XLVII. MIERDA, ¿SABES DÓNDE ESTAMOS?

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EL RESTAURANTE «A-CUÉS-TATE» era un lugar del que Fang Chi nunca había oído hablar. Lo buscó en su teléfono, pero no encontró mucha información, solo un comentario en un foro gastronómico que decía que era un lugar cómodo, perfecto para gente perezosa, con comida deliciosa… pero cara.

Probablemente solo alguien como Sun Wenqu —un señorito con tiempo, dinero e inclinaciones hedonistas— podía dar con un lugar así.

Sin embargo, a Fang Chi no le importaba demasiado el restaurante en sí. Estaba de muy buen humor. Desde que había vuelto a clases el día seis del nuevo año, hacía más de dos meses, este era el momento en que mejor se sentía: feliz, cómodo, relajado.

Ahora mismo, incluso si Sun Wenqu lo invitara a comer mierda… Por supuesto no aceptaría.

—¿Por qué tan callado? —preguntó Sun Wenqu, girando la cabeza hacia él.

—¿Ah? —Fang Chi volvió en sí—. Ah.

—Hay un regalo en el asiento trasero —dijo Sun Wenqu—. La caja grande son pastillas de ginseng americano, un detalle de tu tío Liang-zi… aunque no son todas para ti, una caja es mía.

—Oh, dile gracias de mi parte —respondió Fang Chi, alargando la mano para tomar el paquete. No lo pensó demasiado y lo abrió de inmediato. Luego, frunció el ceño—. ¿Una caja tan grande para solo un frasco?

—Cuando te sientas agotado, te tomas una pastilla. —Sun Wenqu sonrió—. Seguro que es más efectivo que las porquerías que llevabas a la montaña para dárselas a los inútiles.

—Mmm. —Fang Chi metió el frasco en su mochila.

—Esa cajita negra, esa alargada, es mi regalo —añadió Sun Wenqu.

—Oh. —Fang Chi tanteó detrás, agarró la cajita y preguntó—: ¿Puedo abrirla ahora?

—Qué gracioso. La otra caja la destrozaste sin preguntar, ¿y ahora me pides permiso para esta? —Sun Wenqu sonrió de lado—. Ábrela, es algo que puedes usar todos los días.

—Oh. —Fang Chi bajó la vista y abrió la caja. Dentro, había una pluma blanca, muy bonita y de aspecto elegante—. ¿Una pluma estilográfica?

—Una pluma estilográfica. —Sun Wenqu asintió—. Aunque siento que no te va mucho hoy, la verdad es que no tuve tiempo de buscar un regalo que encajara mejor contigo.

—Gracias. Me gusta mucho. En realidad, sí que encaja conmigo. —Fang Chi se rio y, tras un momento de duda, añadió—: ¿Estás muy ocupado estos días?

—Mjm. —Sun Wenqu inhaló hondo y soltó el aire lentamente—. Me espera otra temporada de mucho trabajo.

—¿Seguirás… viviendo en casa de mis abuelos? —preguntó Fang Chi, haciendo girar la pluma entre los dedos.

—No tengo planeado cambiar de lugar hasta que termine este proyecto —respondió Sun Wenqu con una sonrisa—. Pero tampoco me quedaré allí para siempre, no es lo más práctico. Ya veremos más adelante.

—Oh… —asintió Fang Chi.

Sun Wenqu conducía dando vueltas, rodeando por aquí y por allá sin llegar nunca a destino. Cada tanto miraba por la ventanilla con atención.

Fang Chi lo observó durante un buen rato, hasta que no pudo aguantar más y preguntó:

—¿Dónde queda? Ya pasamos por esta calle hace solo tres minutos.

—¿Sí? —Sun Wenqu alzó una ceja y, tras una pausa, se echó a reír—. Perdón, me perdí.

—¿No se supone que es tu restaurante favorito? ¿Y te perdiste? —Fang Chi lo miró con total incredulidad.

—Hace años que no vengo. —Sun Wenqu paró el auto al borde de la calle y sacó su teléfono para llamar a Ma Liang—. Ayúdame, estoy perdido… Sí, vamos a Acuéstate a comer… Ajá, estoy en… espera, déjame ver…

Fang Chi se recostó contra la puerta, viendo a Sun Wenqu hablar por teléfono. En su mano, la pluma seguía girando.

No es que hubiera pasado tanto tiempo, y aun así, al mirarlo, sentía una extraña sensación de «¡Cuánto tiempo sin verte!». Era como una mezcla de alegría por reencontrarse y una incomodidad que, lejos de molestar, resultaba extrañamente agradable.

