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EN ESE MOMENTO, EL estruendo de los fuegos artificiales aún estaba en su punto más álgido. Por suerte, los vecinos ya habían terminado de lanzar los suyos, y con las puertas y ventanas cerradas, el ruido dentro de la habitación se había reducido bastante.
Después de tanto tiempo sometidos a la vibración de los estallidos, sus oídos experimentaron una sensación de vacío al enfrentarse al silencio repentino.
Aun así, el olor a pólvora seguía filtrándose por las rendijas, trayendo consigo ese olor característico del Año Nuevo. El sonido amortiguado de los petardos, combinado con ese olor, hacía que el pequeño espacio se sintiera especialmente tranquilo.
Fang Chi, tal vez algo pasado de copas, seguía acostado en la cama, sosteniendo el pequeño dibujo frente a sus ojos. No estaba claro si su brazo se había cansado ya.
Quizá no. Después de todo, practicaba la escalada, así que sus brazos y manos debían ser muy fuertes.
Sun Wenqu se sentó ante el escritorio, tomó un trozo de cartulina al azar, encendió la lámpara y se inclinó para empezar a dibujar.
Había meditado bastante antes de hacer el retrato de Fang Chi, pero ahora que este le había pedido que se dibujara a sí mismo. Sun Wenqu no sabía ni por dónde empezar, así que sacó un pequeño espejo del cajón y lo colocó sobre la mesa para mirarse.
«Qué apuesto». ¿Cómo podía ser tan apuesto?
Fang Chi no entendía mucho de arte, así que Sun Wenqu no gastó más tiempo del necesario en completar su autorretrato. El resultado no fue gran cosa, pero servía. Al menos era más que suficiente para impresionar a un aficionado como Fang Chi.
Escribió la fecha y firmó su nombre en la esquina inferior derecha del dibujo, luego se levantó y fue hasta la cama para entregárselo.
—Toma.
—¿Tan… rápido? —Fang Chi seguía observando el primer dibujo cuando tomó el nuevo. Ahora sostenía ambos en alto, comparándolos—. Te dibujaste más guapo… que a mí. —Su voz sonaba algo trabada.
—Eso no tiene nada que ver con a quién dibuje. —Sun Wenqu se dejó caer en la cama a su lado, señalando el retrato con el dedo—. Es que yo soy más guapo que tú.
—Oh —respondió Fang Chi con un murmullo, guardó ambos dibujos en el sobre rojo y se lo metió en el bolsillo. Luego giró la cabeza para mirarlo, con la vista algo desenfocada—. ¿Cuánto dinero me diste en el sobre?
—Cuéntalo tú mismo —dijo Sun Wenqu.
—Lo contaré mañana, ahora mismo no estoy en condiciones. —Fang Chi entrecerró los ojos—. Mírame, ¿tengo los ojos bizcos? Veo un poco… doble.
—¿Y todavía no admites que estás borracho? —Sun Wenqu le miró los ojos por un momento—. No, no estás bizco.
—No es que no lo admita. —Fang Chi soltó una risita—. Ahora mismo estoy mareado, si cierro los ojos, podría quedarme dormido al segundo.
No era común verlo así. Sun Wenqu siguió observándolo y Fang Chi, a pesar de su aturdimiento, no evitaba su mirada. En ese estado, parecía ser mucho más franco que de costumbre.
—Te diré algo —dijo Sun Wenqu, apoyando la cabeza en su brazo—. La primera vez que te vi, pensé: «Vaya, este pequeño estafador tiene unos ojos muy bonitos, profundos… qué lástima que sea un embaucador».
—¿De verdad? —se rio Fang Chi—. Mi abuelo dice que de toda mi familia… solo yo tengo los ojos así, igual que los de mi bisabuelo.
—Vaya, sí que supiste elegir bien. La nariz sí que se nota que la heredaste de tu mamá —comentó Sun Wenqu.
—Los hijos siempre se parecen a sus madres. —Fang Chi se giró de costado, apoyándose en un brazo para mirarlo—. Tú también te pareces a tu mamá, ¿no? Debe de ser muy hermosa.
—Mi mamá, eh… —Sun Wenqu curvó un poco los labios—. Sí, es muy hermosa.
—¿Por qué ese tono? —Fang Chi extendió la mano y tocó el pequeño hueso que asomaba por el cuello de Sun Wenqu—. Oye, he tenido que emborracharme para preguntar… ¿Tienes una mala relación con tu familia?
