XLVI. ACUÉSTATE. A-CUÉS-TATE. ACUÉSTATE

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DESPUÉS DEL INICIO del semestre cayeron otras dos nevadas. Hacía un frío terrible.

Fang Chi revisaba a diario los parterres junto a la calle, preguntándose cuándo llegaría la primavera y cuándo vería asomar alguna flor. Sin embargo, esas plantas seguían sin dar señales de vida.

Poco a poco, Fang Chi fue estableciendo una rutina: clases, estudio nocturno y tres veces por semana acudía a clases complementarias con Xiao Yiming. El profesor Li ya había hablado con él dos veces, expresando lo satisfecho que estaba con su progreso.

Aun así, aunque podía soportar el esfuerzo, para un perro salvaje que creció en el campo sin haberse tomado nunca los estudios en serio, este tipo de vida resultaba realmente monótona y asfixiante.

Su única distracción eran esas charlas intrascendentes con Xiao Yiming camino a casa después de clases. Como antes. Xiao Yiming, en realidad, hablaba mucho; en sus conversaciones era él quien solía llevar la voz, mientras Fang Chi escuchaba a su lado.

Al principio, cuando su relación recién empezaba a suavizarse, hablaban poco. Fang Chi todavía menos. A menudo se quedaban en blanco tras un par de frases. Pero ahora las cosas fluían mucho mejor. Fang Chi sentía que mientras no mencionaran lo que pasó antes, ni a ese «amigo» que le había llevado la mochila y que ahora vivía en casa de sus abuelos, todo iría bien entre ellos.

Él no podía mostrarse tan tranquilo como Xiao Yiming. No entendía cómo este y Sun Wenqu lograban actuar con tanta naturalidad.

Pero tampoco podía preguntar.

Porque él no estaba tranquilo.

Un nudo muerto.

—¡Puaj! —Xiao Yiming escupió una castaña al suelo—. Esta estaba mala. Y yo que decía «guau, qué grande».

Fang Chi se rio por lo bajo.

—Vamos a reclamar una compensación.

—Eso —asintió Xiao Yiming, pelando otra mientras hablaba—. Tenemos que exigir una compensación.

—Vamos. Exijamos esa compensación —apoyo Fang Chi, caminando mientras masticaba con entusiasmo.

—¡Como mínimo que nos compensen con diez castañas!

—¿Solo diez? ¡Mínimo veinte!

—Ajá, vamos.

—Vamos, vamos.

Después de todo el discurso, ninguno se giró ni fue a pedir nada, siguieron comiendo en silencio hasta que, al rato, Xiao Yiming lo miró de reojo.

—¿Vas a celebrar tu cumple este año?

—No —respondió Fang Chi—. A estas alturas, ¿quién celebra cumpleaños?

—Bueno, entonces no —asintió Xiao Yiming—. Ya celebraremos los veinte a lo grande el próximo año.

—Pero el regalo sí que lo quiero —dijo Fang Chi.

Xiao Yiming sonrió.

—¡Eso seguro! Una cosa es que no haya fiesta, pero si ni siquiera hay regalo, ya sería demasiado abuso.

Durante este período de tiempo, su contacto con Sun Wenqu seguía igual: escaso. Apenas unas pocas palabras por semana. Pero al menos, con él allí, facilitaba que sus abuelos lo contactaran.

Después de separarse de Xiao Yiming en la bifurcación, Fang Chi se puso los auriculares, dispuesto a correr un rato, cuando su teléfono sonó en su bolsillo.

Lo sacó. Al ver el nombre de Sun Wenqu en la pantalla, inconscientemente dio un pequeño brinco.

—¿Ya saliste de clases? —preguntó la voz de Sun Wenqu.

—Sí —respondió Fang Chi.

—¿Cómo estuvo el día?

—Igual que siempre —suspiró Fang Chi—. Todos los días son iguales. Mañana tengo clases complementarias.

—La última vez dijiste que ese profesor explicaba bien, ¿no? —Sun Wenqu se rio.

—No está mal, casi igual que tú. —Fang Chi sonrió—. Al menos, entiendo lo que dice.

—Entonces está perfecto —dijo Sun Wenqu—. La abuela quiere hablar contigo.

—Mmm —asintió Fang Chi.

