Elias Ravensraum nació sin extremidades por una condición congénita. Aunque para cualquier persona sería una situación que podría conducir a la frustración y al desarraigo, él siempre se mantuvo elegante y amable.
El largo cabello de Elias, de un tenue color dorado, y sus pupilas verdes lo hacían parecer un ángel de los pintados en los murales de las catedrales. Por eso era conocido con el apodo de “El Ángel al que le cortaron las alas”.
A pesar de la discapacidad de Elias, no faltaban quienes lo amaban en secreto, ni quienes le declaraban su amor abiertamente. Sin embargo, no hubo nadie que lograra conmover su corazón.
—Elias, abre los ojos.
Elias despertó al oír una voz desconocida. Lo primero que vio fueron unos ojos rojos. Parecían los ojos de una bestia salvaje, o tal vez los de un demonio.
—¿Q-quién es usted?
Cuando Elias preguntó sorprendido, el hombre sonrió radiante. Tenía el cabello negro y los ojos rojos; era sorprendentemente guapo.
—Elias, estás haciendo una broma de mal gusto. Sabes perfectamente quién soy. Soy Rüdiger, tu amante.
Dicho esto, Rüdiger besó la mejilla izquierda de Elias. Una cálida luz brilló en sus pupilas rojas, que a veces parecían las de una bestia feroz y otras las de un demonio.
—¿Amante? ¿Rüdiger? ¿Pero qué está diciendo?
Elias tenía la piel de gallina por todo el cuerpo y no podía moverse.
—Elias, no te hagas el tonto. ¿No te acuerdas de mí? Soy tu amante, Rüdiger.
—¿Quién demonios es usted? ¡No lo conozco! ¡No sé quién es!
—No importa si no te acuerdas. Porque yo te recuerdo y te quiero.
Con una sonrisa lánguida, Rüdiger retiró la manta que cubría a Elias, dejando al descubierto su cuerpo blanco y desnudo.
—¿Por qué estoy desnudo? ¿Dónde estoy? —preguntó Elias, conmocionado, pero Rüdiger no respondió. Se quitó la ropa, dejando al descubierto su cuerpo musculoso y su pene erecto—. Por favor, no haga esto. ¿Quién es usted? ¡Le pregunto quién es! ¿No hay nadie fuera? ¡Por favor, ayúdenme!
Elias, al darse cuenta de lo que Rüdiger intentaba hacer, gritó con todas sus fuerzas. Pero nadie acudió.
—Mi querido Elias… Lo siento. Quería esperar hasta nuestra noche de bodas, pero es que eres demasiado hermoso y no puedo contenerme. Perdóname.
Rüdiger acarició las nalgas de Elias como si estuviera tocando un objeto sagrado. Sus labios besaron cada centímetro de su blanco y desnudo cuerpo.
—Ugh… dijo que se llamaba Rüdiger, ¿verdad? Un momento. Sin duda me ha confundido con otra persona. Tiene que haber alguien que se parezca a mí, ¿e-entiende?
Elias habló con la voz más suave que pudo, intentando calmar a Rüdiger. Entonces, las pupilas rojas de este brillaron con fiereza.
—Elias, ¿es que no quieres hacer el amor conmigo? ¿Por qué? No me digas que has encontrado a otro hombre en mi ausencia.
—¿Qué? Pero qué está…
—Me lo imaginaba. ¿Quién es? ¿Acaso es el Conde Aufheben, que te entregó un ramo de flores? ¿O será el joven Barón Meister, que te declaró su amor?
—¿Cómo sabe usted eso? Eso es algo que solo unos pocos sabían… —preguntó Elias con expresión de asombro. Tanto que el Conde Aufheben le había entregado un ramo de flores como que el joven Barón Meister le había declarado su amor eran cosas que solo conocía un pequeño círculo.
—Mi querido Elias, no es posible que haya algo sobre ti que yo no sepa. Yo lo sé todo sobre ti. Así que, ¿quién es? ¿Quién es el bastardo que intenta arrebatarte de mi lado? —Preguntó Rüdiger, metiendo un dedo en el agujero de Elias.
