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LA CASA NUEVA DE SU familia apenas se usaba, así que había pocas cosas en ella. Ni siquiera habían comprado un televisor para la sala, solo había camas y armarios en los dormitorios.
Su madre trajo ropa de cama desde la casa de los abuelos y Fang Chi las arregló él mismo. Sin molestarse en lavarse, se quitó la ropa y se dejó caer directamente en la cama.
Sus padres ya se habían ido a dormir. Al día siguiente era Nochevieja y había muchas cosas que hacer. Además, también llegaría la familia de su tía, así que tendrían que madrugar.
Pero Fang Chi no podía dormir. Sabía que debía levantarse temprano, pero después de media hora acostado, seguía despierto, con el brazo debajo de la cabeza y mirando distraído por la ventana sin cortinas.
Esta noche no había estrellas, tampoco se veía la luna, solo algunas nubes con un resplandor difuso, que se amontonaban sin una forma clara.
Tal como él se sentía.
Se giró boca abajo, luego volvió a girarse boca arriba, revolviéndose en la cama una y otra vez. Si fuera un panqueque dulce, a estas alturas ya estaría dorado por ambos lados y listo para servirse.
Suspiró, se sentó y encendió la luz. Sacó un libro de inglés de su mochila y se volvió a meter bajo las mantas.
Podría memorizar un rato.
Al fin y al cabo, siempre que estudiaba, el sueño llegaba como una marea. Perfecto.
Abrió el libro y recitó un rato, pero su teléfono, junto a la almohada, no dejaba de sonar con notificaciones. Lo tomó y vio que en el grupo de la clase muchos estaban charlando.
La mayoría hablaba de hacer planes para salir esos días. Las vacaciones duraban poco y después de eso, hasta que llegaran los exámenes, no podrían salir de la escuela salvo que pidieran una licencia médica.
Pensar en los días que se avecinaban le provocó una sensación de desesperanza. Era aterrador, como volver a la cárcel.
A la mañana siguiente, la alarma del teléfono lo despertó. Cuando abrió los ojos, sintió que su mejilla derecha estaba completamente entumecida. Tardó un buen rato en darse cuenta de que seguía en la misma postura de la noche anterior.
Bajo su cara estaba el libro de inglés y el teléfono seguía a su lado izquierdo.
Vaya sueño. Digno de un cerdo.
Fang Chi bostezó, se levantó con pereza y se vistió.
Sus padres aún no estaban despiertos. La puerta de su habitación seguía cerrada.
Cuando Fang Chi terminó de preparar su mochila y salió de la casa, los alrededores aún estaban en silencio; aunque las farolas de la aldea seguían encendidas y se podían ver las hojas secas arremolinándose en el suelo y bailando con el frío viento del norte.
De vez en cuando, el ladrido distante de un perro rompía el silencio, llenándolo de una inexplicable sensación de vacío.
Fang Chi se ajustó el gorro, se puso los auriculares y empezó a correr hacia la casa de sus abuelos.
Correr siempre lo hacía sentir mejor.
Siempre había sido así. Al correr, sentía como si todo se volviera más claro; su mente se despejaba.
Las luces del patio estaban encendidas, pero no había nadie allí. Solo Chico estaba en la cocina, olfateando el suelo en busca de comida. Cuando lo vio, saltó de inmediato y movió la cola mientras ladraba un par de veces.
—Buena niña —dijo Fang Chi al entrar en la cocina. Sobre el fogón había una olla. Levantó la tapa y vio que había carne estofada. Sacó un pedazo y lo lanzó al patio. Chico saltó bien alto y lo atrapó en el aire.
Los abuelos ya se habían levantado y estaban haciendo ejercicio en el patio trasero.
—¿Tan temprano? —La abuela se acercó y le frotó la cara—. ¿Por qué no dormiste un poco más? ¿No te resultó cómoda la cama en tu casa?
—No, es que quedé en salir a correr con Shuiqu —respondió Fang Chi con una sonrisa.
—¿A correr? —La abuela le dio una palmada—. ¡Pero si se torció el tobillo hace poco!
—Quiero decir, no correr, solo saldremos a caminar y respirar un poco de aire fresco —explicó Fang Chi.
