«El duque Devine es peligroso».
Aun sabiendo eso, no quería separarse de Richt. El calor y la amabilidad que había sentido después de tanto tiempo mantenían a Teodoro aferrado a él. El Richt del que su madre le había hablado y el que lo trataba ahora parecían personas distintas.
«Recuérdelo, el Gran Duque Devine…» En ese punto, Maia había fruncido el ceño y continuó «Es una persona terrible. Del tipo que no se preocupa si mueren unos cuantos con tal de conseguir lo que quiere. Es un sujeto peligroso, así que no debe acercarse a él bajo ninguna circunstancia».
Eso era lo que había escuchado, pero a él no le parecía alguien así. ¿Realmente intentaría hacerle daño? No lo creía, y aun si lo hiciera no le importaría mientras siguiera tratándolo con tanta ternura.
Su padre y su madre habían fallecido. Teodoro prácticamente había sido arrojado a un mundo frío. Había gente a su lado, pero ninguno estaba a su nivel. En esa situación apareció Richt.
—Sir Alex. Retírese.
—¿Su Alteza el Príncipe Heredero? —Alex parpadeó con expresión estúpida. Parecía traicionado, pero Teodoro no retiró la orden.
—Está bien. Todo estará bien.
Al ver la sonrisa de Teodoro, Alex se derrumbó.
«Su Alteza no es que no sepa nada. Es precisamente porque sabe que puede mostrarse sereno».
Se dio cuenta de eso. Maldiciéndose por no poder hacer nada incluso en esa situación, Alex se levantó lentamente.
Hace un momento había mencionado al Gran Duque Graham para asustar al duque Devine. En realidad, Graham era llamado “el carnicero” y era alguien imposible de controlar. Por eso Su Majestad el Emperador no lo mantenía en palacio. Aunque sentía afecto por él como hermano de sangre, lo había enviado a una región inhóspita en el lejano norte.
«Debo llamar al Gran Duque Graham».
Era el único que podía enfrentarse a la Casa Devine.
—No toque a Su Alteza el Príncipe Heredero. Si lo hace, apostaré mi vida para matarlo. —En cuanto dijo eso, una hoja le rozó el cuello. Aun así, Alex no se movió.
—Sir Alex, es usted muy precavido. No le haré daño a Su Alteza. Si no confía, puedo jurar en nombre de mi familia.
—…Le creeré. —Con esas palabras, Alex se retiró.
Le dolía y le enfurecía, pero no tenía opción.
Incluso si Alex se iba, Ban seguía presente. Su rostro inexpresivo no delataba mucho, pero parecía intrigado. Y no era para menos: Richt siempre había odiado profundamente a los niños que no entendían órdenes. Cometieran errores o no, los detestaba. Sin embargo, ahora estaba abrazando a uno, lo que resultaba extraño.
—Tú también, espera afuera.
—¿No va a castigarme?
«Ah, cierto».
Richt tamborileó con los dedos sobre el reposabrazos de la silla. Como normalmente odiaba a Ban, le imponía castigos al menor error. Si no podía hacerlo de inmediato, luego imponía un castigo mayor, a veces afectando incluso a los caballeros bajo sus órdenes.
A Ban no le gustaba eso.
«¿Qué debía responder?» pensó Richt.
Su castigo habitual era el látigo, pero no quería destrozar la espalda de un hombre que estaba perfectamente sano. Él, a diferencia del Richt original, era una persona con sentido común. Así que solo había una respuesta.
—Por hoy lo dejaré pasar. Es un buen día, así que no le daré importancia.
La mirada de Ban vaciló. Jamás antes lo habían dejado ir sin castigo. Tal vez por eso empezó a sospechar. Aun así, se arrodilló en el acto.
—Todo es culpa mía. Castígueme. —Estaba decidido a no moverse hasta recibirlo.
«No, si ya dije que no…»
Parece que el Richt anterior sí que había sido atroz. Teodoro los observaba con curiosidad.
«Ah, cierto, ¡aquí hay un niño!».
No podía mostrarse golpeando a alguien delante de un niño. Richt decidió dejar pasar el momento.
—Ahora estoy ocupado, retírate. Te castigaré adecuadamente después.
Solo entonces Ban se levantó con expresión aliviada.
—Nos veremos después.
Al verlo salir, Richt suspiro de alivio. Por poco mostraba algo inapropiado delante de un niño.
—¿Vas a posponer el castigo? Si luego tus subordinados se malacostumbran, ¿qué harás? —Quien habló primero fue Teodoro.
