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LA NIEVE COMENZÓ A CAER más fuerte, así que no se alejaron demasiado. Cuanto más se acercaban a la montaña, más frío hacía, así que Fang Chi terminó jalando a Sun Wenqu de vuelta al pueblo. Desde lejos ya se escuchaban los estallidos de los petardos y se veía el humo elevándose entre los copos de nieve.
—Ya están celebrando desde tan temprano. —Sun Wenqu se ajustó el gorro.
—Mi tía debe de estar por llegar —Fang Chi se frotó las manos y dio un par de saltos para entrar en calor—. No sé si Fang Hui ya se habrá levantado. Toda mi ropa está en esa habitación.
—Si no se ha levantado, pues no se ha levantado —respondió Sun Wenqu—. ¿No puedes entrar y agarrar algo de ropa?
—De ninguna manera. —Fang Chi chasqueó la lengua—. Solo de pensar que está durmiendo en mi cama, envuelto en mis cobijas, ya me molesta. Si lo veo en vivo y en directo, seguro no me aguanto y lo golpeo.
—Qué mal genio. —Sun Wenqu se estiró, abriendo los brazos y luego cerrándolos rápidamente—. Tu primo solo está pasando por esa fase adolescente de buscar atención.
—¿Y cómo es que yo nunca pasé por esa fase? —Fang Chi lo miró de reojo.
—Maduraste antes de tiempo. —Sun Wenqu le pasó un brazo por los hombros—. En todo caso, los adultos de tu familia son bastante despreocupados, te dejaron suelto por ahí desde pequeño.
—No es que no se preocupen, me llaman seguido. —Fang Chi se frotó la nariz y miró de reojo la mano de Sun Wenqu, pensando que incluso con barro, esas manos se veían bien—. Y tampoco estoy acostumbrado a que estén encima de mí todo el tiempo.
Sun Wenqu sonrió.
Cuando llegaron a la casa, sus padres ya estaban allí, y el segundo tío avisó que también estaba por llegar. La cocina ya estaba llena de vapor y actividad.
Sun Wenqu subió las escaleras y no volvió a bajar una vez cerrada su puerta.
Fang Chi miró la puerta de su propia habitación. Seguía cerrada, lo que significaba que Fang Hui aún no se había levantado.
Un maldito fastidio.
Fue a la cocina a ayudar, pero su madre lo echó de inmediato.
—No vengas a estorbar.
En años anteriores, a esta hora, solía quedarse en su habitación o ver televisión en la sala, pero esta vez se sentía un poco perdido, sin saber qué hacer.
Se sentó un rato frente al televisor, pero pronto se aburrió. Pensó en subir, pero no tenía habitación disponible.
Iría a la habitación de Sun Wenqu…, pero él ya le había dicho que no quería que lo viera mientras trabajaba.
—Aaaah… —suspiró Fang Chi.
Se quedó mirando la televisión sin prestar atención hasta que su madre entró a la sala.
—Xiao-Chi, ve a recibir a tu tía en la carretera. Ya llegaron y traen un montón de cosas…
—¡Voy! —Fang Chi estaba aburrido, así que en cuanto escuchó eso, saltó de inmediato. Luego señaló hacia arriba—. Dile a Fang Hui que se levante, ya casi es mediodía.
—¿Todavía no se ha levantado? —Desde el patio se oyó la voz de Fang Yun. El segundo tío y su familia acababan de llegar. Fang Yun frunció el ceño al entrar en la casa—. Voy a despertarlo.
Fang Chi salió disparado del patio con Chico siguiéndolo de cerca.
El aire helado y fresco olía a pólvora quemada. Fang Chi corría a gusto, recogiendo pequeñas piedras y lanzándolas a un lado, viendo cómo Chico corría y ladraba para atraparlas.
Siguieron el camino que salía del pueblo durante unos diez minutos, hasta que Fang Chi vio a tres personas más adelante, agitándole la mano. Él sonrió y les devolvió el saludo.
Su tía y su familia de verdad habían traído un montón de cosas, entre ellas un gran saco de rafia lleno de comida. Fang Chi se lo echó a la espalda y el peso lo hizo toser un par de veces.
—¡Chico, tengo chocolate! Espera, te lo doy. —Su prima, Hu Ying, acarició la cabeza de Chico antes de apresurarse a rebuscar en su mochila.