—Mejor olvídense de ese aire fresco —suspiró la abuela—. No apagó las luces en toda la noche, ¿acaso no durmió?
—¿Eh? —Fang Chi se quedó un momento en blanco y luego alzó la vista hacia la ventana del piso de arriba. Efectivamente, entre las cortinas cerradas se filtraba luz—. ¿Se habrá olvidado de apagar la luz?
—¿Cómo va a ser? Siempre apaga la luz —dijo la abuela—. ¿Por qué no subes a ver? Si no durmió, mejor no lo lleves a tomar más aire fresco. Que descanse un poco. Los jóvenes nunca cuidan su salud.
—Hmm —asintió Fang Chi y, dando media vuelta, subió corriendo por las escaleras del patio trasero hasta la terraza.
Justo cuando iba a abrir la puerta de su propia habitación, chasqueó la lengua y se dio la vuelta para bajar otra vez. Fang Hui aún estaba durmiendo allí. A esas horas, seguro estaba dando un discurso para toda la humanidad en sus sueños.
Fang Chi rodeó la casa hasta llegar a la sala y subió las escaleras, pero cuando llegó frente a la puerta de la habitación de Sun Wenqu y levantó la mano para tocar, se detuvo y en su lugar pegó la oreja a la puerta para escuchar el movimiento de dentro.
Todo estaba en silencio.
Mientras dudaba si tocar o entrar directamente como había hecho Sun Wenqu la vez anterior para asustarlo, de pronto escuchó el sonido de una silla siendo arrastrada dentro de la habitación.
¿Se había levantado tan temprano?
¿O de verdad no había dormido nada?
Fang Chi giró el pomo. La puerta no estaba cerrada con llave, así que se abrió de inmediato. Pero justo cuando iba a entrar, echó un vistazo dentro y se detuvo. Se quedó paralizado en el umbral, sujetando el pomo sin avanzar.
La habitación estaba iluminada por varias luces. Además de la del techo, había una lámpara de escritorio encendida y otra más sujeta junto al torno de alfarería.
Sin embargo, lo que detuvo los pasos de Fang Chi fue la pieza que estaba en el torno: una tetera de líneas simples, pero increíblemente llamativa.
Y frente a ella, con el torso desnudo y de espaldas a la puerta, estaba Sun Wenqu, con el mismo pantalón de la noche anterior. Su postura y su ropa dejaban claro que no había dormido.
Sobre la mesa había muchas herramientas manchadas de arcilla, de distintos tamaños y grosores. Fang Chi no reconocía ninguna, pero tampoco les prestó mucha atención.
Sun Wenqu, que miraba con absoluta concentración la tetera que estaba modelando en el torno, ocupó toda su visión y atención.
Sun Wenqu tenía los auriculares puestos y parecía no haber escuchado que la puerta se abrió. Estaba absorto en el torno, sosteniendo una herramienta delgada y larga que Fang Chi no lograba identificar.
Sun Wenqu estaba haciendo cerámica.
Fang Chi nunca lo había visto así.
Sus dedos largos y delgados manchados de barro, su cuerpo levemente inclinado hacia adelante, su expresión de total concentración, como si en su mundo solo existieran él y esa tetera a medio terminar.
Fang Chi sintió que hasta hoy, en ese preciso momento, por fin había entendido realmente lo que significaba la «seriedad» de Sun Wenqu.
Antes, cuando le explicaba los problemas o tocaba el erhu, aunque esas facetas eran muy distintas de su actitud despreocupada habitual, solo ahora se daba cuenta de que el Sun Wenqu que tenía delante, concentrado en la tetera sobre el torno de cerámica, era la verdadera imagen de la seriedad.
El tipo de seriedad que sumergía toda la habitación en su mundo.
El tipo de seriedad que hacía que hasta Sir Amarillo se quedara petrificado a su lado.
Por un instante, Fang Chi sintió que había cierta distancia entre ellos.
O tal vez una brecha.
Pero al pensarlo más a fondo, no podía precisar con exactitud qué era.
«Me preocupa que no actuar como un loco te mate de un susto».
La voz de la abuela llegó desde abajo, haciendo que Fang Chi volviera en sí. Dio un paso atrás y cerró la puerta con cuidado.
Aunque estaba haciendo cerámica, no estaba desnudo, ¿cierto?
