XXXIII. SOLO… NO QUIERO SERLO

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LA MANO DE FANG CHI tembló ligeramente, pero siguió sujetando la cola del perro, sin soltarla ni apartarse. Solo se giró para mirar a Sun Wenqu de frente, sin decir nada.

—¿Hmm? —Sun Wenqu también lo miró.

—Nada… —Fang Chi volvió la cabeza y tiró del pelo de la cola de Chico.

—¿Estabas pensando en decirme algo? —preguntó Sun Wenqu.

—No —murmuró Fang Chi.

—Te pregunto —sonrió Sun Wenqu y extendió la mano para acariciar suavemente a Chico—: ¿crees que me torcí el pie porque me hiciste correr por esta ruta?

—Mmm, sí, algo así —respondió Fang Chi.

—Entonces —dijo Sun Wenqu, deslizando un dedo sobre el dorso de la mano de Fang Chi—, ¿por eso no te enfadas?

—¿Qué…? —Fang Chi se giró, pero debido a que Sun Wenqu se había acercado mientras acariciaba al perro, sus caras quedaron muy cerca, lo que lo hizo bajar la mirada al instante—. ¿Enfadarme por qué?

—Ya sabes —dijo Sun Wenqu, sonriendo.

Fang Chi permaneció en silencio, sin apartar los ojos de la mano de Sun Wenqu.

El pelo de Chico era algo feo, más oscuro que el de otros perros mestizos, pero no era un marrón amarillento puro, sino más bien grisáceo, lo que lo hacía parecer algo descuidado. Sin embargo, hacía resaltar especialmente la mano de Sun Wenqu… Era muy bonita.

Quizá, todo lo que Sun Wenqu había aprendido desde pequeño estaba relacionado con sus manos. Tenía manos delgadas, pero fuertes, con nudillos no demasiado prominentes pero líneas bien definidas; parecían muy ágiles.

En resumen, eran muy bonitas.

Para ser honesto, Fang Chi no se enfadó en absoluto por ese pequeño toque.

De hecho, pensó que cualquier movimiento que hicieran los dedos de Sun Wenqu era realmente hermoso y elegante.

—No. —Fang Chi sonó un poco congestionado. Se puso de pie—. No se me ocurrió enfadarme.

Sun Wenqu levantó una ceja, sonriendo.

—¿Te sientes mejor? —Fang Chi se inclinó para mirar su pie.

—No lo sé. —Sun Wenqu movió el pie, sacó a Sir Amarillo de sus brazos y lo puso de nuevo en su capucha—. No lo siento. Déjame caminar un poco para probar.

—Hmm. —Fang Chi se inclinó, rodeó su cintura con el brazo y lo ayudó a levantarse.

Sun Wenqu intentó caminar unos pasos.

—Está mejor, ya no duele tanto, aunque está algo entumecido.

—¿Puedes caminar? —Fang Chi lo apoyó.

—Sí —asintió Sun Wenqu.

—¿A esta velocidad? —Fang Chi lo miró con duda.

—¿Qué esperabas? —Sun Wenqu lo miró de reojo—. ¿Que corriera?

Fang Chi suspiró, se dio la vuelta y se agachó.

—Sube, te llevaré de regreso.

—No… Si me llevas a cuestas y te caes, ¿qué hacemos? —Sun Wenqu se mostró algo preocupado—. Mejor llévame hasta el camino pavimentado que pasamos antes. Ahí está más plano y creo que podré caminar más rápido.

—No te preocupes por eso —respondió Fang Chi—. Cuando yo recorría estas montañas, tú todavía…

—¿No había nacido? —Sun Wenqu se rio.

—¡Sube! —Fang Chi chasqueó la lengua.

Sun Wenqu se apoyó en su espalda.

—Vaya, menos mal que he perdido algo de peso últimamente.

Fang Chi, cargando a Sun Wenqu en su espalda, no volvió por el mismo camino, sino que siguió adelante.

—¿Seguimos por aquí? —preguntó Sun Wenqu.

—Ajá, el viento junto al río es demasiado fuerte.

—Esta vez no hay nada que me ate a ti, todo está en tus manos. —Sun Wenqu se sujetó de sus hombros, tratando de no dejar caer todo su peso sobre Fang Chi.

—No te muevas tanto —dijo Fang Chi al notar que intentaba acomodarse—. No me cuesta nada cargarte. Y si me canso, descansaré un rato.

