviste al pueblo sin decir nada?
Antes de que Gao Tu pudiera responder, un Alfa con el brazo tatuado lo interrumpió: —Oye, Gao, menos cháchara. Nos debes trescientos mil. Dijiste que tu hijo ya había aceptado pagarlo, que en cuanto llegara, tendríamos el dinero. ¿Este es tu hijo? Parece un poco enclenque, ¡no tiene pinta de poder pagar tu deuda!
—¿Pagar? ¿Qué deuda? —La respiración de Gao Tu se agitó. Se giró y le recriminó a su padre: —¿¡No dijiste que ya no jugabas!? ¿¡Que habías encontrado trabajo y que a partir de ahora te portarías bien!?
—Jovencito, ¿no conoces a tu propio padre? ¿Alguna vez ha dicho una verdad? Mira, no quiero hacerles perder el tiempo. El dinero me lo debe tu padre. ¿Puedes pagarlo o no? Sé claro.
Hasta un conejo acorralado muerde. Y más aún un Gao Tu al que habían herido en su punto más sensible una y otra vez. —No tengo dinero —dijo, furioso—. ¡Que les pague quien les debe!
—Ah —la sonrisa del Alfa tatuado se heló—. ¿Así que he venido desde la ciudad hasta este tugurio para volverme con las manos vacías?
—¡Cuando le prestan dinero a alguien, no investigan sus antecedentes! ¡Por qué le prestan dinero a gente como él! —Gao Tu no pudo más—. ¿¡Un local!? ¡Seguro que es un casino clandestino! ¡El juego es ilegal! ¡Están cometiendo un delito!
—¡Vaya, lo has adivinado! —el Alfa tatuado se echó a reír—. Pues con más razón no puedo dejarte marchar.
Este prestamista era conocido en su círculo por ser un pervertido. Sus métodos de tortura eran tan depravados como sus fetiches. Gao Ming sabía que, más que los Omegas delicados y hermosos, a este tipo le gustaban los Omegas altos y corpulentos. Omegas delicados había por todas partes, pero altos y fuertes eran difíciles de encontrar. Aunque el Alfa tatuado era un sucio pervertido, pagaba muy bien. Si encontraba a alguien de su gusto, estaba dispuesto a pagar una fortuna. Por eso, muchos Betas usaban perfumes de feromonas para hacerse pasar por Omegas y complacerlo.
Y Gao Ming necesitaba dinero. Necesitaba dinero para pagar sus deudas, para volver a jugar. Comparado con su sueño de hacerse rico, el cuerpo de Gao Tu no era nada. Solo es acostarse con él una vez, y no es la primera. Y si es la primera, ¡mejor! ¡Podré pedir un precio más alto!
Gao Ming ya lo tenía todo pensado. Alguien tan rico como Shen Wenlang nunca permitiría que un cualquiera tuviera un hijo suyo. Si el bebé que esperaba Gao Tu era de Shen Wenlang, usaría el aborto como baza para sacarle una buena suma. Y si no era su hijo, podía entregar a un Gao Tu embarazado al Alfa tatuado. ¡Un Omega tan alto como Gao Tu era una rareza! Y encima embarazado, tenía más usos, ¡debería valer más!
Gao Tu sacó el móvil y marcó el número de la policía, pero se lo arrebataron al instante. El Alfa tatuado tenía más fuerza de la que aparentaba. Le agarró el hombro a Gao Tu, haciéndole daño. Aunque Gao Tu no era débil, eran demasiados. Y en su estado actual, no tenía fuerzas. Pronto lo inmovilizaron en el suelo. —¿Llamar a la policía? Jovencito, ¡hay problemas que la policía no puede solucionar! —escupió el Alfa. Se agachó junto a Gao Tu y le preguntó: —Venga, dime, ¿cómo piensas pagar la deuda de tu padre?
Gao Tu se protegió el abdomen con dificultad e insistió: —No me la prestó a mí, ¿por qué tengo que pagarla yo? ¿No pueden ser razonables?
—¿Razonables? ¡Ay, si hay algo que odio en esta vida es ser razonable! —dicho esto, se giró y le dio una patada en el estómago a Gao Ming—. ¿No decías que tu hijo pagaría? ¡Le pido el dinero y me sale con lecciones de moral! Oye, Gao, ¿qué hacemos?
Gao Ming cayó hacia atrás por la patada. Soltó un gemido de dolor y dijo con una sonrisa servil: —No me pegues, de verdad que no tengo dinero. Mi hijo antes ganaba mucho. Me ha pagado las deudas varias veces, aunque no tanto. ¡Pero trabajaba para un pez gordo! ¡Para él, trescientos mil no eran nada! Es solo que hace poco ha dimitido, por eso anda mal de dinero. Mira, si no, te lo dejo en prenda. Haz con él lo que quieras, ¿vale?