Difícil de describir.

Quizá porque hoy Sun Wenqu, al estar de regreso en la ciudad, no iba vestido con la misma informalidad que en el campo. Llevaba un abrigo grueso de lana y debajo un suéter gris oscuro, pantalones casuales negros y botines cortos. Se veía pulcro y atractivo.

Ya no tanto como una serpiente.

El tío —GPS humano— Liang-zi no tardó en indicarle el camino a Sun Wenqu. Por si acaso, hasta le pidió que le pasara el teléfono a Fang Chi para explicarle de nuevo la ruta antes de colgar.

Sun Wenqu volvió a arrancar y condujo otro poco más. Fang Chi miraba los alrededores y, al fin, parecía que estaban en una zona donde uno sí podría esperar encontrar un restaurante de lujo.

Había clubes privados, hoteles de cinco, seis y hasta siete estrellas, además de varios complejos residenciales exclusivos, con portones gigantes que competían en tamaño y estilo. Daba la impresión de que a las señoras del baile de plaza[1] les encantaría ese lugar.

Doblaron por una callejuela y Sun Wenqu apagó el motor.

—Llegamos.

—¿Vamos a dejar el auto aquí? —Fang Chi lo miró con sorpresa. Habían parado justo frente a la entrada del restaurante.

—Que lo estacionen ellos. Es para demostrar lo perezosos que somos. —Sun Wenqu bajó del auto.

Fang Chi se bajó también, con su mochila en una mano. Tras pensarlo un momento, metió la pluma estilográfica  en el bolsillo interior de su chaqueta y dejó la mochila en el asiento trasero.

El restaurante no llamaba mucho la atención. Tenía un aire campestre, con una fachada sencilla. Solo una tablita de madera junto a la puerta decía «ACUÉSTATE» y la letra casi parecía escrita por un estudiante de primaria.

Fang Chi entró detrás de Sun Wenqu. Un camarero se acercó, tomó las llaves del auto y salió a estacionarlo.

—Señor Sun, su reserva está en el segundo piso. Síganme, por favor —dijo un camarero, guiándolos escaleras arriba.

Ya desde el uniforme se adivinaba el estilo del lugar: prendas holgadas y cómodas, y en los pies, pantuflas mullidas con suela gruesa y blanda. Incluso las escaleras eran suaves: alfombra gruesa y peluda, con los pasamanos también forrados en felpa.

Sun Wenqu giró la cabeza para preguntarle en voz baja:

—¿No te da sueño?

—No. —Fang Chi iba mirando todo a su alrededor—. Solo… me preocupa algo.

—¿Mmm? —Sun Wenqu lo miró.

—Este restaurante… en verano seguro quiebra —dijo Fang Chi.

Sun Wenqu se quedó un segundo en blanco. Luego, soltó una carcajada y estuvo riéndose por un buen rato.

—En verano cambian la decoración —respondió.

—Qué despilfarro. —Fang Chi chasqueó la lengua.

Al avanzar, Fang Chi se dio cuenta de que el segundo piso era bastante amplio. Paredes de vidrio, techo de vidrio, una iluminación amarilla cálida. Contra las paredes había muchos cojines redondos y gruesos donde algunos niños estaban sentados jugando.

Y cuando miró con más detalle, vio que los asientos no eran los convencionales. Estaban divididos por separadores acolchados, creando pequeños espacios íntimos, cada uno con un estilo diferente. Algunos tenían hamacas colgantes; otros, sillones reclinables; otros, enormes almohadones con forma de cama para perro; y algunos parecían cunas enormes estilo moisés…

Fang Chi no pudo evitar sentir cierta admiración. El dueño del restaurante había reunido prácticamente todas las formas y comodidades que una persona desearía al momento de holgazanear.

Sin duda el paraíso para los huevos de serpiente como Sun Wenqu, que rara vez se encontraban de pie.

Aunque eso le despertó una nueva preocupación: con lo loco que estaba Sun Wenqu, ¿y si había reservado una cama? ¿Y si de verdad pensaba comer acostado…? Él nunca había comido así. Bueno, excepto aquella vez que, por pereza, no se levantó y alcanzó el vaso desde la cama.

Luego, tuvo que levantarse de todos modos a secar la almohada al sol.

—Este es su reservado —dijo el camarero deteniéndose—. Un momento, los aperitivos llegarán enseguida.

—Gracias —asintió Sun Wenqu.