Okay. —Sun Wenqu se relajó un poco y, tras pensarlo, se rio—. Dime, ¿crees que mi trasero pesa unos veinte kilos?

—Oh —soltó Fang Chi con desgana, y siguió caminando en silencio. Pasó un buen rato sin que dijera nada más.

Justo cuando Sun Wenqu, aburrido, iba a decir algo para molestarlo, la mano de Fang Chi de repente le dio un pellizco en el trasero.

No fue un pellizco ligero, al contrario, después de todo, Fang Chi era un atleta de escalada.

—¡Ay! —Sun Wenqu se sobresaltó tanto que dio un pequeño salto. Si hubiera tenido más impulso, podría haber salido disparado.

—No son veinte kilos —comentó Fang Chi.

—¿Te has vuelto más atrevido, eh? —Sun Wenqu se recuperó del susto y asomó la cabeza cerca del rostro de Fang Chi, mirándolo fijamente—. ¿Así que aprendiste a agarrar desprevenido a tu padre?

—Cuando caminas junto al río —dijo Fang Chi con tranquilidad—, es imposible que no te mojes los zapatos.

—¿Qué tiene que ver eso con esto? —Sun Wenqu se rio.

Fang Chi no le hizo caso y siguió caminando.

El aire era fresco y puro. Aunque hacía frío, se podía sentir la frescura característica de la tierra en cada respiración. Si no fuera porque se sentía un poco culpable por ser cargado, Sun Wenqu habría disfrutado mucho del momento.

Fang Chi caminaba con estabilidad por aquel sendero de tierra y piedras. Incluso con Sun Wenqu a cuestas, su ritmo no se veía afectado.

—¿Quieres descansar un rato? —preguntó Sun Wenqu después de un tramo.

—No hace falta —respondió Fang Chi sin mostrar signos de fatiga—. No siento el cansancio todavía.

—Mmm. —Sun Wenqu no dijo nada más.

Este camino era muy tranquilo. En la ruta que él solía recorrer en diez minutos, a veces se encontraba con aldeanos que entraban a la montaña. Pero en este sendero, no había nadie. Solo se escuchaban los cantos de algunos pájaros y el jadeo de Chico corriendo emocionada.

Sun Wenqu se llevó una mano atrás para tocar a Sir Amarillo en su capucha, estaba caliente y parecía haberse acurrucado para dormir.

Él también empezó a sentirse somnoliento.

El suave vaivén sobre la espalda de Fang Chi era el ritmo perfecto para dormir. Unos minutos después, bajó la cabeza y apoyó la barbilla en su hombro.

Fang Chi frunció el ceño de inmediato y ladeó un poco la cabeza, como si tratara de averiguar lo que estaba tramando.

—Oye —susurró Sun Wenqu, cerrando los ojos y suspirando suavemente—. Déjame decirte algo, Fang Xiao-Chi.

—Mmm —respondió Fang Chi.

—¿Sabes? —Sun Wenqu habló despacio—. Simplemente disfruto molestarte.

—Oh —soltó Fang Chi, todavía limitándose a un sonido.

—Es que… me muero de aburrimiento. —Sun Wenqu sonrió—. Puede que no lo entiendas, pero en serio odio estar inactivo. Y menos cuando alguien como tú está cerca. Siento la necesidad de… Bueno, ya sabes.

—Mmm. —Fang Chi lo levantó un poco para acomodarlo mejor—. ¿Y cuando no estoy cerca? ¿Te entretienes molestando al tío Liang-zi?

—No, con él no. —Sun Wenqu lo pensó un momento—. Solo me aguanto. Hace mucho que no tengo a alguien cerca que me provoque tanto… hacer y decir tonterías.

—¿Se supone que debo sentirme honrado?

—No hace falta —respondió Sun Wenqu con una sonrisa—. No seas tan cortés.

—Eres como el perro de la tiendita del pueblo —dijo Fang Chi—. Siempre está molestando a Chico cuando está aburrido y luego de que lo muerden, huye por todo el pueblo. Pero sigue volviendo a lo mismo.

Sun Wenqu se rio tanto que no podía parar, con los ojos cerrados y todo.

—Te molesto tanto porque sé que lo eres, aunque tú digas que no. —Sun Wenqu seguía riendo—. Si dices que no, pues es no, pero yo sé que sí lo eres. Así de simple, no tengo nada mejor que hacer y me encanta fastidiar.