La abuela no tenía nada importante que decir, solo preguntó si estaba comiendo bien, si se estaba alimentando suficiente, si había comprado suplementos nutricionales. Fang Chi le respondió todo con monosílabos afirmativos, siguiéndole el ritmo. El abuelo fue el siguiente en ponerse al teléfono.

El abuelo no hablaba de esas cosas, solo charló animadamente sobre sucesos divertidos de los últimos días: alguien que compró un coche nuevo y lo estrelló contra la pared del patio en su primer intento de conducirlo, vecinos que se habían agarrado a golpes durante una pelea, cosas así.

Fang Chi escuchaba riendo, sintiendo una extraña calma interior.

Pero cuando el abuelo terminó de hablar y dijo que iba a preparar la cena, colgó antes de que Fang Chi pudiera pedirle que le pasara el teléfono a Sun Wenqu. Y esa calma recién encontrada se le fue un poco.

Sun Wenqu no tardó en volver a llamar.

—Tu abuelo me está ayudando a ahorrar crédito —dijo.

—Todavía vive en los tiempos de las tarifas de larga distancia de un yuan y medio el minuto —se rio Fang Chi.

—Oye, dime una cosa —dijo Sun Wenqu—. ¿Cómo se hace esa pasta de sésamo? Vi que todavía hay sésamo y quiero preparar un poco para un refrigerio nocturno.

—… Mejor dile a mi abuelo que la haga por ti —respondió Fang Chi, sin ninguna fe en que Sun Wenqu pudiera hacerlo solo.

—No debe ser tan difícil. El sésamo ya está molido —insistió Sun Wenqu.

—También lleva harina de arroz glutinoso. —Fang Chi dudó un momento—. Mira… ponle dos cucharadas de harina de arroz, cinco de sésamo molido y un poco de azúcar. Hierve la leche y agrégala. Si no tienes leche, usa leche en polvo y agua caliente.

—Perfecto —dijo Sun Wenqu. Del otro lado se oyó un bip.

—¿Qué fue eso? —Fang Chi se quedó atónito.

—Una grabación. Lo grabé, si no no podría recordarlo —respondió Sun Wenqu.

—… Todavía creo que deberías dejar que mi abuelo lo haga. Tengo la sensación de que cualquier cosa que cocines terminará provocando dolor de estómago —dijo Fang Chi.

—Te enviaré una foto cuando termine —se rio Sun Wenqu.

Esa noche, mientras Fang Chi estaba encorvado sobre el escritorio terminando la tarea que no había podido acabar durante el autoestudio, recibió un mensaje de Sun Wenqu con una foto adjunta: un tazón de pasta de sésamo.

Fang Chi se quedó mirándola un rato antes de enviarle un mensaje de voz: «¿Por qué le pusiste aceite de sésamo?».

«Pobres dioses y fantasmas, a esos ojitos tuyos no se les escapa nada, ¿eh?», respondió Sun Wenqu, también por audio. «Eso es miel. Le agregué una cucharadita de miel».

«Ah, bueno. Parece comestible».

«Voy a comer. Tú acuéstate temprano. Buenas noches».

«Buenas noches».

Fang Chi dejó el teléfono a un lado. Pasó un rato y volvió a tomarlo. Abrió de nuevo la foto de la pasta de sésamo y se quedó mirándola.

Esa foto la había tomado Sun Wenqu con el tazón en la mano. Fang Chi pasó un buen rato observando la forma en que su pulgar se curvaba sobre el borde del recipiente.

Sun Wenqu era bastante meticuloso. Sus uñas estaban bien recortadas, limpias, con un suave tono rosado saludable.

Bonitas.

Fang Chi deslizó el dedo hacia atrás en la pantalla. La foto anterior era esa que Sun Wenqu le había enviado a Sir Amarillo ese día para «mitigar el dolor de separación». En ella, aparecía Sun Wenqu recostado en la silla reclinable, con la cabeza algo ladeada, los dedos apoyados en la sien y una leve sonrisa en los labios.

La toma era casual —Sun Wenqu siempre tomaba fotos despreocupadas—, pero de algún modo transmitía una calidez reconfortante.

Fang Chi suspiró suavemente, dejó el teléfono a un lado y se puso los auriculares.