Todavía tenía puestos los pantalones.
Quizá… se refería a no llevar camisa, no necesariamente sin pantalones.
Caminó un par de pasos hacia su habitación antes de recordar que Fang Hui todavía estaba durmiendo allí. Dudó un momento, luego se dio la vuelta y bajó las escaleras.
—¿Shuiqu durmió o no? —preguntó la abuela.
—No… Sigue trabajando —respondió Fang Chi—. ¿Hay algo de comer? Tengo hambre.
—Busca en la cocina. Si no hay nada que te guste, cocínate tú mismo —dijo la abuela—. Estoy ocupada con un montón de cosas, no tengo tiempo para atenderte.
—Hmm. —Fang Chi entró en la cocina.
Había bastantes cosas para comer, pilas de platos y cuencos con comida cocinada, pero nada que pudiera comer para el desayuno. Dio un par de vueltas y al final se preparó un tazón de fideos, que compartió con Chico en el patio.
Viendo lo concentrado que estaba Sun Wenqu, ni hablar de salir a dar un paseo; con suerte se acordaría de almorzar.
Jamás pensó que Sun Wenqu se vería así al hacer cerámica.
Era difícil de describir.
De nuevo, recordó lo que le había dicho antes: «Me preocupa que no actuar como un loco te mate de un susto».
Y sí, le había asustado un poco.
Un huevo de serpiente que era capaz de lograr semejante estado…
Cualquiera estaría aterrado.
—¡Oye! —Una voz llegó de repente desde arriba.
Fang Chi parpadeó y alzó la mirada. Sun Wenqu estaba asomado y apoyado en el alféizar de la ventana, mirándolo.
—Aún sin camiseta, ¿no te asusta morir congelado? —preguntó Fang Chi.
—Prepárame un plato de fideos —pidió Sun Wenqu—. La abuela acaba de decir que me haría comer codillo de cerdo para el desayuno, fue demasiado aterrador…
Fang Chi se rio.
—Espera, cuando termine de comer te lo preparo.
—Mjm. —Sun Wenqu se retiró y cerró la ventana.
Fang Chi terminó sus fideos en dos bocados, vertió los restos de caldo y verduras en el tazón de Chico y corrió de vuelta a la cocina para prepararle un tazón de fideos a Sun Wenqu.
El escenario en la habitación de Sun Wenqu ya había sido desmontado. La tetera sin terminar todavía estaba allí, las herramientas también, pero sin él sentado frente al torno, esa atmósfera absorbente que lo rodeaba antes había desaparecido por completo.
—Viniste y no me llamaste —dijo Sun Wenqu, tomando el tazón y sentándose en la cama para comer—. Yo aquí muriéndome de hambre.
—Vi que estabas… —comenzó a decir Fang Chi, pero de repente recordó que Sun Wenqu le había dicho antes que no le gustaba que lo vieran trabajar, así que se detuvo—. La luz de tu habitación estaba encendida y pensé… La abuela dijo…
—Ya, no inventes más excusas. Estás tartamudeando tanto que vas a quitarle el puesto a Liang-zi. Fue muy acertado que te quedaras calladito cuando seguiste a Fang Ying para extorsionarme. —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. Te oí cuando hablabas con la abuela abajo.
—¿Qué? —Fang Chi se quedó atónito, muy sorprendido—. ¿Me oíste? ¿Cómo es posible? ¿No estabas con los auriculares puestos?
—Justo estaba cambiando de canción en ese momento, no había sonido —respondió Sun Wenqu mientras comía.
—Yo… Entonces, si escuchaste, ¿por qué no saliste? —Fang Chi le lanzó una mirada.
—No quería moverme. Cuando me lo propongo, puedo quedarme quieto un día entero sin problemas. —Sun Wenqu bebió un poco del caldo—. Además, te asustas con tanta facilidad, imagina si de pronto me giraba y te saludaba; seguro te orinabas del susto. Así que preferí no moverme.
Fang Chi abrió la boca, pero no supo qué responder.
—Voy a salir a caminar un rato cuando termine de comer —dijo Sun Wenqu.
—Oh… —Fang Chi asintió. Un rato después, como si apenas lo procesara, se acordó de preguntar—: ¿No dormiste nada?