Fang Chi no respondió.

Sun Wenqu cerró los ojos, tratando de dormir.

Por supuesto, no podía dormir, pero lo disfrutaba.

Sin embargo, después de un rato, aunque Fang Chi no estaba cansado, Sun Wenqu comenzó a sentir que sus piernas se entumecían.

—Oye, necesito un descanso —dijo, dándole unas palmaditas en el hombro a Fang Chi.

—Qué curioso. El que carga no está cansado, pero el que va en la silla de manos necesita descansar el trasero. —Fang Chi suspiró, se detuvo y encontró una roca al borde del camino para sentar a Sun Wenqu.

—Mi sangre ya ni siquiera fluye. —Sun Wenqu sacó la paleta de su tobillo—. ¿Será suficiente? Me está congelando.

—La volveremos a poner más tarde. —Fang Chi guardó la paleta en su bolsillo y se puso en cuclillas frente a él para revisar su pie—. No ha seguido hinchándose, menos mal.

—¿Cuánto tiempo tienes de vacaciones? —Sun Wenqu se ajustó el dobladillo del pantalón.

Fang Chi no respondió.

—¿Tienes que volver antes para clases de recuperación? —insistió Sun Wenqu, sacando una barra de chocolate del bolsillo y quitándole la envoltura poco a poco.

Fang Chi seguía en silencio.

—¿Quieres chocolate? —Sun Wenqu agitó la barra frente a él.

Pero Fang Chi permaneció callado, simplemente se quedó agachado frente a él, como si estuviera en trance, como si no hubiera escuchado nada.

—Entonces se lo daré a Chico, ¿okay? —Sun Wenqu lo miró, preguntándose qué le pasaba—. Ah cierto, Chico es un perro y no puede comer…

—Dije que no… —Fang Chi habló de repente, levantando la cabeza—. En realidad, deseo no serlo.

—¿Eh? —Sun Wenqu parpadeó, tardando unos segundos en darse cuenta de que Fang Chi estaba retomando una conversación de hacía unos veinte minutos—. Entonces, sin importar si lo eres o no, ¿no lo eres?

—Mmm —respondió Fang Chi en voz baja. Bajó la cabeza y arrancó una piedrecilla del suelo, frotándola entre los dedos—. Solo… no quiero serlo.

—Hijo. —Sun Wenqu sonrió y le revolvió el cabello con la mano—. La orientación sexual no es una pregunta de opción múltiple. No es algo que elijas y tampoco hay una respuesta correcta o incorrecta.

Fang Chi se puso de pie, arrojó la piedra con fuerza y Chico ladró un par de veces antes de salir corriendo tras ella. Luego sacó una cajetilla de cigarrillos, encendió uno y murmuró:

—Lo sé.

Sun Wenqu no dijo nada, se limitó a observarlo desde la piedra en la que estaba sentado.

Fuera cual fuera el significado de las palabras de Fang Chi, ya era una especie de admisión.

Sun Wenqu sintió que por el momento no había nada más que decir.

Fang Chi no solía fumar mucho. Por lo general, cuando fumaba era porque estaba nervioso, incómodo o molesto. La presencia de este cigarrillo le hizo pensar a Sun Wenqu que era mejor no decir nada más para no aumentar la presión sobre Fang Chi.

Chico trajo de vuelta la piedra y la dejó a los pies de Fang Chi, mirándolo con la cola moviéndose de un lado a otro.

Fang Chi no le prestó atención. Chico empujó la piedra con el hocico, acercándosela un poco más.

Pero Fang Chi solo se apoyó contra un árbol, sumido en sus pensamientos.

—Chico. —Sun Wenqu le hizo una seña y ella se le acercó—. Jugaré contigo.

Chico miraba sus manos con expectación.

—Tráeme la piedra. —Sun Wenqu miró a su alrededor, pero no había más piedras. Chico parecía no entender la orden, seguía moviendo la cola y jadeando expectante.

—¡Ah! —Sun Wenqu pensó rápido, luego se quitó un zapato y lo lanzó lejos—. ¡Ve a buscarlo!

Chico ladró emocionada, salió disparada y regresó con el zapato en la boca, dejándolo frente a él.

—Otra vez. —Sun Wenqu tomó el zapato y lo arrojó de nuevo—. ¡Ve a buscarlo!