—¡Ugh, por favor, pare! ¡No soy su amante!
—No digas eso. Cuanto más me rechazas, más me quemo por dentro —susurró suavemente Rüdiger, mientras sus dedos exploraban el agujero cada vez más. Elias jadeó, con el rostro aterrorizado.
—Por favor, por favor, lléveme a casa. Mis padres estarán preocupados. Mi madre es una persona débil, así que podría haberse desmayado.
—Tus padres, el Conde y la Condesa Ravensraum, saben que estás aquí. Ellos son quienes te enviaron aquí.
—¡Mentiras! ¡No mienta! Mis padres jamás harían eso. ¡Ellos no son así!
Elias gritó y se retorció, pero Rüdiger lo sujetó, impidiéndole moverse correctamente.
—Mi Elias, ¿aún no lo entiendes? Soy el único que de verdad se preocupa por ti.
Rüdiger introdujo su pene hinchado y venoso en el agujero. Elias jadeó de dolor.
—¡Ugh, maldito bastardo! ¡Debes ser un demonio! ¡No, tú eres el diablo! ¡Si tan solo tuviera extremidades, te habría matado!
Lágrimas comenzaron a resbalar por los ojos de Elias. Estaba tan abrumado por esta sensación, nueva para él, que no sabía qué hacer. ¿Era esto dolor? ¿O era placer? Elias se mordió el labio inferior.
—Elias, ugh, no hagas eso. Vas a lastimarte esos hermosos labios tuyos. Me duele verte herido.
Mientras Rüdiger susurraba con su voz grave, Elias, deliberadamente, se mordió el labio con más fuerza. Al instante, su labio se reventó y la sangre comenzó a correr.
—Mi querido Elias, ¿sigues pensando en ese bastardo? ¿Quién demonios te robó el corazón? ¿Qué pasó mientras yo estaba fuera?
Rüdiger comenzó a estrangular a Elias hasta que quedó una marca roja de su mano en su cuello blanco.
—Demonio… Te voy a matar.
Aún jadeando y con la respiración entrecortada, Elias no dejaba de clavar la mirada en Rüdiger.
—Ah, Elias. No sabes cómo me estimula esa expresión tuya. Mi querido Elias, provócame más.
Rüdiger apartó la mano del cuello de Elias mientras hablaba. Su lengua tocaba y luego se separaba de varios puntos de su pálido cuerpo.
—Mmm, ah, Rüdiger… Por favor… Por favor, no haga esto.
Elias gimió, pronunciando inconscientemente el nombre de Rüdiger. Su rostro, manchado de lágrimas y sangre, era hermoso, y el orificio donde un pene era tragado parecía obsceno.
—La única persona que puede satisfacerte… Mngh… soy yo. Así que ni siquiera pienses en otros bastardos.
Rüdiger susurró aquello con una voz dulce, y Elias negó con la cabeza en un acto de rebeldía. Su cuerpo sin extremidades se retorcía violentamente, agitado por la rabia y el placer.
—Ngh, ah… ¿Quién demonios es usted? Me mintió acerca de que mis padres me enviaron aquí, ¿¡verdad?! ¡Dígamelo! —gritó Elias desesperado, y Rüdiger lamió las lágrimas que caían de sus ojos.
—No mentí. El Conde y la Condesa Ravensraum quieren que nos casemos y, por supuesto, yo también deseo casarme contigo.
—¡Mentiras! Por favor, se lo ruego, dígame la verdad. Mis padres jamás harían eso. Me quieren muchísimo.
—Les di a ellos una mina de diamantes. Ahora los derechos sobre ti me pertenecen. Nos casaremos este sábado.
Cuando Rüdiger lo dijo con total naturalidad, Elias recordó a sus padres, quienes siempre se preocupaban mucho por sus hijos.
