XXXV. NECESITO QUE ME SALVES

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SUN WENQU SEGUÍA SIENDO muy meticuloso al explicarle los ejercicios: de manera clara y ordenada. Fang Chi escuchaba con atención; no quería que luego se le dificultara resolverlos y terminara siendo objeto de burla de Sun Wenqu.

Después de explicarle lo que no entendía, Sun Wenqu lo observó con paciencia mientras resolvía el resto de los ejercicios. Si se atascaba, él le explicaba de nuevo.

Para ser honesto, mientras veía a Sun Wenqu inclinar la cabeza para explicarle los problemas, Fang Chi pensó que si los maestros enseñaran así en clase, probablemente no se dormiría…

Cuando por fin terminaron la hoja de ejercicios, Fang Chi sintió una agradable sensación de claridad y ligereza.

—Suficiente por hoy, ve a hacer otra cosa. —Sun Wenqu se levantó y se estiró—. Me duele la espalda, necesito recostarme un rato.

—Gracias —dijo Fang Chi.

—De nada —respondió Sun Wenqu, mirándolo.

Fang Chi le devolvió la mirada en silencio. Luego de unos segundos, ambos se echaron a reír juntos. No sabría decir con exactitud por qué, pero sentía que la forma en que él y Sun Wenqu se decían «gracias» y «de nada» resultaba muy graciosa.

Sun Wenqu regresó a su habitación y cerró la puerta. No estaba claro si iba a dormir o seguir dibujando.

Al pasar por allí, Fang Chi reprimió las ganas de asomarse por la rendija para espiar y bajó corriendo las escaleras.

Su papá, su mamá y sus abuelos estaban ocupados en la cocina y en el patio. En realidad, algunos platos se habían comenzado a preparar desde hacía días, pero así eran las celebraciones de Año Nuevo: parecía que la cocina nunca descansaba, con gente trabajando allí desde el amanecer hasta el anochecer.

En momentos como este, Chico era la más feliz, agazapada afuera de la cocina esperando a que le dieran las sobras.

—Vamos a dar una vuelta. —Fang Chi le dio un leve puntapié en el trasero.

Chico se levantó y lo siguió fuera del patio.

Después de caminar unos pasos hacia la entrada del pueblo, Fang Chi se detuvo y retrocedió para mirar los pareados colgados a ambos lados de la puerta.

«La primavera llega al frente del salón, y las flores florecen como un tapiz de colores; el sol ilumina el patio, y las personas se mueven con la fuerza y elegancia de dragones».

No cabía duda de que era la caligrafía de Sun Wenqu: firme y elegante. Aunque no entendió del todo el significado, podía imaginarse que escoger un verso así era muy del estilo de Sun Wenqu.

—¿Qué te parece? —La abuela, con un pollo en la mano, arrancando los últimos restos de plumas, se acercó para observar con él—. Al principio no pensábamos escribir esto, pero Shuiqu dijo que era más poético. Tu abuelo y yo lo pensamos y, bueno, después de tantos años, nos dimos el gusto de ser poéticos por una vez.

—¿Qué querían escribir ustedes? —preguntó Fang Chi con una sonrisa.

—Tu abuelo pensó en algo como «gran riqueza y éxito; buena suerte y prosperidad», pero luego no se le ocurrió nada más. —La abuela se rio—. Entonces Shuiqu, sin pensarlo mucho, agregó «más felicidad y prosperidad; abundante riqueza y descendencia»… [1]

Fang Chi se quedó aturdido un momento, sintiendo su corazón latir inexplicablemente fuerte en su pecho.

—Pero luego dijo que no, que mejor algo poético, y así quedó —continuó la abuela.

—Oh… —Fang Chi se frotó la nariz—. Sí, lo poético es mejor.

La abuela regresó a la cocina a ocuparse de algo, mientras que Fang Chi levantó la mirada hacia la ventana del primer piso antes de alejarse lentamente con Chico por el camino del pueblo.

Al avanzar, vio varios pareados en las puertas de las casas vecinas. Eran las frases típicas de buenos augurios, pero al ver la caligrafía, supo que también las había escrito Sun Wenqu.

Le dio un poco de risa. Se preguntó si Sun Wenqu habría escrito todo eso sin dejar que nadie lo viera. Resultaba curioso: una persona con tanto talento, con una caligrafía tan impresionante, y sus letras terminaron decorando las paredes de patios rurales…

Era muy divertido; algo que probablemente solo le pasaría a un lunático testarudo como Sun Wenqu, que se negaba a tomar sus medicamentos.