—Mjm. —Sun Wenqu sonrió sin ganas—. Es mala… De hecho, es malísima.
—¿Por qué? —La voz de Fang Chi sonaba algo nasal, como si estuviera a punto de quedarse dormido.
—Mi padre piensa que soy un fracasado.
—¿Cómo va a ser? ¿Qué se supone que te falta para ser digno? —Fang Chi parpadeó, confundido—. Ya eres bueno escribiendo y dibujando, sabes tocar el erhu y también hacer cerámica… Música, ajedrez, caligrafía y pintura.[1] Sabes jugar al ajedrez, ¿verdad?
—Sé jugar al Go —dijo Sun Wenqu, mirándolo.
—Pues eso; música, ajedrez, caligrafía, pintura y cerámica… Se te da bien todo, ¿y aun así eres un fracasado? —Fang Chi chasqueó la lengua—. Si yo tuviera un hijo como tú, estaría en el séptimo cielo.
—Sigue soñando —se rio Sun Wenqu.
—Ah, sí… —Aunque Fang Chi tenía tanto sueño luchaba por mantener los ojos abiertos, Sun Wenqu pudo notar cómo su mirada se apagaba de repente—. Es verdad.
Sun Wenqu frunció el ceño y enganchó su barbilla con los dedos.
—Oye, me refería a que es un sueño imposible que tengas un hijo como yo.
—Cualquier tipo de hijo sería un sueño imposible para mí. —Fang Chi dejó escapar un ligero suspiro.
Sun Wenqu no dijo nada, sus dedos todavía sostenían la barbilla de Fang Chi con suavidad.
Fang Chi tenía los ojos medio cerrados, como si ya estuviera dormido. Pero, después de un momento, volvió a abrirlos apenas.
—¿Por qué no seguiste con lo de escribir «felicidad y prosperidad; abundante riqueza y descendencia»? En los pareados.
—Con solo una frase casual ya estás así. —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. Si de verdad lo hubiera escrito, ¿no habrías acabado llorando?
—¿Qué dices? —Fang Chi sonrió con los ojos cerrados—. Desde que entré a la primaria, no he vuelto a llorar.
Sun Wenqu se quedó mirándolo en silencio.
Fang Chi tampoco se movió. Justo cuando Sun Wenqu pensó que se había quedado dormido, este abrió los ojos una rendija.
—Oye.
—¿Mmm? —respondió Sun Wenqu—. Si tienes sueño, duerme.
—¿Tu familia sabe lo tuyo? —preguntó Fang Chi.
—¿Lo mío? —Sun Wenqu se llevó una mano a la espalda y comenzó a rascar distraídamente el pelaje de Sir Amarillo.
—Que… te gustan los hombres… eso. —Fang Chi habló con cierta dificultad.
—Lo saben —respondió Sun Wenqu.
—¿Y cómo reaccionaron? —Fang Chi volvió a cerrar los ojos—. Ay, me desmayo.
Sun Wenqu se quedó en silencio un momento antes de decir:
—No reaccionaron de ninguna manera.
Fang Chi esbozó una leve sonrisa, se giró sobre la cama y se acomodó boca arriba.
Sun Wenqu no se movió, se quedó mirando el perfil de Fang Chi: tenía unos rasgos realmente hermosos, con líneas bien definidas, pero nada bruscas. Sus ojos, su nariz, su boca y su barbilla formaban un contorno perfecto.
Después de un rato de silencio, Sun Wenqu asumió que se había quedado dormido. Se incorporó con la intención de cubrirlo con una manta, pero justo cuando se sentó, Fang Chi murmuró algo.
—¿Mmm? —Sun Wenqu giró el rostro hacia él.
Fang Chi abrió los ojos y lo miró, pero no dijo nada.
—¿Qué dijiste? —Sun Wenqu se inclinó un poco más hacia él.
—Dije que te ves muy bien cuando haces cerámica —respondió Fang Chi.
—Oh —soltó Sun Wenqu.
En la mirada que siguió a ese intercambio, en el repentino mutismo, había algo extrañamente familiar.
Sun Wenqu aún lo recordaba.
La última vez que se quedaron en silencio de esa manera, lo que vino después fue un puñetazo. Le tomó varios días que el moretón en el ojo desapareciera.
Pero esta vez hubo una pequeña diferencia: la mirada de Fang Chi. Tal vez el alcohol le dio valor, porque no evitó el contacto visual como solía hacerlo.