—Los perros no pueden comer chocolate —dijo Fang Chi—. Guárdalo para ti.
—¿Por qué no? —suspiró Hu Ying—. ¡Eso es maltrato! Chico, te están maltratando otra vez.
—Dale otro dulce y ya, solo uno. —Fang Chi la miró de reojo. El año pasado, la chica todavía era bajita, pero desde que empezó el último año de secundaria había pegado un estirón de unos diez centímetros—. Deja de hacerte la tonta cada vez.
—Entonces hazte el tonto tú también y explícamelo otra vez —dijo Hu Ying con una sonrisa mientras sacaba un dulce de leche y se lo daba a Chico—. Oye, ¿por qué no veo al gege Xiao-Hui?
—Está dormido. O recién levantándose, tal vez —dijo Fang Chi.
—¿Ya terminaron de pelear? —Hu Ying se metió un dulce de leche en la boca.
—No peleamos, ayer lo golpeó su papá antes que yo. —Fang Chi sonrió.
—¡Ay, qué pena, me lo perdí! —Hu Ying se tapó la boca y se rio a carcajadas.
—Niña loca. —La tía le dio una palmada.
Abajo había mucho alboroto. Sun Wenqu estaba sentado junto al torno, mirando fijamente la tetera, ajustando poco a poco la forma. Debía ser porque la familia de la tía de Fang Chi había llegado.
En la habitación de al lado, Fang Hui también se había levantado y su hermana lo había obligado a bajar.
Sun Wenqu dejó escapar un suspiro. Anoche había estado con los auriculares puestos y concentrado en lo suyo, así que no se había dado cuenta hasta ahora de que Fang Hui roncaba tan fuerte que casi sentía que iba a hacer trizas su tetera.
Se colocó los auriculares otra vez, aunque sin encender la música. Solo quería amortiguar un poco el ruido exterior. Demasiado bullicio no le permitía concentrarse, pero un silencio absoluto también le resultaba incómodo.
Cuando terminó de darle forma a la tetera, se recostó en la silla y se quedó mirándola absorto.
Esta vez, debería ser capaz de pulir ese «le falta algo». De todos modos, la dejaría así por ahora y luego, cuando estuviera completa, la evaluaría en su conjunto.
Dos golpes suaves sonaron en la puerta.
—¿Quién es? —preguntó Sun Wenqu.
—Yo, Fang Chi —se oyó la voz desde afuera.
Sun Wenqu se levantó a abrir. Fang Chi estaba recargado en la pared junto a la puerta.
—¿Bajarás a almorzar?
—Mjm. —Sun Wenqu asintió—. ¿Ya llegaron todos tus parientes?
—Sí. —Fang Chi sonrió—. Vamos a beber un poco al mediodía. ¿Te apuntas?
—Claro. —Sun Wenqu volvió a sentarse en la silla—. ¿Tú aguantas bien el alcohol?
—Más o menos. Yo… —Fang Chi estaba a punto de entrar cuando escuchó pasos en las escaleras.
Hu Ying subió corriendo con una bolsa en la mano.
—Se me olvidó darte esto. Son unos guantes que tejí.
—Gracias. —Fang Chi los recibió—. ¿Ahora sabes tejer guantes?
—Ajá. —Hu Ying sonrió y asomó la cabeza al cuarto, luego se rio con cierta timidez—. Este es el amigo del que hablaba la abuela, ¿no?
Fang Chi asintió y pensó en presentarlos.
—Sí, este es…
—Hola, tío Shuiqu —dijo Hu Ying.
Sun Wenqu sonrió, divertido.
—Hola.
—¿Cómo lo llamaste? —Fang Chi se giró de golpe.
—Tío Shuiqu —repitió Hu Ying con naturalidad—. La abuela lo presentó así. Dijo: «El amigo de tu primo, el tío Shuiqu, está viviendo en la habitación vacía del segundo piso». Aunque no parece un tío, la verdad.
Sun Wenqu no pudo contener la risa.
—Tío está bien, así no hay confusión de generaciones.
—Entonces baja a comer más tarde, tío Shuiqu —dijo Hu Ying con una sonrisa educada—. ¡Tenemos mucha comida deliciosa en casa para el Año Nuevo! ¡Desde la víspera hasta el día quince, no repetimos plato!
—Está bien. —Sun Wenqu continuó sonriendo, divertido.