-Elias, no te quedes mucho en el jardín. Se te va a tostar la cara. ¿Sí? ¿Y si te salen pecas? Tu rostro es el tesoro de nuestra familia.
-Elias, debes comer muy poco. Porque si ganas peso, no se te verá bien. Ah, claro, tampoco es bueno para la salud. Así que come solo un poco. ¿No es suficiente con media manzana para el desayuno?
-Elias, no te vas a cortar el cabello, ¿verdad? Te queda muy bien el cabello largo. Te costó mucho dejarlo crecer, así que es una pena. Sí, estás guapísimo tal y como estás ahora.
Mientras repasaba las palabras de sus padres, Elias cayó en la cuenta de algo extraño: que ellos se preocupaban con frecuencia por su apariencia, y que a su hermano nunca le hablaban de ese modo.
«¿Será posible…? ¿Acaso este maldito demonio tiene razón? ¿Me vendieron mis propios padres? ¿Toda esa “preocupación” no era más que el miedo a que la mercancía que iban a vender se estropeara?»
Elias, con el rostro descompuesto, no apartaba la mirada del techo, y Rüdiger, feliz de que no opusiera resistencia, movía las caderas con satisfacción. Para uno era una noche atroz; para el otro, una noche hermosa.
* * *
A la mañana siguiente, Elias era lavado por las manos de Eugen, el sirviente que Rüdiger le había asignado. A medida que su cuerpo, cubierto de sudor y semen, quedaba limpio, sintió que su ánimo se aliviaba un poco.
—Dijo que su nombre era Eugen, ¿verdad? Hay algo que quiero preguntarle.
—Sí, si tiene alguna duda, no dude en preguntar cuanto quiera.
—¿Quién es Rüdiger? ¿Y dónde estamos?
—Él es el Duque Glockenspiel y este lugar es la mansión del Ducado de Glockenspiel.
Eugen, de cabello castaño claro y ojos grises, respondió con una expresión de orgullo desbordante. Era alguien que rebosaba de orgullo por el amo al que servía y por la casa noble para la que trabajaba.
—¿Rüdiger es el duque de Glockenspiel? ¿El mismo Duque de Glockenspiel que es primo de Su Majestad el Emperador?
Elias se mostró sorprendido. El Duque Glockenspiel era primo del Emperador. Su padre había sido un héroe de guerra y su madre, una antigua princesa.
«¿Ese Duque Glockenspiel, que nunca aparece en los bailes ni siquiera cuando lo invitan, y a quien muy poca gente le ha visto la cara?»
Debido a la confianza del Emperador y al poder y prestigio de sus padres, todos ansiaban entablar amistad con el Duque Glockenspiel. Y resulta que ese mismo era Rüdiger. Elias no pudo evitar sorprenderse.
«Una persona así… ¿Por qué diablos a mí…? Con solo extender la mano podría tener a quien quisiera, ¿por qué tuvo que forzarme a mí…?»
Con el corazón sumido en la confusión, Elias no hacía más que mirar al vacío. Eugen, con expresión amable, le secaba el cuerpo cuando de repente vio a alguien y se detuvo en seco. Era Rüdiger.
—Eugen, sal un momento.
—Sí, mi señor.
Ante la orden de Rüdiger, Eugen hizo una reverencia y salió de la habitación. Él se acercó entonces a Elias, que estaba sumergido en la bañera.
—Elias, estás precioso incluso mojado. Cada vez que te veo, mi corazón se acelera sin control. Esto debe ser amor, ¿verdad?
—Duque Glockenspiel, por favor, déjeme ir. No le culparé ni revelaré lo que sucedió anoche. Por favor…
—Vamos a casarnos. Tú serás el consorte del Duque Glockenspiel.
Rüdiger se remangó la camisa y vació el agua de la bañera. Entonces, el cuerpo húmedo de Elias quedó al descubierto. Una gota de agua resbaló desde su nuca hasta el pecho, y desde el pecho hasta el ombligo.
