XLIII. «¡BOOM!», LAS HORMONAS ESTALLAN Y CUALQUIER COSA PUEDE PASAR

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EL RESTAURANTE de barbacoa del condado no era nada del otro mundo, pero tenía la ventaja de ser barata y abundante: una comida equivalía a dos.

Después de comer, Hu Yuanyuan volvió al hotel. Sun Wenqu y Ma Liang se fueron a un pequeño café, donde charlaron hasta las nueve; solo cuando el lugar cerró regresaron caminando, sin apuro, al hotel.

Sun Wenqu se dio una ducha y luego se tiró en la cama, perdido en sus pensamientos.

Esta vez, Ma Liang no había venido solo a pasar el rato en el campo, ni tampoco únicamente para hablar del juego de té. Aunque lo dijera en tono de broma, Sun Wenqu sabía que Ma Liang quería que trabajaran juntos otra vez… o, si todo salía bien, incluso proponerle una sociedad.

En cuanto a la cerámica, estrictamente hablando, el estilo de Ma Liang tenía más influencia directa del legado de su padre: seguía las reglas, respetaba las tradiciones y se aferraba a las raíces.

A ojos del anciano, lo que hacía que Sun Wenqu fuera un constante motivo de disgusto no era solo esa terquedad y rebeldía carente de sentido que él veía en su hijo, sino que, a pesar del talento, no seguía su línea.

Todas las disciplinas que su padre le había obligado a dominar —música, Go, caligrafía, pintura— no se reflejaban a la perfección en su cerámica.

«Demasiadas ideas, olvidas lo fundamental».

Eso era lo que siempre repetía su padre.

Sun Wenqu nunca replicaba, pero tampoco se sometía.

Sobre qué era «lo fundamental», él y su padre tenían interpretaciones diametralmente opuestas. Para Sun Wenqu, dicho con un poco de cursilería, era seguir el corazón: me gusta, lo hago; creo que es bello de esta manera, entonces es así.

No era cuestión de tener razón o no, pero para su padre eso era algo que nunca lograría aceptar.

Tampoco era que a él le interesara demasiado conocer sus ideas, e incluso si alguna vez quiso expresarlas, nunca tuvo la oportunidad.

Ma Liang, en cambio, entendía su forma de pensar y apreciaba su trabajo. Cuando fue «expulsado de la Puerta del Maestro» y comenzó su propio negocio, le había dicho:  «Hagámoslo juntos. Lo que sea que pienses, hazlo. Podemos dirigirnos a un público completamente distinto».

Pero en aquel entonces, Sun Wenqu no tenía dirección. La cerámica se había convertido en una pesadilla para él y ni siquiera quería tocarla.

Así que Ma Liang no volvió a mencionar el tema por años. Tal vez fue ese juego de té lo que reavivó la idea en él.

Y Sun Wenqu no lo rechazó de forma tajante como solía hacer.

Pero tampoco aceptó con facilidad. Aunque su perspectiva sobre la cerámica no había cambiado, si de verdad tomaba ese camino, aquello que una vez lo había obsesionado y luego evitado se convertiría en su norte.  Y eso no era una decisión tan simple; ya no sería solo una cuestión de ideas.

Esa noche, Sun Wenqu no durmió bien; no había rastro de la tranquilidad que sintió  en aquella habitación de la casa de Fang Chi. En el pueblo, cuando todo estaba en silencio, se podía oír hasta el caer de los copos de nieve. Era algo que calmaba la mente. En cambio, en la sede del condado, no había esa paz. Era más caótico que la ciudad. Desde muy temprano, los camiones pasaban por la calle como si fueran a una batalla, sacudiendo la cama con cada movimiento. Fue eso lo que lo despertó por completo en menos de cinco minutos, como si no hubiera dormido nada.

Cuando tomó su teléfono para ver la hora, descubrió que Fang Chi le había enviado dos mensajes de voz hacia las dos de la madrugada.

¿Seguía despierto a esas horas?

Sun Wenqu frunció el ceño y los reprodujo.