* * *

Sun Wenqu estaba recostado en una silla, con las piernas apoyadas en el borde de la cama. Sobre ellas tenía, en orden, a Sir Amarillo, una libreta de notas y un cuaderno de bocetos.

El teléfono sonaba a un lado. Se aseguró de terminar los últimos trazos antes de alcanzarlo y contestar:

— Liang-zi.

—¿Qué ta-tal? —preguntó Ma Liang al otro lado de la línea.

—¿Qué tal qué? —respondió Sun Wenqu, mirando una tetera que había dibujado en el papel.

—Todo —dijo Ma Liang.

—Todo bien. —Sun Wenqu sonrió—. ¿Listo para volver a casa con tu esposa?

—Sí, en unos días iré a ver… a verte —dijo Ma Liang—. El día tres o cu-cuatro, creo.

—¿Por qué? —Sun Wenqu se sorprendió—. Todavía tengo arcilla, no hace falta que traigas más.

—¿Q-quién habló de llevar… arcilla? —Ma Liang chasqueó la lengua—. Voy a respirar a-aire fresco y, de paso, lle-llevar algunos obsequios de Año Nuevo, para a-agradecer que te hayan… acogido.

—Estoy alquilando, ¿sabes? No es que esté viviendo aquí gratis. —Sun Wenqu giró el lápiz entre sus dedos—. Pero bueno, ven si quieres. Eso sí, si traes algo, que sea interesante. Lo típico no hace falta, ya tienen la casa llena de cosas, si traes más, no van a tener dónde ponerlo.

—Si no, mejor me llevo yo algo de ahí e-en su lugar —bromeó Ma Liang. Luego hizo una pausa y agregó—: Por cierto, averigüé lo que me pe-pediste. Tu cuñado ya e-está bien.

—Por supuesto que lo está. Si le pasara algo solo por eso, entonces de verdad sería una florecilla delicada. —Sun Wenqu frunció el ceño. Solo pensar en el tema lo ponía de mal humor—. Apenas lo empujé cuatro veces, y de esas cuatro, fallé dos.

—Sí, bueno, con una fue su-suficiente, directo contra la… maceta —suspiró Ma Liang—. Su cara quedó tan magullada… que cualquiera pe-pensaría que le han dado una paliza.

—Si él no me hubiera provocado, ni siquiera me acordaría de que existe. —Sun Wenqu frunció más el ceño—. Mi padre me presiona y Sun Yao me sermonea todo el tiempo, pero puedo soportarlo. Me limito a responder un par de veces y ya está, no le doy más vueltas. Al fin y al cabo, son mi papá y mi hermana. Pero ese tipo ¿quién demonios se cree que es? ¿Piensa que puede unirse a la diversión y eyacularme en la cara? ¡Qué carajo![2]

—Vu-vulgar —dijo Ma Liang—. Déjame buscar unos tapones para los… oídos.

—Y encima salió con que, si no volvía a casa a disculparme, me perdiera. —Sun Wenqu garabateó en una esquina del papel una caricatura de alguien recibiendo una bofetada—. ¿Quién se cree que es?

—Tu cuñado —respondió Ma Liang.

—Que se pierda él —dijo Sun Wenqu con desdén. En realidad, nunca supo si Sun Yao y su esposo estaban enamorados de verdad, pero de lo que sí estaba seguro era de que los dos formaban un equipo perfecto cuando se trataba de reforzar la autoridad de su padre.

—Otra cosa —añadió Ma Liang tras pensarlo un momento—, Sun Jiayue me pidió tu nú-número.

—¿Y se lo diste?

—No. Me regañó ci-cinco minutos enteros por eso —respondió Ma Liang.

Sun Wenqu se echó a reír.

—La llamaré.

Después de charlar un rato más con Ma Liang, Sun Wenqu colgó la llamada. Pensó un momento y luego llamó a Sun Jiayue.

—¡Te hace falta que te den una paliza! —gritó Sun Jiayue tan pronto como escuchó su voz—. ¡Dime, ¿te pica el cuerpo o qué?!

—Te estoy llamando, ¿no? —Sun Wenqu sonrió.