—Eres hermoso, Elias. Ciertamente haces honor a tu apodo de “el ángel al que le cortaron las alas”. Eres como un bello ángel.
—Su excelencia… Por favor…
—Si hubieras sido un ángel de verdad… creo que me habría gustado aferrarme a ti aunque eso hubiera significado cortarte las alas.
Rüdiger entró en la bañera y lamió las gotas de agua que se deslizaban por el cuerpo contrario. El cuerpo de Elias se estremeció y el sonido de su lengua y su carne chocando resonó.
—Su Excelencia, por favor, por favor, envíeme a casa.
—Llámame Rüdiger. Igual que ayer. Llevas toda la noche llamándome por mi nombre.
—Rüdiger, por favor, por favor, déjeme ir a casa.
—Qué boca más hermosa tienes para decir solo palabras crueles.
Rüdiger tomó la nuca de Elias y comenzó a besarlo. Su suave lengua exploró el interior de su boca, y sus cuerpos comenzaron a calentarse.
—Sería mejor que esas hermosas boca y lengua sostuvieran y chuparan mi pene. Así te impediría decir más cosas malas.
Rüdiger se quitó la ropa que llevaba y la arrojó a un lado; luego introdujo su miembro erecto en la boca de Elias. Una mano grande se cerró sobre su cabello dorado pálido.
—Elias, mhn, mi Elias. Me gustas tanto que creo que voy a enloquecer. Eres delicioso tanto por delante como por detrás.
Mientras Rüdiger meneaba las caderas con violencia, Elias cerró los ojos con fuerza y deseó que ese momento terminara pronto.
* * *
Llegó el día de la boda de Rüdiger y Elias. Los dos estaban de pie ante el sacerdote, vestidos con prendas blancas.
No, para ser exactos, Rüdiger estaba de pie ante el sacerdote, sosteniendo a Elias en brazos. El sacerdote, observando su expresión, comenzó a oficiar la ceremonia nupcial.
—Bienvenidos a la boda del Duque Glockenspiel y el joven Conde Elias Ravensraum. ¿Juran ustedes dos amarse, cuidarse y vivir juntos? ¿Jurarán tomarse de la mano incluso en la más profunda oscuridad?
—Sí, lo juro. Amaré y cuidaré solo a Elias por el resto de mi vida. Y nunca soltaré su mano, ni siquiera en la oscuridad.
—¡Yo no puedo hacerlo! ¡Por favor, déjenme volver a casa! ¡Mis padres y mi hermano mayor deben estar esperándome!
Apenas el sacerdote terminó su pregunta, Rüdiger hizo su juramento, mientras Elias forcejeaba y gritaba. Pero nadie prestó atención a sus palabras.
—Quedan unidos en matrimonio. Que solo encuentren felicidad a partir de hoy.
El sacerdote habló rápidamente, y Rüdiger sonrió radiante antes de besar a Elias en los labios. Los invitados los miraron con una mezcla de expresiones cansadas y curiosas.
—Mi querido Elias, ahora viviremos felices para siempre.
—¡Duque Glockenspiel! ¡Rüdiger! Por favor, se lo ruego.
Mientras Rüdiger susurraba con expresión feliz, Elias iba a suplicar que lo enviaran a casa, pero entonces divisó a alguien entre los invitados y su rostro se quedó pálido y pasmado. Eran sus padres y su hermano mayor.
—¿A quién estás mirando? Ah, el Conde Ravensraum, su esposa y el joven heredero. Los invité yo.
—¡Padre! ¡Madre! ¡Hermano! ¡Se lo ruego, por favor, sáquenme de…!
Al oír las palabras de Rüdiger, Elias gritó desesperado hacia su familia, pero ellos no lo miraron. Estaban demasiado ocupados admirando la lujosa boda y riendo entre ellos.
—Ahora somos parientes de la Casa del Duque Glockenspiel. ¿No es maravilloso, querida?
—Y ahora tenemos una mina de diamantes. Todo el mundo nos va a tener envidia, ¿verdad?
