Capítulo 9: La mujer que habla

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Sin importar cuánto fantaseara Xiong Yao, Bai Yue no lo sabía. Ella ya había quedado cautivada por la escena lujosa que la rodeaba.

Se encontraban en un edificio majestuoso: la Torre de la Diosa Hembra.

Esta ciudad se llamaba Ciudad Ping’an, y la Torre de la Diosa Hembra era el corazón del esplendor de la ciudad.

Tal como su nombre lo indica, la Torre de la Diosa Hembra había sido construida para las hembras.

Debido a que los hombres bestia con hembras eran muy pocos, los clientes de la torre no eran numerosos, pero todos eran individuos poderosos.

El vestíbulo del primer piso del edificio brillaba con luces deslumbrantes, rodeado de tiendas de lujo: ropa, alimentos gourmet, juguetes, etcétera.

Bai Yue quedó embobada al mirar. Al ver una frutería, tragó saliva: tenía hambre.

La frutería se acercaba cada vez más. Resultó que Lang Xiao estaba caminando hacia allí.

—¿Qué quieres comer? —Lang Xiao la sostuvo en brazos y la acercó al mostrador con voz suave.

En el mostrador había naranjas, manzanas, kiwis, pitayas (frutas del dragón), todos de colores brillantes y aromas intensamente dulces.

No sabía si su sentido del olfato se había agudizado, pero podía distinguir claramente el aroma de cada fruta. La saliva se le acumulaba en la boca mientras señalaba la pitahaya de color púrpura rojizo.

La pitahaya era la fruta más grande del lugar, y Bai Yue sentía que tenía tanta hambre que podría comerse una vaca entera.

—¿Cuánto cuesta? —preguntó Lang Xiao al dependiente—. Me llevo una.

—Hola, hermano Lang1. Solo un punto de contribución —respondió el dependiente con voz fuerte.

El dependiente no conocía a Lang Xiao, pero dedujo su raza por el olor, así que lo llamó hermano Lang directamente.

Lang Xiao levantó la mano derecha y escaneó su terminal personal en el lector.

El dependiente sacó una pitahaya. Bai Yue alargó la mano para tomarla, pero para su sorpresa, el dependiente se giró y ¡la metió en un horno!

—¡Ding! —Hasta sonó el aviso del horno.

Bai Yue: “……”

Lang Xiao le acarició la cabeza a Bai Yue y la consoló:
—Guoguo, no te preocupes. Estará lista pronto.

Luego preguntó al dependiente cuánto tardaría, y este respondió: tres minutos.

Tres minutos… no solo se perdería el tiempo, ¡también las vitaminas! ¡Un desperdicio total!

Bai Yue se desplomó en los brazos de Lang Xiao, impotente. En cuanto entendiera bien las reglas de este mundo, se propuso cambiar esos hábitos alimenticios.

Por ahora, mejor dejarlo pasar.

Tres minutos después, la pitahaya recién asada salió del horno.

La fruta cocida tenía la piel aún más roja y soltaba vapor.

El dependiente la partió por la mitad con un cuchillo, la colocó en dos cuencos con forma de calabaza, insertó cucharitas desechables y recién entonces se las entregó.

—Cuidado, quema —le dijo el dependiente a Bai Yue, cambiando de un tono serio a uno amable como de “hermano mayor del vecindario”.

Bai Yue pensó: “No me adules a mí, ¡adula a quien paga!”

Aunque lo pensó, en el fondo igual se sintió halagada.

Lang Xiao sostenía a Bai Yue con un brazo y el cuenco con la otra mano, por lo que no podía darle de comer.

Al ver lo hambrienta que estaba Bai Yue, le preguntó:
—¿Quieres comer sola?

¡Por supuesto!

Bai Yue, con su mano enfundada en la garra de lobo, torpemente tomó la cuchara y sacó un poco de la pulpa.

