XLV. CIERTO TEMPLE DE PERRO SALVAJE

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AQUELLOS DÍAS MUCHA gente regresaba a la ciudad y los autobuses apuraban el tiempo para recoger pasajeros. Apenas Fang Chi subió y se sostuvo, el autobús arrancó. No tuvo oportunidad de buscar asiento; primero se asomó por la ventana, pero solo alcanzó a ver el brazo de Sun Wenqu levantándose en un gesto de despedida antes de que el autobús se alejara.

Con algo de frustración, se fue abriendo paso hacia los asientos traseros mientras echaba otro vistazo por la ventanilla de atrás. A través del vidrio sucio apenas se distinguía una silueta borrosa parada junto al camino y una más pequeña que corrió tras el autobús un buen trecho.

Chico siempre hacía eso: corría tras el autobús durante un tramo y luego volvía sobre sus pasos.

—¿Te vas a sentar o no? Si no, pongo mis cosas —le dijo un señor que estaba al lado.

Solo había un asiento libre al fondo. El hombre había dejado su bolsa encima, pero al ver que Fang Chi se acercaba la retiró y la sostuvo en el regazo.

—Me sentaré —respondió Fang Chi, acomodando sus cosas en el pasillo antes de ocupar el lugar.

El hombre metió su bolso en el espacio entre ambos. Fang Chi colocó el transportín de mascotas entre sus pies y lo sujetó con cuidado para que no se deslizara. Luego bajó la cabeza y sacó el ostentoso MP3 de Sun Wenqu, conectó sus propios auriculares y lo encendió.

Las canciones que tenía Sun Wenqu en ese aparato… ya lo habían sorprendido —y traumatizado— el otro día. Para evitar sufrir otro encuentro con aquellos alaridos agónicos dignos de tortura medieval, primero bajó el volumen antes de colocarse los auriculares.

Era una pieza de guitarra, acompañada por un piano.

No sonaba nada mal. Fang Chi subió el volumen. Tenía que admitirlo: el reproductor era de una calidad superior. Se notaba bastante la diferencia con el suyo.

Se recostó en el asiento y cerró los ojos.

Al terminar la canción, se sintió relajado, pero por precaución —no fuera a aparecer de pronto un grito desgarrador— se apresuró a bajar el volumen otra vez. Sin embargo, la siguiente pista también era tranquila: flauta, lejanos redobles de tambor y el sonido de agua fluyendo.

Curioso, abrió la biblioteca de música. No tenía muchas canciones, quizás unas cuantas decenas, pero no encontró ninguna similar al death metal ensordecedor que había escuchado antes. Muchos títulos estaban en chino y por los mismos nombres se podía notar que eran piezas tranquilas.

Parecía que Sun Wenqu había cambiado toda la música.

Fang Chi sacó el teléfono y le envió un mensaje.

Fang Chi:

¿Cambiaste todas las canciones?

Dos minutos después, llegó una respuesta.

Sun Wenqu:

Por supuesto. Las anteriores podrían asustarte tanto que terminarías sacando el mejor puntaje nacional en los exámenes… y luego enloqueciendo de alegría como el señor Fan Jin.[1]

Venía acompañada de una foto de Chico, probablemente tomada cuando le ladraba a Sun Wenqu.

El momento estaba capturado con precisión: justo cuando Chico tenía el hocico abierto, enseñando los cuatro colmillos, con una expresión feroz. Aunque lo cierto es que se veía más fea que intimidante.

La habilidad fotográfica de Sun Wenqu era… impresionante. Fang Chi soltó una risita tonta que le duró un buen rato.

Cuando el autobús llegó a la ciudad, ya estaba oscureciendo. Fang Chi bajó con dos bolsas grandes y un transportín, tomó un taxi y regresó a su apartamento de alquiler.

Primero, llamó a su padre para avisar que había llegado, luego le envió un mensaje a Sun Wenqu.

Fang Chi:

Ya llegué.

 Todo está cubierto de polvo.

La respuesta no tardó.

Sun Wenqu:

Contrata un servicio de limpieza.

Fang Chi:

Qué despilfarro, me encargaré yo mismo.

En realidad, no había mucho que limpiar. En la casa no había gran cosa aparte de los muebles y electrodomésticos que venían con el alquiler. Las pertenencias de Fang Chi eran solo ropa, libros y algo de equipo de escalada y actividades al aire libre. Ni aunque quisiera podría desordenarla. Solo había que quitar el polvo.