—¡¿Dónde te has metido?! ¡¿Y por qué le pegaste a Liu Ting?! —Sun Jiayue habló sin parar—. Intenté llamarte mil veces, pero no pude contactarte. Fui a tu casa, pero resultó que ya la habían vendido…

—Sí, me mudé —dijo Sun Wenqu.

Sun Jiayue se quedó callada un momento y luego se echó a reír.

—Oye, ¿te echaron por pegarle a Liu Ting?

—Algo así. Podría haberme quedado un mes más. —Sun Wenqu también se rio.

—¡Te estás volviendo más audaz! —Sun Jiayue no paraba de reír—. Dime, ¿al menos valió la pena?

—¿Por qué no lo pruebas tú misma un día? —Sun Wenqu se recostó en la silla.

—No, gracias. Paso de meterme en los líos de la familia. —Sun Jiayue dejó de reír y suspiró—. ¿No vas a volver a casa mañana, verdad?

—No, ¿y tú? —preguntó Sun Wenqu.

—Si tú no vas, iré yo. El año pasado pasé las fiestas en casa de mi suegra. Este año planeaba volver a casa. —Sun Jiayue pensó un momento—. ¿Dónde estás realmente?

—En las montañas.

—Sí, claro, y yo te creo. Te costó la vida salir de ahí, ¿y ahora vas y te metes otra vez?

—Este lugar no es como el sitio de excavación. —Sun Wenqu miró por la ventana, donde el paisaje tranquilo estaba cubierto por el humo de los fuegos artificiales que alguien acababa de lanzar.

—No me lo digas si no quieres. ¿Tienes dinero? —preguntó Sun Jiayue—. Si te falta, puedo pedirle a mi esposo que te envíe algo.

—Tengo de sobra —respondió Sun Wenqu.

Sun Jiayue probablemente también había sido advertida por su padre de no darle dinero, de lo contrario no habría sugerido que su esposo se lo enviara.

Todavía le quedaba dinero y, aunque se quedara sin él, no iba a involucrar a Sun Jiayue y su esposo en todo este lío. Sun Jiayue nunca se había interesado en los asuntos familiares. Su esposo tenía una empresa de reformas bastante grande, no tenían hijos ni demasiadas preocupaciones, así que vivían con bastante comodidad. Sun Wenqu no quería arruinarle su tranquila vida de esposa sin más responsabilidades que gastar dinero.

—No te hagas el fuerte… Bueno, da igual, es una tontería decirlo. Si no fueras así, no habrías acabado en esta situación —suspiró Sun Jiayue con fuerza—. En fin, si algún día ya no puedes más, dime. Tu hermana mayor se hará cargo de ti.

—¡Tú eres la que ya no va a poder más! ¿Qué manera es esa de hablar en Año Nuevo? —Sun Wenqu se rio.

—Nunca he sabido hablar bien. —Sun Jiayue también se rio—. Ya, te dejo, que tengo cita para arreglarme el cabello con Xiao Ji.

—No dejes que te lo tiña —dijo Sun Wenqu.

—¡Lo sé! —Sun Jiayue colgó entre carcajadas.

Sun Wenqu dejó el teléfono a un lado y miró a Sir Amarillo, que seguía acostado sobre sus piernas.

Sir Amarillo había estado moviendo las orejas, atento a la conversación. Ahora lo miraba fijamente, sin pestañear.

Después de mirarse el uno al otro durante un rato, Sir Amarillo dejó escapar un maullido, se frotó contra su pierna y se tumbó con la cara cubierta por una pata.

Sun Wenqu le acarició la pata con la yema de los dedos y dejó escapar un pequeño suspiro.

Afuera, sonó una serie de petardos. Por el sonido, debían ser los vecinos, probablemente a punto de cenar.

Durante la última semana, cada vez que llegaba la hora del almuerzo o la cena, se escuchaban fuegos artificiales. Cuanto más se acercaba el Año Nuevo, más frecuentes eran los estruendos.

Era un ruido que ponía los nervios de punta.

Pero, a veces, también podía hacerte sentir con los pies en la tierra.

En casa de Fang Chi no habían empezado tan temprano. Seguramente, cuando los abuelos estaban solos, ya no tenían energía para esas cosas, pero hoy parecía que sí iban a encender algunos.

Sun Wenqu estaba a punto de tomar el lápiz para seguir pensando en sus ideas del día cuando, de repente, escuchó risas y voces animadas provenientes del patio. Alguien llamaba a sus padres, otros a sus abuelos.