Chico ladró y salió corriendo con el mismo entusiasmo

Después de unos cuantos lanzamientos más, Fang Chi terminó de fumar su cigarrillo. Cuando Chico volvió con el zapato, Fang Chi extendió la mano para tomarlo.

—¿Tienes intención de usarlo otra vez? Está lleno de baba.

—Los tiraré —respondió Sun Wenqu despreocupadamente—. ¿No dijiste que estas zapatillas no sirven para correr?

—¿Y no puedes usarlas de diario? Yo dije que no servían para correr, no que no servían para caminar. —Fang Chi golpeó la suela contra el suelo para sacudir las hojas y el polvo, luego miró la talla.

—No las quiero —dijo Sun Wenqu.

—¿Por qué? —Fang Chi no lo entendía.

—No hay ningún porqué. —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. No todo tiene que tener una razón. Solo, de repente sentí que no las quería más.

—Pero al menos llévalas de vuelta. No las dejes tiradas aquí. Tal vez cuando lleguemos a casa, de repente las vuelvas a querer. —Fang Chi le entregó la zapatilla—. Vamos.

Sun Wenqu se rio.

—Eres tan adorable.

—Tu visión es muy peculiar. —Fang Chi se dio vuelta y se agachó frente a él—. Sube.

Cuando Fang Chi llegó a casa con Sun Wenqu a cuestas, sus padres estaban justo en la puerta y se llevaron un buen susto al verlos así.

—¿Qué pasó? —Su madre se apresuró a acercarse—. ¿Cómo es que te lo llevaste sano y ahora regresa herido?

—Se torció el pie. —Fang Chi llevó a Sun Wenqu a la sala de estar y lo dejó en el sofá.

—¿Es grave? —Su padre también se acercó—. Deberías ir a pedirle un poco de medicina al abuelo Jiang, él tiene ese…

—¡¿Para qué pedírsela a ese viejo?! —El abuelo entró en ese momento y frunció el ceño—. ¡No es que solo él tenga medicina!

—Es que sí, solo él la tiene, es herbolario. —Su padre se rio—. Además, le dije a Fang Chi que fuera a buscarla, no a ti. No interfiere con su eterna disputa.

—No es tan grave, no necesito medicina. —Sun Wenqu se puso de pie y movió el tobillo—. Ahora ya puedo caminar.

—Igual iré por un poco. —Fang Chi se dio la vuelta y salió de nuevo.

Por suerte, el esguince no había sido muy fuerte. Fang Chi fue a la casa del abuelo Jiang y consiguió un poco de ungüento. Se lo aplicó y luego le puso una tobillera deportiva suya sobre la venda.

—Así parece que estoy gravemente herido. —Sun Wenqu se miró el pie—. Y yo que pensaba ir al centro del pueblo con tu abuela mañana.

—¿Para qué? —Fang Chi se sorprendió.

—Al mercado. Después de mañana ya no habrá, es Año Nuevo —dijo Sun Wenqu—. Me encanta ir al mercado. Cuando vivía en las montañas, solo había una vez al mes, era como un día de libertad.

—Es un caos lleno de gente, y ya tenemos todo lo necesario para Año Nuevo —Fang Chi no lo entendía. Desde que tenía memoria, todos los años acompañaba a sus abuelos al centro del pueblo en esta época, pero lo único que sentía era mareo y agobio. Aunque cuando era niño, sí le gustaba, había muchas cosas para comer.

—¿No tienes nada de sensibilidad? —suspiró Sun Wenqu.

—¿Y qué tiene de sensible ir al mercado?

—No te he pedido que vengas, iré yo. Tú puedes quedarte en casa. —Sun Wenqu se recostó en la cama—. Mi propósito al ir al mercado es diferente al de los demás. No lo entenderías.

En efecto, Fang Chi no lo entendía. No lograba imaginarse cómo un huevo de serpiente mimado, que prefería sentarse en lugar de estar de pie o acostarse en lugar de sentarse, disfrutaba ir a un mercado de pueblo con unos ancianos.

Sin embargo, preocupado por el pie de Sun Wenqu, al día siguiente, cuando Sun Wenqu se preparaba para salir con los abuelos, Fang Chi apareció puntualmente en el patio.

—¿No que no querías ir? —Sun Wenqu lo miró, sorprendido.