Aun así, lo único que limpió fue la mesa y las sillas. El resto podía esperar. La cama la había cubierto con una sábana antes de irse. Solo tenía que quitarla y ponerla en la lavadora. El edredón lo había dejado al sol antes de marcharse; todavía olía bien.

Fang Chi liberó a Sir Amarillo del transportín. El gato dio unas vueltas por la casa y saltó al sofá, donde se enrolló en una bola. Fang Chi recogió todo rápidamente, se duchó, le dio de comer al gato y luego se preparó un tazón de fideos.

Mientras comía, su teléfono sonó. Lo recogió y vio que era una llamada de Xiao Yiming

—Feliz Año Nuevo —contestó.

—Feliz Año Nuevo —respondió Xiao Yiming con una risa—. ¿Ya volviste?

—Acabo de llegar, ¿por qué?

—Estoy con Xu Zhou y los demás por la escuela, ¿vienes? Xu Zhou invita.

Fang Chi dudó un segundo.

—Voy.

—Entonces te esperamos. Es en La Casa del Pescado Hirviendo, frente al campus —dijo Xiao Yiming antes de colgar.

Fang Chi había probado apenas un bocado de sus fideos. No quería desperdiciarlos, así que comió la mitad y le ofreció el resto a Sir Amarillo, pero el gato lo ignoró con desdén. Al final, tuvo que salir del edificio cargando el tazón.

Algún gato callejero o perro abandonado podría quererlo, pensó.

Pero tras diez minutos plantado soportando el viento helado, no apareció ni siquiera una rata . En cambio, se topó con la dueña del apartamento, que vivía en su mismo barrio y pasaba en coche. Al verlo con el tazón, bajó la ventanilla, sorprendida.

—Pero, Xiao-Fang ¿Estás… comiendo aquí?

—Ah… —Fang Chi se quedó perplejo.

—¿No se te congelaron los dedos? —le preguntó la casera.

—No… —Fang Chi bajó la mirada hacia los fideos en el tazón—. Quería dárselos a un gato.

—Tú sí que estás loco. —La casera se echó a reír—. Con este frío, ¿qué gato o perro va a estar por ahí? Ya deben estar escondidos hace rato. Anda, vuelve a casa.

—Oh. —Fang Chi se rascó la cabeza y volvió a subir, cargando su tazón.

Al final, los fideos se fueron al fregadero. Por suerte ya se había comido la carne… De haberlo sabido, se habría comido todo.

El restaurante La Casa del Pescado Hirviendo hacía honor a su nombre: un hervidero de voces y movimiento. Fang Chi miró alrededor sin lograr encontrar a nadie, hasta que, tras llamar a Xiao Yiming y seguir sus indicaciones, cruzó un pasillo y llegó a un salón privado al fondo, donde al fin divisó al grupo de Xu Zhou.

—¿Xu Zhou se hizo rico o qué? —Fang Chi se sentó al lado de Xiao Yiming.

—Es mi última locura. —Xu Zhou sonrió tras pedir la comida y soltó un suspiro—. La pesadilla está por comenzar.

—Tampoco exageres —dijo Xiao Yiming—. Mientras no te pongas metas inalcanzables, no pasa nada.

—Claro, puedes decir eso —replicó Xu Zhou, suspirando de nuevo. Xiao Yiming no era el primero de la clase, pero sí tenía buenas calificaciones—. Nosotros, los del montón, somos los que la pasamos mal. ¿A que sí, Fang Chi?

—¿Mmm? —Fang Chi sonrió—. Yo voy a darlo todo.

—¡Ay! —aplaudió Liang Xiaotao—. ¡Fang Chi por fin despertó! Qué emoción, me dieron ganas de llorar.

Fang Chi le entregó un pañuelo.

—Para tus mocos.

La mesa estalló en carcajadas.

—¿Acaso tienes algún objetivo ahora? —preguntó Xiao Yiming en voz baja entre bocado y bocado.

—¿Objetivo? —Fang Chi lo miró.

—Sobre universidades. Antes decías que no lo tenías claro —recordó Xiao Yiming.

—Ahora tampoco. —Fang Chi bebió un sorbo de sopa—. Primero aprobaré, luego veré. Total, si no saco buenas notas, da igual a dónde quiera ir.

—Cierto —asintió Xiao Yiming, pensativo—. Aunque yo creo que tú no vas a tener problemas… ¿Pasaste el Año Nuevo en casa de tus abuelos?

