019. DDoS – parte uno

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CON TODOS SUS años de experiencia como programador, ¿cómo podía ser que su velocidad de escritura no superara a la de las fanáticas esposas de Dong Jun?

No, seguro que era porque la conexión a internet iba mal.

Sin embargo, aunque la pantalla estaba llena de comentarios con la palabra «esposo», Dong Jun aún no había aparecido.

Como era costumbre, en ese momento se proyectaba un cortometraje conceptual que insinuaba el tema de la conferencia. El departamento de publicidad de Galaxia era excelente, y la empresa misma tenía dinero de sobra para gastar, así que cada vez lograban efectos dignos de una superproducción cinematográfica. Pero esta vez, el estilo era distinto a lo habitual: extremadamente, extremadamente fantasioso.

Un joven vestido con una túnica blanca suelta —parecía un poeta oriental de la antigüedad— sostenía un pincel de caligrafía y, de vez en cuando, fruncía el ceño, inmerso en sus pensamientos.

Atravesaba distintos escenarios: un templo iluminado por la luna, un desierto bajo un sol abrasador, una selva infestada de víboras, una galería en penumbra bañada por la llovizna. Oriente, Occidente, tecnología, religión… los escenarios eran grandiosos y minuciosos, deslumbrantes, pero él seguía con el ceño fruncido, como si aún no hubiese encontrado la inspiración para escribir la obra deseada.

Al final, en una luminosa biblioteca, ante estanterías que se alzaban hasta el techo, se encontró con una persona.

La figura era inconfundible: Stephen Hawking.

El joven poeta le dijo:

—Respetado maestro, he recorrido más de medio mundo, pero aún no consigo capturar su esencia. Usted que conoce los mecanismos que rigen este universo, ¿podría orientarme?

Hawking, en su silla de ruedas, no respondió, pero su mirada se dirigió hacia las altas estanterías.

Siguiendo esa dirección, el poeta tomó un ejemplar de Hamlet. Los ojos de Hawking se volvieron hacia él; su expresión era serena, como animándolo a leer. El poeta abrió el libro. Las páginas comenzaron a pasar solas con un susurro, hasta detenerse en una, donde una frase resaltaba en negritas:

«Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito».[1]

En cuanto leyó esa frase, ¡todo el escenario cambió!

El cuerpo del poeta comenzó a flotar y otro mundo se desplegó ante él: a veces estaba en el fondo de un abismo, otras en lo alto de una torre en una ciudad humana; en el siguiente instante, se encontraba en una majestuosa catedral del Renacimiento… incluso viajó a mundos míticos, donde vio ángeles y demonios, a Jesús, a la Virgen María, e incluso a Buda.

Al final, todos esos mundos, tan distintos, se fusionaron como un caleidoscopio, se condensaron y luego estallaron como fuegos artificiales, convirtiéndose en millones de diminutos destellos: en una pantalla negra se desplegó entonces una vasta galaxia.

El plano cortó al escenario real, con el mismo fondo galáctico.

La audiencia estalló en aplausos, vítores, gritos y un sinfín de voces que clamaban «¡esposo!».

La tecnología de proyección 3D había avanzado tanto que, en ese momento, parecía que Dong Jun salía desde las profundidades estrelladas de la galaxia.

Tras unos segundos, los aplausos cedieron terreno a los gritos de «esposo».

Lin Xun permanecía en silencio.

No iba a ponerse a discutir con niñitas.

No, no lo haría.

Ahora estaba tranquilo. Muy tranquilo.

Todas esas personas que gritaban «esposo» no entendían la belleza del código de Dong Jun; solo se dejaban llevar por su apariencia y por su incalculable fortuna. Eso era superficial, irrelevante.

Lin Xun logró autoengañarse con éxito y volvió la vista con calma hacia la pantalla.

Dong Jun avanzó hasta el centro del escenario. Vestía un saco negro, camisa de seda púrpura oscura y corbata gris plateada. Su porte armonizaba a la perfección con la galaxia del fondo: misterioso y lejano. Sus gafas parecían las mismas de siempre, solo que sin la cadena. Frente a la efusiva ovación de la audiencia, inclinó levemente la cabeza:

—Gracias.

Los vítores se intensificaron y, solo pasado un largo rato, fueron apagándose poco a poco.

De cara a todos, Dong Jun dijo:

—Buenas noches.