Cuando el camarero se alejó, Fang Chi examinó con atención este «asiento».

Un hoyo.

Un hoyo cuadrado lleno de felpa suave. Uno de los lados era inclinado y también estaba acolchado; debajo, una superficie plana, que debía ser para sentarse.

¿Comer medio recostado?

¿Comer haciendo abdominales?

—Quítate la chaqueta y entra —lo empujó Sun Wenqu—. Y los zapatos.

—¿Eh? —Fang Chi tardó un momento en reaccionar. Se quitó la chaqueta y la colgó en la pared, luego se descalzó—. Ni siquiera me preguntaste si me huelen los pies.

—Si te olieran, ya lo habría notado en casa de tu abuelo —respondió Sun Wenqu, quitándose también la chaqueta y el calzado—. Métete rápido, necesito estirar la espalda.

—¿Y aquí se puede estirar uno…? —Fang Chi puso una pierna dentro del hoyo. A simple vista no parecía profundo, pero en cuanto apoyó el pie, el fondo cedió con un «¡fuuup!» y se hundió bastante. Se sorprendió tanto que perdió el equilibrio por un momento—. ¡Ey!

—Cómodo, ¿verdad? —Sun Wenqu se metió, se sentó en la pequeña plataforma del borde y luego se recostó hacia atrás, cerrando los ojos con un suspiro de satisfacción.

—Aún no lo sé. —Fang Chi miró el hoyo; parecía un espacio para dos personas. No había otro sitio para sentarse, así que se acomodó al lado de Sun Wenqu, dudó un momento y también se recostó. En cuanto lo hizo, soltó un suspiro y cerró los ojos sin poder evitarlo—. Ah…

—Cómodo, ¿no? —Sun Wenqu se rio.

—Mmm —respondió Fang Chi. En serio, era muy cómodo. El ángulo inclinado era perfecto, con una ligera curvatura que se adaptaba a su espalda y cintura, mientras sus pies quedaban envueltos en suave felpa.

—Siempre reservo este lugar cuando vengo. —Sun Wenqu giró la cabeza hacia él—. Una vez que te recuestas, no quieres moverte.

—Entonces… —Fang Chi también giró la cabeza, pero al encontrarse con los ojos de Sun Wenqu, de pronto se quedó aturdido, olvidando por completo lo que iba a decir.

—¿Entonces qué? —​​preguntó Sun Wenqu.

Fang Chi tuvo que desviar la mirada hacia arriba, tratando de recordar lo que iba a decir. Después de unos segundos de pausa, respondió:

—Entonces, ¿cómo vamos a comer?

Sun Wenqu sonrió, tomó dos cojines del hoyo y los colocó detrás de su espalda para apoyarse con comodidad.

—Así.

Fang Chi lo imitó y luego miró alrededor.

—¿Y la mesa?

Sun Wenqu tanteó con la mano la pared interior del hoyo. Al parecer, presionó un interruptor, porque una tabla giratoria emergió del borde y se detuvo justo frente a él. Golpeteó la superficie con los dedos.

—Tú también tienes una. Se pueden unir.

—Qué despilfarro —Fang Chi encontró el botón en su lado y desplegó su tabla, que encajó a la perfección con la de Sun Wenqu—. Todo este show para comer.

Una vez lista la mesa, ambos guardaron silencio. De pronto, Fang Chi se sintió un poco incómodo.

Estaban muy pegados. Por la postura tan relajada, la cercanía se volvía… íntima. Con apenas mover un brazo, rozaba el de Sun Wenqu; de hecho, incluso quietos ya estaban en contacto. Lo mismo pasaba con las piernas.

Esta proximidad, donde la respiración del otro se percibía tan cerca, lo tenía sumido en una mezcla de vergüenza, nervios y un extraño placer. Si lo hubieran hecho sentarse en frente, tal vez le habría molestado.

—¿Cómo van los estudios? —preguntó Sun Wenqu de repente.

Su voz resonó justo al lado de su oído con una textura profunda, casi táctil, cargada de pequeñas partículas que le acariciaban el cuello.

—Bien… todo bien. Sí, bien. —Fang Chi sintió que el aire le faltaba de repente. Sin atreverse a girarse, fijó la mirada en un cuadro de la pared opuesta—. Sí, bien, progresando.

El cuadro mostraba un gato.

Ni de cerca tan bonito como los que dibujaba Sun Wenqu.

Sí… Sun Wenqu era muy guapo.

No se parecía en nada al mariquita Sir Amarillo.