Mientras veía a Hu Ying bajar las escaleras corriendo, Fang Chi finalmente logró decir:
—Pero su nombre no es Shuiqu…
—Hijo mío —Sun Wenqu, recostado en la silla, se reía tanto que apenas se le veían los ojos—, tienes que aceptar la realidad.
—Tengo que hablar con mi abuela. —Fang Chi se giró, cerró la puerta y bajó corriendo.
Cuando Sun Wenqu bajó a comer, Hu Ying ya había cambiado la forma en que lo llamaba. Ahora le decía «hermano mayor Sun». Aunque no sabía si fue la abuela o Fang Chi quien la había corregido.
Sun Wenqu saludó a todos y se sentó en un taburete en un rincón.
En la sala, una estufa ardía con fuerza, que más tarde probablemente utilizarían para la olla caliente. Los platos ya estaban listos y los estaban trayendo a la mesa, atiborrada de comida.
Era una mesa baja, y todos estaban sentados en banquitos pequeños, lo que daba la impresión de que iban a lanzarse a pelear por la comida en cualquier momento. Solo de verlo abría aún más el apetito.
Al ver el bullicio animado de la familia de Fang Chi, parecía que esta comida podría extenderse hasta la noche.
—Este cordero está muy fresco, lo trajeron ayer. Hoy nos lo comemos todo —dijo la abuela, señalando la olla de sopa hirviendo en el centro—. Vamos, empiecen a comer.
—¡Brindemos primero! —El segundo tío alzó su copa—. ¡Por un Año Nuevo lleno de cambios positivos!
Todos en la casa alzaron sus copas y comenzaron a hablar al mismo tiempo, así que no se entendía bien qué decían.
Sun Wenqu pidió un vaso del licor casero del abuelo, levantó la copa y trató de escuchar lo que Fang Chi, sentado a su derecha, estaba diciendo. Pero lo único que oyó fue un vago «ah, ajá, hmm, sí» antes de beber su copa.
Tuvo ganas de reírse. Luego, al escuchar que Hu Ying, a su izquierda, decía algo similar: «Ah, ajá, sí, sí, ¡bien, bien!», se inclinó un poco hacia Fang Chi y le preguntó en voz baja:
—¿Es así como los niños de tu familia hacen los brindis?
—No hay nada nuevo para decir —respondió Fang Chi, riendo—. De todos modos, lo importante es que haya suficiente ruido y bullicio.
El recordatorio previo de Fang Chi era correcto: su padre y su segundo tío no eran del tipo que se conformaban con beber solos. Necesitaban que toda la mesa bebiera con ellos.
Al principio se contuvieron, limitándose a beber solo con el abuelo, el cuñado y el yerno. Sin embargo, a mitad de la comida, con la emoción del momento y el alcohol haciendo efecto, el cuñado y el yerno también se unieron a la fiesta y empezaron a llenarle la copa a Sun Wenqu.
—Él no puede beber mucho. —Fang Chi bloqueó a su padre cuando intentó servirle a Sun Wenqu su tercer vaso—. Ustedes sigan bebiendo.
—¿No dijiste que solo bebería licor casero? —El padre de Fang Chi, en medio del bullicio, respondió algo sin sentido—. ¡Pues esto es licor casero!
Sun Wenqu le dio unas palmaditas en la espalda, tomó su copa y dejó que el padre de Fang Chi le sirviera. Luego, sonrió y le dijo a este:
—Por ahora no hay problema.
—Bebe más despacio —le susurró Fang Chi—. Si te lo tomas tan rápido, aunque no quieras más, te van a seguir sirviendo. Apenas ven un vaso vacío y ya lo están llenando otra vez.
—Entendido —asintió Sun Wenqu.
El almuerzo fue muy animado. Sun Wenqu sintió que el calor le recorría el cuerpo y que hasta le sudaba un poco la espalda.
La abuela dirigió a todos para que recogieran los platos vacíos de la mesa y trasladaran la comida a una mesita auxiliar, apartando a los que aún estaban bebiendo.
—¡Dejen espacio para hacer dumplings!
—Nosotros íbamos a jugar —dijo Fang Yun—. ¿Podemos armar dos mesas?
—Empiecen con una —respondió la abuela—. Cuando ellos terminen de comer, armamos la otra.