—No —respondió Sun Wenqu—. Solo me di cuenta cuando escuché hablar a tus abuelos abajo.
—Tú sí que… La abuela siempre dice que trasnochar es malo, no deberías hacer esto de nuevo. —Fang Chi se acercó al torno y se inclinó para ver de cerca la tetera sin terminar—. ¿No eras muy delicado? Ten cuidado, podrías enfermarte.
—Hace mucho que no me enfermo. El aire aquí es bueno. —Sun Wenqu lo miró de reojo—. Míralo cuando esté terminado.
—Oh. —Fang Chi se enderezó enseguida y se apartó, quedándose junto a la mesa.
—Es un encargo para un cliente de Liang-zi. Tiene unas exigencias rarísimas, es complicado de hacer —explicó Sun Wenqu, probablemente para evitar que se sintiera incómodo.
—Mmm. —Fang Chi no lo entendió del todo, pero asintió de todos modos.
Abajo, sus abuelos estaban ocupados con sus quehaceres y él no tenía cómo ayudar. Además, su habitación seguía tomada por Fang Hui, así que no tenía a dónde ir. Por el momento, no le quedó de otra que seguir mirando a Sun Wenqu comer sus fideos.
Sun Wenqu tenía buenos modales al comer, pero era evidente que después de pasar la noche en vela, estaba cansado y hambriento, y ahora comía con entusiasmo.
Fang Chi lo observó un rato antes de desviar la mirada. No era apropiado quedarse viendo a alguien comer, por muy buenos modales que tuviera.
En la mesa estaba el MP3 de Sun Wenqu. Lo tomó sin pensar y, tras dos segundos de inspección, exclamó en voz baja con sorpresa:
—¡No jodas!
—¿Mmm? —Sun Wenqu levantó la vista con un bocado de fideos en la boca.
—¿Un AK380? —Fang Chi agitó el MP3 en su mano.
—Sí. —Sun Wenqu siguió comiendo.
—Más de veinte mil, ¿verdad? —Fang Chi chasqueó la lengua como una decena de veces mientras miraba el reproductor—. ¡Eres un derrochador! Si Fang Hui se entera, no parará de hablar durante diez minutos.
—Lo compré para aparentar —dijo Sun Wenqu—. Pero, la verdad, no suena muy diferente al tuyo.
—Patrañas. El mío costó solo unos cientos, ¿cómo van a ser lo mismo? —Fang Chi volvió a mirar el aparato un rato más—. Déjame probarlo.
—Usa tus propios auriculares —dijo Sun Wenqu—. No uses los míos.
—¿Por qué? ¿Eres maniático con la limpieza? —Fang Chi desconectó los auriculares de su MP3—. Aunque no, si lo fueras, ¿por qué beberías de mi vaso?
—Vaya, sí que guardas rencor. ¿De verdad sigues recordando esos pocos sorbos? —Sun Wenqu se terminó los fideos y empezó a beber el caldo—. Esos auriculares los compré por veinte yuanes.
—¿Cuánto? —Fang Chi se quedó atónito.
—Veinte yuanes. Los vendían por montones en la calle peatonal, el tipo los iba agitando y gritando la oferta mientras caminaba.
—¿Me estás diciendo que conectaste auriculares de veinte yuanes a un reproductor de veinte mil? —Fang Chi simplemente no podía entenderlo—. ¿Por qué harías algo tan absurdo? Si tanto querías alardear, deberías haber comprado unos auriculares de diez mil y ya. Ni siquiera necesitabas el reproductor, total, ni notas la diferencia. Te los pones y metes el cable en el bolsillo, fin del asunto.
—Vaya, ¿eres todo un experto? —Sun Wenqu soltó una carcajada al escucharlo—. ¿Has presumido así antes?
—Por supuesto —asintió Fang Chi—. Cuando el MP3 aún no me había llegado, pero los auriculares sí, salí con ellos colgados y el cable metido en el bolsillo.
—Eres tan adorable. —Sun Wenqu se levantó y salió de la habitación con el tazón, todavía riéndose mientras se dirigía a las escaleras—. Mantengo un perfil bajo, no lo entenderías.
Fang Chi lo ignoró. Desconectó esos auriculares basura de veinte yuanes, conectó los suyos y reprodujo una canción al azar.