En el primero no se escuchaba a nadie hablar; al concentrarse, apenas podía distinguir un leve ronquido.

—¿Qué demonios…? —Escuchó el segundo.

Esta vez sí hablaba alguien. Era la voz de Fang Chi, medio nasal, adormilada: «¿Lo oíste? Es el ronquido de Sir Amarillo. Está roncando».

Sun Wenqu se echó a reír, dejó su teléfono y se levantó de la cama.

«Este niño… en verdad le da mil vueltas a todo».

Ma Liang y su esposa eran de dormir profundo. Sun Wenqu ya se había aseado y salido a dar una vuelta por la calle cuando ellos recién se levantaban.

—¿Ya andabas de pa-paseo? —le preguntó Ma Liang al entrar en su habitación.

—Ajá —asintió Sun Wenqu.

—¿Había gente en la ca-calle? —Ma Liang corrió las cortinas y miró hacia afuera.

—Nadie. Solo quería respirar un poco de aire fresco matutino. —Sun Wenqu sonrió—. Pero no, no hay comparación. El aire del pueblo es mejor.

—Vamos a re-respirarlo luego de desayunar. —Ma Liang le dio una palmada en el hombro.

Los puestos de desayuno en la sede del condado no estaban nada mal y ofrecían mucha variedad. Los tres comieron bastante y Hu Yuanyuan incluso se llevó una taza de leche de soja caliente para el camino.

—Este auto parece un refrigerador —dijo Sun Wenqu—. Diez minutos y ya se enfría todo.

—Deja de hablar mal de mi auto —protestó Hu Yuanyuan—. Es un testigo de la historia.

—Pues que tu testigo de la historia… —Sun Wenqu estaba a mitad de frase cuando el auto dio un salto y casi se muerde la lengua—. ¡Descanse en paz!

—¡Todavía aguanta! —Hu Yuanyuan se rio y le pasó un calentador de manos recién cargado.

Ma Liang tenía buena memoria para las rutas. Solo había ido al pueblo una vez y, aun así, condujo sin perderse, avanzando más rápido que el autobús a pesar de los baches.

—¿No iba a venir tú hijo a bu-buscarnos? —preguntó Ma Liang.

—Sí, le preocupa que nos despeñemos por la montaña —respondió Sun Wenqu.

—¿En serio? O quizá solo quería ve-verte an… —El auto dio otro bandazo, interrumpiendo a Ma Liang—. ¡Mierda!

Sun Wenqu se limitó a sonreír sin decir nada.

—Llámale para que sa-salga. Ya casi… llegamos —dijo Ma Liang.

∗ ∗ ∗

Fang Chi estaba en la azotea, con un cigarrillo entre los labios.

Sus tíos se irían entre mañana y pasado mañana. En ese momento estaban organizando sus cosas, ya que los abuelos habían preparado un montón de productos locales para que se llevaran.

Fang Hui estaba en su cuarto, tirado en la cama hablando por teléfono con algún compañero. Se quejaba de que el campo era aburrido y, de paso, soltaba ideas absurdas sobre el desarrollo rural.

De hecho, Fang Chi estaba de malas, sobre todo porque Fang Hui seguía con la misma chaqueta con la que había pasado el día anterior afuera y ahora estaba rodando por su cama. En circunstancias normales, habría entrado a golpearlo.

Pero hoy no tenía ganas.

Cada Año Nuevo empezaba animado y lleno de vida, pero después llegaba el vacío repentino. Cuando todos se iban, los abuelos volvían a quedarse solos con Chico en esa casa grande. Aunque nunca mostraban señales de tristeza, a Fang Chi le dolía el corazón por ellos.

Su teléfono comenzó a sonar. Fang Chi lo sacó mientras bajaba corriendo las escaleras. Para cuando contestó la llamada, ya estaba fuera del patio trasero.

—Llegamos a la intersección, justo donde está la granja grande de pollos —dijo Sun Wenqu al otro lado—. En unos veinte minutos estaremos en el camino hacia el pueblo.

—Okay, ya salgo —respondió Fang Chi antes de colgar y silbar fuerte.