Su estilo en las conferencias siempre había sido sobrio y directo, sin demasiada carga emocional. Todo el mundo lo sabía. Nadie habló; en medio de aquel silencio, se oyó la voz de Dong Jun:

—Hace cinco años, en la primera conferencia de Galaxia, alguien dijo que yo no parecía un programador.

Se escucharon risas provenientes de la audiencia. La verdad era que ahora tampoco lo parecía: su elegancia y porte recordaban más a un pianista.

—En ese momento respondí que el sueño original y la misión final de un programador es cambiar el mundo. Fuera de eso, esta profesión no necesita más etiquetas.

La audiencia se sumió en un silencio absoluto, solo roto por su voz:

—Cinco años después, ya no escribo código y Galaxia dejó de ser una empresa centrada solo en algoritmos y desarrollo de sistemas. Pero me alegra decir que seguimos aferrados a esa idea inicial. Por eso hoy puedo estar aquí, representando a Galaxia para compartir con ustedes… algunos pequeños avances en lo que respecta a cambiar el mundo.

La audiencia estalló en aplausos.

El corazón de Lin Xun dio un pequeño salto. Recordó las conferencias anteriores de Galaxia, dos de las cuales habían sido especialmente trascendentes.

Una fue la primera en la historia de la empresa, cuando presentaron el sistema de conducción autónoma que después dominaría todas las carreteras y vehículos. La otra fue cuando se hizo realidad, de forma inicial, el concepto de ciudad inteligente: en ese terreno, solo Eagle podía competir con Galaxia. Y esta vez…

Lin Xun repasó todos los rumores que había escuchado. No cabía duda: si eran ciertos, esta conferencia sería otro hito. Pensando en eso, miró con cierta tensión al Dong Jun en la pantalla. La voz de este volvió a sonar, suave y tranquila:

—Hace siete años, la tecnología de realidad virtual maduró. Con gafas VR y dispositivos de cuerpo completo, pudimos situarnos en escenarios tridimensionales. Al año siguiente, Kopin lanzó un casco de videojuegos de realidad virtual basado en tecnología de seguimiento ocular.

Lin Xun abrió los ojos de par en par. Al mismo tiempo, su teléfono vibró con mensajes del grupo.

Wang Anquan:  

Maldita sea, ¿de verdad lo van a hacer?

Zhao Jiagou:

Fuck, ¡juegos holográficos!

Mientras tanto, Dong Jun recorrió con la mirada al público, que guardaba un silencio absoluto, y prosiguió:

—Este proyecto tomó muchos años. Durante ese tiempo, Galaxia colaboró con Kopin, OCZ y USC, y contó con el apoyo del Instituto Simpson de Neurobiología. Hoy, por fin, está lista para presentarse como una tecnología madura. Y puedo decir que Galaxia ha logrado una experiencia de realidad holográfica verdaderamente libre, conectada e inmersiva.

En ese momento, una leve sonrisa asomó a sus ojos.

—Personalmente, la he bautizado «Nutshell». Podríamos encontramos dentro de una cáscara de nuez y sentirnos reyes de un espacio infinito.

Apenas dijo eso, ¡la atmósfera de la conferencia estalló por completo!

Wang Anquan:

@Lin Suanfa Lo quiero.

Zhao Jiagou:

@Lin Suanfa Lo quiero.

Lin Suanfa:

Shh, esperen el precio.

Al instante, la pantalla tras Dong Jun comenzó a mostrar el video oficial de promoción del producto «Nutshell 1.0.1».

Una cabina plateada, de tres metros de largo por metro y medio de ancho. La persona se recostaba en su interior y miles de micro-sensores cubrían su cuerpo, captando en tiempo real las señales de ondas cerebrales y del sistema nervioso, traduciéndolas como acciones dentro del mundo virtual.

El video no se centraba solo en los juegos holográficos como argumento de venta; en la vida real, también tenía gran relevancia. Porque ese mundo holográfico permitía interconexión global: las empresas de videojuegos podían subir datos, abrir mundos y convocar a jugadores, mientras que los usuarios podían encontrarse libremente en la realidad virtual. Si algún día esta cabina llegara a ser de uso común, cada persona, con solo recostarse en ella, podría hacer cualquier cosa en el mundo virtual: estudiar, trabajar, socializar… Claro que, en teoría, esa realidad aún estaba muy lejana. Por ahora, solo podía considerarse una herramienta social o una plataforma de videojuegos.

