Hua Yong y Sheng Shaoyou se casaron por lo civil el doce de julio. La preparación de la boda era compleja y los requisitos de Hua Yong, excepcionalmente estrictos, por lo que la ceremonia se fijó para tres meses después. En un principio, iba a ser en su ciudad, pero Sheng Shaoyou dijo que prefería celebrarla en el País P.
—¿Qué tiene de malo el País P? —dijo Sheng Shaoyou, sentado en su escritorio con un documento en la mano, levantando la vista—. Apenas he estado allí. Así aprovechamos y nos quedamos unos días de vacaciones.
En comparación con cuando se conocieron, Sheng Shaoyou había ganado algo de peso. Su aura era mucho más suave y estaba cada vez más apuesto, resplandeciente y lleno de vitalidad.
La mirada de Hua Yong le encendió el corazón; las zonas rozadas por sus ojos se volvieron un hormigueo. Sabía que Sheng Shaoyou estaba cediendo por él. El País P era su tierra natal y, por tradición, la boda debía celebrarse en el lugar de origen del “Alfa”.
Hua Yong se levantó, se acercó, lo rodeó por la cintura desde atrás y le susurró al oído con coquetería: —El señor Sheng es tan bueno conmigo.
Sheng Shaoyou llevaba una camisa oscura. Solo al tocarla se podía sentir la capa de material antirradiación que llevaba debajo. El ordenador había sido retirado del escritorio, todos los documentos electrónicos habían sido reemplazados por versiones en papel, y se había habilitado un cubículo especial para usar el ordenador. Aunque Hua Yong le había insistido en que no era necesario tomarse tantas molestias, la preocupación de Sheng Shaoyou por el pequeño Cacahuete crecía día a día. Insistía en que los primeros tres meses eran cruciales para el desarrollo del feto y que en esa etapa eran extremadamente sensibles a la radiación. Sheng Shaoyou era un adicto al trabajo, y le preocupaba que la exposición excesiva pudiera afectar a la salud del bebé.
—No querrás que nuestro pequeño Cacahuete nazca tonto como Shen Wenlang, ¿verdad?
Debido a los acontecimientos pasados, Sheng Shaoyou todavía le tenía manía a Shen Wenlang. Pero esta vez, tenía razón. Hua Yong también pensaba que Shen Wenlang era un completo idiota. Había dejado que Gao Tu se le escapara de entre las manos.
La misma noche en que Hua Yong le propuso matrimonio a Sheng Shaoyou, Shen Wenlang movilizó de repente todos sus recursos para buscar a alguien por todo el mundo, como si hubiera perdido la cabeza. El revuelo fue tan grande que las llamadas de todas partes no tardaron en llegarle también a Hua Yong. Todos los recursos y el personal disponibles en la ciudad y sus alrededores fueron trasladados de urgencia por Shen Wenlang a la ciudad natal de Gao Tu. —Gao Tu se ha escapado —le dijo Shen Wenlang, cuando Hua Yong lo llamó para preguntarle.
—¿No se había escapado ya hace tiempo?
—Esta vez es diferente —la voz de Shen Wenlang era siempre así: cuanto mayor era el problema, más frío se volvía.
La primera vez que Hua Yong lo conoció, los padres de Shen Wenlang se estaban separando. Su padre Omega, que no había dudado en usar feromonas de inducción para quedarse embarazado del Alfa, le había volado la cabeza al nuevo amante de este de un disparo. Los sesos y la sangre habían salpicado a su padre Alfa. Después del asesinato, su padre Alfa entregó personalmente a su padre Omega a la cárcel. Tres días después, su padre Omega desapareció misteriosamente de la prisión, dejando solo un charco de sangre. Al día siguiente, a Shen Wenlang le notificaron que debía asistir al funeral de su otro padre.
En aquel entonces, un Shen Wenlang que acababa de perder a su padre Omega permaneció en silencio durante todo el funeral. Justo antes de que terminara, solo dijo una frase, con frialdad: —Está bien así. Por fin ha terminado con una vida sin dignidad.