A los pocos segundos, Chico salió disparada desde el patio trasero, ladrando mientras lo alcanzaba.

Fang Chi y Chico corrieron juntos hacia la intersección. Al llegar, miró a los lados. El coche aún no había llegado, así que recogió una piedra del suelo y la lanzó lejos.

Chico ladró y corrió a buscarla, volviendo con la piedra en el hocico.

Fang Chi la tomó y volvió a arrojarla. Chico, feliz, fue a buscarla otra vez.

Siempre que esperaba a alguien con Chico, ese juego era la mejor manera de matar el tiempo.

Después de un rato, un vehículo apareció al otro lado del camino. Era la destartalada furgoneta de Ma Liang, la misma que solo se podía cerrar de un portazo fuerte y había que patear para abrir.

Fang Chi silbó y Chico corrió de vuelta antes de sentarse a su lado. El coche se detuvo frente a él. La ventanilla del copiloto bajó y una mujer bastante guapa le sonrió.

—Fang Chi, ¿verdad? Hola.

—Hola —respondió él, calculando que debía ser la esposa de Ma Liang; no esperaba que fuera la primera en saludarlo, así que no supo bien cómo dirigirse a ella.

—Mi nombre es Hu Yuanyuan. Soy tu tía —dijo, extendiendo la mano por la ventana.

—Oh… —Fang Chi le estrechó la mano. Sin duda, era la esposa de Ma Liang.

La puerta trasera del auto se abrió y Sun Wenqu saltó fuera.

—¡Maldición, me estoy congelando! Esta chatarra se siente como un refrigerador.

Esa voz hizo que el corazón de Fang Chi se sintiera aliviado al instante. Antes nunca había pensado que la voz de Sun Wenqu fuera particularmente agradable, más bien le parecía que siempre hablaba con una pereza constante —salvo cuando lo regañaba, claro—, pero ahora, de repente, le resultaba reconfortante.

—¿Vas caminando? —preguntó Hu Yuanyuan.

—Mmm. —Sun Wenqu golpeó la puerta del coche—. Vayan primero.

—Está bien —asintió Ma Liang con una sonrisa.

Al ver cómo Ma Liang, con la destreza de quien conoce el camino como la palma de su mano, tomaba el sendero que llevaba al pueblo, Fang Chi abrió la boca pero no atinó a decir nada. Se sintió ridículo: su «misión de recibirles» había sido bastante… bueno, en fin.

—Qué buena niña. —Sun Wenqu acarició la cabeza de Chico, que no dejaba de mover la cola a su lado.

—Ese coche no tiene calefacción, ¿verdad? —Fang Chi lo miró durante un buen rato antes de soltar esa frase.

—Se estropeó hace tres años, cuando fui a las montañas. Todavía no lo ha reparado. —Sun Wenqu se frotó las manos y dio unos pequeños saltos en el lugar—. Hasta mis guantes están helados.

—Los míos… —Fang Chi se quitó los suyos, dudó un poco y se los ofreció—. Los míos todavía están calientes.

Sun Wenqu sonrió, mirándolo sin decir nada ni aceptarlos.

Fang Chi lo miró también y empezó a retirar la mano.

Sun Wenqu le arrebató los guantes de un tirón y se los puso.

—Vaya, se te da muy bien cuidar de los demás.

—Mjm —respondió Fang Chi, metiéndose las manos en los bolsillos.

—Vamos. —Sun Wenqu le dio una palmada en el brazo.

El camino de regreso al pueblo no era muy largo, pero ambos caminaron despacio, como si estuvieran paseando. Sun Wenqu tenía la bufanda subida hasta la mitad de la cara, solo se le veían los ojos y ya no se quejaba del frío.

—¿La pasaste bien en la sede del condado? —le preguntó Fang Chi.

—¿Tú qué crees? —Sun Wenqu esbozó una sonrisa—. Si viviste allá varios años.

—No hay nada interesante. Es más divertido el pueblo. —Fang Chi también sonrió.

—¿Y ayer, visitando a la familia? —Sun Wenqu lo miró de reojo.