Bueno, Chico también tenía su encanto…

«¡Pero qué carajo estoy pensando?!».

Sun Wenqu se echó a reír. Con ganas. No hizo ningún esfuerzo por ocultarlo.

Fang Chi entendió al instante de qué se reía —maldita su perspicacia— y, volviendo la cabeza con gesto irritado, le lanzó una mirada de reojo.

—¿Y tú de qué te ríes?

—De ti —respondió Sun Wenqu aún entre risas.

—¿Tienes el descaro de reírte de alguien tan guapo como yo? —Fang Chi chasqueó la lengua. Pero, en realidad, la risa de Sun Wenqu lo hizo relajarse de golpe—. Estás perdiendo tu dignidad de hombre maduro.

—La abuela dijo que parezco más joven que tú —replicó Sun Wenqu.

—No, lo que dijo fue que pareces más tonto que yo —lo corrigió Fang Chi.

—Pues luego dijo otra cosa —sonrió Sun Wenqu.

—Imposible —refutó Fang Chi con total convicción.

—Es cierto. Si no me crees, puedo pedirle que te llame cuando vuelva —insistió Sun Wenqu.

Fang Chi volvió la cara y lo miró fijamente antes de soltar, tras un largo silencio:

—Vaya… parece que la anciana se pasó al bando enemigo.

Se miraron por unos segundos más y luego estallaron en carcajadas; tan ensimismados que ni siquiera se detuvieron cuando el camarero llegó con los aperitivos.

—Prueba esto antes de que se enfríe, está buenísimo. —Sun Wenqu señaló los platillos que habían servido.

Sobre ellos había dos pastelitos con forma de cilindro. Fang Chi tomó uno y lo observó.

—¿Qué es?

—Come. —Sun Wenqu tomó el suyo, le dio un mordisco y estiró las piernas—. ¡Dios, qué delicia!

—Quién te viera pensaría que te han puesto drogas —dijo Fang Chi riendo, y también dio un mordisco.

En cuanto probó el bocado, se dio cuenta de que no era un pastel ni era dulce: era salado.

La capa exterior parecía tocino, sobre una base de piña, y en el centro, unas finas tiras de carne mezcladas con mantequilla y queso, junto con algo que no estaba seguro si era pepino en julianas.

Estaba delicioso. Súper delicioso.

El plato principal que Sun Wenqu había pedido era una especie de mini olla caliente de costillas surtidas, individual para cada uno. Cuando colocaron el pequeño fuego sobre la mesa, el camarero lo rodeó también con pequeños platillos con salsas para mojar y algunas albóndigas de carne finamente preparadas.

Fang Chi no era de hablar mucho durante las comidas —y además la olla caliente estaba increíble—, así que, después de que el camarero cerrara la cortina y se retirara, se centró de lleno en comer con la cabeza gacha.

—Si no es suficiente, pedimos más —le dijo Sun Wenqu, tomándose su tiempo para comer—. Pedí según mi apetito, pero si te quedas con hambre, podemos ordenar otra olla con diferente sabor.

—Está bien así —respondió Fang Chi mientras roía una costilla—. Ahora que no entreno, no puedo comer tanto.

—¿Ah, sí? —Sun Wenqu lo miró—. A mí me da la impresión de que, si no fuera por esta olla en medio, podrías comerte incluso la mesa.

—Siempre como así. —Fang Chi le lanzó una mirada—. Come lo tuyo y deja de estar mirándome.

—Pero hace mucho que no te veía —sonrió Sun Wenqu.

Justo en ese momento, Fang Chi estaba mordiendo una costilla y, en su distracción, terminó mordiéndose el dedo. El dolor fue tal que casi se le saltaron las lágrimas pero se limitó a chuparse la yema sin emitir ningún sonido.

—Hoy celebraremos tu cumpleaños. —Sun Wenqu sacó su teléfono—. Tengo que volver al pueblo mañana temprano. Supongo que no tendré tiempo de salir contigo de nuevo hasta que termines los exámenes.

—Ajá —murmuró Fang Chi con el dedo aún en la boca. Tenía ganas de suspirar.

—Dame una sonrisa. —Sun Wenqu apuntó con la cámara hacia él—. Sacaré unas fotos para mostrarle a tu abuela. Le prometí que te llevaría a un banquete.

Fang Chi se giró y, con un trozo de costilla entre los dientes, le enseñó los dientes a modo de sonrisa.

La olla caliente estaba deliciosa. Es cierto que desde que dejó de entrenar, Fang Chi comía menos, pero igual terminó vaciando la olla. No dejó ni el caldo: se lo sirvió en un tazón y se lo bebió todo.