Desde entonces, su aversión por los Omegas y los niños se hizo aún más profunda. Hasta el punto de tener una reacción física: el olor a Omega le daba ganas de vomitar.
Y hoy, la voz de Shen Wenlang era similar a la de aquel funeral, helada, y su ritmo, aún más lento de lo habitual. Hua Yong podía sentir su frialdad a través del teléfono.
—El padre de Gao Tu me ha dicho que está embarazado, y que es mío —Shen Wenlang expuso los hechos, palabra por palabra. Al mencionar a Gao Ming, su voz se volvió aún más gélida—. Me ha dicho que si quiero que aborte, tengo que darle diez millones.
—¿Diez millones? —Hua Yong, que estaba en la cocina preparando una sopa para Sheng Shaoyou, dejó la cuchara—. Ese Gao Ming no tiene ni idea del valor del dinero, ¿verdad? Con una baza tan importante en la mano, ¿y solo te pide diez millones? ¡Eso es un insulto!
—¡Hua Yong! —lo interrumpió Shen Wenlang, histérico—. ¡No es momento para bromas!
—Ah, vale —dijo Hua Yong, probando la sopa. Preguntó con curiosidad: —¿Y has aceptado?
—¿¡Aceptar qué!? —gritó Shen Wenlang, al borde de un ataque de nervios—. ¿¡Aceptar darle diez millones para que Gao Tu aborte a mi hijo!?
—Sí —dijo Hua Yong—. ¿No odias a los Omegas, y más aún a los niños?
—¡Gao Tu es un Beta, cómo va a estar embarazado! —dijo Shen Wenlang, frotándose la cara—. La probabilidad de que un Beta masculino se quede embarazado es de una entre cien mil. ¿¡Le ha tocado la lotería o qué!?
—¿Lotería? —lo corrigió Hua Yong—. Yo diría que es la peor suerte que se puede tener en ocho vidas¹.
—Es imposible que alguien se quede embarazado de mí, a menos que… —Shen Wenlang frunció el ceño—. ¿No decías que tenías una foto de ese Omega de la fiesta?
—Ah, eso. Ya te la envié hace tiempo. Shen Wenlang, impaciente, abrió WeChat y buscó en su historial de chat con Hua Yong.
「La foto de aquella noche.
[Imagen]」 Abrió la foto a toda prisa, pero descubrió que la imagen había caducado y no se podía cargar. —¡Vuelve a enviarla!
—¿Esa es tu forma de pedir las cosas? —dijo Hua Yong con un chasquido de lengua, insatisfecho. Pero estaba de tan buen humor que, a pesar de la impaciencia de Shen Wenlang, le envió la foto de nuevo. La foto finalmente se cargó. Al otro lado de la línea se hizo un silencio repentino. Shen Wenlang no dijo nada, solo se oía su respiración pesada y contenida.
—¿Oye? —preguntó Hua Yong—. ¿No te habrá dado un derrame cerebral?
—¡A ti te va a dar un derrame! —explotó Shen Wenlang, como un petardo al que le hubieran prendido la mecha—. ¡Hua Yong! ¡Lo sabías desde el principio, verdad! —rechinó los dientes—. ¡Sabías que Gao Tu era un Omega! ¡Por eso decías esas estupideces de que en cuanto me viera saldría corriendo!
—¿Me equivocaba? —dijo Hua Yong con calma. Puso el teléfono en altavoz sobre la encimera y se sirvió la sopa que acababa de preparar.
—¿En qué tenías razón?
—¿Y en qué no? —preguntó Hua Yong—. El secretario Gao se escapó con la excusa de ir al baño. Eso ya es un hecho que conoce casi todo el país, ¿no? —y lo elogió con sinceridad: —Shen Wenlang, tu determinación de remover cielo y tierra para encontrarlo es realmente conmovedora. ¡Sigue así, un poco más de esfuerzo! Pronto, todo el mundo sabrá que el secretario Gao se fugó de casa con tu hijo en el vientre. ¡Ánimo! ¡Confío en ti!