Los días pasaban. En clase, los profesores ya casi no explicaban nada, solo había ejercicios, ejercicios sin parar. Fang Chi pasaba todo el tiempo enterrado entre montones de exámenes y bancos de preguntas. No solo ya no hablaba durante las clases de autoestudio, sino que cada vez hablaba menos incluso con Liang Xiaotao, que se sentaba a su lado.

Lo único que mantenía era la pequeña charla diaria con Xiao Yiming cuando volvían juntos a casa. De por sí ya solía quedarse sin saber qué decir, pero ahora sentía que hasta su capacidad de hablar se estaba atrofiando.

Una tarde, al salir de clases, fue al supermercado a comprar fideos. La cajera le preguntó si tenía tarjeta de membresía. Mientras se la pasaba, se quedó callado tanto rato que, cuando ella ya se la había escaneado y devuelto, soltó al fin:

—No tengo.

La cajera se rio  un buen rato.

Así pasaban los días…

Fang Chi chasqueó la lengua.

En ese tiempo, Sun Wenqu no volvió a llamarlo, tampoco sus abuelos. Se sentía algo vacío. No estaba seguro de si era porque extrañaba a sus abuelos… o a Sun Wenqu. Pero si pensaba en llamarlo, era como siempre: no sabía qué decir. Cuando estaban cara a cara podían pasar horas hablando sin rumbo, pero por teléfono… era distinto.

Qué frustrante.

* * *

—¿Cu-cuándo volverás al pu-pueblo? —preguntó Ma Liang desde el sofá.

—Mañana. —Sun Wenqu miró el calendario—. Mañana temprano. ¿Me llevas?

—No. —Ma Liang le arrojó las llaves del auto—. Co-conduce tú.

—¿Y dónde lo dejo cuando llegue? —Sun Wenqu chasqueó la lengua.

—¿En el pa-patio trasero? —dijo Ma Liang—. La e-entrada de atrás de su casa es… e-enorme.

—Ya veremos. —Sun Wenqu tiró las llaves sobre la mesa—. Vamos a comer. No salgas por la tarde, tenemos que discutir los próximos diseños.

—No hay nada que di-discutir. Haré lo que di-digas.

—No se trata de eso. —Sun Wenqu le lanzó una mirada—. Aunque se haga como digo, igual tienes que entender mi enfoque.

—Hum. —Ma Liang asintió.

—Acabemos antes de las cinco, tengo planes esta noche —añadió Sun Wenqu.

Ma Liang lo miró de reojo.

—¿Mil leguas de viaje en bu-busca de tu hijo?

—Hoy es su cumpleaños —dijo Sun Wenqu—. Ya que estoy aquí, lo invitaré a comer.

—¿Seguro que po-podrás… salir temprano ma-mañana? —Ma Liang se rio.

—Viejo verde. —Sun Wenqu lo señaló—. Tu esposa debió haber tenido los ojos vendados para fijarse en ti.

—No dudo… de ti. —Ma Liang dejó de reír—. Me preocupa que él no pu-pueda aguantarse… y tú no puedas co-con él.

A Sun Wenqu le dio tanta risa que se desplomó en el sofá, riéndose a carcajadas.

—Si tuviera los huevos, ya lo habría hecho hace tiempo, ¿no crees?

—Vamos a co-comer —dijo Ma Liang, levantándose. Le lanzó el abrigo encima.

Al mediodía, no fueron a ningún restaurante elegante. Comieron una olla mongola de cordero[1] en una callecita junto al estudio.

Después de comer, volvieron directo al estudio. Sun Wenqu dejó su carpeta sobre la mesa, sacó una docena de bocetos y los extendió sobre el escritorio.

—Ay… —Ma Liang se frotó los ojos—. Deberías aprender a usar…

—No voy a aprender. Si no te gusta, dile a alguien que los digitalice y los ves con calma. —Sun Wenqu ordenó los diseños por número—. Por ahora, escucha lo que quiero decir.

—En este se-sentido —dijo Ma Liang, sonriendo—, eres igual al anciano.

—A mí me da demasiada pereza aprender. —Sun Wenqu apoyó las manos sobre la mesa—. Él no tiene la capacidad de aprender.

Ma Liang asintió con una sonrisa.