—Hum. No salí a ningún otro lado —Fang Chi asintió—. Como eran pocos días, me quedé todo el tiempo en casa. Ah, por cierto, mi abuela me mandó comida para ti. Mañana te la llevo a la escuela.

—¿Hay salchichas? Me encantan las que hace tu abuelo —dijo Xiao Yiming, sonriendo.

—Sí, hay salchichas y otras cosas también. Siempre se acuerdan de ti —respondió Fang Chi con una risa.

Xiao Yiming lo miró, como si quisiera añadir algo pero se contuviera.

—¿Qué pasa? —Fang Chi lo miró.

—Nada —dijo Xiao Yiming, sosteniendo su mirada—. Solo que… pareces distinto tras estos pocos días de fiestas.

—¿Más guapo? —bromeó Fang Chi.

—Ni cerca de mi nivel. —Xiao Yiming soltó una carcajada—. No sé cómo explicarlo, diferente. No es como otros años, cuando volvías hecho polvo.

—Esta vez no golpeé a Fang Hui, así que no desperdicié energía. Me siento lleno de vitalidad —explicó Fang Chi.

—¿Todavía sigue igual de insoportable? —Xiao Yiming suspiró—. Si alguien decide dedicar su vida a ser un idiota, es difícil sacarlo de ahí.

Fang Chi se echó a reír.

—Será su vocación.

Después de cenar, no hicieron ningún otro plan: uno por uno fueron llamados de vuelta a casa por las insistentes llamadas de sus padres.

Fang Chi y Xiao Yiming esperaban juntos en la parada del autobús. Hacía mucho frío, todos los taxis estaban ocupados y las pocas veces que aparecía uno vacío, al menos cinco o seis personas se lanzaban sobre él al mismo tiempo.

—Toma, para que juegues. —Xiao Yiming sacó una cajita del bolsillo y se la pasó.

—¿Qué es? —Fang Chi la tomó y la revisó. Era un encendedor—. ¿Lo compraste tú?

—Se lo regalaron a mi papá. Como ya tiene varios, lo conservé yo. Puedes quedártelo. —Xiao Yiming sonrió.

—Estoy dejando de fumar. —Fang Chi se rio—. ¿Qué clase de amigo eres?

—Es para coleccionar, no para encender cigarrillos —dijo Xiao Yiming, ajustándose el cuello de la chaqueta—. Antes coleccionabas un montón, ¿no? Este es una edición especial.

—Gracias. —Fang Chi guardó la cajita en su bolsillo—. Todavía te acuerdas de eso, ¿eh?

—Tengo buena memoria. —Xiao Yiming se apoyó contra el poste de la parada.

En ese momento, el teléfono de Fang Chi vibró. Al revisarlo, vio un mensaje de Sun Wenqu: «Tu abuela encontró un pantalón que dice que es tuyo y se empeña en enviártelo».

Fang Chi se quedó un momento en blanco. Solo había llevado dos pantalones a casa de sus abuelos y ambos estaban de vuelta con él. ¿De dónde saldría otro par olvidado?

Con pereza de escribir por el frío, respondió con un mensaje de voz: «No debe ser mío. Traje los míos conmigo».

Enseguida, Sun Wenqu respondió con otro mensaje de voz, riéndose con fuerza: «¡Tu abuela dice que te lo ha visto puesto! ¿No será de cuando eras niño? Es súper ajustado y tiene un diseño bastante… peculiar».

Junto al mensaje, le envió una foto. Cuando Fang Chi la vio, puso cara de asco al instante. «¡Es de Fang Hui! ¿Cómo se supone que me meta en este pantalón de pollo raquítico? Dile a mi abuela que lo tire. O que lo use de cama para el perro, lo que sea, ¡pero que lo bote ya!».

Xiao Yiming, al oírlo, lo miró con curiosidad.

—¿Tu papá ya usa WeChat contigo?

—No. —Fang Chi seguía indignado por el hecho de que Fang Hui hubiera metido esos trapos en su armario y, sin pensar, respondió—: Es un amigo.

—¿Un amigo? ¿Está viviendo en casa de tus abuelos? —Xiao Yiming se sorprendió.

—Ajá… —Recién entonces Fang Chi cayó en cuenta de lo que había dicho.

—… Oh. —Xiao Yiming asintió con la cabeza y no volvió a hablar.