Enarcó una ceja, dejó a un lado las cosas que tenía sobre las piernas, tomó a Sir Amarillo y se acercó a la ventana para echar un vistazo.

Había bastante gente en el patio. Por lo que podía ver, debía ser la familia del tío o tía de Fang Chi, todos reunidos alrededor de los abuelos, hablando. Además de la pareja mayor, había una pareja joven y un chico con gafas que parecía tener la misma edad que Fang Chi.

Eran parientes que habían vuelto a casa para celebrar el Año Nuevo. Mañana era el día treinta, así que seguramente llegarían más.

De repente, Sun Wenqu sintió una mezcla de emociones que no podía describir, algo entre ansiedad y envidia.

Dudó un momento, luego salió de su habitación y fue a echar un vistazo a la de Fang Chi, pero no había nadie. Entonces, tomó su teléfono y lo llamó.

—¿Quién es? —contestó Fang Chi.

—Tu padre —respondió Sun Wenqu—. ¿Dónde te metiste?

—Estoy paseando con Chico. Acabamos de dar la vuelta por la entrada del pueblo y estamos yendo hacia el río —dijo Fang Chi—. ¿Este es tu número actual?

—Sí. Regresa rápido, necesito que me salves. Han llegado tus familiares, cinco personas. Tienen el patio lleno.

—Cinco personas no pueden llenar un patio, qué exagerado —dijo Fang Chi—. Ah, debe ser mi segundo tío.[3] Llegó temprano, pensé que vendría mañana por la mañana.

—A eso súmale tu papá, tu mamá y tus abuelos. —Sun Wenqu frunció el ceño—. Es mortificante. Si no vuelves, llévame contigo a pasear.

—Sal tú, entonces. Yo volveré en un rato —dijo Fang Chi—. No me llevo bien con Fang Hui. Cada vez que lo veo, me dan ganas de pegarle. Regresaré más tarde.

—Si salgo y me encuentro con alguien, ¿qué hago? No estoy de humor para saludar a nadie ahora —dijo Sun Wenqu, sintiéndose irritado—. La puerta trasera de tu casa está cerrada con candado, no puedo salir.

—… Ve a mi cuarto a esperarme entonces. —dijo Fang Chi.

Sun Wenqu fue a la habitación de Fang Chi con el gato en brazos. No habían pasado ni dos minutos cuando escuchó un ruido en el patio trasero. Se asomó y vio a Fang Chi entrando a toda prisa, mientras Chico se quedaba esperando en cuclillas afuera.

Abrió la puerta y salió a la azotea. Fang Chi subió corriendo y, al verlo, le hizo señas con la mano, hablando en voz baja:

—¡Rápido, ven! Antes de que Chico empiece a ladrar.

Sun Wenqu lo siguió rápidamente fuera del patio.

—Silencio, Chico, ni se te ocurra ladrar. —Fang Chi cerró la puerta y señaló al perro.

Chico jadeó y movió la cola.

Fang Chi llevó a Sun Wenqu por el sendero junto al río hasta la entrada del pueblo. No había nadie por allí, así que entraron en un pabellón cercano y se sentaron.

En realidad, este pabellón estaba destinado a ser una parada de autobús, con paredes para protegerse del viento. Sin embargo, el autobús que se suponía que pasaría por allí nunca llegó a funcionar, así que se convirtió en La Meca de reunión para que la gente del pueblo echara chisme.

—De hecho, si te quedas en tu habitación, nadie entraría a molestarte —dijo Fang Chi—. ¿O es que te parece muy ruidoso?

—No. —Sun Wenqu apoyó un brazo en el respaldo del asiento, frotándose la sien con los dedos. La otra mano la tenía metida en el abrigo, acariciando a Sir Amarillo—. Solo que es demasiado animado, y eso hace que me sienta especialmente solo.

—Eres muy propenso a sentirte solo. —Fang Chi se rio—. No hay nadie y te sientes solo, hay gente y también te sientes solo.

—Eso es lo que no entiendes. La soledad relacionada con las personas tiene que ver más con estar solo. —Sun Wenqu lo miró—. Estar solo y sentirse solo son cosas diferentes. Sentirse solo depende del estado de ánimo.[4]

—Suena profundo, pero no entendí nada. —Fang Chi asintió.

Sun Wenqu lo miró y se echó a reír. Después de un rato, dijo:

—Cuando hablo contigo, no me siento solo.