—Está bien, entonces que mi mamá juegue primero. —Fang Yun empezó a contar—. Si sumamos a mi tía… ¿Shui… Wenqu, juegas?
—Jugará —dijo Fang Chi, recordando que Sun Wenqu había mencionado que quería jugar al mahjong.
—¿Y tú, Xiao-Hui? —le preguntó Fang Yun a su hermano menor.
Fang Hui había bebido bastante hoy. Cuando se giró, tenía la cara completamente roja. Miró a Fang Chi y dijo:
—Si él juega, yo no.
—Jugaré —dijo Fang Chi.
—Entonces yo no —respondió Fang Hui de inmediato.
—Perfecto. —Fang Chi se rio y se sentó a la mesa—. Gracias, que ni siquiera había espacio.
—¡Tú! —Fang Hui lo miró con odio.
—¡Oigan! Si todos están jugando, ¿entonces quién va a hacer los dumplings? Iré a ayudar a su tía —dijo su madre con una sonrisa—. Xiao-Hui, juega tú.
—¡No voy a jugar! —Fang Hui seguía mirando a Fang Chi con enojo.
—Entonces ponte a hacer dumplings. —Fang Chi le hizo un ademán con la mano—. ¿Hu Ying, te unes?
—¡Está bien! —Hu Ying saltó de inmediato hacia la mesa.
La segunda tía le cedió su asiento a Fang Yun y también se fue a hacer dumplings. Al final, los que se quedaron jugando mahjong fueron Fang Chi, Sun Wenqu, Hu Ying y Fang Yun.
—Todos los jóvenes en esta mesa. —Hu Ying mezcló las fichas mientras hablaba—. Los holgazanes y glotones.
—Los glotones están por allá —Fang Chi señaló a su padre y los demás, que seguían bebiendo al lado—. Nosotros somos los jóvenes holgazanes.
—¿No se supone que soy un tío? —preguntó Sun Wenqu.
—¡Ay, no lo menciones más! Todo es culpa de la abuela. —Hu Ying se rio, apoyándose en la mesa.
—Otra vez la abuela diciendo disparates. Un rato te llama Shuiqu, otro rato te convirtió también en tío… —suspiró Fang Yun.
Fang Chi no habló mucho. El alcohol lo tenía un poco mareado y tampoco es que tuviera muchas ganas de conversar, así que solo se quedó mirando las manos de Sun Wenqu.
Sun Wenqu estaba sentado a su lado. En algún momento había ido a prepararse una taza de té y de vez en cuando bebía un sorbo.
«Las personas con manos bonitas, hagan lo que hagan, siempre se ven bien», pensó Fang Chi. Agarrar una taza, dejarla, empujar las fichas, organizar las fichas, sacar las fichas… Todo era un placer para la vista.
No estaba seguro de qué tan bien jugaba Sun Wenqu, pero tras dos rondas se dio cuenta de que tenía la costumbre de no colocar las fichas en la mesa de inmediato cuando las tomaba, sino de sostenerlas en la mano y girarlas distraídamente sobre la mesa con los dedos.
—Es tu turno, gege Xiao-Chi. —Hu Ying lo empujó un poco.
—Oh —respondió Fang Chi, tomando una ficha de su mano y descartándola.
—¡Gané!—Fang Yun mostró sus fichas—. Justo estaba esperando esta.
—¿Eh? —Fang Chi se quedó en blanco y luego chasqueó la lengua.
—¿En qué andas pensando? —Fang Yun se rio.
—En nada. —Fang Chi se rascó la cabeza.
No solía jugar mucho a esto, solo lo hacía en Año Nuevo, unas cuantas rondas para acompañar. Por lo general, solo se preocupaba por sus propias fichas y, si lograba evitar ser el que hiciera ganar a otro, ya se daba por satisfecho.
Sun Wenqu, por otro lado, era bastante hábil jugando al mahjong. Calculaba bien las fichas y, como todos en la mesa eran de la misma generación, seguramente no se estaba conteniendo. Después de varias rondas, aparte de las dos veces que Fang Yun ganó, el resto fueron victorias de Sun Wenqu.
—Ya no sigo. —Sun Wenqu empujó sus fichas hacia el centro—. Estoy cansado.
—¡Eres un maestro! —dijo Hu Ying, sonriendo—. ¿Estás cansado o solo ya no quieres jugar con nosotros, los novatos?