—Ustedes entran al grupo de ancianos, débiles y enfermos. —Fang Chi bostezó.

—Tenemos a Chico. —Sun Wenqu señaló al perro, que ya estaba sentada junto a ellos.

—¡No habrás traído a Sir Amarillo, ¿verdad?! —Fang Chi recordó de repente y comenzó a revisar a Sun Wenqu, tocándolo por todas partes—. No puedes llevar un gato al mercado, seguro lo perderías.

—No lo traje, no lo traje. —Sun Wenqu se rio, tratando de esquivarlo—. Deja de tocarme, me haces cosquillas.

—¡No lo toquetees! —La abuela se acercó y le dio una palmada—. Si le da cosquillas y se retuerce, podría lastimarse el otro pie.

—¡No lo toqueteaba! —gritó Fang Chi.

El pie de Sun Wenqu se recuperó bastante bien. Era probable que el esguince no fuera tan grave. Después de dormir, la hinchazón había disminuido, y caminar no era un problema siempre que no fuera demasiado rápido.

No necesitaban tomar el autobús para ir al mercado del pueblo. Bastó con que subieran al camión agrícola del vecino, el señor Zhang, y se fueron dando saltos por el camino.

Fang Chi notó que Sun Wenqu se subió al camión con bastante agilidad.

—Pensé que íbamos a tomar el autobús, pero es un tractor, ¿eh? —comentó Sun Wenqu mientras estaba en el camión; parecía sorprendido y emocionado por la experiencia.

—Esto no es un tractor… ¿Ni siquiera sabes cómo es un tractor? —Fang Chi hizo un gesto con la mano y Chico saltó al camión de último.

—Para mí todos estos vehículos son tractores. —Sun Wenqu sonrió.

Fang Chi había ido al mercado del pueblo en el camión del señor Zhang innumerables veces, pero hoy se sentía un poco diferente. No era solo la felicidad de salir con sus abuelos; ni siquiera era del todo exacto decir que se trataba de la emoción y la anticipación por las festividades.

Solo, se sentía muy feliz.

No podía explicar por qué, pero al mirar a Sun Wenqu, que observaba todo con curiosidad, sentía una extraña sensación de cercanía.

Cercanía.

Fang Chi cerró los ojos y se masajeó las sienes.

Después de cargar a Sun Wenqu y llevarlo a casa ayer, este se había quedado en su habitación todo el tiempo. El almuerzo y la cena fueron como de costumbre; Fang Chi le llevó la comida arriba.

A excepción de cuando salió para lavar los platos y tomar un baño por la noche, Sun Wenqu no le había dicho ni una palabra durante todo el día y la noche.

De hecho, la mayor parte del tiempo Fang Chi también estuvo en su propia habitación, mirando las macetas pequeñas sobre el alféizar de la ventana.

Había repasado mucho, hecho bastantes ejercicios y memorizado varias páginas de los libros de texto, pero parecía que la mayor parte del tiempo la había pasado reflexionando sobre las palabras de Sun Wenqu.

«La orientación sexual no es una pregunta de opción múltiple».

O más bien, no estaba reflexionando sobre esa frase en sí.

El hecho de que le hubiera dicho a Sun Wenqu esas palabras, tan vagas pero directas, era algo que lo sorprendía a él mismo.

Si se trataba de relaciones, Xiao Yiming, Xu Zhou o Liang Xiaotao, cualquiera de ellos, tenía una mejor relación con Fang Chi que Sun Wenqu. Y si se trataba de… alguien del mismo tipo, ese sería Xiao Yiming.

Sin embargo, frente aquellos que habrían sido más apropiados para escuchar esas palabras, él siempre guardaba silencio.

En cambio, acabó diciéndoselo a Sun Wenqu, alguien hacia quien no sabía con exactitud qué sentía.

No importaba lo que pensara Sun Wenqu, sentía que ni él mismo podía entenderse a sí mismo.

¿Qué estaba pasando?

Y esa inexplicable sensación de cercanía, para Fang Chi, era más como: «Es un huevo de serpiente que conoce mi secreto».

Verdaderamente… curioso.

—¡Chico! —Sun Wenqu de repente gritó cerca de su oído.

—¿Qué pasa? —Fang Chi se sorprendió.

—Saltó. —Sun Wenqu señaló al perro que corría detrás del camión—. ¡Sube!