Fang Chi le dio una mirada, luego bajó la cabeza y tironeó de la oreja de Chico.

—Oh.

—Por cierto, ustedes los que practican escalada, ¿son buenos atando? —preguntó Sun Wenqu mientras sacaba algo de su bolsillo.

—¿Asaltando a quién? —Fang Chi se quedó atónito.[5]

—Dios mío, señor, su conciencia está gritando tan fuerte. —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. Atar con cuerdas. Nudos.

—Oh… —Fang Chi se rio—. Sí, claro. Hasta con una mano

—Perfecto —dijo Sun Wenqu.

—¿Para qué lo necesitas? —preguntó Fang Chi.

—Ayúdame a hacer un par de nudos. —Sun Wenqu sacó del bolsillo el pequeño hueso que Fang Chi le había regalado, junto con un trozo de cuerda de cuero negro—. Quiero llevarlo en cuello.

Fang Chi tomó el hueso, lo examinó y luego levantó la mirada hacia Sun Wenqu.

—¿De verdad lo vas a usar de collar?

—Claro. —Sun Wenqu entrecerró los ojos y echó un vistazo a su cuello—. ¿No llevas el tuyo también?

—Yo… —Fang Chi tocó el trébol de cuatro hojas en su pecho—. Este abracadabra es un amuleto de la buena suerte. Quién sabe, hasta podría ayudarme a responder bien las preguntas.

—Tengo frío en el cuello, así que también quiero llevar algo —dijo Sun Wenqu con total seriedad.

Fang Chi suspiró y examinó el hueso con atención.

—Podrías perforarle dos agujeros y…

—No quiero dañarlo. Tiene sus años, ¿y si al hacerle los agujeros «¡kacha!» se rompe, qué hago?

—Está bien… veré lo que puedo hacer. —Fang Chi bajó la cabeza y pensó un momento. Tomó la cuerda de cuero y midió la longitud, luego la envolvió alrededor del pequeño hueso y empezó a hacer un nudo con calma.

Era hábil en la elaboración de muchos tipos de nudos, no solo los necesarios para la escalada. Su abuelo le había enseñado muchos más, tanto corredizos como fijos, y en cuestión de minutos ya tenía listo el nudo.

—Es demasiado largo, ¿puedes acortarlo? —preguntó Sun Wenqu.

—Si lo hago más corto, ¿cómo te lo vas a poner? La cabeza es más grande que el cuello, ¿no lo sabes? —dijo Fang Chi.

—Entonces corta la cuerda y haz un nudo ajustable. —Sun Wenqu rebuscó en su bolsillo—. Tengo unas tijeras…

Antes de que terminara la frase, Fang Chi ya había cortado la cuerda con los dientes.

—Vaya, qué buenos dientes —se rio Sun Wenqu.

Fang Chi hizo un nudo ajustable, lo probó un par de veces y luego se lo pasó a Sun Wenqu.

—Perfecto. —Sun Wenqu se lo colgó del cuello y ajustó la cuerda. El hueso quedó justo debajo de la clavícula—. ¿Qué tal? Genial, ¿verdad?

—Mmm —asintió Fang Chi, y le dio unas palmaditas en la cabeza a Chico—. ¡Chico, ve, cómete el hueso!

Chico, que estaba sentada a su lado, saltó de inmediato y apoyó sus patas delanteras en las piernas de Sun Wenqu, estirando el cuello y ladrándole.

—¡Ey, ey, ey! —Sun Wenqu se asustó y se echó hacia atrás rápidamente—. ¡¿Va a morderme?!

—¿Cómo crees? —Fang Chi se rio con ganas—. Pensé que ya no le tenías miedo a los perros.

—Si no me toca, no le tengo miedo —dijo Sun Wenqu.

Justo después de decir eso, de repente, Sir Amarillo asomó medio cuerpo del interior de su abrigo y le dio varias bofetadas en el hocico a Chico antes de volver a esconderse rápidamente dentro de la ropa.

Este ataque sorpresa dejó tanto a ellos como al perro paralizados al mismo tiempo.

Chico se asustó tanto que sus orejas se pegaron a la parte trasera de su cabeza.

Pasó un buen rato antes de que Fang Chi y Sun Wenqu estallaran en carcajadas al mismo tiempo. Chico, recuperándose del susto, gimió y salió corriendo del pabellón.

