Volumen I: Pesadilla
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Cuando Lumian abandonó la Vieja Taberna, reanudó sus andanzas subrepticias, merodeando por el camino que siempre tomaba para volver a casa.
En efecto, vio a uno de los matones de Pons Bénet escondido detrás de un árbol, espiando a los transeúntes.
El padre no sabe cuándo rendirse… murmuró Lumian para sí.
Pero Lumian no podía tomar represalias.
Sus habilidades eran limitadas, y llamar la atención de la Iglesia del Eterno Sol Ardiente en la región de Dariège sería demasiado arriesgado. La Inquisición se le echaría encima en un santiamén, lo que podría significar la perdición para Aurora.
A menos que Lumian se viera empujado al borde del abismo y no tuviera más remedio que abandonar la ciudad, su única opción era sacar a la luz las desagradables actividades del padre y obligarle a retirarse a un claustro.
Pero era más fácil decirlo que hacerlo. Lumian tenía que ser cuidadoso y astuto, igual que cuando dejó que los extranjeros descubrieran la aventura del padre con Madame Pualis.
Lumian prefería evitar cualquier alboroto innecesario. Sabía que Béost, administrador y juez territorial, era muy estricto con su reputación. Si Lumian sacaba a la luz los apuros de Madame Pualis, no obtendría ningún favor a cambio. No, sería más probable que Béost se volviera contra él, lleno de bilis y vitriolo.
A Lumian no le quedaría más remedio que huir de Cordu, con el padre y el administrador pisándole los talones.
Avanzó con precaución, dando un rodeo por un estrecho callejón que serpenteaba entre varias casas.
Durante el trayecto, Lumian se valió de su ingenio y del entorno para permanecer oculto. Se escondía detrás de los muros, se colaba por las puertas y se refugiaba tras los árboles siempre que era necesario. Al acercarse al final del callejón, oyó voces.
“Guillaume, ¿pa’ qué perdemos el tiempo persiguiendo a eze ñiño todo el día? Vamo’ a casa de Aurora esta noche y atrapémoslo. Tenemos la ventaja de los número, y las habilidades de lucha de Aurora no son sufisientes para detenernos. Incluso podemos conseguir refuerzos de la ciudad si es necesario”.
Guillaume… El padre también está aquí… Lumian se detuvo y se retiró a un rincón para escuchar a escondidas la conversación y descubrir los planes del padre.
La voz de Guillaume Bénet era hipnotizante.
“¿Seguro que no crees que ése es el alcance de las capacidades de Aurora? No me sorprendería que tuviera habilidades sobrenaturales más allá de las mías”.
“Ah…” Pons Bénet estaba obviamente sorprendido. “¿Una bruja, dices? Guillaume, tal vez sea hora de que te abentures a Dariège y busque’ a la Inquicición. Si puedes atrapar a bruja verdadera, la eglesia sin duda te concederá una gran recompensa. Y con eso, puede que finalmente alcanses la extraordinaria fuerza que has estado anelando todos estos añoz”.
“Imbécil”, regañó Guillaume Bénet a su hermano. “¿No sabes lo que está pasando en este pueblo? La Inquisición tiene narices de sabueso. No pasarán por alto ninguna anomalía. Cuando llegue el momento, estaremos en apuros”.
“Incluso si Aurora desea tratar con nosotros, tengo otras soluciones”, dijo. “No debemos despertar la atención de la Inquisición”.
¿Qué ocurre ahora en el pueblo? Lumian se lo tomó en serio y sintió curiosidad.
Basándose en las anormalidades que había observado, Lumian intuyó que algo terrible se gestaba en el pueblo, como una corriente subterránea que perturbaba el mar en calma.
Para consternación de Lumian, Pons Bénet no profundizó en el tema. En su lugar, se centró en otra cosa.
“¿Tienes alguna manera de lidear con un bruja?”
“No hace falta que lo sepa”, respondió en voz baja el padre, Guillaume Bénet. “A continuación, podemos dejar de lado el trato con Lumian, pero todavía tenemos que mantener las apariencias. No podemos dejar que nadie sospeche de mi deseo de venganza. Eso proporcionará las conexiones que necesitan los extranjeros y tendrá un impacto negativo. Lo que tienes que hacer ahora es recordárselo a cada persona relevante y asustar a los palurdos pueblerinos que puedan darse cuenta. No dejes que lo cuenten delante de esos extranjeros”.
“Guillaume, ¿quieres decer que esosh estranjeros están aquí para inbestigar eze asunto?” Pons Bénet parecía temeroso y preocupado.
Mírate. Todo músculo, nada de cerebro. No te pareces en nada a tu hermano, un líder nato… Lumian se burló interiormente de Pons Bénet.
A pesar de su desdén por el padre, al que veía como un semental tosco y avaricioso más que como un hombre de costumbres, Lumian no podía negar que tenía un cierto encanto rudo. Su estilo directo y dominante y su mente clara se ganaron a las masas del campo, por lo que les resultó fácil idolatrarle y confiar en él.
Guillaume Bénet se burló.
“No hay por qué preocuparse. Mientras esos extranjeros no encuentren pruebas reales, seguiré siendo el padre de Cordu.
“Pons, tienes que entender que gobernar mediante el miedo y la intimidación no conducirá a la paz ni a la prosperidad. La Iglesia no quiere un pueblo arruinado que no pueda pagar impuestos. Necesitamos amigos y seguidores para mantener el control. Ofreciéndoles protección, podemos ganarnos su apoyo.