—Tú… —Sun Wenqu se aclaró la garganta. Aunque se le pasaron algunas ideas por la cabeza ahora mismo, considerando que Fang Chi seguía enredado en sus propias emociones y, además, estaba borracho, ninguna de esas ideas le pareció apropiada.
Justo cuando iba a decirle que mejor durmiera, Fang Chi levantó el brazo de repente y lo rodeó por los hombros.
El movimiento fue algo inesperado, más aún porque la fuerza de Fang Chi no era poca. Lo jaló hacia sí con firmeza, y Sun Wenqu, que ya estaba sentado de lado sin mucho apoyo, perdió el equilibrio y cayó directo sobre la cama.
Sir Amarillo saltó de entre las mantas y huyó hacia la mesa.
Se quedó un poco desconcertado. Por un momento, no supo qué decir ni cómo reaccionar.
Tampoco le dieron tiempo ni oportunidad de hacerlo. En el momento en que Sun Wenqu cayó sobre la cama, Fang Chi se giró y se subió encima de él, inmovilizándolo con su cuerpo.
Al segundo siguiente, bajó la cabeza y lo besó en la boca.
Fue un beso directo, sin rodeos ni vacilaciones. Apenas sus labios se encontraron, la lengua de Fang Chi ya se abría paso entre los dientes de Sun Wenqu.
«Vaya, qué dominante».
Esa fue la primera reacción de Sun Wenqu.
Para ser honesto, sin importar cuál hubiera sido la razón que llevó a Fang Chi a actuar así, en tales circunstancias, Sun Wenqu no tenía intención de rechazarlo.
Li Bowen tenía razón. Habían pasado tres años, después de todo.
Respondió al beso, buscando su lengua y entrelazándola con la suya, tanteando el ritmo. Solo que la intensidad con la que Fang Chi lo correspondió fue mucho mayor de lo que esperaba, al punto que lo tomó desprevenido.
En medio de ese tira y afloja entre labios y dientes aún no resuelto, de repente sintió la mano de Fang Chi deslizarse bajo su ropa.
La palma de Fang Chi era algo áspera; al deslizarse sobre su piel, parecía llevar consigo una corriente eléctrica que hizo que Sun Wenqu contuviera el aliento. Sin pensarlo dos veces, rodeó la espalda de Fang Chi con los brazos y, agarrando su ropa, la levantó de un tirón antes de recorrer con rudeza su espalda bien definida.
Fang Chi pareció detenerse por un instante. Luego, frotó con fuerza su cintura un par de veces e hizo un camino de besos desde la comisura de sus labios hasta su cuello, para finalmente hundir el rostro en la curva de su hombro.
Al instante, Sun Wenqu sintió un mareo abrumador, como si el efecto del alcohol que no había terminado de manifestarse estallara de golpe, quemándolo desde dentro y desatando en él un deseo feroz de dejarse llevar con Fang Chi.
Pero los movimientos de Fang Chi fueron ralentizándose poco a poco antes de detenerse por completo.
Sun Wenqu volvió a acariciarlo un par de veces, tratando de averiguar qué le pasaba, cuando Fang Chi murmuró algo contra su oído, arrastrando las palabras.
—¿Qué? —preguntó Sun Wenqu.
No hubo respuesta.
—¿Hola? —Sun Wenqu sintió que el fuego que acababa de encenderse dentro de él se apagaba de repente. Giró la cabeza para verlo, pero lo único que escuchó fue su respiración acompasada y un leve ronquido.
—¿Es en serio? —El deseo de Sun Wenqu se desvaneció de inmediato. Lo empujó, indignado—. ¡De verdad que eres increíble, Fang Xiao-Chi!
Fang Chi solo gruñó en su sueño, sin despertarse.
—¿Me estás jodiendo? —Sun Wenqu dejó caer los brazos sobre la cama, sin saber si reír o llorar—. Hijo de…
Definitivamente, Fang Chi había bebido demasiado.
Se había quedado dormido sobre él; y bien dormido además. Sun Wenqu intentó empujarlo un par de veces, pero no logró moverlo.
—Eres muy pesado —suspiró—. Vas a aplastar vivo a tu padre.
Él tampoco estaba en condiciones óptimas. Había bebido bastante y ahora, después de que lo provocaran solo para dejarlo a medias, todo su cuerpo se sentía débil y tenía mucho sueño.
Se quedó tumbado, acumulando fuerzas durante un par de minutos, hasta que finalmente consiguió empujar el brazo de Fang Chi y moverlo lo suficiente para que, con el ceño fruncido, se diera la vuelta de mala gana y se apartara de encima de él.