—Déjame decirte algo. —Sun Wenqu, quien dijo que había pedido según su propio apetito, dejó bastante comida. Sosteniendo el teléfono, le hizo otra foto—. Ese caldo está lleno de purinas.

—Pues que purinen y ya.[2] —Fang Chi se limpió la boca con una servilleta—. Tú siempre tan despilfarrador.

—Un lujo ocasional no hace daño. —Sun Wenqu sonrió, despreocupado y le sacó un par de fotos más—. En tu casa, como todo. Lo que sobra, se lo doy a Chico. Como ella sí gasta energía… Lo único que me preocupa es que se le caiga el pelo.

—Los perros mestizos no son tan delicados —se rio Fang Chi.

—Oye, hijo. —De repente, Sun Wenqu se inclinó hacia él, colocando un brazo sobre su hombro y sosteniendo el teléfono con la otra mano—. Regálame esos hoyuelos.

Esta acción hizo que Fang Chi se quedara un momento en blanco. Todos los puntos donde su cuerpo entraba en contacto con Sun Wenqu parecieron incendiarse al mismo tiempo. Incluso sus dedos se calentaron. Forzó una sonrisa torcida hacia la cámara del teléfono.

—¿Podrías… sonreír de forma más presentable?  Así como estás, cualquiera pensaría que te secuestré —le espetó Sun Wenqu—. Tienes cara de que estás aquí a la fuerza, sufriendo.

—Espera… dame un segundo. —Fang Chi bajó la cabeza y se frotó la cara con las manos—. Me siento un poco mareado.

—¿Mareado sin haber bebido? —Sun Wenqu se rio.

—No, es que a veces comer también marea —murmuró Fang Chi mientras seguía masajeándose el rostro—. Cuando uno come mucho, la sangre se va al estómago para ayudar a digerir, entonces el cerebro se queda… —dijo Fang Chi mientras bajaba la cabeza y se frotaba la cara.

—¡Levanta la cabeza y sonríe! —lo interrumpió Sun Wenqu.

Fang Chi alzó la vista y esbozó una sonrisa hacia la cámara.

Sun Wenqu presionó el obturador, luego revisó la foto en su teléfono antes de enviársela a Fang Chi.

—Oye, me encanta cuando sonríes así. Te ves tan atrevido y arrogante.

—Ese soy yo nervioso. —Fang Chi echó un vistazo a la foto. Sun Wenqu sonreía de manera encantadora, con una inesperada inocencia que lo hacía parecer casi infantil.

—Voy a recostarme un rato. —Sun Wenqu quitó el cojín detrás de él y se acomodó, cerrando los ojos—. Ah… Después de comer, tumbarse así es el verdadero placer de la vida.

—Engordarás —sonrió Fang Chi—. ¿No que eras muy cuidadoso con esas cosas? ¿No te preocupa?

—El punto es que no engordo. —Sun Wenqu sonrió de lado, pellizcándose la pierna—. Incluso estoy algo delgado.

Fang Chi observó su mano durante un momento, luego extendió la suya y le dio un leve apretón en la pierna.

—Mjm.

Sun Wenqu pareció contener la respiración un segundo. Luego, abrió los ojos apenas un poco y lo miró con una sonrisa silenciosa.

Fang Chi sintió que el aire se detenía en torno a esa sonrisa, cristalizándose justo en el borde de algo… ambiguo.

Ni siquiera la entrada del camarero, que vino a recoger los platos y trajo el postre, logró romper esa tensión suspendida.

Fang Chi miró los postres sobre la mesa: bien presentados, acompañados con un vaso de agua de menta para enjuagar la boca y otro de té de pomelo con miel. Al centro había un cuenco de tangjiu danhua, una especie de sopa dulce de huevo escalfado con arroz fermentado, que parecía simple pero tenía un aroma intenso, distinto al de las versiones comunes.

A su lado, Sun Wenqu se movió, tomó el agua de menta para enjuagarse la boca, bebió un poco de té de pomelo y volvió a recostarse con las manos a los costados, como si no tuviera una sola preocupación.

Fang Chi imitó el ritual: un enjuague con menta, unos sorbos del té… y se sintió absurdamente lleno.

Colocó los vasos frente a él y se quedó hipnotizado por el líquido que oscilaba con suavidad, por los hilillos de huevo que danzaban en el cuenco de cristal. Después de mirar por un tiempo, comenzó a sentirse… mareado.

