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SOÑAR DURANTE LA siesta era algo bastante extraño.
Quizá tenía mucho sueño esta vez.
Y fue todavía más extraño soñar con Sun Wenqu durante dicha siesta.
Tal vez se debía a que pasaban mucho tiempo juntos.
Sun Wenqu era muy apuesto, sobre todo cuando hacía cerámica. Su perfil concentrado, sus pestañas algo temblorosas y sus hermosas manos; con dedos largos y elegantes incluso con arcilla en ellos.
Esos dedos deslizándose sobre la arcilla, presionando el torno de cerámica, sosteniendo un bolígrafo, señalando en su papel borrador, rozando el dorso de su mano con un leve toque.
Dedos recorriendo el tatuaje en su espalda baja…
Cintura…
Tobillo…
Detrás de la oreja…
Una piel tan suave…
El aliento de Sun Wenqu barrió su oreja, con una calidez perezosa…
Fang Chi abrió los ojos de golpe.
Se quedó mirando el techo y el foco apagado durante un largo rato antes de que los latidos acelerados de su corazón —que parecía querer salírsele del pecho— y su respiración agitada, se calmaran poco a poco.
Seguía recostado en la silla perezosa con forma de copa. Después de estar tanto tiempo con la cabeza inclinada hacia atrás, el cuello y la espalda le dolían un poco, y tenía las piernas entumecidas.
Movió el cuello y se incorporó lentamente.
Quiso comprobar si Sun Wenqu seguía dormido, pero de repente descubrió que este estaba sentado en la cama, apoyado contra la pared, mirándolo.
Sir Amarillo, que había estado envuelto en la manta todo este tiempo, también se había despertado y estaba sentado muy recto al lado de Sun Wenqu; ambos mirándolo sin pestañear.
—¡Mierda! —Fang Chi se sobresaltó y luchó un rato para salir de la silla perezosa. Sin embargo, apenas se puso de pie, sintió que algo no estaba bien y se dio la vuelta al instante—. ¿Cuándo despertaste?
—Recién. —La voz de Sun Wenqu sonaba tranquila, pero se notaba que se estaba riendo.
—No, pero… —Fang Chi volvió la cabeza—. ¡Si ya estabas despierto, hubieras dicho algo en vez de quedarte mirándome!
—Te dije que recién me desperté —dijo Sun Wenqu con una sonrisa—. Hace solo un minuto.
—¡Un minuto es un montón de tiempo! —Fang Chi sacó su teléfono—. ¡Pon el cronómetro y ve cuánto dura un minuto!
Sun Wenqu se estiró con pereza.
—¿Qué soñaste?
—Nada. —Fang Chi, muy avergonzado, empezó a caminar hacia la puerta.
—¿Vas a salir así? —se rio Sun Wenqu.
Fang Chi escuchó pasos afuera, por las voces parecían ser Hu Ying y Fang Hui. Su mano se detuvo en la manija, luego, apretando los dientes, se dio la vuelta y volvió a sentarse.
—Vamos, ríete si quieres —dijo, mirando a Sun Wenqu.
—No me reía de ti. —Sun Wenqu bostezó—. Solo me parece impresionante que te hayas puesto duro con solo una siesta.
—… Soy joven, ¿qué esperabas? —respondió Fang Chi. Desde que conoció a Sun Wenqu, sentía que su piel se estaba volviendo más gruesa a una velocidad incontrolable.
Sun Wenqu se rio.
—Por eso te pregunto, ¿qué soñaste?
El calor en la cara de Fang Chi aumentó de inmediato, al punto de que hasta le costaba pensar con claridad. Sin saber qué responder, soltó lo primero que le vino a la mente:
—Soñé que llevaba a mi Chico de caza.
—… Oh. —Sun Wenqu se quedó en silencio por un segundo, luego se dejó caer sobre la almohada y estalló en carcajadas—. ¡Ah, ser joven! Juventud maravillosa e insaciable.
—Mierda. —Al darse cuenta de lo que había dicho, Fang Chi tuvo unas ganas tremendas de saltar por la ventana.
—Ay, ya no te molestó. —Sun Wenqu se levantó de la cama, se acercó a la ventana y miró hacia afuera—. ¿Es hora de comer? Bajemos.