“La Iglesia confía en nosotros, los lugareños, con nuestros parientes, amigos y seguidores, para que nos encarguemos de los asuntos de aquí y no trae a gente de fuera que podría hacer un desastre. Mientras no haya pruebas sólidas, los de arriba seguirán creyendo en mí.
“Muy bien, me voy a la catedral.”
Eso parece lógico y persuasivo, pero tu entendimiento no trasciende los límites de Dariège… Aurora me contó que cuando la Iglesia se enfrenta a pueblos invadidos por dioses malignos, los arrasa por completo y arrasa la tierra. No solo matan a los adultos, sino también a los niños… Lumian casi se deja llevar por las palabras de Guillaume Bénet. Por suerte, Aurora le había advertido de la temible reputación de la Iglesia del Eterno Sol Ardiente y de la Iglesia del Dios del Vapor y la Maquinaria.
Después de que el padre se marchara, Lumian tomó un camino diferente y consiguió volver a casa ileso.
Aurora, vestida con un impecable delantal, se afanaba en el horno.
“¿Qué estás preparando?” preguntó Lumian, intrigado.
Aún faltaban dos horas para la hora de comer.
Aurora se coloca un mechón rubio detrás de la oreja y sonríe: “Estoy probando una nueva receta de tostadas. Pan de arroz”.
“No hace falta que te tomes tantas molestias…” Lumian se sintió conmovido hasta la médula.
Creía que Aurora se desvivía por hacer algo especial solo para él.
Aurora soltó una risita y replicó: “¿En qué estás pensando? ¿Se puede ser más egocéntrico?”
“Para mí, la repostería es una forma de diversión. Es una forma estupenda de pasar el tiempo. ¿Lo entiendes?”
“¿Y entonces por qué no te gusta salir? Hay muchas cosas divertidas fuera de casa”, preguntó Lumian. Siempre pensó que Aurora era una persona hogareña porque le preocupaban demasiado los riesgos que entrañaba su condición de Brujo.
Aurora giró la cabeza y le lanzó una mirada fulminante.
“¿Te refieres a beber y apostar?
“Recuerda, soy una persona independiente, no dependo ni me aferro a los demás”.
Lumian entendió la primera parte de lo que dijo, pero la segunda le resultó confusa.
“¿Ah? ¿Podrías explicarlo?”
Aurora le dirigió una mirada mortal.
“Resumiendo, ¡tu hermana es muy introvertida la mayor parte del tiempo!”
“¿Qué quieres decir con la mayor parte del tiempo?” preguntó Lumian, confuso.
“Los humanos son contradicciones andantes”, reflexiona Aurora, volviéndose hacia el horno. “¿No te acuerdas? A veces, soy una charlatana, deseosa de aventurarme a escuchar los cotilleos de las viejas. Otras veces, juego con los niños y les cuento cuentos. De vez en cuando, me suelto y cabalgo a lomos del caballo de Madame Pualis por las montañas, gritando a pleno pulmón”.
Entonces brillabas como una rosa besada por el rocío, atrayendo a la gente solo para pincharla… Lumian no pudo evitar refunfuñar para sus adentros.
Al mencionar a Madame Pualis, Lumian decidió cambiar de tema.
“Aurora, eh, Grande Soeur [Hermana mayor], he oído un rumor sobre Madame Pualis”.
“¿Qué pasa?” Aurora no ocultó su curiosidad.
“Es una hechicera que puede hablar con los muertos…” Lumian relató a su hermana lo que Ava había divulgado. También mencionó la anomalía que había observado y los comentarios de Guillaume Bénet.
Aurora interrumpió su trabajo y escuchó atentamente el relato de su hermano.
Su expresión se volvió notablemente más grave.
Cuando Lumian terminó, Aurora le ofreció una sonrisa y apaciguó sus temores.
“No te preocupes demasiado. Esos tres extranjeros deben estar aquí por algo que el padre y sus camaradas hicieron en secreto. Puede que tenga que ver con Madame Pualis.
“No te metas con Madame Pualis por ahora. Les echaré un ojo.
“Explora más el pueblo, mézclate con esos extranjeros e intenta averiguar qué está pasando. Je, je, comparado con eso, la dama que te dio la carta de Bastos es mucho más intrigante.
“Si las cosas se deterioran, debemos contemplar la posibilidad de abandonar Cordu. Podemos empezar a hacer los preparativos ahora”.
“De acuerdo”. Lumian asintió con la cabeza.
Tras un breve silencio, preguntó con curiosidad: “Aurora, si tenemos que dejar Cordu, ¿a dónde piensas mudarte?”
“¡Tréveris!” declaró Aurora sin vacilar.
Tréveris era la capital de la República de Intis, la cúspide de la cultura y el arte de todo el continente.
“¿Por qué?” A pesar de considerar al propio Tréveris, Lumian planteó la pregunta de forma casual.
Todo intisiano codiciaba la oportunidad de visitar Tréveris.
A ojos de los Treverianos, en Intis solo había dos tipos de individuos: Treverianos y forasteros.
Aurora respondió despreocupada: “Un profeta dijo una vez: ‘Mientras perdure Tréveris, la alegría y el regocijo nunca decaerán’”.