La fruta estaba tan blanda que era casi un puré, con las semillitas negras tostadas desprendiendo un aroma fragante y ahumado.

Bai Yue, con el apetito abierto, probó un bocado… y sus ojos brillaron al instante.

¡Estaba delicioso! Suave y esponjoso, se derretía en la boca y bajaba por su garganta como un vino dulce, cálido y reconfortante. Su estómago se sintió lleno de calor.

De inmediato tomó otra cucharada sin importarle si eso era o no un desperdicio.

Al ver que a su esposa le gustaba, Lang Xiao —aunque él no había comido nada— se sintió completamente satisfecho.

Mientras Bai Yue comía concentrada, Lang Xiao encontró una sala de recreación para hembras.

En la sala había más de diez hembras, algunas jugando con juguetes, otras —como Bai Yue— comiendo y charlando ruidosamente. Se parecía a una guardería.

Bai Yue bajó la velocidad al comer, miró a Lang Xiao con desconfianza.

Él la colocó sobre un lindo caballito de madera, le acarició la cabeza y le dijo:

—Tengo que ir a clases para aprender cómo cuidarte. ¿Puedes jugar sola un rato?

¡No!

Bai Yue soltó la cuchara de inmediato y se agarró del cinturón de Lang Xiao. Sus ojos grandes, aún más prominentes por su delgadez, lo miraron fijamente.

Alguien con una gran falta de seguridad emocional no suelta tan fácilmente a quien se ha convertido en su soporte.

Lang Xiao se sintió derretido por la mirada suplicante de su hembra. Era la primera vez que alguien dependía de él. Intuía que esa sensación era adictiva.

Pero la clase estaba por empezar, y como nuevo cuidador de una hembra, cada día sin aprendizaje significaba un día más de riesgo para Guoguo.

Suspirando, la besó en la frente y dijo:
—Pórtate bien. Volveré en una hora.

Bai Yue sabía que no podía retenerlo, pero tampoco soltó su agarre. Lang Xiao tuvo que forzar sus manos para irse.

Si Bai Yue hubiese llorado, Lang Xiao no estaba seguro de si habría tenido el corazón para dejarla.

Al salir, él se volvió a mirar. La hembra aún lo observaba, y al notar que se giró, sus ojos brillaron y su cuerpo se inclinó hacia adelante, como si estuviera por bajarse.

“¿Me vas a llevar contigo? ¡Espérame!”

Pero Lang Xiao solo le sonrió… y con determinación, cerró la puerta.

La espalda de Bai Yue se encorvó. Desanimada, volvió a comer su pitahaya.

—¡Quiero comer fruta! ¡Comer fruta! —de repente, una niña regordeta corrió hacia ella e intentó arrebatarle la fruta.

Bai Yue abrazó instintivamente su comida. Siendo flaca, era más ágil que la gordita, y logró esquivar sus manos gorditas.

Bai Yue la miró: su cara era tan redonda y plana que parecía aplastada con un sartén. Aun así, comparada con otras hembras que había visto al llegar, era bastante decente: al menos tenía nariz, ojos y boca en su sitio.

Lo que más llamó la atención de Bai Yue fue que ella podía hablar.

¿Eso significaba que ella también podía hacerlo?

—¡Comer fruta! ¡Sisi quiere comer fruta! —la niña gritaba mientras volteaba a pedir ayuda.

Siguiendo su mirada, Bai Yue vio a un hombre alto, rubio, con una presencia imponente. Su forma espiritual era la de un león, muy poderoso, solo comparable con su torpe dueño.

Mientras Bai Yue lo observaba, el león también la evaluaba con desdén. Luego chasqueó la lengua dos veces y dijo con desprecio:

—¿Esta es la hembra que eligió Lang Xiao?

Y soltó una risa burlona.

Nota

Hermano Lang: es una forma general de dirigirse a los lobos. En la actualidad, equivalía a “Sr. Li” o “Sr. Wang”.

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