—¿Qué hora es? —Fang Chi tomó su teléfono y se sorprendió al ver que ya eran más de las cuatro—. ¿Dormí tanto tiempo?
—Dormir un rato no está mal. —Sun Wenqu se frotó los ojos—. Y seguro nos acostamos tarde hoy.
—¿Lograste dormirte? —Fang Chi se levantó, se ajustó los pantalones y finalmente se recuperó.
—Sí. —Sun Wenqu sonrió—. Escucharte escribir en el papel «shua-shua-shua» resultó bastante hipnótico.
—Si te molesta el ruido, podrías quedarte un rato más en la habitación. —Fang Chi se acomodó la ropa y se limpió la boca—. Voy a bajar a ver, te llamaré cuando la comida esté lista.
—Está bien. —Sun Wenqu se apoyó en la ventana.
Fang Chi bajó las escaleras y cuando Chico lo vio, corrió de inmediato hacia él, moviendo la cola y relamiéndose.
—¿Qué comiste? —Fang Chi le rascó la cabeza.
—Le di un dumplings —susurró Hu Ying—. Pero estaba crudo, ¿está bien? Se veía con mucha hambre.
—No hay problema. —Fang Chi sonrió—. ¿Ya casi es hora de comer?
—Sí, el abuelo dijo que en quince minutos. —Hu Ying, que parecía ansiosa por comer, se frotaba las manos con expectación—. Justo subí a llamarte a ti y al hermano Sun, pero como no escuché nada dentro, pensé que estaban durmiendo y me bajé.
—… Oh. —Al oír las palabras «estaban durmiendo», Fang Chi experimentó una sensación extraña; un escalofrío que le recorrió la piel centímetro a centímetro. De inmediato, dio un par de saltitos nerviosos para disimularlo—. Sí, dormimos un rato.
Los petardos en el pueblo sonaban cada vez con más frecuencia, hasta formar una sucesión ininterrumpida de explosiones. El aire tenía un fuerte olor a pólvora, pero los aromas de la comida desde la cocina lograban imponerse, extendiéndose por todo el patio y la sala; mezclado con el inconfundible olor de la carne.
Fang Chi dio una vuelta por la cocina, sacó su teléfono y le envió un mensaje a Sun Wenqu: «La comida está casi lista. Hay muchísimos platos deliciosos. ¿Quieres bajar antes y picar algo?».
No pasaron ni dos minutos antes de que Sun Wenqu bajara corriendo, su abrigo abultado en la zona del vientre, sin duda traía a Sir Amarillo metido allí dentro.
—Lo llevas a todos lados —suspiró Fang Chi—. ¿También lo vas a tener en la mesa? ¿Crees que en diez meses podrás parir una camada?
—Es sorprendente lo afilada que es tu lengua a veces… Solo lo estoy agarrando un rato. Nunca ha oído petardos, si lo dejo en la habitación, seguro se vuelve loco esta noche. —Sun Wenqu echó un vistazo fuera de la cocina—. ¿No es inapropiado robar comida?
Fang Chi sacó un trozo de pato laqueado de la olla.
—¿Quieres o no?
—Sí. —Sun Wenqu estaba por alargar la mano, pero Sir Amarillo asomó la cabeza por el cuello de su abrigo y empezó a forcejear para subirse a su hombro. Sun Wenqu lo sujetó enseguida y lo metió de nuevo en su ropa, mientras se inclinaba para morder el pato de la mano de Fang Chi.
Después de que Sun Wenqu saliera de la cocina, Fang Chi se quedó paralizado por un momento antes de bajar la mano y limpiársela en los pantalones.
Al salir de la cocina, el abuelo entró y al verlo, se rio.
—¿Robando comida?
—El pato está buenísimo. —Fang Chi se rio un poco.
—Hay batatas asadas, ¿quieres? —preguntó el abuelo—. Pero ya casi servimos la comida…
—¡Sí, sí, sí, sí, sí! —respondió Fang Chi sin dudar. Le encantaban, sobre todo las que hacía su abuelo—. Dame una, una pequeña está bien.