—¿Habrá algún día tan bueno como hoy? No tendré ninguna preocupación por el futuro.
Entre la charla de los invitados, resonó una voz familiar. Elias supo que eran sus padres y su hermano, pero fingió no oírlos.
—Rüdiger, necesito descansar. Por favor, lléveme a mi habitación. Por favor.
Elias habló con una resignación a medias, y Rüdiger le besó la frente con expresión de felicidad. Los dos se dirigieron al dormitorio que les habían preparado, el mismo donde habían dormido juntos por primera vez.
—Elias, ¿estás muy cansado? Si no, deberías pasar tu primera noche conmigo. De hecho, pasamos nuestra primera noche juntos la última vez.
—¿Acaso tengo opción? Lo va a hacer de todos modos.
Elias rompió a llorar. Rüdiger lo abrazaba siempre que podía, dejándolo empapado en sudor y semen. Lo más aterrador era que se estaba acostumbrando.
—Elias, sé que tú también lo estás disfrutando. ¿Te da vergüenza? Yo lo entiendo todo. Es natural que hagamos esto, porque nos amamos.
Rüdiger se quitó su propio traje de ceremonia y comenzó a desvestir a Elias. Su aliento caliente acariciaba el rostro de Elias. Ambos quedaron desnudos.
—Eres demasiado hermoso. Te he amado desde la primera vez que te vi. Te amo, Elias.
En su urgencia, Rüdiger clavó su miembro en el interior de Elias sin siquiera prepararlo.
—¿Dice que me amaba desde… Ngh… la primera vez que me vio? ¿Cuándo diablos…? No… ¿Usted llama a esto amor? ¡Esto no es más que obsesión y lujuria!
—Elias, no digas eso. Yo te amo. Precisamente porque te amo, estoy obsesionado y te deseo —habló Rüdiger sin aliento, y Elias lo miró con expresión horrorizada.
—Si tuviera brazos y piernas, ¡Mngh, ah!, te mataría. Te clavaría una espada en el corazón.
—Si muriera por ti, ugh, eso también estaría bien. Ah, cómo anhelo verte cubierto de mi sangre —dijo Rüdiger, acariciando la cintura de Elias.
—Qué persona más espantosa… Eres un demonio…
Elias murmuró estas palabras con los ojos fuertemente cerrados. Cada vez que el miembro de Rüdiger desgarraba su interior, sentía náuseas, pero al mismo tiempo, una especie de éxtasis.
«Mis padres y mi hermano me abandonaron. Ellos no me amaban. Quizás sintieron cierto cariño por el objeto que iban a vender. Lo único que me queda es Rüdiger… Es desolador y horrible.»
Elias comprendió que la única persona que le quedaba era Rüdiger. De sus ojos, que mantenía apretados, comenzaron a fluir lágrimas.
* * *
Pasaron varios días. Era un día en que Rüdiger había salido de la mansión por asuntos de trabajo. Eugen trasladó a Elias a una silla en el jardín y le sonrió suavemente.
—Hace buen día, ¿verdad? Espere aquí un momento. Enseguida prepararé y traeré té negro y scones.
—Está bien, Eugen. Gracias. Te lo agradezco.
Al oír a Eugen, Elias le dio las gracias y miró a su alrededor. De los cerezos caían pétalos. Mientras observaba los pétalos cortando el aire, escuchó un ruido.
—Dicen que tu apodo es “el ángel al que le cortaron las alas”… Realmente eres hermoso como un ángel. Aunque lo de no tener extremidades es un defecto.
—No logro entender a nuestro señor. Lo tiene todo, y aun así se casa con un bastardo con un cuerpo como ese. Debió haber gente más hermosa y otros de cuerpo completo.
—O tal vez su agujero tiene un sabor especial. Su técnica debe ser mejor de lo que parece.
Elias se volvió hacia el sonido, y los hombres, que parecían ser sirvientes, hablaron. Se estremeció al ver sus ojos, llenos de deseo y hostilidad.