Apenas escuchó tres versos, se quitó los auriculares.
El sonido era bueno, la diferencia con su reproductor de unos cientos de yuanes se notaba enseguida.
Pero no pudo soportar seguir escuchando. Le impresionaba que Sun Wenqu pudiera hacer cerámica mientras sonaba algo que parecía más el grito de agonía de alguien siendo sometido a las Diez Grandes Torturas.
De verdad, no tenía idea de cómo describir a ese tipo.
¿Qué clase de persona era?
Demasiadas versiones: cada faceta suya parecía pertenecer a alguien diferente.
Pensándolo de esa manera, de verdad parecía un lunático.
Sun Wenqu llevaba el mismo conjunto deportivo con dibujos animados que aquel día, con un chaleco de plumas encima. Aunque lo más llamativo era el gorro estilo Lei Feng que tenía en la cabeza.
—… Tu forma de vestir es un misterio insondable —suspiró Fang Chi—. ¿No podrías coordinar un poco más? Ese gorro con pompón que tienes combinaría bien con este atuendo.
—Imposible —dijo Sun Wenqu, empujándolo hacia el patio—. Mira, ¡está nevando! Hace un frío terrible, un gorro de lana no aguantaría.
—Ah, es verdad. Cuando vine, todavía no estaba nevando. —Fang Chi alzó la cara para ver el cielo y, de repente, señaló a Sun Wenqu—. ¡No traigas a Sir Amarillo! ¡Se va a morir de frío!
—No lo traje, está acurrucado debajo de la colcha. —Sun Wenqu le dio una palmada en la espalda—. Vamos.
La nieve no estaba cayendo muy fuerte, solo algunos copos dispersos.
A primera hora de la mañana, levantándose más temprano que el mismísimo Zhou Bapi[1], salieron a pasear por la colina trasera con la nieve cayendo sobre ellos.
«Así que la locura es contagiosa», pensó. Fang Chi sentía que eso era exactamente lo que le había pasado. Lo preocupante era que, a pesar de haberse contagiado, parecía estar bastante contento con ello.
—¿No tienes sueño? —le preguntó a Sun Wenqu.
—No —respondió él con un bostezo—. Solo estoy un poco atontado.
—Entonces damos una vuelta y volvemos, tienes que dormir aunque sea un poco. Estoy seguro de que mi abuela te insistirá para comer con nosotros hoy. Desde el mediodía hasta la noche, no sé si puedas aguantar. —Fang Chi estaba un poco preocupado.
—No pasa nada. —Sun Wenqu esbozó una sonrisa—. Me subestimas demasiado. Antes solía pasarme noches enteras en el bar de Li Bowen.
—Eso era antes, cuando eras joven… —respondió Fang Chi sin pensarlo.
—Un momento. —Sun Wenqu lo miró—. ¿Cuándo yo qué?
—Cuando… eras niño. —Fang Chi carraspeó—. Ahora eres joven, por supuesto, antes eras un niño.
—Qué reacción tan rápida. —Sun Wenqu se rio y rebuscó en su bolsillo hasta sacar un caramelo—. Toma, una recompensa por tu ingenio.
Fang Chi lo recibió. Era un dulce de leche, todavía tibio por la temperatura corporal de Sun Wenqu. Lo sostuvo en su mano por un momento antes de guardarlo en su bolsillo.
—¿Cómo suelen organizarse en tu casa hoy? —preguntó Sun Wenqu, sacando una mascarilla y poniéndosela. Luego se giró hacia Fang Chi.
—¡Ay! —Fang Chi lo miró y se encontró de frente con una enorme boca ensangrentada—. Eres… En fin, mi tía llegará por la mañana y al mediodía ya todos estarán aquí. Haremos dumplings, comeremos, lanzaremos petardos, discutiré o pelearé con Fang Hui, y luego pasaremos la tarde preparando la cena. Los que no tengan nada que hacer, como tú y yo, jugaremos al mahjong.[2] Por la noche, seguiremos comiendo, bebiendo y lanzando petardos hasta la madrugada. Más o menos así.
—Suena divertido. —Sun Wenqu asintió—. Quiero jugar al mahjong.