—No hay pequeñas, todas son del tamaño de tu cabeza. —El abuelo sonrió.
—Pues dame una del tamaño de mi cabeza —dijo Fang Chi.
Sun Wenqu estaba en el patio, con las manos en los bolsillos, observando a su padre y al segundo tío desarmando los petardos. Seguro aún tenía a Sir Amarillo dentro de su ropa.
—¿Quieres? —Fang Chi se acercó y agitó la batata asada a la que ya había dado dos mordiscos.
—¿Huele bien? Déjame oler. —Sun Wenqu se volvió—. Todo lo que huelo es a pólvora, no puedo percibir el aroma de la comida.
—Si quieres… —Fang Chi levantó la batata frente a Sun Wenqu, con la intención de decir que iría a buscarle otra si quería.
Pero antes de que pudiera terminar de hablar, Sun Wenqu ya se había inclinado para darle un mordisco a la batata en su mano. Un segundo después, inhaló aire con fuerza y masculló con la boca llena:
—¡Ay, ay! Quema… Pero está rico… Mucho mejor que los de la calle.
—Esa es… —Fang Chi lo miró—. Ya la había mordido.
—Sí, sí, ¿y qué? —Sun Wenqu lo miró de reojo—. Tú, que siempre te limpias las manos en los pantalones, ¿ahora te pones exigente? Bebo un sorbo de tu taza y es el fin del mundo, le doy un mordisco a tu batata y ahí vas de nuevo a quejarte sin dar tregua.
—No es eso… —Fang Chi no encontró la manera de explicarse, así que bajó la cabeza y mordió la batata con fuerza—. Olvídalo.
Dentro de la casa, la mesa estaba completamente llena de platos. Todos los familiares se apiñaron en la entrada del patio, esperando a que explotaran los petardos.
En el pueblo, los petardos resonaban por todas partes, en una explosión interminable.
Sun Wenqu cubrió las orejas de Sir Amarillo con la mano y gritó:
—¡Mira a Chico, aprende algo de ella!
Chico, una veterana de muchas celebraciones de Año Nuevo, no solo no tenía miedo de los fuegos artificiales, sino que estaba emocionada. Incluso había trepado sobre la pila de leña y movía la cola con entusiasmo mientras miraba las explosiones en el suelo.
Fang Hui fue el encargado de encender la mecha. Fang Chi también había pensado en hacerlo, pero luego reconsideró. Si terminaban peleando, eso arruinaría el ambiente.
Los petardos estallaron y el estruendo llenó la entrada del patio.
—¡Aaah! —Hu Ying se tapó los oídos y saltó en medio de la gente.
—¡No seas tonta! —le gritó Fang Chi, riéndose.
—¡Aaaaah! —Hu Ying no le escuchó y solo siguió gritando.
Fang Chi miró a Sun Wenqu, quien sostenía al gato con una mano y con la otra le tapaba las orejas, sonriendo, aunque el estruendo de los petardos era tan fuerte que retrocedió unos pasos. Intentó cubrirse los oídos con los hombros, pero no lo logró.
Fang Chi se le acercó.
—¡Ruidoso, ¿verdad?! —gritó junto a su oído.
—¡Me voy a quedar sordo! —le gritó Sun Wenqu de vuelta.
Fang Chi se echó a reír, se colocó detrás de Sun Wenqu y levantó las manos para cubrirle las orejas.
La cadena de petardos era larga, elegida por su padre; también muy ruidosa. A Fang Chi le gustaba mucho este tipo de ambiente y no le molestaba el ruido. De niño, ya habría saltado en medio de los petardos sin dudar.
Ahora, aunque ya no saltaba como un loco, aún podía tolerar el ruido sin problemas. Mientras cubría los oídos de Sun Wenqu, aprovechó para mirar el pequeño tatuaje detrás de su oreja.
Era un ancla negra, no más grande que una uña.
Se trataba de un tatuaje bastante común, pero debido a su ubicación, resultaba un tanto peculiar a la vista.
Fang Chi observó la piel blanca bajo el tatuaje y, de repente, recordó la respiración de Sun Wenqu rozando su oreja en el sueño de esa tarde.
Apartó la mirada de inmediato y decidió enfocarse en la cola de Chico.