—Volvamos, que mi abuela va a empezar a llamarme en cualquier momento —dijo Fang Chi, poniéndose de pie aún sin poder contener la risa—. ¡Vuelve, Chico! ¿A dónde vas?

Chico miró hacia atrás, pero no se acercó ni fue más allá. Mantuvo la distancia, caminando unos pasos por delante de ellos.

Cuando estaban a punto de llegar a la casa, Sun Wenqu se detuvo en la esquina del patio trasero.

—Yo subiré por aquí.

—¿Seguro? —preguntó Fang Chi—. Yo…

—Solo soy un inquilino, no hay necesidad de complicarlo. —Sun Wenqu le dio una palmadita en el hombro—. Estos días no tengo muchas ganas de interactuar con la gente.

—Está bien. —Fang Chi asintió y le dio la llave del patio trasero—. ¿Quieres que te suba la cena más tarde?

—Ajá. —Sun Wenqu dio dos pasos y luego se detuvo—. Y añade un postre.

—¿Chocolate? —Fang Chi sonrió—. Vas a acabarte lo poco que traje tú solo.

—Quéjate cuando se acabe. —Sun Wenqu se alejó abrazando a Sir Amarillo.

Fang Chi entró por la puerta principal y, apenas lo hizo, escuchó a Chico llorar y salir corriendo de la sala, seguido de la voz de Fang Hui:

—¡¿Por qué siempre dejas entrar a ese perro a la casa?!

—¡Oye, pateala de nuevo y verás! —La abuela sonaba molesta.

—Tu abuelo la ha dejado entrar desde el día que la adoptó. Y tú, cada vez que la ves, la pateas. ¿No te cansas? —dijo su madre mientras salía también de la sala. Cuando vio a Fang Chi, lo señaló y le habló en un tono más bajo—. Compórtate, no empieces otra discusión con él.

—Ven aquí, Chico. —Fang Chi se agachó, Chico corrió a su lado y él le acarició la cabeza—. Ve a la cocina con el abuelo.

Chico dio media vuelta y corrió hacia la cocina.

Fang Chi entró en la sala. Allí estaban su segundo tío y su esposa, su primo Fang Hui y su prima Fang Yun, que venía con su esposo. Sumados a su padre y su abuela, los sofás y sillas estaban ocupados por completo.

 —Feliz Año Nuevo, tío, tía —saludó Fang Chi—. Prima, cuñado, feliz Año Nuevo.

—¡Ah, feliz Año Nuevo! —Su segundo tío sonrió, se levantó y le dio unas palmadas en el brazo—. Este chico… parece que ha crecido aún más. ¡Y qué fuerte está!

—Solo es músculo —comentó Fang Hui, tumbado en el sofá jugando con su teléfono—. ¿No son así todos los que hacen deporte? Gigantes sin cerebro.

Fang Chi lo miró de reojo pero no dijo nada.

—¿Y tú estás mejor, flaco como un fideo? —dijo la abuela—. Al menos muévete un poco, que pasas el día tirado jugando con ese aparato.

—¡Yo tengo cerebro! —Fang Hui se ajustó los lentes, molesto.

—Se nota. —Fang Chi no tenía intención de quedarse más tiempo en la sala, así que se giró para subir las escaleras—. Ya debes haber acumulado, ¿qué? ¿Tres gramos de cerebro después de diez años de esfuerzo?

 —¡Oye…! —Fang Hui arrojó su teléfono y se puso de pie.

—¡Ya basta! —La segunda tía le dio una palmada en la mano—. ¡Los dos, cállense! Siempre discutiendo, ¿no se cansan? ¡Son primos!

Fang Chi no dijo nada más y subió los escalones de dos en dos.

—¡Pues claro que me canso! —Fang Hui se dejó caer en el sofá con frustración—. ¡Si no fuera porque tengo que ver a los abuelos, ¡¿quién querría venir aquí?!

Fang Chi ya estaba a punto de llegar al último escalón cuando escuchó eso y se detuvo en seco. Había estado de buen humor estos días, pero con unas pocas palabras de Fang Hui, ya se sentía molesto otra vez.

—Entonces ve a los abuelos, ¿por qué te enfocas en Fang Chi? —intervino Fang Yun desde un lado—. Han pasado tantos años y ustedes siguen con sus pleitos absurdos.

—¡Tú cállate! ¡¿Quién te crees para hablarme así?! —rugió Fang Hui.