Sun Wenqu se sentó, agarró el edredón y lo arrojó sobre Fang Chi, sin saber qué hacer a continuación.
Se quedó mirándolo un rato, luego metió la mano bajo el edredón y lo tocó otra vez. Al final, suspiró, tomó una almohada, se cubrió con la mitad del edredón y cerró los ojos.
«Qué mierda de situación…».
Beber hacía que el frío se sintiera más intenso. Fang Chi soñó que corría por un campo nevado, con el gélido viento azotándole la cara. Avanzó con dificultad, luchando contra la ventisca.
Después de lo que pareció una escena entera de una película de supervivencia, encontró una chimenea al final del camino, calentita y acogedora. Sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia ella y la abrazó con todas sus fuerzas.
«Tan cómodo».
Al fin, pudo dormir abrigado.
Esa noche no descansó del todo bien. Entre los petardos de la celebración de Año Nuevo rompiendo el silencio de vez en cuando, Fang Chi sintió que pasó la noche oscilando entre el sueño y la vigilia, sin terminar de despertarse del todo.
Su único pensamiento era que tenía frío, mucho frío. Así que se aferró aún más a la chimenea.
Cuando los petardos de los vecinos explotaron con más fuerza y lo despertaron de golpe, ya había amanecido por completo y la luz dorada del sol se filtraba por el hueco entre las cortinas. Bostezó con desgana y luego se quedó mirando durante un largo rato el pedazo de cuello que tenía frente a sus ojos. No fue hasta que vio el pequeño tatuaje de ancla negra que se despertó por completo.
Había pasado toda la noche abrazado a Sun Wenqu.
Entre la somnolencia, tuvo la vaga sensación de que antes de quedarse dormido había sucedido algo más.
¿Qué era…?
Era…
Con movimientos silenciosos, Fang Chi se levantó de la cama, le arropó suavemente con el edredón, se puso la chaqueta sin hacer ruido y salió de la habitación, cerrando la puerta con delicadeza. Fue solo entonces que Sun Wenqu se dio la vuelta y estiró el brazo que había estado atrapado toda la noche.
Nunca supo cómo era Fang Chi al dormir, pero después de esa noche lo tenía clarísimo: salvaje y dominante. Una vez que te abrazaba, no te soltaba. Era como si estuviera atrapando a un ladrón y no fuera a ceder hasta que llegara la policía.
Lástima que en toda la noche no llegó ninguna patrulla.
Sun Wenqu chasqueó la lengua, se quitó la ropa que aún tenía puesta y la tiró al suelo. Luego, envuelto en el edredón, hundió el rostro en la almohada y cerró los ojos.
* * *
—¿Cuánto dinero de Año Nuevo te dieron? —Hu Ying interceptó a Fang Chi en el patio, sonriendo.
—Lo mismo que a ti. —Fang Chi sonrió mientras sacaba el sobre rojo de su bolsillo y extraía un billete de cien yuanes—. Deséame un feliz Año Nuevo y te daré uno de estos.
—¡Feliz Año Nuevo, gege Xiao-Chi! —Hu Ying no dudó en decirlo con una gran sonrisa.
—Buena chica. —Fang Chi puso el billete en su mano.
—Eres el mejor. El gege Xiao-Hui es tacaño hasta decir basta. —Hu Ying echó un vistazo al sobre rojo en sus manos y de repente abrió los ojos de par en par—. ¿Este sobre es para regalar o te lo dieron a ti? ¡Es muchísimo dinero!
—¿Eh? —Fang Chi bajó la mirada y, al ver el fajo de billetes dentro, de repente recordó que era el sobre que Sun Wenqu le había dado la noche anterior.
A simple vista, había al menos dos mil yuanes ahí; nadie en su familia daba sobres tan grandes. Se apresuró a guardarlo de nuevo en su bolsillo.
—Es que… junté todos mis sobres.
—Qué envidia —se rio Hu Ying, y luego miró hacia el piso de arriba—. ¿El hermano mayor Sun no se ha despertado?
—No sé… supongo que no. —Fang Chi también levantó la vista. Las cortinas seguían cerradas—. También bebió bastante anoche, seguro sigue dormido.
—Oh… —Hu Ying lo tomó del brazo—. Oye, ese hermano Sun, ¿cuántos años tiene?
—Debe de estar… cerca de los treinta —dijo Fang Chi—. ¿Por qué?