—Normal. Fuimos a casa de mi tío abuelo, o sea… —Fang Chi se frotó la nariz—. Bueno, el abuelo de Fang Ying.

—¿Viste a Fang Ying? —preguntó Sun Wenqu.

—Mmm. —Fang Chi frunció el ceño al recordarlo—. La abuela, como si estuviera presumiendo un tesoro, dijo que teníamos un Shuiqu en casa, que escribe unos pareados maravillosos y no sé qué más. Ella ya sabe que estás aquí.

—Que lo sepa, da igual. —Sun Wenqu dio un par de saltitos y se rio—. No pasa nada.

—Me preocupa que pueda aparecer estos días. Se lleva bien con mis abuelos —dijo Fang Chi con cierta inquietud—. Si no quieres verla…

—Tranquilo, no se atrevería a venir. —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. Si no fuera por ti, con lo que hizo, ya habría buscado a alguien para que le diera una lección.

—¿Y cómo… qué tipo de lección?

—¿No lo adivinas? ¿Cómo crees que un niño rico ocioso trataría a una estafadora que viene solita a la puerta? —Sun Wenqu soltó una carcajada—. Tú has tenido suerte de portarte bien, o también te habría incluido… Dijiste que me harías pasta de sésamo hoy, ¿no?

—¿Ah? —Fang Chi parpadeó, tardando un momento en darse cuenta de que Sun Wenqu había cambiado de tema—. Ah, sí.

—¿Está rica? ¿Se le puede agregar un poco de leche?

—Sí.

Sun Wenqu no dijo nada más y Fang Chi tampoco habló. El ambiente estaba tranquilo; ya no se oían petardos, solo el sonido de sus pasos, los de Chico y sus respiraciones.

—En tu habitación… —dijo Fang Chi, mirando al suelo mientras caminaba—. ¿Esa caja es un erhu?

—¿Qué caja?

—Esa caja larga de madera que parece el estuche de un manual secreto de artes marciales.

En cuanto Sun Wenqu escuchó eso, se echó a reír y tardó un buen rato en parar.

—¿Y ahora qué? —bufó Fang Chi.

—Sí. —Sun Wenqu asintió—. Me lo regaló Li Bowen.

—¿Él te lo regaló…? —Fang Chi frunció el ceño—. ¿Todavía guardas un regalo suyo? ¿No te da asco?

—El instrumento es bueno. Seguro lo eligió el tío Li. —Sun Wenqu se frotó la cara, riendo—. Sería una pena tirarlo. Igual algún día, si estoy de buen humor, hasta lo llevo a casa de Li Bowen para tocarle algo.

—Eres un caso perdido —suspiró Fang Chi. En realidad, muchas veces no podía entender los verdaderos pensamientos de Sun Wenqu. Incluso si sabía que debajo de esa apariencia de lunático escondía otra faceta más profunda, aún le costaba descifrarlo—. ¿Cuando dijiste que ibas a tocar el erhu para mí, te referías a ese?

—Sí, para que escuches cómo suena un buen instrumento —asintió Sun Wenqu.

Cuando llegaron a la entrada del pueblo, Ma Liang ya había estacionado el coche. Él y Hu Yuanyuan bajaban con un montón de cosas.

Fang Chi se quedó pasmado al verlos.

—¿Qué están haciendo?

—¡Son regalos de Año Nuevo! —respondió Ma Liang.

—Es demasiado. —Fang Chi observó la cantidad de comida, licor y cajas de suplementos para personas mayores; de esos tan sofisticados que sus abuelos no habían probado en su vida—. Con todo esto podrían abrir una tienda.

—Pues que la abran —se rio Ma Liang

A su familia le encantaba el ambiente animado. En cuanto Ma Liang y Hu Yuanyuan entraron en la casa, fueron recibidos con entusiasmo. El abuelo y la abuela empezaron a preparar comida de inmediato, no sin antes comentar, entre risas, lo curioso que era que todos los amigos de Fang Chi «eran ya gente adulta».