Ambos se quedaron en silencio. El autobús no llegaba, así que se quedaron mirando las tiendas al otro lado de la calle. Fang Chi quiso decir algo para explicarse, pero no sabía ni por dónde empezar. ¿Qué había que explicar? Solo era un amigo que se quedaba en casa de sus abuelos en el campo. ¿Explicar eso?

Pero si no decía nada… Fang Chi miró a Xiao Yiming y sintió que algo no estaba bien.

—¿Es el amigo que te llevó la mochila a la escuela la última vez? —preguntó Xiao Yiming de repente.

Fang Chi lo miró en silencio. Qué buena memoria tenía este tipo. Nunca había notado cuánto retenía los detalles…

—Mjm, es él —admitió al fin.

—Ah. —Xiao Yiming volvió a mirar las tiendas de enfrente.

Fang Chi chasqueó la lengua.

—¿Y ese «ah» qué quiere decir?

—Solo «ah, ya veo». —Xiao Yiming sonrió.

—¿Ah sí? ¿Y qué es lo que ya ves? —Fang Chi sentía que mientras más hablaban, más confuso se volvía todo. Aunque, si lo pensaba bien… tampoco era para tanto.

—Quizá me estoy imaginando cosas. —Xiao Yiming aspiró el aire frío, echó un vistazo al tráfico y le dio una palmada en el hombro—. Ahí viene el autobús.

Subieron juntos, abriéndose paso hasta la parte trasera del vehículo.

Imaginando cosas.

Imaginando nada.

Fang Chi miró por la ventana, observando cómo las luces se alejaban lentamente. Su estado de ánimo ahora mismo era… complicado.

Xiao Yiming era muy sensible a estos asuntos, pero él prefería que nadie lo supiera. Ni siquiera Xiao Yiming, a pesar de que entre ellos no se ocultaban nada: aunque hubieran tenido sus diferencias en el pasado, seguía siendo su amigo de confianza.

Aun así, le daba vergüenza.

No solo por haber rechazado a Xiao Yiming de manera tan grosera en el pasado, ni porque al final hubiera tenido que admitir que, en el fondo, eran iguales en eso…

Era un desastre.

—Este semestre mi madre quiere que me inscriba a clases complementarias —susurró Xiao Yiming a su lado—. ¿Quieres unirte? Podría ayudarnos.

—¿Clases complementarias? —Fang Chi se sorprendió por el repentino cambio de tema de Xiao Yiming. Tardó un segundo en reaccionar—. ¿Cuándo?

—Los fines de semana y los lunes y miércoles por la noche —dijo Xiao Yiming—. O puedo ir primero y ver qué tal. Si vale la pena, puedes venir luego.

—Está bien —asintió Fang Chi.

—Este medio año, mejor enfocarse y dejar de lado las distracciones —dijo Xiao Yiming, chasqueando la lengua—. Si los resultados no son buenos y hay que repetir otro año, será un infierno.

—Mmm. —Fang Chi sonrió.

No estaba seguro si Xiao Yiming lo decía por él mismo o por él, pero esas palabras se parecían bastante a lo que le había dicho Sun Wenqu… Fang Chi se sujetó del pasamanos colgante del autobús y sacó su teléfono. No había nuevos mensajes de Sun Wenqu.

¿Estaría durmiendo?

¿Trabajando?

Al volver a casa, la noche ya estaba bien entrada. En lugar de repasar sus apuntes, Fang Chi fue derecho a la cama y se tumbó cara a cara con Sir Amarillo.

—Buenas noches —le dijo al gato.

Sir Amarillo se estiró con pereza, le empujó la cara con la pata y luego volvió a acurrucarse en la almohada.

Fang Chi permaneció acostado un rato, pero al final tomó su teléfono y le envió un «buenas noches» a Sun Wenqu.

Adjuntó una foto de Sir Amarillo hecho bolita en la almohada.

Unos minutos después, Sun Wenqu le respondió también con un «buenas noches», acompañado de la misma imagen de Chico enseñando los colmillos. Fang Chi la miró y se rio un buen rato, casi perdiendo el sueño de tanto reír.

* * *

Las clases de refuerzo comenzaron. El primer día aún se percibían vestigios del ambiente del Año Nuevo: compañeros con las caras más redondas por los banquetes, otros comparando cuánto dinero recibieron de los mayores, algunos lamentándose de que las vacaciones hubieran durado lo mismo que un fin de semana normal…

Pero dos días después, todo rastro festivo se había desvanecido por completo. Volvieron los días sepultados entre montañas de libros, entre clases interminables y cabezadas furtivas.