Giró el rostro, quitó el cojín detrás de su espalda y también se reclinó. Quedó medio tumbado junto a Sun Wenqu, hombro con hombro. A los pocos segundos, sintió que estaba sentado sobre la mano de Sun Wenqu, así que trató de moverla.

Pero cuando la sujetó, cambió de idea. No la apartó. Simplemente la sostuvo.

Sun Wenqu tampoco se movió. Ni siquiera abrió los ojos.

Era una sensación indescriptible. Fang Chi nunca había experimentado algo así.

El corazón le latía más rápido. Estaba nervioso, emocionado, avergonzado… todo a la vez, un caos que no podía desenredar. Solo la mano de Sun Wenqu debajo de la suya emergía con claridad absoluta.

Las manos de Sun Wenqu, estrictamente hablando, no eran bonitas en el sentido clásico. Eran manos varoniles y esbeltas, de dedos largos que delataban fuerza. De esas que uno podía mirar una y otra vez —cientos de veces— sin cansarse.

Fang Chi nunca antes había notado su fascinación por las manos ajenas.

¿Qué tenían de especial? Levantó su otra mano y la observó.

Su propia mano era bastante normal, con callos y cicatrices de años de escalada.

—No son tan bonitas como las mías. ¿En serio necesitabas comparar? —Sun Wenqu habló de pronto sin abrir los ojos.

—¿Eh? —Fang Chi dio un salto, bajó la mano de inmediato y se giró. Sun Wenqu seguía con los ojos cerrados, ¿en qué momento había espiado?

—Estas manos mías… —Sun Wenqu Sun Wenqu liberó su mano y la levantó frente a él—. Son la quintaesencia de la elegancia; hacen llorar a las estrellas; con un simple movimiento, cien bellezas caen rendidas…

—Mmm. —Fang Chi alzó la mano y rozó levemente el dorso de la suya con la yema de los dedos, deslizándolos luego con lentitud hacia abajo—. Mucho más bonitas que las mías.

—Hoy estás más complaciente de lo usual. —Sun Wenqu sonrió y bajó la mano.

—No sé —Fang Chi la alcanzó y la agarró de nuevo—. Tal vez bebí demasiado.

—¿Demasiado? —Sun Wenqu giró la cara hacia él—. ¿Qué bebiste demasiado?

—Demasiado… —Fang Chi también se volvió para mirarlo—. Demasiado caldo de la olla caliente.

—¿Y ahora estás purinando? —Sun Wenqu soltó una risa.

—Ajá —asintió Fang Chi.

Por una vez, no esquivó la mirada de Sun Wenqu; la sostuvo con determinación, mirándolo de frente.

No supo cuánto tiempo pasaron así. Al final, fue Sun Wenqu quien no aguantó más y parpadeó.

—Ay, mis lágrimas van a caer si sigo…

No terminó la frase. De pronto, Fang Chi se giró y lo cubrió con su cuerpo, besándolo con urgencia.

Sun Wenqu se quedó paralizado un instante antes de asustarse de verdad. El camarero podía pasar en cualquier momento y, conociendo la mentalidad de Fang Chi, si los sorprendían en esa posición, lo más probable era que se olvidara hasta de presentarse al examen de ingreso a la universidad.

Agarró a Fang Chi por el pelo y lo separó a la fuerza, susurrando entre dientes:

—Mierda, ¿sabes dónde estamos? Solo hay una maldita cortinilla ahí…

Fang Chi lo miró con el ceño fruncido, apartó su mano de un manotazo y, sujetándole la barbilla, volvió a besarlo.


 

Notas:

[1] El baile de plaza (广场舞 – guǎngchǎng wǔ) es un baile grupal en espacios públicos (plazas, parques) muy popular en China, especialmente entre personas mayores. Suele realizarse al amanecer o al anochecer con música rítmica, combinando coreografías sencillas, aeróbic y tradiciones folclóricas. Es una actividad social, de ejercicio y entretenimiento, aunque a veces genera controversia por el volumen del sonido.

[2] Aquí hay un juego de palabras intraducible: purinas (嘌呤 – piàolíng) suena similar a flotar (飘 – piāo).

La frase original en chino es:

“汤底里全是嘌呤。”

“Ese caldo está lleno de purinas.”

“那就飘会儿呗。”

“Pues que floten y ya.”

En China, las purinas son conocidas por su relación con la gota (enfermedad asociada a excesos alimenticios). La gracia está en que FC no tiene idea o finge no tener idea de qué son las purinas.

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