—Seguro que se aburrió de jugar con nosotros —suspiró Fang Yun—. Yo al menos gané dos rondas, pero ustedes dos son unos auténticos donadores de fichas.
—Pierdo todos los años de todos modos. —Fang Chi se rio entre dientes—. Tampoco seguiré jugando, que mi mamá venga a jugar un rato.
—Fang Hui, ¿tú quieres jugar? —Fang Yun se giró y le dio unas palmaditas en la espalda a Fang Hui, que estaba embobado mirando la televisión—. Xiao-Chi ya no juega, puedes tomar su lugar.
Después de dejar la mesa, Sun Wenqu subió las escaleras. Fang Chi vaciló por un momento y, al ver que Sun Wenqu había dejado su taza en la mesa, la recogió y subió tras él.
Justo al llegar arriba, vio que Sun Wenqu salía de su habitación.
—¿Vienes por la taza? —preguntó Fang Chi.
—Ajá. —Sun Wenqu sonrió y tomó la taza—. ¿Te quedas un rato?
—¿No vas a dormir? —Fang Chi notó que tenía cara de cansancio.
—No puedo dormir. —Sun Wenqu entró y se dejó caer en la cama—. Solo quería recostarme un rato.
—Entonces… descansa. —Fang Chi dejó la taza en la mesa y se dio la vuelta—. Yo iré a mi habitación a leer un rato.
Abajo seguía el bullicio. Fang Chi echó un vistazo: algunos seguían bebiendo y charlando, otros jugaban al mahjong, otros hacían dumplings mientras conversaban. La casa estaba llena de gente y risas.
El Año Nuevo realmente era una época alegre.
Abrió la puerta de su habitación, pero el desorden que Fang Hui había dejado lo hizo fruncir el ceño. El edredón no estaba doblado, sino arrugado en la cama, con una esquina incluso colgando hasta el suelo. Las dos almohadas tampoco estaban en su lugar: una había acabado en la esquina de la cama y la otra estaba enredada entre las sábanas.
Fang Chi sintió una oleada de frustración. Y cuando giró la cabeza y vio un par de calcetines tirados sobre la mesa, tuvo el impulso de bajar de inmediato, agarrar a Fang Hui y metérselos en la boca.
Esta habitación no era habitable. Fastidiado, Fang Chi cerró la puerta de golpe y salió.
Bajó y dio una vuelta por la casa, pero no tenía idea de qué hacer. A excepción de él, todos parecían ocupados en algo. Incluso Chico, que ya se había comido un tazón de sobras y ahora dormía plácidamente en el patio, disfrutando del sol de la tarde.
No le quedó más opción que volver a subir. Al pasar por la habitación de Sun Wenqu, levantó la mano y llamó a la puerta.
—Adelante —se oyó la voz de Sun Wenqu desde adentro.
Fang Chi empujó la puerta y asomó la cabeza. Sun Wenqu seguía acostado en la cama, exactamente en la misma posición en la que se había dejado caer antes.
—Si no te importa —dijo Fang Chi—, ¿puedo venir a estudiar aquí?
—Si no te importa a ti. —Sun Wenqu le sonrió.
—Oh… —Fang Chi fue a buscar su mochila y entró—. No me importa.
El escritorio en la habitación de Sun Wenqu también era nuevo, antes no había uno allí. Sin embargo, ya no era aquella gran mesa negra sin límites, sino un escritorio para computadora que parecía muy elegante y con espacio para muchas cosas, aunque solo tenía una libreta y un montón de papeles y bolígrafos.
—Voy a mover tus papeles a un lado, ¿tienen algún orden o algo? No quiero desorganizarlos —dijo Fang Chi.
—No te preocupes, tienen la fecha escrita —respondió Sun Wenqu con los ojos cerrados.
—Bueno. —Fang Chi acomodó los papeles y la libreta a un lado—. ¿Solías jugar mucho al mahjong o a las cartas? Pareces bastante bueno.
—Vaya, con tu nivel de juego que ni siquiera ves las fichas que te regalan, ¿puedes darte cuenta de que alguien más es bueno? —se burló Sun Wenqu.
—¿Eh? —Fang Chi parpadeó, repitiendo la frase varias veces en su mente antes de entender—. ¿Me estabas regalando fichas?