Después de hacer explotar los petardos, toda la familia volvió a la casa entre risas y gritos para empezar la cena de Nochevieja.
Con manos rápidas, el segundo tío destapó todas las botellas de licor sobre la mesa y comenzó a servir una copa a cada uno. Sun Wenqu se apresuró a tomar la suya.
—Yo beberé licor artesanal —dijo.
—Mira que eres raro —se rio el segundo tío—. Teniendo buen vino, ¿prefieres el licor casero del campo? Fang Chi, sírvele.
—El licor artesanal es bueno —replicó el abuelo con una risa ronca—. Estoy tan acostumbrado que ya no puedo vivir sin él.
—Sí, es muy bueno. —Sun Wenqu asintió.
—Luego te subo una botella, guárdala en tu cuarto. —El abuelo le dio unas palmaditas en el hombro a Sun Wenqu—. Antes de dormir, te tomas una copita ¡y verás qué bien duermes!
—No lo conviertas en un borracho —dijo Fang Chi, refunfuñando—. Con lo poco que aguanta, ¿una copita cada noche?
—Ay, Xiao-Chi, no sabes ver estas cosas —dijo el segundo tío, sirviéndole también a él—. Este amigo tuyo no es de una copita. Apuesto a que, si se pone a beber, no serías rival para él.
—Imposible. —Fang Chi no estuvo de acuerdo con su juicio. Según lo que él recordaba, cada vez que Sun Wenqu bebía, o le dolía la cabeza o le ardía el estómago. Al final terminaba necesitando que lo cargaran o se dormía.
—Por eso digo que no sabes. —El segundo tío negó con la cabeza y se volvió hacia Sun Wenqu—. Dime, joven, ¿tengo razón o no?
—En serio, no aguanto mucho —dijo Sun Wenqu, sonriendo.
—¡Bah, pura modestia! Los que dicen eso siempre son los que más aguantan —dijo el segundo tío—. Como dicen, los buenos perros no ladran…
—¡Ni siquiera has bebido y ya andas diciendo tonterías! —La segunda tía le dio una palmada en la espalda, provocando la risa de todos.
El segundo tío bebía con frecuencia y tenía muchos compañeros de copas. En teoría, debía ser buen juez del aguante de una persona. Sin embargo, Fang Chi pensó que esta vez podía haberse equivocado con Sun Wenqu.
¿O su propio juicio sería el incorrecto?
¿Quién estaba equivocado?
Mientras comía, Fang Chi meditaba en ello. En general, no hablaba mucho durante las comidas, se limitaba a escuchar. Así que esta vez, entre un bocado y otro, soltaba un «je-je» y echaba un vistazo a Sun Wenqu de vez en cuando.
Sun Wenqu bebía despacio. No sabía si era por haber tomado demasiado al mediodía o por otra razón, pero iba a un ritmo pausado, como cuando corría. También comía lento, aunque eso era normal en él. Comía poco; su porción de comida quizá no era mayor que la de Sir Amarillo.
—¿Y Sir Amarillo? —Fang Chi de repente recordó a su gato y, preocupado, tocó el vientre de Sun Wenqu—. No lo habrás apretujado demasiado, ¿verdad?
—Lo dejé en la habitación. —Sun Wenqu apretó su mano extendida—. Los fuegos artificiales no son tan fuertes ahora, lo recogeré de nuevo a medianoche.
—Mmm —asintió Fang Chi, retiró la mano y volvió a centrarse en su comida.
El gesto casual de Sun Wenqu casi hizo que Fang Chi se atragantara con un hueso, así que rápidamente tomó un trago de vino.
—Vaya, qué rudo. —Sun Wenqu, con la misma calma, siguió bebiendo—. Mejor bebe directo de la botella, ¿no?
—Come y cállate. —Fang Chi lo miró de reojo.
Esta fue, probablemente, la cena de Nochevieja en la que Fang Chi estuvo más distraído en toda su vida.
O mejor dicho, desde el bochornoso sueño de la tarde —y encima delante del protagonista—, había estado sintiendo algo extraño que no podía describir. Cada vez que veía a Sun Wenqu, todo aquello volvía: los sonidos, imágenes y sensaciones.