—¿En prenda? —resopló el Alfa—. ¿Para qué quiero yo a un Beta? ¿Cuánto puede valer?
—¡Míralo bien, no es un Beta, es un Omega! ¡Si no me crees, huélelo!
—¿Omega? —Al oírlo, los otros Alfas se acercaron y se inclinaron para examinar su nuca. —¡Oye, jefe, es verdad, lleva un parche supresor! ¡Esta vez te ha tocado el gordo!
El Alfa tatuado arrancó el parche del cuello de Gao Tu, se inclinó y olfateó. Un aroma a salvia, suave y sereno, se extendió. ¡Era un Omega de verdad! Se lamió los labios, satisfecho, y sonrió. —Ah, pues sí que vale algo. Que un Alfa desconocido le oliera la nuca era como si a una chica la manosearan en plena calle. Gao Tu, pálido como un muerto, se revolvió con violencia. Los dos Alfas que lo sujetaban, sorprendidos, no pudieron retenerlo. Uno recibió un golpe en la nariz y el otro fue derribado de una patada.
—Ah, qué carácter —dijo el Alfa tatuado, observando la escena con calma. Sonrió al ver a Gao Tu levantarse. —Cariño, me encantan los que tienen personalidad —siseó, lascivo—. ¡Qué bueno estás!
Dicho esto, una densa oleada de olor a naranja salvaje se abalanzó sobre Gao Tu. Con la nuca frágil y expuesta, las feromonas opresivas de un Alfa incompatible lo paralizaron por un instante. Luego, un dolor abrasador se extendió por todo su cuerpo. Soltó un gemido y se tambaleó hacia atrás.
El Alfa tatuado lo sujetó. —¿Qué pasa? Aunque me gustas mucho, soy una persona muy profesional. En lugar de aceptarte directamente como pago, creo que cobrar por servicio es más justo. —Se giró hacia sus compañeros y les preguntó: —¿No creen?
—¡El jefe tiene razón!
—¡Qué justo es el jefe!
Gao Ming también rio, servil. —¿Cobrar por servicio? ¿Hasta cuándo vamos a estar así? ¡Yo esperaba usar a este chico para pedirte otro préstamo!
La desfachatez de Gao Ming sorprendió hasta al Alfa tatuado. Se quedó perplejo un momento y luego se echó a reír. —¿Todavía quieres que te preste dinero?
Gao Ming argumentó: —¡Este chico vale mucho! ¡Y no te lo estoy dejando solo a ti! ¡También lleva uno dentro!
¡Q-qué! Imposible… ¡cómo puede saberlo! El rostro de Gao Tu se descompuso aún más, y su respiración se agitó. Quiso preguntarle a su padre cómo se había enterado, pero tenía la garganta agarrotada, como si un algodón invisible se la hubiera taponado. Abrió la boca, pero no le salió ni un sonido.
—¿Embarazado? —Los ojos del Alfa tatuado brillaron con una luz extraña—. Qué cosita tan adorable. Si yo fuera tu Alfa, no te dejaría venir solo a ver a un padre así, y menos con esa barriga.
—El Alfa que tenía no lo quería —dijo Gao Ming a propósito. Miró fijamente a Gao Tu y notó con agudeza cómo su rostro se volvía aún más ceniciento. —Y el niño que lleva dentro, tampoco lo quiere nadie. Así que es todo tuyo.
¡No es verdad! ¡No es que no lo quieran! Gao Tu se abrazó el abdomen con fuerza, sus ojos ardían. ¡Bebé, a ti sí que te quieren! ¡Yo te quiero! ¡Espero que nazcas, valoro tu salud, te valoro a ti, te quiero, y daría todo por ti! Tengo que pensar en algo. ¡Piensa en algo! ¡Seguro que hay una forma! ¿Dinero, de dónde saco el dinero?
Gao Tu, pálido como un muerto, con el corazón a punto de estallar, balbuceó con los labios temblorosos: —Tengo dinero.
El Alfa tatuado le soltó el brazo, se acercó el oído y dijo con lascivia: —Cariño, ¿qué has dicho? Hablas tan bajo que no te oigo.
Gao Tu, con un dolor inmenso, apretó los dientes y alzó la voz: —¡He dicho que tengo dinero! Lo que te debe Gao Ming, se lo pediré al padre del niño. ¡Él te lo pagará!