Fang Chi hizo un esfuerzo consciente para dejar de ser parte del grupo que dormitaba en clase. Sun Wenqu tenía razón. En su casa no había nadie que le exigiera nada, nadie que esperara algo de él, salvo su abuela, que soñaba con ver a su bisnieto…

Graduarse, regresar al pueblo, ayudar en la tienda, conseguir… una novia, casarse, tener hijos. No hacía falta que lograra nada importante. Con que estuviera sano y salvo era suficiente.

Pero eso no era lo que él quería. Aunque no sabía con claridad qué deseaba, estaba seguro de que no era una vida que lo sumía en un profundo temor y desesperación solo de imaginarla. Así que no le quedaba más que esforzarse al máximo.

Los del curso empezaban a dividirse en dos extremos: los que querían presentar batalla, cada vez más decididos, y los que solo venían a calentar el asiento, cada vez más despreocupados.

Cuando Fang Chi se inclinaba sobre su escritorio en la hora de autoestudio, a menudo pensaba en Sun Wenqu. Sobre todo cuando se trababa con algún ejercicio, tenía el hábito de dejarlo en blanco.

Pero ya no contaba con Sun Wenqu para explicarle. Ahora solo podía resolver los ejercicios como pudiera y luego repasarlos, o preguntarle a Liang Xiaotao. Ella era una buena amiga; sin importar qué tan ocupada estuviera, si Fang Chi le preguntaba algo, siempre se detenía a explicarle.

Aunque, en cuanto a habilidad para enseñar, Sun Wenqu era insuperable. Con solo unas frases sencillas lograba aclararle cualquier duda.

Después de clase, se iba caminando a casa con Xiao Yiming. Todos los días se compraban un paquetito de castañas dulces. A Fang Chi no le apasionaban particularmente, pero Xiao Yiming era adicto, así que por costumbre, siempre las comía con él.

—El profesor de física que da las clases es de la prepa 1. Es muy bueno. Ya fui dos veces y me pareció que explicaba muy bien —comentó Xiao Yiming, mientras pelaba una castaña—. ¿Quieres venir a escuchar? Dijo que se puede asistir a una clase de prueba.

—De acuerdo, ¿cuándo? —Fang Chi asintió.

—Mañana, justo hay clase —respondió Xiao Yiming.

—Está bien.

Al llegar a casa, para su sorpresa, Sir Amarillo no había empujado su plato ni esparcido el alimento por el suelo como de costumbre. En cambio, estaba enroscado dentro de una pantufla.

—¿Estás enfermo? —Fang Chi dejó caer su mochila y lo levantó para examinarlo. Parecía activo, con la nariz y los ojos normales—. ¿Por qué tan dócil hoy?

Rompiendo todos sus precedentes, Sir Amarillo no sacó las garras mientras lo tenía en brazos; incluso se agarró a sus dedos.

—¿Tienes miedo de la cirugía? —Fang Chi chasqueó la lengua—. Te advierto que no caeré en tus trucos.

Sir Amarillo trepó por su brazo hasta su hombro y, cuando Fang Chi se sentó en el sofá para quitarse las zapatillas, se metió dentro de su chaqueta.

—¿Eh? —Esta vez, Fang Chi estaba genuinamente sorprendido—. ¿Qué te pasa ahora?

Por supuesto que Sir Amarillo no iba a contestar, pero se quedó quieto dentro de la chaqueta, lo cual hizo que Fang Chi no pudiera quitársela. Tenía miedo de que si lo hacia, ese gato se pusiera agresivo por no tener dónde hacerse bolita.

Tras dudar un rato, entró al dormitorio con el gato en brazos, se cambió rápidamente a una camiseta sin mangas y se puso una sudadera encima antes de recolocar a Sir Amarillo dentro de su ropa.

El gato permaneció quieto, relajado, sin mostrar intención de atacar.

Fang Chi lo miró durante un largo rato antes de suspirar con suavidad.

—¿Extrañas a Sun Wenqu?

Revisó su teléfono. Desde aquel intercambio de «buenas noches», no había contactado a Sun Wenqu. En parte porque no había motivo, no sabía qué decir. Su día a día no tenía mucho cambio: escuela y esta habitación; clases, recreo, libros, estudiar, tareas, dormir. Nada fuera de lo común, nada que contar.