Aunque el contenido del sueño no era nada especialmente escandaloso, no fallaba en dejarlo aturdido.
En la mesa, apenas prestó atención a lo que hablaban los demás. Solo seguía comiendo, alternando bocados y sorbos de licor, consciente de que el ambiente era animado. Se dio cuenta de que Fang Hui había empezado otro de sus discursos, pero Hu Ying lo interrumpió con abucheos y casi se armó una pelea.
De vez en cuando, se daba cuenta de que su mirada estaba fija en las manos de Sun Wenqu.
La cena de Año Nuevo en casa siempre se prolongaba. Comían, bebían, charlaban, se quejaban del programa de la Gala de la Fiesta de Primavera[1] y, de la nada, ya eran más de las once.
—Fang Chi, ve a cocinar los dumplings —dijo su madre, mirándolo.
—Oh —respondió Fang Chi, levantándose para ir a la cocina. Apenas dio dos pasos y casi tropezó con una botella de licor en el suelo.
—¿Ya estás borracho? —Fang Yun se rio.
—¿No? —dudó Fang Chi. No sentía que hubiera bebido tanto.
—Sí, lo estás, Xiao-Chi y yo casi nos terminamos solos esta botella —dijo el segundo tío, golpeando la mesa con la botella vacía—. Solo no vayas a echar los dumplings sobre el fuego, recuerda ponerlos en la olla.
—Mejor voy yo. —La abuela, preocupada, quiso levantarse.
—Yo lo ayudaré. —Sun Wenqu se puso de pie, sonriendo—. De paso, tomo un poco de aire, también estoy algo mareado.
—¡Ya lo creo que lo estás! —El segundo tío lo señaló—. Tus ojos aún están claros.
Sun Wenqu siguió a Fang Chi a la cocina, donde una gran olla de agua ya estaba hirviendo. Fang Chi se inclinó para revisar el fuego en el fogón de ladrillo.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Sun Wenqu, e, incapaz de contenerse, le dio una palmada en el trasero.
—No, tú no sabes manejar este tipo de fogón de barro —dijo Fang Chi, frotándose el trasero. Pasaron diez segundos enteros antes de que se enderezara de repente y lo mirara de lado—. ¿Por qué carajos tienes las manos tan inquietas?
—Es que si me lo sirves así, ¿cómo no voy a pegarle una nalgada? Mi ansiedad no me iba a dejar en paz —se rio Sun Wenqu.
—¿Crees —dijo Fang Chi mientras se acercaba y lo miraba a los ojos— que no me atrevo a hacerte nada?
—Para ser honesto —respondió Sun Wenqu con una sonrisa burlona—, sí, justo eso creo.
—Pues te equivocas. —Fang Chi se rio y, de repente, le rodeó la cintura con un brazo y le devolvió la nalgada con fuerza—. Muy suave.
—¡Oye! ¿Desde cuándo te volviste tan atrevido? —Sun Wenqu se sobresaltó.
—El alcohol da valor a los cobardes. —Fang Chi destapó la olla y suspiró—. No creo haber bebido tanto, pero me siento muy mareado…
—De hecho, bebiste mucho. Vino blanco y tinto, copa tras copa. —Sun Wenqu se apoyó contra la pared.
—¿En serio? —Fang Chi lo miró, confundido, mientras tomaba los dumplings.
—Sí. —Sun Wenqu se acercó y lo ayudó a echarlos en la olla—. ¿En qué has estado pensando toda la noche?
—¿Parecía que estaba pensando?
—No, nunca te he visto pensar así. Más bien estabas en otro planeta.
—Ah… —Fang Chi pensó un momento—. Probablemente me fui a Saturno.
Sun Wenqu soltó una carcajada y estuvo riéndose apoyado contra la pared un buen rato.
—Oye, deberías beber más. Eres muy divertido cuando estás borracho —dijo entre risas.
—Tú también has bebido bastante, ¿no te afecta? —Fang Chi se apoyó en la encimera y lo miró.
—Ya te dije, mientras no mezcle licores, estoy bien —respondió Sun Wenqu—. Pero ahora también estoy algo mareado. Voy a salir a despejarme.