—No pasa nada —suspiró Fang Chi—. Le gusta hacer eso. Cuando se canse, volverá a subir.

—Puede correr mucho. —La abuela sonrió desde el otro lado—. No te dejes engañar por su edad, siempre ha corrido así desde pequeña. Más que tú, pequeño revoltoso.

—Al pequeño revoltoso se le da mejor escalar montañas —dijo Sun Wenqu.

—Sí, es bueno escalando. —El abuelo también se rio.

—No repitas todo como loro. —Fang Chi miró de reojo a Sun Wenqu.

—Oh… entendido —Sun Wenqu alargó la respuesta y bajó la voz con un tono insinuante—: Eres bastante… filial conmigo, ¿eh?

—¿Crees que no soy capaz de tirarte del camión ahora mismo? —Fang Chi le dio una mirada hosca.

—No lo creo. —Sun Wenqu se echó a reír, se recostó hacia atrás y su cabeza golpeó varias veces contra el armazón del camión. Se llevó una mano a la nuca—. Qué demonios, qué maldito traqueteo.

En realidad, en casa ya habían comprado todo lo necesario para el Año Nuevo. Con el estilo del abuelo y la abuela, lo normal era haberlo dejado listo un mes antes. Pero aun así, seguían viniendo a este gran mercado, aunque no compraran nada. Simplemente disfrutaban de pasear entre la gente y, de vez en cuando, llevaban algo a casa.

Cuando Fang Chi era un niño, solo tenía ojos para la comida: la que preparaban en el momento, la que ya estaba lista, los diferentes tipos de bocadillos, al vapor, hervidos, fritos…

Cuando creció, ya no estaba tan obsesionado con la comida; se limitaba a acompañar a sus abuelos y los ayudaba a cargar las compras.

Apenas llegaron al borde del mercado, la abuela se giró y les hizo señas a él y a Sun Wenqu.

—No se preocupen por nosotros. Vamos a dar una vuelta, ustedes vayan a donde quieran.

Sin esperar a que respondieran, el abuelo y la abuela ya se habían metido entre la multitud con paso ágil.

—¿Qué quieres ver? —Fang Chi recogió una cuerda del suelo y la ató al cuello de Chico, para no perderlo en la multitud.

Justo cuando terminó de atar la cuerda, alguien se acercó y preguntó:

—¿A cuánto el perro?

—No está en venta. —Fang Chi miró a la persona.

—Chico, tu hermano quiere venderte. —Sun Wenqu no podía dejar de reírse a un lado.

—Entonces, ¿a dónde quieres ir? ¿Qué quieres ver? —preguntó Fang Chi de nuevo—. Te puedo llevar a dar una vuelta.

—Tarros de encurtidos, tazones, platos, vasos, cosas así —respondió Sun Wenqu con una sonrisa—. Preferiblemente de barro.

—¿Para qué quieres esas cosas…? —Fang Chi se sintió un poco desconcertado—. Si lo hubieras dicho antes… En mi casa hay un montón en la bodega.

—¿Me llevarás o no? —preguntó Sun Wenqu—. Si no, le pediré a Chico que me guíe.

—Vamos. —Fang Chi bajó la mirada a sus pies—. ¿Traes la tobillera puesta?

—Sí —asintió Sun Wenqu—. De verdad que ya estoy casi recuperado. No tienes que sentirte tan culpable.

—Es normal sentirme culpable. No voy a alegrarme de tu desgracia. —Fang Chi lo guio lentamente hacia el interior del mercado. Las cosas que Sun Wenqu quería ver no eran artículos típicos del Año Nuevo, sino que estaban en los puestos fijos más adentro. Después de unos pasos, Fang Chi giró la cabeza—. ¿Estás buscando estos para tu cerámica?

—Qué listo, al fin te diste cuenta —dijo Sun Wenqu.

—Cualquier cosa que hagas será mejor que eso, ¿por qué lo mirarías? —Fang Chi no podía entenderlo—. ¿Qué es lo que quieres hacer en realidad?

—Podrías espiar si quieres —susurró Sun Wenqu junto a su oído.

—No creas que no lo haré. —Fang Chi chasqueó la lengua—. Solo tengo catorce años, soy muy curioso.

—Bien, tú lo dijiste. —Sun Wenqu se rio y continuó susurrando—: Te contaré un secreto, cuando hago cerámica, no uso ropa.

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