—¿Son ustedes sirvientes de la Casa Glockenspiel? Qué groseros. Apártense antes de que les exija cuentas por su falta.
Elias habló pretendiendo no estar asustado, pero los sirvientes solo se rieron entre dientes, como si les divirtiera. Y entonces, unas manos toscas comenzaron a manosear su cuerpo sin miramientos.
—¿Pero qué…? ¡Eugen! ¡Eugen! ¡Ayúdeme, Eugen!
Elias gritó hacia donde había desaparecido Eugen, pero fue inútil. Los sirvientes lo levantaron e intentaron llevárselo a algún lugar.
—Llevémoslo al almacén. No hay lugar más adecuado. Casi nunca va nadie.
—Sí, de acuerdo. Probemos también nosotros su “agujero”. Tengo curiosidad por saber a qué sabe para que nuestro señor haya perdido la cabeza por él.
—Qué lástima. Es tan hermoso, pero no tiene extremidades. ¿Dicen que nació así?
—Para nosotros es una suerte. Así no podrá resistirse.
Al oír las voces burlonas de los sirvientes, Elias, que estaba temblando, comenzó a retorcerse con todas sus fuerzas. Entonces, uno de ellos lo tumbó sobre el césped.
—¿Ni siquiera puedes esperar a llegar al almacén, eh? ¿Quieres que te folle aquí? A mí me da igual.
—Maldecidos bastardos… Soy el consorte de la Casa Glockenspiel. ¿Saben lo que les pasará si me tocan? ¡Haré que los maten a todos!
—¡¿Consorte?! Tú solo eres un juguete con el que el amo se divierte un rato antes de trabajar. Nosotros somos sus sirvientes leales, y estamos asegurándonos de que el juguete no tenga defectos.
Los sirvientes comenzaron a quitarle la ropa a Elias. Él intentó zafarse, pero fue inútil. Las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos. Entonces, se escuchó una voz grave y furiosa.
—¿Qué está pasando aquí?
Era Rüdiger. Cuando él los miró con una expresión aterradora, los sirvientes comenzaron a arrodillarse uno tras otro.
—¡S-señor! ¡Es un malentendido! ¡La Señora fue quien nos sedujo primero! ¡Dijo que se sentía solo porque usted estaba ocupado con sus asuntos! ¡Él nos pidió que le quitáramos la ropa!
—Sí, Señor, ¡él nos tentó! Nos negamos, ¡pero nos dijo que hiciéramos lo que él dijera si no queríamos perder nuestros trabajos!
En cuanto los sirvientes terminaron de hablar, Rüdiger sacó su espada y comenzó a cortarles los brazos y las piernas.
Elias cerró los ojos con fuerza al oír los gritos de los sirvientes y percibir el olor a sangre que se extendía por el jardín, y luego los volvió a abrir.
—¿Te sentiste solo mientras estuve fuera? ¿Es por eso que los sedujiste? —preguntó Rüdiger mientras lo vestía.
—No creerás lo que dicen, ¿verdad?
—No sé. Quizás. Como me odias, quizás sí deseabas abrazar a alguien que no fuera yo.
Cuando Rüdiger habló con una expresión de inseguridad, Elias frunció el ceño.
—No digas tonterías.
—¿Entonces no es cierto?
—Por supuesto que no. ¿De qué manera me ves como para decir algo así?
A Elias le dolió y le frustró que Rüdiger lo malinterpretara de esa forma.
«¿Por qué estoy actuando así? ¿Qué importa si Rüdiger me malinterpreta o no…?»
Elias estaba confundido por las emociones que lo embargaban. Mientras dejaba escapar un largo suspiro, Rüdiger lo miró con expresión preocupada.
—Elias, ¿estás bien?
—Estoy cansado, quizá porque me sorprendieron mucho. Rüdiger, quiero ir al dormitorio.
—Sí, vamos a nuestro dormitorio.