—No vayas a torcerte el pie —dijo Fang Chi, y luego silbó.
Chico, que había estado esperando en la casa a que todos se turnaran para alimentarla, llegó corriendo a la cocina.
Fang Chi señaló a Sun Wenqu.
—Ve con él. Si se tropieza, ven a avisarme.
Sun Wenqu no fue muy lejos, solo volvió a la casa para ponerse el abrigo y salió al patio a dar unas vueltas.
Chico lo siguió todo el rato, moviendo la cola.
Después de un rato, Fang Chi asomó la cabeza desde la cocina y gritó hacia la sala:
—¡Vengan a llevar los dumplings!
Su voz incluso se quebró al decir «dumplings», lo que hizo que Sun Wenqu se riera.
Ese chico, con un poco de alcohol encima, parecía otra persona; más torpe y despistado.
Justo después de su grito, los vecinos encendieron una tanda de petardos. Hu Ying, riendo y saltando, se tapó los oídos y corrió a la cocina a recoger los dumplings.
Los vecinos tenían los petardos colgados en la pared del patio. Sun Wenqu, tapándose los oídos, miraba las chispas doradas que estallaban en la oscuridad cuando, de repente, alguien le apartó una mano.
—¡Sir Amarillo va a orinarse de miedo! —gritó Fang Chi en su oído.
—¡Ay, lo olvidé! —Sun Wenqu corrió de vuelta a la casa.
Después de haber comido toda la noche, ya nadie tenía mucho espacio en el estómago, así que solo probaron unos cuantos dumplings por tradición. Luego, se prepararon para encender más petardos.
Fang Chi seguía mareado, con las piernas un poco inestables, así que solo se apoyó en la puerta y observó cómo los demás se encargaban. Sun Wenqu, perezoso como un huevo de serpiente, sostenía a Sir Amarillo con una mano y le cubría las orejas con la otra, de pie junto a la pared del patio y con una sonrisa brillante en el rostro.
El estruendo de los petardos a su alrededor se volvía cada vez más intenso, desde la izquierda, la derecha, el frente y atrás, hasta convertirse en un rugido constante. Parado allí, uno podía sentir la vibración desde adentro hacia afuera.
Fang Chi se acercó a Sun Wenqu y le cubrió los oídos.
Las orejas de Sun Wenqu estaban heladas. Fang Chi pensó un momento y luego presionó sus palmas con más firmeza.
La familia tenía un buen arsenal de petardos y fuegos artificiales, pero, como no había niños pequeños, después de un rato se dieron por satisfechos y volvieron adentro a seguir comiendo y bebiendo.
El segundo tío, que no estaba satisfecho con la cantidad de alcohol que había bebido, arrastró a Fang Chi a beber con él un par de copas más.
—Eres más resistente que tu cuñado —dijo.
El esposo de Fang Yun ya estaba recostado contra la pared con la mirada perdida. Fang Chi dejó la copa y le agarró la mano al segundo tío con expresión seria.
—Tío, no puedo acabar como él. Mañana tengo que estudiar.
—¡Está bien, te dejo en paz! —El segundo tío le dio una palmada en el hombro—. ¡A estudiar con ganas, sé mejor cada día!
—Tengo sueño —dijo Hu Ying, acurrucada en el sofá—. Quiero dormir.
—Xiao-Ying duerme en mi casa, en la habitación de Fang Chi —arregló la madre de Fang Chi—. Ustedes, caballeros, ¿piensan dormir?
—No. Si dormimos, será en el sofá o donde sea —respondió el segundo tío, y le hizo un gesto a su esposa—. Ve con ellos, comparte la cama con tu cuñada.
—Perfecto. Así queda. —La madre de Fang Chi aplaudió.
—¿Dónde vas a dormir tú? —le preguntó Sun Wenqu a Fang Chi.
—¿Dormir? —Fang Chi lo miró—. ¿No dijiste que íbamos a charlar esta noche?
—¿En tu estado? —se rio Sun Wenqu.
—No me subestimes —dijo Fang Chi, y salió al patio—. Espera un momento.
Sun Wenqu lo vio tropezar con un banco, chocar contra el marco de la puerta y luego salir. Se rio un buen rato.