—¿Ah? Entonces ya está mayor. —Hu Ying lo pensó un momento y luego se rio—. Pero es muy guapo.
Fang Chi chasqueó la lengua.
—¿En qué andas pensando todo el día?
—En chicos guapos, ¿qué más? —Hu Ying soltó su brazo y salió corriendo hacia la cocina—. ¡Abuelo, quiero comer algo!
«Sí, es muy guapo».
Fang Chi se frotó la nariz y silbó. El perro salió corriendo del patio trasero, atravesó la sala y se detuvo frente a él.
—¡Abuelo, voy a dar una vuelta! —gritó hacia la cocina.
—Ve, ve, pero vuelve para almorzar —dijo el abuelo desde la cocina—. Hoy hay dumplings con relleno de carne, pura carne, tus favoritos.
—Okay. —Fang Chi asintió antes de salir corriendo con Chico.
Las calles del pueblo estaban cubiertas de restos de petardos rojos que contrastaban con el fondo blanco de la nieve, creando una escena festiva y colorida. Un grupo de niños corría riendo y gritando, deteniéndose de vez en cuando para encender más petardos.
Fang Chi se ajustó el gorro, se puso los auriculares y subió el volumen de la música antes de echarse a correr fuera del pueblo.
La montaña trasera estaba tranquila. Durante estos días, nadie solía subir: no había excursionistas ni grupos de señoras haciendo senderismo. Toda la montaña, junto con el camino que bajaba de ella, estaba vacía, salvo por Fang Chi.
Y un perro saltarín.
A Fang Chi le gustaba mucho esa sensación: estar solo, rodeado de un paisaje familiar, con un aire que le resultaba conocido. Nadie lo molestaba y tampoco tenía que pensar en demasiadas cosas complicadas.
Solo correr, mover las piernas, dar grandes zancadas y avanzar.
En sus oídos, música y su propia respiración.
Con cada paso hacia adelante, el viento frío le golpeaba la cara y el cuello, despejando su mente y dándole una sensación de tranquilidad.
Poco después, ya había entrado en la montaña. El sendero era irregular, pero la tierra húmeda tenía cierta elasticidad, lo que hacía que correr resultara más cómodo.
Conocía bien ese lugar. De niño, su abuelo solía llevarlo allí a cortar leña y recoger champiñones. En verano, verano, él iba a la laguna más alejada y menos concurrida para nadar y zambullirse desde las rocas altas.
Su base para la escalada también se formó en ese entonces.
Siguió corriendo hasta lo más profundo de la montaña. Cuando el camino desapareció, simplemente trepó cuesta arriba.
Le gustaba escuchar su propia respiración y sentir el sudor resbalándole por la cara y la espalda.
En efecto, creció de manera salvaje.
Después de mudarse a la ciudad del condado, le costó adaptarse y siempre pensaba en volver a casa. Cuando al fin se acostumbró un poco, tuvo que irse a la ciudad para asistir a la escuela preparatoria.
Se sentía cada vez más lejos de casa.
Si terminaba yéndose a otra provincia para la universidad, entonces la distancia sería aún mayor. Regresar a casa sería cruzar montañas y ríos.
Ver a Sun Wenqu también se volvería difícil, ¿no?
¿Qué demonios estaba pensando…?
Siempre que Fang Chi entraba en la montaña a correr, no salía en varias horas. Pero hoy era el primer día del año nuevo, no podía quedarse tanto tiempo: al mediodía tenía que volver a casa a comer esos dumplings rellenos de carne.
Ni siquiera habían pasado dos horas cuando ya estaba de vuelta.
También se sentía bastante bien. Había sudado a más no poder de tanto correr y trepar, y ahora su cuerpo entero se sentía relajado.
Cuando llegó con Chico hasta la salida del sendero de la montaña, esta de repente ladró unas cuantas veces y salió corriendo a toda velocidad.
Fang Chi miró hacia adelante y vio a una persona parada allí.
Era Sun Wenqu.
—¡¿Qué haces aquí?! —Fang Chi se detuvo un instante, pero cuando una ráfaga de viento sopló, apuró el paso y corrió hasta quedar frente a Sun Wenqu. Se quitó los auriculares de un tirón.
—Te estaba esperando. —Sun Wenqu iba bien abrigado, con gorro, bufanda, guantes y mascarilla, pero aun así tenía el cuello encogido por el frío.