«Ah, cierto, también es de sangre real».
Pensamiento muy propio de un príncipe.
—No fue una falta tan grave.
—¿Tú crees? Pero, si cometía un error, podía ponerte en peligro.
—No habría pasado nada. —Porque el rehén, Teodoro, estaba en sus brazos.
—Por cierto, ¿soy el duque Devine para ti?
—¿Me equivoqué? —Teodoro ladeó la cabeza y hasta ese gesto le pareció adorable.
—Llámame solo Richt.
—¿De verdad puedo llamarte por tu nombre?
—Por supuesto.
Teodoro sonrió ampliamente.
—¡Richt!
—Sí.
—¡Richt!
—Sí, Su Alteza.
—Entonces llámame también por mi nombre.
—Así lo haré, Teodoro.
Entre ellos flotó un ambiente cálido. Afuera, el caos parecía haberse resuelto: la guardia del palacio se había retirado un paso, y la guardia Leviatán ocupaba su lugar. Estarían a salvo por un tiempo.
Seguramente Alex intentaría contactar al Gran Duque Graham, pero no le preocupaba: ya había tomado precauciones. Durante un tiempo, ningún mensaje saldría del palacio. Lo mismo con las personas: aunque no podía impedir por completo las entradas y salidas, también había tomado medidas.
Ain, su mayordomo, era competente, y el poder y la riqueza de la Casa Devine eran formidables. Ahora solo quedaba disfrutar del tiempo con su adorable sobrino hasta poder salir de allí.
—Ya casi es hora de cenar.
—Cierto.
—¿Dónde quiere comer? ¿En el comedor? ¿En la habitación?
—Donde sea está bien. — Teodoro respondió balanceando los pies.
—Entonces comamos en la habitación. —Richt lo bajó con cuidado al suelo y salió a ordenar la cena.
La comida resultó más sencilla de lo esperado. Un entrante ligero, sopa, ensalada, y un filete acompañado de verduras asadas. Nada fuera de lo común, salvo que todo estaba frío.
Los ingredientes eran de primera, pero al estar fríos, el sabor se resentía. Teodoro, aun así, comía sin problema.
—¿Está rico?
—No, solo como porque tengo hambre.
Richt hurgó con el cuchillo la carne fría. No parecía que estuvieran maltratando al príncipe heredero, así que debía haber una razón.
—Veneno.
Pronto lo comprendió. La comida se preparaba en cocina y, mientras la revisaban para detectar venenos, se enfriaba. Algunos venenos actuaban de inmediato, otros no.
—Sí, exacto. — Teodoro respondió con naturalidad—. No se sabe dónde puede haber veneno, así que lo revisan siempre. Y por eso la comida llega fría.
Era un entorno demasiado cruel para un niño, pero él lo aceptaba como algo normal. Eso le encogió el pecho a Richt.
—¿Ha habido muchas veces con veneno?
—Unas pocas. Por eso mi madre estaba muy preocupada.
—¿Sospechan de alguien?”
Teodoro lo miró fijamente.
«Ah, maldición. Yo».
Era muy posible. El Richt de antes odiaba a su hermana, la emperatriz, y probablemente sentía lo mismo por su hijo. Además, era de los que eliminaban cualquier cosa que le molestara.
—Ejem. —Richt carraspeó—. Si no le molesta, desde la próxima comida omitiremos parte del proceso.
—¿Se puede?
—Por supuesto.
Teodoro puso una expresión difícil de describir, pero pronto volvió a su actitud normal. Después de comer apenas un cuarto del plato, dejó los cubiertos.
—¿Ya terminó? —le preguntó al niño.
—Sí.
—¿Por qué come tan poco?
—Tengo el estómago delicado.
—¿También por el veneno?
—Sí, quedó mal desde que lo ingerí.
La culpa lo invadió.
Richt agachó la cabeza y sintió la responsabilidad de devolverle la salud a ese pequeño sobrino.
—¿Tiene trece años, cierto?
—Sí.
En realidad sería la edad de entrar a secundaria, pero era demasiado pequeño. ¿También era culpa suya? ¿Qué había hecho para empujarlo a esta situación?
Richt contuvo un suspiro: tenía mucho por hacer.
Una doncella retiró los platos. Hoy Richt tampoco comió mucho, no solo porque no tenía gran apetito, sino porque la comida no era buena.
Tras cenar, Teodoro se bañó con ayuda de la doncella. Viendo su pequeño cuerpo tibio, Richt estuvo a punto de abrazarlo sin pensarlo: así de adorable era ese niño.
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