Pero, más que nada… porque Sun Wenqu tampoco había vuelto a escribirle.

* * *

Sun Wenqu llevaba casi una hora contemplando la tetera sobre la mesa. Aunque no había mirado el reloj, podía estimar el tiempo.

No tenía claro si esa tetera transmitía lo que esa persona deseaba. Pero sí representaba, con exactitud, lo que él quería expresar.

Diseño simple. Colores simples. Tan simple que parecía no tener nada especial. Pero cada curva, cada línea, cada tonalidad, era fruto de innumerables modificaciones y correcciones.

No diría que dejó su «alma» en ello, pero sin duda sí el corazón.

Su teléfono sonó.

Sun Wenqu se acomodó en la silla reclinable y lo revisó. Si se trataba de Ma Liang, no habría enviado un mensaje. Entonces, solo podía ser Fang Chi.

Era un mensaje de voz: «Parece que Sir Amarillo te extraña».

También se incluía una foto.

Lo primero que vio Sun Wenqu fueron los marcados pectorales de Fang Chi bajo la camiseta sin mangas. Solo después notó al verdadero protagonista de la imagen: Sir Amarillo, acurrucado dentro de la sudadera de Fang Chi.

Sun Wenqu se aclaró la garganta y tosió levemente antes de responder con otro mensaje de voz: «¿O será que al fin lograste ablandarlo».

«Ni idea, de repente se puso así hoy, en plan mariquita». Fang Chi esta vez optó por escribir en lugar de grabar otro audio.

Sun Wenqu sonrió. Levantó el teléfono, se tomó una foto al azar y se la envió.

«Que esta imagen mitigue el dolor de separación que agobia a Sir Amarillo».

Del otro lado, Fang Chi no respondió de inmediato. Sun Wenqu se balanceó suavemente en la silla, con la mirada en la tetera sobre la mesa. Solo le faltaban unas tazas a juego. Si las terminaba en estos días, la colección estaría completa.

Después vendrían los otros dos diseños que Ma Liang le encargó. No había restricciones ni instrucciones, solo un tema: «La espera».

«Qué artístico», Sun Wenqu chasqueó la lengua con desdén.

¿Qué clase de espera?

¿Esperar qué?

¿El estado de ánimo al esperar?

¿El proceso de la espera?

¿O el resultado de haber esperado?

Su teléfono sonó Fang Chi había mandado otro mensaje: «Se lo mostré a Sir Amarillo, ahora está durmiendo».

Sun Wenqu se rio un buen rato con el teléfono en la mano antes de responder con un mensaje de voz: «Extraño tu chocolate y tu pasta de sésamo. Envíame una foto tuya también».

«Yo no soy pasta de sésamo ni chocolate», respondió Fang Chi.

«Eres su embajador oficial. Mándame una de frente, sonriendo, que se vean esos hoyuelos».

Fang Chi volvió a quedarse en silencio. Sun Wenqu bostezó, dejó el teléfono y bajó las escaleras.

Los abuelos ya dormían. Solo Chico seguía en la sala. Después de que los familiares se marcharan, el abuelo había movido su cama junto al sofá, donde era más cálido.

Sun Wenqu se acercó. Chico levantó la cabeza y movió la cola al verlo.

—¿Sabes? Tu hermano me extraña —le dijo, dándole un toquecito en la frente. Luego suspiró.

Hacía demasiado frío esa noche. Sun Wenqu se lavó rápido, omitió la ducha y regresó arriba.

La pantalla de su teléfono estaba iluminada. Al mirarla, vio un nuevo mensaje de Fang Chi.

Una foto suya sonriendo. De frente. Con los hoyuelos visibles.

Sun Wenqu sonrió al verla. Fang Chi, ya fuera por vergüenza o por forzar la sonrisa, no lucía su habitual aire tonto y despreocupado. En cambio, una esquina de su boca se curvaba hacia arriba, mostrando un dejo de terquedad y… cierto temple de perro salvaje.

«Nada mal», pensó Sun Wenqu mientras guardaba la foto en su galería.

Luego abrió el calendario y lo revisó.


 

Notas:

[1] (范进中举 – Fàn Jìn zhòng jǔ) es una referencia clásica de la novela satírica 《儒林外史》 de la dinastía Qing (1750), escrita por Wu Jingzi. Describe a Fan Jin, un erudito pobre que tras décadas de fracasos, aprueba el examen imperial y enloquece de alegría (literalmente, se vuelve loco por la emoción).

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