Ma Liang, aunque tartamudeaba, era mucho más conversador que Sun Wenqu, quien la mayoría del tiempo solo se sentaba en silencio a escuchar. Muy pronto, Ma Liang ya estaba platicando animadamente con el segundo tío y los demás, y con Hu Yuanyuan también en medio, la casa se llenó de un bullicio agradable.

Fang Chi fue llamado al patio por su madre.

—¿Son todos amigos tuyos?

—Mmm —asintió Fang Chi.

—¿Y tú dónde conociste a tanta gente así? —Su madre parecía un poco preocupada—. Sun Wenqu tiene toda la pinta de señorito adinerado y ese tal Ma Liang es muy generoso… ¿A qué se dedican?

—A la cerámica —respondió Fang Chi—. El padre de Sun Wenqu parece ser alguien muy importante.

—¿Cerámica? —Su madre no sabía mucho del tema y no supo qué más preguntar, solo añadió—: Ellos no son como nosotros, la gente común. Ten cuidado al hacer este tipo de amistades.

—… Ajá. —asintió Fang Chi.

El almuerzo de ese día fue bastante abundante. Por lo general, la cena solía ser la más completa, pero como Ma Liang y su esposa tenían que volver al condado en la noche, los abuelos prepararon todos sus platos estrella al mediodía.

Como de costumbre, Fang Chi se concentró en comer sin hablar mucho. Sun Wenqu tampoco dijo demasiado, mientras que Ma Liang, el segundo tío y su padre se divirtieron bebiendo.

Las palabras de su madre lo dejaron pensativo.

No son como nosotros.

No creía que eso fuera del todo cierto. Pero al recordar la presencia tan fuerte de Sun Wenqu cuando trabajaba en cerámica, la intensidad con la que se enfocaba, la forma en que todo su ser cambiaba, la distancia entre ellos se hacía evidente.

Volteó a mirar a Sun Wenqu, quien en ese momento mordisqueaba un muslo de pollo, quién, al sentir su mirada, lo miró a su vez.

—¿Está rico? —le preguntó Fang Chi.

—Mmm —respondió Sun Wenqu—. Tu abuela me dijo que los niños de tu familia no comen muslos de pollo.

—A mí no me gustan, prefiero las alitas —dijo Fang Chi.

—Entonces cómelas. —Sun Wenqu lo observó—. Hoy pareces tener poco apetito.

—No es eso. —Fang Chi sonrió un poco y bajó la cabeza para picar algo más del plato.

Después de comer, los demás se pusieron a jugar al mahjong. Hu Yuanyuan fue a la cocina a preguntarle al abuelo el secreto de su receta del cerdo estofado, mientras Sun Wenqu y Ma Liang subieron al segundo piso, probablemente a hablar de algo serio.

Fang Chi no tenía muchas ganas de jugar, así que se quedó en el sofá mirando a Chico jugar con su sombra en el patio.

Pasados unos treinta minutos, Sun Wenqu y Ma Liang bajaron de nuevo.

—Saldré a dar una vuelta con Liang-zi. —Sun Wenqu se acercó a Fang Chi y le revolvió el pelo de la coronilla con la mano—. ¿Vienes?

—No. —Fang Chi negó con la cabeza. Era evidente que tenían asuntos importantes que discutir y no quería entrometerse—. Pero no se alejen mucho y no tomen los caminos pequeños, que los lobos pueden llevárselos.

—… Entendido. —Sun Wenqu sacó un dulce de leche de su bolsillo y se lo puso en la mano antes de salir con Ma Liang.


 

—¿Qué hi… hicieron ustedes dos? —Ma Liang caminaba junto a Sun Wenqu por el sendero que llevaba a la montaña detrás del pueblo. Encendió un cigarrillo y le dio una calada.

—¿Mmm? —Sun Wenqu volteó a verlo.

—El chico e-está raro. —Ma Liang soltó una bocanada de humo.

—Tu boca puede no servir, pero tus ojos son muy astutos —dijo Sun Wenqu.

—¿Se, se acostaron? —preguntó Ma Liang. Luego de pensarlo un segundo, negó con la cabeza antes de que Sun Wenqu respondiera—. No parece.