Sun Wenqu no dio más rodeos y comenzó a explicar sus ideas señalando los diseños:

—No sé de dónde sacaste un tema tan cursi como «La espera». Me empalaga solo con decirlo. Esto es lo que pienso…

Ma Liang se inclinó sobre la mesa para observar los bocetos.

—Tendría que mostrarse como una serie completa. —Sun Wenqu señaló los dibujos—. Al principio pensé en algo directo, como la estatua Wangfu,[2] pero no tenía gracia. Esperar es algo que tiene que sentirse. No solo decirse. ¿Qué esperamos? ¿Cómo lo esperamos?

—Ajá —asintió Ma Liang.

—Esperar el amor es lo más fácil de representar —siguió Sun Wenqu—. Pero es trillado y sin originalidad. Sería mejor: esperar a que crezcas.

—Crecimiento. —Ma Liang levantó el pulgar de inmediato.

Sun Wenqu también le devolvió el gesto con el pulgar. Ma Liang siempre entendía lo que él quería decir a la primera.

Cuando Sun Wenqu entraba en modo trabajo, podía ser bastante particular. Sus palabras, sus ideas, su forma de expresarse necesitaban un oyente que no lo interrumpiera, o que si lo hacía, fuera en el momento justo.

Era su pequeña peculiaridad, pero en ese aspecto, Ma Liang siempre lograba acompasarse con él. Cada vez que lo interrumpía, sus preguntas eran certeras.

Esa sensación le gustaba. Era mucho más agradable que comunicarse con su padre.

Claro que, en realidad, él nunca había tenido una comunicación así con su padre. Lo usual era que, apenas abría la boca, él agitara una mano con desinterés: «No me vengas con esas tonterías».

Y así, sin importar cuántas ideas tuviera, ya no podía seguir hablando.

En esta ocasión, sus ideas eran solo eso, ideas, y los bocetos meras conceptualizaciones, así que no tardó demasiado. Apenas dos vasos de agua y ya casi había terminado de explicarlo.

—Es factible —respondió Ma Liang, con solo dos palabras.

—Entonces sigo adelante.

—Podemos fi-firmar un acuerdo preliminar…

—No —lo interrumpió Sun Wenqu. Esa tensión entusiasta que había tenido antes ya se había desvanecido. Volvió a su estado relajado, acurrucado en el sofá—. Solo te estoy ayudando.

—Al menos una compensación. —Ma Liang frunció el ceño.

—Lo veremos luego. —Sun Wenqu sonrió—. Todavía no lo he pensado bien. No lo hagamos tan formal, que parece que vamos a montar una sociedad.

—¿Qué vas a pensar? Ni que te estuviera pidiendo que vendas tu cu-cuerpo —suspiró Ma Liang—. Bueno, como qui-quieras.

Hablando de venderse, Sun Wenqu recordó a Fang Chi. Tomó su teléfono y miró la hora.

—Tengo que irme.

—¿A la escuela? —Ma Liang lo miró.

—Ajá. —Sun Wenqu se levantó, se puso el abrigo y recogió los papeles de la mesa.

—¿Se lo… dijiste? —le preguntó Ma Liang.

—No. Si le avisaba, podía distraerlo de sus estudios —respondió Sun Wenqu—. Le daré una sorpresa. Mañana ya me voy. Siento que ha estado bastante agobiado con la escuela estos días.

—¿Y vas a ayudarlo vas a li-liberar tensiones? —Ma Liang sonrió con expresión ambigua.

—Te juro que un día le voy a decir a Hu Yuanyuan que no me dejas en paz y me acosas todos los días. —Sun Wenqu se echó a reír—. Me voy, cualquier cosa me llamas.

—Ajá —asintió Ma Liang. Luego lo pensó un momento, lo llamó antes de que saliera y sacó una caja de regalo de un gabinete—. Llévale e-esto a mi so-sobrino.

—¿Qué es? —Sun Wenqu la recibió.

—Pastillas de ginseng —dijo Ma Liang—. Para me-mejorar la concentración.

—Entonces me vendrían mejor a mí.

—Qué… caradura, robándole al ni-niño. —Ma Liang lo miró con desprecio.

—¿No tienes más? Dame una caja. —Sun Wenqu también lo miró con mala cara—. Robarte a ti no cuenta, ¿verdad? Al fin y al cabo no eres un niño, gege Liang-zi.