Fang Chi fue a lavarse la cara, seguramente con agua fría, porque cuando volvió a entrar, traía consigo una ráfaga de aire helado.
—¿Y bien? —preguntó Sun Wenqu, tocándole la mejilla, confirmando que estaba fría como el hielo.
—… No sirvió de nada. Solo me dio un escalofrío que activó más el alcohol. —Fang Chi se frotó la nariz—. Olvídalo, da igual. Vamos arriba.
Sun Wenqu se rio y subió con él. En cuanto entraron en la habitación, Sir Amarillo saltó de los brazos de Sun Wenqu a la cama y se metió bajo las cobijas.
—Oye —dijo Fang Chi, parado al lado de la cama, golpeando las mantas—. Déjame un poco de espacio, quiero recostarme un rato…
—¿Cuándo reparten el dinero de Año Nuevo en tu casa? —Sun Wenqu se quitó el abrigo y sacó a Sir Amarillo de debajo de las cobijas para colocarlo en la almohada. Luego lo cubrió con una pequeña manta.
—Mañana. Nos levantamos temprano, le damos las reverencias[2] a los abuelos para desearles un buen año y luego contamos el dinero —respondió Fang Chi, sentándose en el borde de la cama.
—Oh, entonces deséame un feliz Año Nuevo ahora. —Sun Wenqu se paró frente a él.
—Feliz Año Nuevo. —Fang Chi alzó el rostro para mirarlo—. Que tengas un buen año.
—No, no está bien. Inténtalo de nuevo. —Sun Wenqu entrecerró los ojos con una sonrisa.
—Mierda. —Fang Chi también sonrió—. ¿Feliz Año Nuevo, papi?
—Buen chico, feliz Año Nuevo. —Sun Wenqu abrió un cajón al lado, sacó un sobre rojo y se lo extendió—. Que tengas mucha suerte y prosperidad. [3]
Fang Chi se quedó un momento en blanco, luego tomó el sobre rojo y lo abrió. Dentro había un fajo de billetes y un papel doblado.
Al abrirlo, encontró un pequeño dibujo, del tamaño de media palma de la mano. No era una caricatura estilo chibi, sino un boceto de su perfil.
—Soy de esas personas que, cada vez que quieren dar un regalo significativo, no se les ocurre nada creativo —dijo Sun Wenqu en voz baja, apoyado en la mesa—. Al final, siempre termino escribiendo algo o dibujando…
—Este regalo no vale —lo interrumpió Fang Chi—. Deberías haberme dado un dibujo de ti.
—¿Ah, sí? —Sun Wenqu lo miró con una sonrisa en la comisura de los labios—. Está bien, ¿cómo lo quieres?
—Cualquiera sería perfecto. —Fang Chi se dejó caer de espaldas en la cama, levantando el pequeño dibujo para verlo mejor—. Eres asombroso… en todos los sentidos.
Notas:
[1] “春晚” (Gala de Fiesta de Primavera de la CCTV): Este es un programa de televisión especial que se transmite en la víspera del Año Nuevo Chino. Es una tradición en muchas familias chinas verlo mientras celebran la llegada del nuevo año.
[2] “磕头拜年” (arrodillarse y dar respetos en Año Nuevo): Esta es una antigua tradición china donde los jóvenes se arrodillan y muestran respeto a los mayores el primer día del Año Nuevo, deseándoles salud y fortuna. A cambio, los mayores suelen darles sobres rojos con dinero (红包, hóngbāo).
[3] N. del T.: Entregar un sobre rojo es una práctica común en la cultura china, especialmente en eventos como bodas, cumpleaños, el Año Nuevo Chino y otras celebraciones importantes. Se cree que entregar un sobre rojo con dinero trae buena suerte y fortuna al destinatario, y es una forma de mostrar respeto y afecto hacia ellos. Es importante tener en cuenta que hay algunas reglas de etiqueta al entregar un sobre rojo en China. Por ejemplo, se espera que el monto del dinero sea una cantidad par, ya que los números impares se asocian con la mala suerte. Además, se espera que las personas mayores o de mayor rango en la familia o comunidad entreguen los sobres rojos a los más jóvenes o de menor rango.