—¿Para qué me esperabas? —Fang Chi lo miró con atención. Las orejas y los ojos de Sun Wenqu estaban enrojecidos por el frío. Frunció el ceño—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Media hora, más o menos —respondió Sun Wenqu, aspirando por la nariz.
—¿Me necesitabas para algo? —Fang Chi se sorprendió—. Podrías haberme llamado.
—¿Dónde está tu teléfono?
—En mi bolsillo… —Fang Chi se llevó la mano a la chaqueta, pero no encontró nada—. ¿No lo traje? ¿Dónde lo dejé?
—¿Y me lo preguntas a mí? —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. ¿Cómo voy a saberlo? ¿Qué quieres, que lo rastree con el olfato?
—Tal vez lo dejé en la sala. —Fang Chi se rascó la cabeza y se colocó de espaldas al viento para intentar hacerle de escudo—. ¿Me buscabas para algo?
—Para nada en particular. —Sun Wenqu adivinó su intención y se movió un poco más cerca para alinearse con él y protegerse mejor del viento—. Solo quería ver.
—¿Ver qué? —preguntó Fang Chi.
—Si te había pasado algo. —Sun Wenqu bajó la voz al decirlo, como si no quisiera que Fang Chi lo escuchara.
—¿Qué podría… pasarme? —Fang Chi se sintió un poco incómodo.
—Quién sabe… Podrías haberte torcido el tobillo, caído de bruces, resbalado y caído de culo, o haber sido arrastrado por un lobo —dijo Sun Wenqu—. Uno nunca sabe.
Fang Chi no pudo evitar reírse ante esa serie de posibilidades. Sin embargo, después de reír un rato, volvió a sentirse incómodo y se aclaró la garganta.
—Estoy bien.
—¿Volvemos? —Sun Wenqu se ajustó la bufanda—. Quiero comer dumplings.
—Sí, volvamos. —Fang Chi le dio una última mirada y se giró para emprender el camino de regreso.
Hoy, Sun Wenqu no llevaba una combinación estrafalaria de ropa. Un abrigo de plumas negro, pantalones ajustados de estilo casual y botas. Su gorro y bufanda formaban un conjunto, de un tono gris oscuro con estampados sutiles. La mascarilla tampoco era esa de la boca ensangrentada de aquel otro día, sino una negra normal. Su apariencia en general transmitía una sensación de calma y comodidad.
Especialmente reconfortante.
Sun Wenqu a menudo daba esa sensación.
Fang Chi lo pensó y echó un vistazo hacia atrás. Sun Wenqu caminaba con la cabeza baja, siguiéndolo por detrás sin desviar el paso.
—¿Te cubro bien del viento? —preguntó Fang Chi.
—No —respondió Sun Wenqu tras la mascarilla—. Si tuvieras el físico de tu segundo tío, tal vez.
—¿Entonces por qué caminas así?
—Es mejor que nada… Ya me duelen las orejas —suspiró Sun Wenqu.
—¿Y si…? —Fang Chi vaciló un instante, se quitó los auriculares del cuello, se giró y los colocó sobre las orejas de Sun Wenqu—. ¿Así está mejor?
—Mmm. —Sun Wenqu sonrió—. ¿Por qué no suena nada?
—Lo apagué… ¿quieres escuchar algo? —Fang Chi sacó el reproductor.
—No, no quiero escuchar tus cancioncitas basura —dijo Sun Wenqu.
—No todas son cancioncitas basura. —Fang Chi se rio—. También están esas cancioncitas basura que tocas tú.
—¿Te gustan? —Sun Wenqu se bajó un poco la mascarilla y esbozó una sonrisa.
—Sí. —Fang Chi lo miró y, por un instante, su mente se quedó en blanco.
—Te toco otra esta noche —dijo Sun Wenqu.
—¿Trajiste tu erhu? —Fang Chi se sorprendió.
—Mmm. —Sun Wenqu asintió.
—Entonces… si la cena se alarga… —Fang Chi empezó a tartamudear—. O sea, si se hace tarde… eso, bueno… ¿no interrumpiría tu descanso…?
—¿Quieres escuchar o no? —Sun Wenqu entrecerró los ojos.
—Sí —respondió Fang Chi.
Notas:
[1] Recap. Las cuatro artes (琴棋书画 – Qin, Go, caligrafía, pintura); modismo que se utiliza para referirse a las cuatro habilidades tradicionales que se esperaba que los estudiosos y personas cultivadas dominaran en la antigua China. Representa un conjunto ideal de talentos artísticos y culturales.