—Sí. Vi que le regalaste la partida a tu prima y me diste algo de pena, así que te pasé algunas fichas. Si hubieras recogido las fichas que te di, habrías ganado varias veces, pero no tomaste ni una —suspiró Sun Wenqu.
Fang Chi sonrió pero no dijo nada. Se sentó y sacó su libro de texto.
Sun Wenqu tampoco habló más. Se cubrió los ojos con un brazo y se quedó quieto.
Fang Chi le echó un par de miradas, sin saber si se había dormido de verdad o solo estaba descansando con los ojos cerrados.
Con la puerta cerrada, los ruidos de la planta baja se amortiguaron bastante. De vez en cuando se oían explosiones lejanas de petardos en el pueblo. Se sentía bastante agradable.
Apoyando la barbilla en una mano, Fang Chi abrió sus apuntes de inglés, planeando memorizar al menos las dos páginas que el maestro había marcado como importantes. Recitó una frase en voz baja, luego miró a Sun Wenqu. Como no parecía no haber movimiento de su lado, bajó un poco más el volumen de su voz y recitó otra oración. Después de escuchar su propia pronunciación, miró a Sun Wenqu y se sintió avergonzado. Decidió bajar aún más la voz, hablando casi en un susurro.
Volvió a mirar a Sun Wenqu… Al final, simplemente tomó un bolígrafo y empezó a escribir en su cuaderno mientras articulaba las palabras en silencio.
—Ay… —se rio Sun Wenqu—. Puedes hablar en voz alta, no me voy a burlar. ¿Por qué ahora lo estás escribiendo?
Fang Chi, algo avergonzado, dejó el bolígrafo y se giró.
—¿Estás dormido o no?
—Ya te dije que no podía dormir… Solo estoy descansando un rato. —Sun Wenqu bajó el brazo y entreabrió los ojos para mirarlo.
—Entonces descansa y ya, ¿qué haces espiándome mientras estudio? —Fang Chi chasqueó la lengua.
—Si no echaba un vistazo, ¿cómo iba a saber que estabas mirándome todo el tiempo mientras estudiabas? Recitabas una oración y me mirabas. Hace rato que quería reírme, pero me aguanté para no asustarte. —Sun Wenqu se rio con los ojos cerrados.
Fang Chi lo miró con una cara hosca durante mucho tiempo antes de recargarse sobre la mesa.
—… No hagas ruido, voy a estudiar.
—¡Ánimo! —dijo Sun Wenqu con una sonrisa.
Fang Chi no respondió y siguió como antes, repitiendo las palabras en silencio mientras las escribía en el papel.
No había terminado ni siquiera una página cuando empezó a sentirse somnoliento. Se había acostado tarde, se había levantado temprano, había bebido y encima se le ocurría estudiar inglés justo a la hora de la siesta. Era la receta perfecta para quedarse dormido.
Intentó resistir media hora más, pero en cualquier momento iba a quedarse frito. Se levantó con la intención de hablar con Sun Wenqu para despejarse un poco. Sin embargo, cuando llegó hasta la cama, vio que él ya estaba profundamente dormido, con la cabeza ladeada.
—Oye, ¿no dijiste que solo ibas a descansar un rato? —Fang Chi se inclinó para mirarlo. Un poco frustrado, murmuró—: ¿No que no podías dormir?
La respiración de Sun Wenqu era muy suave y sus pestañas no se agitaban, lo que indicaba que llevaba dormido un buen rato.
—No eres nada considerado… —suspiró Fang Chi, y retrocedió para sentarse de nuevo en la silla.
Apoyó el brazo en la mesa y la cabeza en la mano, observando a Sun Wenqu.
Dormido, ese hombre tenía un aire serio, muy distinto a su actitud despreocupada de siempre. Tampoco se veía esa poderosa presencia que lo envolvía cuando hacía cerámica.
A simple vista, parecía una persona normal, común y corriente… Bueno, un señor un poco más atractivo que el promedio. No, en realidad, más bien un joven.
Fang Chi se quedó mirando el rostro de Sun Wenqu, sin saber por qué ya no seguía estudiando. Tal vez era porque tenía sueño. Sí, eso era. Tenía mucho sueño.
Bostezó y se levantó, cambiándose a la silla reclinable que parecía una copa de vino. Imitando a Sun Wenqu, acercó la silla a la cama y se recostó, apoyando los pies en el borde de esta antes de cerrar los ojos.