Cuando el emocionante video promocional terminó, subió al escenario el doctor André del Instituto Simpson, para explicar los fundamentos científicos detrás del producto.

El grupo de chat hervía.

Wang Anquan:

Era de oro de la holografía, ven a mí.

Zhao Jiagou:

¡Despierta! Seguro que no podemos pagarlo.

Wang Anquan:

Entonces solo compramos una cabina.

Zhao Jiagou:

¿Y cómo jugamos en equipo?

Wang Anquan:

Uuf….

¿Suanfa? ¿Por qué no dices nada?

Zhao Jiagou:

Seguro que en la montaña no tiene buena señal.

Lin Suanfa:

Despierten, estamos en la era 5G.

Wang Anquan:

Xun’er, hoy estás más callado de lo normal.

Lin Suanfa:

Es que Dong Jun me tiene deslumbrado.

Wang Anquan:

Esto no lo desarrolló Dong Jun, fue Galaxia. ¡Reacciona!

Lin Suanfa:

Galaxia = CEO de Galaxia = Dong Jun. Ecuación válida.

Una gran parte de las ganancias de Eagle viene de la industria VR. ¿Será que ahora se llevará peor con Galaxia? La mente de mi ídolo, otra vez ocupada en una guerra comercial sin sentido.

Wang Anquan:

Con esas preocupaciones, deberías estar en la NASA.

Lin Xun no respondió.

Cerró la ventana del chat y siguió viendo la transmisión. El doctor André seguía explicando. Abrió los comentarios en pantalla: todavía abundaban los «¡esposo, contigo hasta el infinito!» y frases parecidas, pero ahora la mayoría debatía emocionada sobre la revolución que podría provocar esta tecnología.

Se sentía un poco aturdido. Ahora mismo, debería estar igual de emocionado y entusiasmado que toda la gente que llenaba la pantalla con comentarios, pero en realidad, estaba algo inquieto.

Desde que tenía poco más de diez años, había considerado a Dong Jun su ídolo. Sus motivos eran completamente distintos a los de las fanáticas que gritaban «¡esposo!» sin parar; que Dong Jun fuera guapo o rico eran irrelevantes para él. Lo que más valoraba eran las líneas de código que había escrito y lo que representaba: el sueño definitivo de todo programador.

Lo admiraba en el sentido más puro: reconocía sus logros y anhelaba, algún día, emularlo.

Pero justo en este momento, en que Dong Jun volvía a brillar bajo los reflectores, Lin Xun sintió que su propia confianza flaqueaba. ¿Cuánto valor podría generar realmente Luo Shen? ¿Cuál era, en realidad, la distancia que lo separaba de Dong Jun?

Se frotó el entrecejo. «No, no, así no, Lin Xun, no te permitas caer en eso. Aunque el médico te haya diagnosticado como un “limón crónico”, no puedes volcar tu envidia sobre Dong Jun».

Pero si lo pensaba bien, no era envidia… sino miedo. Miedo de que, por más años que viviera, jamás lograra un resultado digno de mención. Después de darle vueltas, concluyó que lo mejor era seguir «cultivando la inmortalidad», preparándose para mejorar su elevar su coeficiente intelectual.

Miró de nuevo la pantalla. El doctor André acababa de retirarse. Ahora subía al escenario una mujer del departamento de desarrollo de Galaxia. Parecía lista para un discurso extenso.

Lin Xun tomó su teléfono. Dudó un momento, pero al final seleccionó el contacto de Dong Jun en su lista y le envió un mensaje sincero: «Felicidades ^ ^».

Luego dejó el teléfono a un lado, apoyó la barbilla en la mano y escuchó la presentación de la mujer. Treinta segundos después, la pantalla del móvil se encendió. Un segundo más tarde, sonó el tono de llamada.

Llamada entrante: Dong Jun.


 

Notas:

[1] La frase original en inglés de Hamlet (acto II, escena II) es «I could be bounded in a nutshell, and count myself a king of infinite space». Una frase que obsesionó a Stephen Hawking y que usó en El Universo en una Cáscara de Nuez; tomado de Hamlet: que pinta a Shakespeare de cuerpo entero. Estaba atrapado en su tiempo, pero desde ahí podía fugarse a otros tiempos, a universos paralelos. Es nuestro contemporáneo y el de todos esos que no han nacido y que serán la humanidad cuando todos nosotros hayamos muerto.

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