Sun Wenqu sonrió sin decir nada.

—Pero algo pa-pasó —insistió Ma Liang, clavando la mirada en él mientras fumaba.

—¿Qué ves en mi cara? —Sun Wenqu giró el rostro hacia él.

—Nada —respondió Ma Liang—. En este aspecto eres todo un… un viejo zorro.

—Déjate de tonterías. —Sun Wenqu chasqueó la lengua. Caminó un par de pasos más y agregó—: No lo sé, no logro descifrar lo que piensa.

—¿Y tú sí tienes claro lo… lo que quieres? —preguntó Ma Liang con perspicacia.

—No se trata de eso —dijo Sun Wenqu—. Ya no soy un niño.

—¿No quieres jugar más? —Ma Liang lo miró—. ¿O ya no puedes… jugar?

—¡Tú no puedes hablar! —Sun Wenqu se rio—. ¿Así es como se supone que uno charla?

—Pensé que como Fang Chi era más ma-maduro —dijo Ma Liang, estirándose—, quizá te inte… interesaría. Antes decías que no… no te involucrabas con niños, pero después de tres-tres años de abstinencia, quién sabe, tal vez hayas cambiado de o-opinión.

—¿Más maduro en qué sentido? —Sun Wenqu sacó un dulce de su bolsillo y se lo llevó a la boca—. Y por maduro que sea, en cuestiones emocionales sigue siendo un mocoso. Si de pronto le abren la puerta a un mundo nuevo «¡boom!», las hormonas estallan y cualquier cosa puede pasar. Pero unos días después, cuando recapacite, todo habrá sido como humo que se desvanece.

—Hablas… por experiencia propia, ¿no? —Ma Liang lanzó una bocanada de humo al cielo.

Sun Wenqu no respondió. Incluso si se refería a su yo del pasado, era experiencia válida.

Caminaron un rato más y Ma Liang llevó la conversación de vuelta al asunto que los ocupaba. Aunque Sun Wenqu no quería asociarse, aparte del juego de té, Ma Liang todavía esperaba que diseñara otras cosas. No como socio, sino como colaborador temporal, a lo que accedió.

Sin embargo, la pregunta inesperada sobre Fang Chi había perturbado sus pensamientos. Tardó un poco en recuperar el hilo.

Sí, había algo.

Y sí, también habían hecho algo.

Pero el carácter de Fang Chi era difícil de descifrar: demasiado cauteloso. Uno podía notar cuándo se sentía incómodo, cuándo se avergonzaba o cuándo estaba de mal humor, pero era imposible discernir qué pensaba, qué deseaba o qué rechazaba.

Y él, en este momento, tampoco tenía la disposición mental para ir descifrándolo poco a poco.

Además, Fang Chi estaba a punto de enfrentar el examen de ingreso a la universidad.

Siguieron el camino por donde Fang Chi lo había llevado a correr aquel día y luego volvieron a casa.

Chico estaba en la entrada del patio, ladeando la cabeza mientras se rascaba. Sun Wenqu fue hasta ella y le dio un golpecito en la oreja. Chico, inmersa en su misión de rascarse, se asustó y dio un brinco, pero luego volvió moviendo la cola.

Hu Yuanyuan seguía en la cocina. Por lo que parecía, estaba aprendiendo bien del abuelo. Ma Liang también entró a hacerle compañía.

Al echar un vistazo a la sala, Sun Wenqu vio las dos mesas de mahjong, pero no a Fang Chi.

Subió las escaleras. Podía escuchar a Fang Hui hablando por teléfono en la habitación de Fang Chi, con bastante entusiasmo. Sun Wenqu abrió la puerta de su propia habitación.

Fang Chi estaba inclinado sobre el escritorio con sus grandes auriculares puestos, concentrado en su tarea.

Sun Wenqu se acercó por detrás y observó: trabajaba con seriedad, las hojas de borrador estaban llenas.

—Oye. —Sun Wenqu le dio un golpecito en el hombro.