—Desvergonzado. —Ma Liang sacó otra caja del gabinete y se la dio.

—Me voy. —Sun Wenqu sonrió, tomó la caja y salió.

Cuando llegó con el auto frente a la escuela de Fang Chi, era justo la hora de salida. Sin embargo, los de último año parecían aún no haber salido. Sun Wenqu estacionó en una zona temporal frente al portón y miró hacia la entrada a través de la ventanilla.

Pasada media hora, cuando los de primero y segundo ya se habían ido, empezaron a salir los de tercero. Era fácil reconocerlos: todos con cara de agotamiento, como si acabaran de sobrevivir un día entero sin tregua, caminaban más despacio que los estudiantes de grados inferiores.

Sun Wenqu bajó del auto, metió las manos en los bolsillos y se apoyó en la puerta.

Cuando Fang Chi salió, lo reconoció de inmediato: era imposible no verlo con esos auriculares alrededor del cuello.

A simple vista, Fang Chi parecía estar en mejor estado que sus compañeros. Aunque se notaba el cansancio en su rostro, caminaba erguido, hablando y riendo con un amigo.

Muy guapo.

Sun Wenqu sacó su teléfono y marcó el número de Fang Chi, observándolo mientras esperaba que contestara.

Hoy Fang Chi llevaba una chaqueta corta gris y vaqueros ajustados, que hacían que sus piernas parecieran aún más largas.

Después de unos pasos, la llamada se conectó. Fang Chi bajó la cabeza, sacó su teléfono del bolsillo y miró la pantalla antes de contestar rápidamente:

—¿Hola?

—¿Saliste de clases? —preguntó Sun Wenqu.

—Sí, acabo de salir —respondió Fang Chi, sonriendo—. Estoy yendo a comprar castañas.

—Feliz cumpleaños —dijo Sun Wenqu, mirándolo.

Fang Chi detuvo un momento su paso.

—¿Cómo lo supiste?

—La abuela me lo dijo. —Sun Wenqu sonrió—. No se equivocó, ¿verdad?

—No, no se equivocó. —La voz de Fang Chi sonaba alegre—. Gracias.

—¿Tienes planes para hoy? ¿Alguna fiesta de cumpleaños o algo así? —preguntó Sun Wenqu mientras observaba la figura de Fang Chi alejarse poco a poco. Se dio la vuelta, subió al auto, se puso los audífonos y arrancó el motor para seguirlo.

—Nada —dijo Fang Chi, frotándose la nariz y mirando a sus compañeros que caminaban con la cabeza baja—. ¿A estas alturas del año quién tiene tiempo para celebrar un cumpleaños?

—Pero por lo menos una buena comida, ¿no? —De repente, empezó a sonar música de cumpleaños desde el lado de Sun Wenqu.

—… ¿Eso viene de tu computadora? —Fang Chi se rio.

—No, del auto —respondió Sun Wenqu.

—¿Del auto? ¿Qué auto? ¿Dónde estás? —Fang Chi se quedó desconcertado. El coche de Sun Wenqu no estaba en casa de sus abuelos, ¿habría ido Ma Liang de nuevo?

—Mira atrás —dijo Sun Wenqu—. Llevo siguiéndote medio día.

Fang Chi no dijo nada. Pasaron un par de segundos y, de repente, se giró con brusquedad. A pocos metros detrás de él, vio un Beetle rojo avanzando lentamente por el borde de la calle.

—¿Qué carajo? —Su voz salió un poco desafinada.

—¿Qué pasa? —preguntó Xiao Yiming, que venía al lado.

—Es… mi amigo. —Fang Chi se quedó mirando el coche que se detenía justo frente a él.

La ventanilla se bajó. Sun Wenqu lo saludó con la mano.

—Oh, entonces me voy yendo —dijo Xiao Yiming.

—No, espera. —Fang Chi reaccionó por fin—. Súbete con nosotros, él puede llevarte.

—No hace falta —Xiao Yiming sonrió y añadió en voz baja—: Es un lío entrar en ese coche, tendría que gatear para llegar al asiento trasero. Prefiero caminar y tomar el bus. —Le dio una palmada en el hombro—. Feliz cumpleaños.