—Claro. —Fang Chi sonrió y, tras pensarlo un poco, añadió—: Por la noche habrá alcohol. A mi abuelo le gusta el licor casero, pero mi papá y mi segundo tío seguro compraron otras bebidas. Cuando bebas, elige bien. No mezcles, porque aquí no hay dónde comprarte medicina para el estómago.
—Voy a beber licor casero —dijo Sun Wenqu—. Es lo único que no suelo tomar normalmente. Todo lo demás ya me aburre.
—A mi papá y a los demás les gusta presionar a otros para que beban, y son bastante agresivos. Si no bebes, es como si les debieras tres millones. Si ya no puedes, dímelo, yo puedo beber por ti. —Fang Chi se frotó la nariz.
—De verdad eres una mamá gallina. —Sun Wenqu lo miró y suspiró—. ¿Eres así con todo el mundo?
—En realidad no, por lo general soy demasiado perezoso para hablar. —Fang Chi le dirigió una mirada muy tranquila—. Lo mamá gallina me sale natural debido a alguien que es particularmente delicado.
Sun Wenqu soltó una carcajada y se dio la vuelta para seguir caminando. Sin embargo, después de dar un par de pasos, justo cuando Fang Chi lo alcanzó, de repente se giró y extendió una mano hacia su cara.
Pero antes de que sus dedos llegaran a tocarlo, Fang Chi ya le había sujetado la muñeca.
—Vaya. —Sun Wenqu se sorprendió—. ¡Qué rápido reaccionas!
—Más bien tengo una velocidad promedio. —Fang Chi chasqueó la lengua—. Solo que ya me acostumbré a tus ataques impredecibles de locura.
—¿Ah, sí? —Sun Wenqu sonrió y, de repente, levantó la otra mano.
Fang Chi también se la atrapó al vuelo.
—¿Eres tonto o qué?
—La muñeca y el osito bailan —canturreó Sun Wenqu, sacudiendo las manos que Fang Chi le sujetaba—. Bailan, bailan, un-dos-un… [3]
—Creo que me voy a volver loco. —Fang Chi soltó sus manos y, tras una pausa, no pudo evitar reírse.
Se quedaron allí, riendo los dos. Luego Fang Chi se frotó la cara y dijo:
—Oye, creo que eres una persona realmente sorprendente.
—¿En serio? —Sun Wenqu se metió las manos en los bolsillos y siguió caminando sin prisa.
—Cuando entré en tu habitación hace un rato… —Fang Chi aspiró hondo por la nariz—. Me impactó un poco. Cuando no actúas como un loco, en serio das miedo.
—¿Ah, sí? —Sun Wenqu sonrió.
—Mhm, tienes estilo. —Fang Chi asintió—. Hay una diferencia muy grande entre pretender ser genial y serlo de verdad.
—Qué halagos más entusiastas. —Sun Wenqu rebuscó en sus bolsillos—. Ya no tengo más dulces.
Fang Chi sacó el que tenía guardado y se lo metió en la boca.
—Oye, quiero proponerte algo. —Sun Wenqu lo tocó con el codo.
—Mmm, dime. —Fang Chi lo miró.
—Cuando termine el alboroto de esta noche, si no tienes sueño —dijo Sun Wenqu—, no vuelvas a tu casa a dormir.
Fang Chi se quedó atónito, sin responder.
—Si bebo —continuó Sun Wenqu—, es posible que quiera charlar. Quédate a hacerme compañía un rato.
Fang Chi dudó un instante antes de asentir.
—Está bien.
Notas:
[1] “Zhou Bapi” (周扒皮) es un personaje ficticio de una famosa historia china titulada “La medianoche” (《半夜鸡叫》). Zhou Bapi es representado como un terrateniente cruel y explotador que obliga a sus trabajadores a levantarse extremadamente temprano, incluso antes del amanecer, para trabajar en los campos. Para lograr esto, Zhou Bapi finge el canto de un gallo en medio de la noche, engañando a los trabajadores para que crean que ya es hora de levantarse.
[2] El mahjong es un juego de mesa de origen chino, exportado al resto del mundo, y particularmente a occidente a partir de los años 1920. En chino también se le conoce como gorrión.
[3] Es una canción infantil (The doll and the little bear dance) popular en China y se utiliza a menudo en jardines de infancia y programas de educación infantil para enseñar a los niños a cantar y bailar.