Rüdiger levantó en brazos a Elias y ambos se dirigieron al dormitorio. Al llegar, se desvistieron de inmediato.
—Ah, Rüdiger…
Por primera vez, Elias comenzó a anticipar con expectación el momento de unir su cuerpo al de Rüdiger.
—Mi Elias… Hoy también estás precioso. Cada vez que pronuncias mi nombre, siento que enloquezco.
Rüdiger miró el orificio de Elias, que palpitaba levemente, y sintió que se volvía loco. Introdujo con fuerza su miembro erecto en el interior. El orificio, que momentos antes palpitaba, engulló rápidamente la penetración.
—Es verdad… que no los sedujiste, ¿verdad?
—¿De verdad lo crees…? Me casé contigo. Ah, mngh, no tendría sexo con nadie más que contigo.
—Fue un matrimonio que no querías.
Rüdiger habló con una expresión de inseguridad mientras acariciaba la cintura de Elias.
—¿Lo sabías? Ugh… cada vez que hago el amor contigo, siento que estoy soñando.
—Mmm, ah, Rüdiger… Más fuerte…
Elias, con una voz lánguida, comenzó a seducir a Rüdiger. Los dos movían sus caderas como bestias.
* * *
Rüdiger miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba en los jardines del Palacio Imperial, y de que todo era un sueño. Con una expresión serena, comenzó a pasear por el jardín.
—¡No tiene brazos! ¡No tiene piernas! ¡Es un monstruo!
—¿Cómo es posible que no tenga brazos ni piernas? ¡Es horrible! ¡Es un monstruo!
—¡A un monstruo como este hay que matarlo a pedradas!
—¡Este monstruo! ¿Cómo es que hay un monstruo así en los jardines del palacio? ¡Rápido, matémoslo a pedradas!
Varios jóvenes estaban acosando a un muchacho de cabello dorado pálido. Rüdiger se dio cuenta de que el niño acosado era Elias de pequeño.
«Sí, esta es la primera vez que vi a Elias… Otros niños nobles lo estaban acosando.»
Rüdiger intentó ayudar al joven Elias, pero no podía ni moverse ni hablar.
—¡¿Qué están haciendo?! ¡Cómo se atreven a acosar a alguien en el Palacio! ¡Fuera!
Cuando el joven Rüdiger apareció y gritó, los chicos que habían estado acosando al joven Elias huyeron con expresiones de terror en sus rostros.
—¿Está bien? ¿Se ha hecho daño? —preguntó el joven Rüdiger con cautela al joven Elias.
—Gracias por ayudarme. No me he hecho daño. Estoy bien.
Cuando el joven Elias habló con una sonrisa radiante, el rostro del joven Rüdiger se sonrojó. Se había enamorado de él a primera vista.
—Me alegra que no esté herido. ¿Puedo saber su nombre? Es la primera vez que lo veo en el Palacio Imperial…
—Soy Elias Ravensraum. Hoy es mi primera vez en el Palacio Imperial. ¿Y su nombre?
—Soy Rüdiger Glockenspiel. Puede llamarme simplemente Rüdiger. En el futuro, si alguien lo molesta, dígamelo. Yo me encargaré de ellos.
—Rüdiger es un buen hombre. Defender a alguien que no conoce… Es como un caballero de un cuento de hadas.
Tanto el joven Rüdiger como el Rüdiger adulto rieron entre dientes ante los elogios del joven Elias.
—Elias, me enamoré de ti a primera vista. Quiero casarme contigo. Claro, no ahora, sino cuando los dos tengamos la edad para hacerlo.
—¿Eh? ¿Casarnos? Pero yo no tengo brazos… ni piernas. Hay gente que me llama monstruo.
—¿Y qué? A mí no me importa. A partir de hoy, somos enamorados.
—Pero yo no merezco eso… Soy una persona con muchas carencias. No podré ser un buen compañero para Rüdiger.
Mientras el pequeño Elias vacilaba, los alrededores se oscurecieron y Rüdiger despertó del sueño. Lo primero que vio fue un techo blanco.