Cuando Xiao Yiming ya se había alejado unos diez pasos, Fang Chi se acercó al coche. Se inclinó un poco para mirar hacia dentro y asegurarse de que no estaba viendo mal. En efecto, quien conducía era Sun Wenqu.

—¿Cómo así viniste? —Fang Chi no sabía bien cómo describir lo que sentía en ese momento: sorpresa, felicidad, una sonrisa que se le escapaba sin control y que sentía que debía sujetar con las manos para contener.

—Sube —le dijo Sun Wenqu—. Aunque tú no tengas frío, yo sí.

—Oh. —Fang Chi abrió la puerta y se metió.

Apenas se cerraron la puerta y las ventanillas, sintió una ola de calor reconfortante envolviéndolo. No sabía si era por la calefacción del coche o porque su ánimo había mejorado.

Sun Wenqu hizo un giro en U.

—Voy a llevarte a comer algo bueno. Para reponer fuerzas.

—Pero ¿cómo así viniste? —Fang Chi volvió a preguntar—. ¡Y sin avisar! ¡Mis abuelos tampoco me dijeron nada!

—Si lo hubieras sabido, ¿crees que habría podido ver esta cara tuya? —Sun Wenqu esbozó una sonrisa y lo miró de reojo—. ¿Te sorprendí?

—Mucho… —Fang Chi se rascó la cabeza, algo avergonzado, y luego no pudo evitar reír—. ¿Por qué eres así?

—¿Así cómo? —preguntó Sun Wenqu, divertido.

—No sé. —Fang Chi se recostó contra la ventanilla, dejando escapar risitas tontas un momento antes de volverse hacia él—. ¿Cuándo llegaste?

—Por la mañana. Estuve con Liang-zi hablando de algunos asuntos y luego vine. —Sun Wenqu le echó un vistazo—. Pensé que después de tanto repasar ibas a estar hecho polvo, pero te ves bien.

—Duermo bien y como rico, ¿cómo voy a estar hecho polvo? —Fang Chi respondió entre risas. Pensó un momento y luego dio unos golpecitos en la ventana—. ¡Oye!

—¿Qué pasa? —Sun Wenqu se rio.

—Nada. —Fang Chi se frotó la nariz—. Es que estoy feliz, me sorprendiste demasiado. Yo ya había descartado celebrar este cumpleaños.

—Hay que celebrarlo, sí o sí. —Sun Wenqu apagó la música de cumpleaños—. Ya tienes quince, ¿no?

—Si. —Fang Chi se Chi se rio otra vez.

—¿Tienes autoestudio nocturno hoy?

—No iré.

—Eso está mal, vas a atrasarte. —Sun Wenqu fingió poner cara seria.

—Eso ni tú te lo crees. —Fang Chi sonrió—. Por un día no pasa nada.

—Entonces hoy relájate de verdad. Te voy a llevar a un lugar súper cómodo. —Sun Wenqu pisó el acelerador y el coche se lanzó hacia adelante.

—¿Qué lugar? —Fang Chi sintió curiosidad.

—Un restaurante que me encanta —dijo Sun Wenqu con una sonrisa—. El favorito de nosotros, las serpientes.

—Favorito de las serpientes… —Fang Chi pensó un momento—. ¿Ratas?

—¡Oh, cállate! —gritó Sun Wenqu.

Fang Chi no podía parar de reír. Sacó su teléfono y preguntó:

—¿Cómo se llama? Voy a buscarlo.

—El restaurante se llama «Acuéstate».

—¿Qué? —Fang Chi se quedó congelado con el teléfono en la mano.

—Acuéstate. A-cués-tate. Acuéstate —repitió Sun Wenqu.


 

Notas:

[1] El 涮羊肉 (shuàn yángròu) es un plato típico de Beijing, donde se cocina carne de cordero en caldo hirviendo en la mesa.

[2] Del poema escrito por el poeta Wang Jian, basado en las leyendas locales y la estatua de piedra Wangfu cuando vivía en Wuchang, que elogia el amor fiel entre marido y mujer:

Donde ella esperaba a su esposo,

el río fluía sin parar.

La mujer se convierte en piedra

y nunca mira atrás.

En la cima de la montaña,

el viento y la lluvia se alternan sin cesar.

Si el viajero logra regresar,

entonces la piedra también debería poder hablar.

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