Fang Chi se quedó perplejo. Aunque Fang Hui siempre era molesto, nunca le había hablado así a su hermana. Fang Chi se preguntó si por error había tomado algún tipo de veneno para ratas. Se giró y bajó las escaleras.

Iba a darle una paliza a ese idiota.

Aunque antes de que terminara de bajar las escaleras, su segundo tío ya le había dado una patada en el trasero a Fang Hui.

—¡Ya basta, ¿no?! ¡Mocoso malcriado! ¡Discúlpate con tu hermana!

—¡No quiero! —Fang Hui se puso terco y siguió gritando.

—¡Si van a seguir gritando, háganlo en el patio! —dijo la abuela, moviendo la mano con indiferencia—. Ahí hay palos, si van a pelear, ¡al menos háganlo bien!

 Fang Hui fue sacado a empujones de la sala por su padre. En su familia, nadie solía intervenir cuando se trataba de disciplinar a los niños. Si había que regañar, se regañaba; si había que golpear, se golpeaba. Cuando Fang Chi era niño y su abuelo lo golpeaba sobre la pila de leña, su abuela incluso lo animaba desde un lado.

Fang Chi decidió ir al patio a ver el espectáculo.

—¡Oye, oye! —le llamó Sun Wenqu desde atrás—. ¿A dónde vas?

Fang Chi se volteó y vio a Sun Wenqu parado en la esquina de las escaleras.

—A ver cómo mi tío lo golpea —susurró.

—Yo también quiero ver, ven conmigo arriba —dijo Sun Wenqu, sonriendo y bajando la voz—. De paso, me vas comentando en directo lo que sucede.

—Yo… Está bien. —Fang Chi sonrió y subió corriendo las escaleras—. Así que también te gusta el chisme… ¿No que te sentías muy solo?

—Más que nada es porque nunca había visto algo así antes, no es así en mi familia. —Sun Wenqu entró en su habitación y se paró junto a la ventana—. Es interesante.

—¿Tu papá nunca te ha pegado? —Fang Chi se sorprendió.

—Nunca. —La sonrisa de Sun Wenqu desapareció de un segundo a otro—. Ni una sola vez.

El cambio en su expresión fue demasiado evidente; parecía que ni siquiera intentaba disimularlo. Fang Chi podía percibir con claridad cierto descontento en él.

—Oh… —respondió, y sin ser capaz de resistir el impulso, levantó la mano y le dio un suave apretón en el hombro.


 

Notas:

[1] Ambas son frases comúnmente usadas en las decoraciones (pareados) para el Festival de Primavera (Año Nuevo Chino). Estos pareados tienen dos partes, uno en el que se describe una bendición o deseo, y otro en el que se responde o se complementa el deseo anterior. A veces se añade un tercero, que es una frase corta que va en la parte superior de la puerta y resume el tema de los pareados.

[2] Hay una palabra en alemán para ayudarnos a entender esta… analogía: «Schadenfreude», que se regodea, satisface por el sufrimiento, infelicidad, humillación, desgracia del otro. Pero aquí incluso va más allá, echando más tierra al asunto, haciendo “llover sobre mojado”.

[3] (二叔, èr shū) significa literalmente “segundo tío paterno” que generalmente es el hermano menor del padre, es decir, el segundo hermano del padre. En las familias chinas, se suele numerar a los hermanos para especificar su lugar en la familia (primero, segundo, etc.), por lo que 二叔 indica que es el segundo hermano en el orden de nacimiento. No confundir con «tío segundo, tía segunda», en español, que es el primo o prima del padre o de la madre. Pensé en dejarlo simplemente como “tío”, pero ante la aparición de más personajes más adelante, puede resultar confuso.

[4] Las palabras que SWQ está usando aquí son 寂寞 (jìmò) Se refiere a la sensación de SENTIRSE SOLO o aislado emocionalmente, incluso en medio de una multitud o rodeado de personas. Se asocia con sentimientos de tristeza, vacío y desesperanza. Y 孤独 (gūdú) Se refiere a la situación de ESTAR SOLO físicamente, sin compañía o contacto social. Se puede elegir o ser impuesto por las circunstancias. Aunque puede ser incómodo, no necesariamente implica una sensación de tristeza o desesperación. 

[5] SWQ está diciendo 打结 (dǎ jié) significa “atar” o “hacer un nudo”, mientras que FC escucha 打劫 (dǎ jié) que significa “asaltar” o “robar”.

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