«Elias parece no recordarlo, pero eso no importa. Yo sí lo recuerdo.»
Rüdiger soltó una risita al ver a Elias dormido en sus brazos. Besó la frente de su amante e intentó volver a dormirse.
* * *
Pasó un mes. El salón de baile, decorado del mismo verde de los ojos de Elias, era hermoso. Había adornos dorados por todas partes y una alfombra roja cubría el suelo.
Hoy era el cumpleaños de Elias. Rüdiger había organizado un baile para celebrarlo. Los miembros de la Casa Condal Ravensraum no habían sido invitados.
—Mi Elias, feliz cumpleaños. ¿Me concederías el honor de bailar contigo?
—¿Eh? Pero yo no puedo bailar…
—Confía en mí, Elias.
Rüdiger alzó el cuerpo de Elias y ambos comenzaron a girar al compás de la música. Eran movimientos torpes, apenas dignos de llamarse baile.
—No sabía que podía bailar. Esto es simplemente estar en brazos…
Mientras Elias hablaba con cautela, Rüdiger sonrió levemente y lo besó. Quienes presenciaron el beso comenzaron a murmurar.
—Parece que era cierto el rumor de que el Duque Glockenspiel, ese ser que no derramaba sangre ni lágrimas, se había enamorado.
—Hoy este baile es precisamente para celebrar el cumpleaños del consorte del Duque Glockenspiel.
—¿Oyeron el rumor? Dicen que el Duque le regaló a su consorte una mina de zafiros en el continente oriental como regalo de cumpleaños.
—¿Y no oyeron el otro rumor? El de que el Duque mandó amputar las extremidades de unos sirvientes. ¿Por qué diablos haría algo así?
Rüdiger y Elias oyeron a la gente charlar, pero no les prestaron atención. Simplemente se miraron y se preocuparon el uno por el otro.
«La única persona que me queda es Rüdiger. ¿Lo que siento por Rüdiger es amor? ¿O es obsesión? Lo que sí sé con certeza es que sin él, sufriría tanto que moriría», pensó Elias mientras hundía su rostro en el hombro de Rüdiger.
—Elias, ¿en qué estás pensando? Estoy justo delante de ti.
—Pensé que quizás podría llegar a amarle.
Ante las palabras de Elias, la expresión de Rüdiger se quedó atónita. Pronto, su rostro se iluminó.
—Mi Elias, ¿es eso cierto? ¿De verdad me amas?
—No es seguro. Solo digo que podría amarle.
—Eso es más que suficiente para mí.
Rüdiger besó la mejilla izquierda de Elias mientras hablaba. Exhaló un aliento áspero, abrumado por una felicidad que sentía capaz de hacer estallar su corazón. Los dos salieron al jardín, evitando las miradas de la gente.
—Ah, Rüdiger… qué vergüenza.
—Mi hermoso Elias… Tu cuerpo luce como una joya bajo la luz de la luna.
En un rincón oscuro del jardín, Rüdiger y Elias comenzaron a enredarse. Una mano grande se deslizó entre sus blancas nalgas y luego emergió.
—Mmm, ah, Rüdiger… Más rápido…
Cuando el enorme miembro, palpitante con venas, penetró en su interior, Elias abrió la boca involuntariamente.
—Ugh, ah, más fuerte…
Cuando Elias le suplicó de esa manera, Rüdiger comenzó a empujar con tanta fuerza que se escuchaba un sonido húmedo y repetitivo.
—Rüdiger, ¿me ama… ah… de verdad me ama? ¿Es cierto que… porque me ama, está obsesionado y me desea? ¿Eso es realmente amor?
—Es amor. Te he amado desde el momento en que te vi por primera vez. Este amor nunca cambiará en el futuro.
Ante las palabras de Rüdiger, Elias sonrió radiante. Era una sonrisa que encajaba a la perfección con su apodo: “El ángel con las alas cortadas”.
– Fin –