—¿Mmm? —Fang Chi miró hacia atrás y se quitó los auriculares—. ¿Ya volvieron?

—Solo dimos una vuelta, hace mucho frío. —Sun Wenqu agarró a Sir Amarillo y lo usó como calentador de manos—. Ma Liang regresará al condado en un rato.

—¿Ya hablaron de lo que tenían que hablar?

—Más o menos. En realidad podríamos haberlo hecho por teléfono, pero con él es un suplicio. Cara a cara, no hace falta que termine una frase para que yo entienda lo que quiere decir. —Sun Wenqu sonrió—. Anda, sigue estudiando.

—Oh. —Fang Chi volvió a inclinarse sobre su hoja—. ¿A qué hora se va? Deberíamos acompañarlo, ¿no?

—No te preocupes por eso. Tú concéntrate en estudiar. —Sun Wenqu le dejó un caramelo encima del cuaderno—. Liang-zi no es un extraño, no hace falta tanta cortesía.

Fang Chi volvió a ponerse los auriculares y se sumergió de nuevo en sus ejercicios.

Era la primera vez en mucho tiempo que se concentraba tanto al repasar. Como si se hubiera tomado alguna poción mágica, tenía la mente en calma, escribiendo hoja tras hoja.

No fue hasta que Sun Wenqu le quitó los auriculares que levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué hora es? —preguntó, sorprendido por la oscuridad afuera.

—Pasadas las ocho. Hasta el programa de análisis de noticias terminó —respondió Sun Wenqu.

—¿Eh? —Fang Chi se quedó pasmado—. ¡Aún no he cenado! ¿Tú ya?

—Sí, justo detrás de ti —respondió Sun Wenqu con una sonrisa.

—¿Y por qué no me llamaste? —Fang Chi se tocó la barriga—. Tengo hambre…

—Es demasiado raro verte así de concentrado en estudiar. En todo el tiempo que te conozco, nunca había pasado —le explicó Sun Wenqu—. ¿No debía ayudar a que mantuvieras el ritmo? La abuela te guardó comida, un montón.

—Quiero comer fideos —dijo Fang Chi, poniéndose de pie. Solo entonces sintió el dolor en la espalda y la cintura. Se quedó un rato girando el cuerpo—. Ay, siento que se me va a partir la espalda.

—Antes de que se te parta, prepárame un poco de pasta de sésamo, ¿sí? —Sun Wenqu le presionó la parte baja de la espalda con la mano—. ¿Es aquí donde se te va a partir?

Fang Chi no dijo nada. Enderezó la espalda de golpe, pero enseguida se quedó tieso.

—¿Quieres que te dé un par de golpes? —Sun Wenqu tomó un libro y le dio unos golpecitos con el lomo en la espalda.

Fang Chi reaccionó, agarrándole la muñeca y girándose hacia él.

—¿Hmm? —Sun Wenqu lo miró.

—Yo… —Fang Chi le soltó la mano—. Voy a cocinar los fideos. Quieres la pasta de sésamo con leche, ¿no?

—Sí, con mucha leche y mucha azúcar. —Sun Wenqu asintió.

—Mmm. —Fang Chi salió de la habitación.

Sun Wenqu escuchó sus pasos, pero apenas había dado unos cuantos cuando oyó un estrépito en la escalera, como si los productos de Año Nuevo en el descanso se hubieran caído. A eso le siguieron unos ruidos sordos de algo rodando escaleras abajo.

—¡Ay, Dios mío! Fang Chi, ¿estás bien? —gritó Fang Yun desde abajo—. ¿Cómo es que te caíste?

Sun Wenqu se quedó paralizado un instante antes de salir corriendo de la habitación.

La escalera estaba cubierta de productos festivos esparcidos. Fang Chi acababa de levantarse allá abajo, se sacudió el pantalón, miró hacia arriba y chasqueó la lengua.

—Pisé mal. No pasó nada. —Después, sin detenerse, se dirigió al patio mientras murmuraba—: Un caballo puede tropezar, un perro puede caerse…

Sun Wenqu regresó a su habitación riendo a carcajadas.

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