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ESTE BESO NO FUE muy distinto del anterior: Fang Chi respiraba con cierta pesadez, exploraba con urgencia e impaciencia, se enredaba de forma torpe pero dominante…
Sin embargo, había una diferencia fundamental: esta vez Fang Chi no había bebido.
Solo un poco del caldo de la olla caliente con alto contenido en purina.
No se quedaría dormido a mitad del beso.
Ni cortaría el momento, con en ese juego ambiguo de medias verdades.
Los labios pegados a los de Sun Wenqu, la lengua enredándose con la suya, la mano firme apoyada en su cintura… todo eso estaba plenamente consciente.
La respuesta de Sun Wenqu era un poco pasiva. A pesar de que cada uno de los movimientos de Fang Chi, cada una de sus respiraciones, hacían que el fuego en su cuerpo se avivara sin tregua —listo para consumirlo en un instante a la menor oportunidad—, aun así apartó la cabeza.
Para un hombre normal que había estado reprimiéndose durante tantos años, Sun Wenqu sentía que estaba a punto de convertirse en un santo. La luz dorada de su halo incluso podría iluminar una calle entera.
Pero su precaución no era infundada. Justo cuando la mano de Fang Chi se metía bajo su ropa, escuchó afuera una voz que preguntaba:
—Disculpe, ¿el baño?
La cortina se movió un poco y luego se detuvo. La voz del camarero respondió justo del otro lado:
—Siga recto y doble a la izquierda. A la derecha lo encuentra.
Fang Chi pareció haber escuchado también, pero, tras una pausa, no se movió. Sus labios seguían pegados al lóbulo de la oreja de Sun Wenqu.
Sun Wenqu le sujetó los hombros con fuerza y lo empujó, usando la rodilla para darle un leve impulso. Fang Chi, que estaba arrodillado sobre la pequeña plataforma, sin equilibrio suficiente, cayó hacia atrás, se llevó por delante la mesa plegable y terminó desplomado boca arriba en el pozo cubierto de cojines mullidos.
—Disculpen, les traigo la fruta de cortesía. —La voz del camarero llegó desde fuera. Luego, la cortina se levantó y entró, con una bandeja en las manos.
—Gracias —respondió Sun Wenqu, llevándose una mano a los labios.
El camarero se quedó mirando unos segundos a Fang Chi, que yacía tumbado en el pozo abrazado a un cojín, mientras la tabla de la mesa se había desajustado por el impacto. Estaba perplejo.
—¿Retiro la mesa? ¿Pongo la fruta aquí al lado?
—Está bien —dijo Sun Wenqu. Por suerte, Fang Chi había puesto los vasos sobre su lado de la mesa y la parte que se movió estaba vacía.
El camarero recogió la mesa, dejó el té y la fruta al borde del pozo y se marchó.
Fang Chi no se movió ni un centímetro durante todo el proceso, seguía medio tumbado abrazando el cojín. Sun Wenqu se llevó a la boca una rodajita de naranja y la comió con tranquilidad. Ni siquiera notó cuándo Fang Chi había agarrado el cojín.
Tras comerse dos gajos, lo miró.
—¿En qué piensas?
—En nada. —La voz de Fang Chi sonaba algo ronca. No estaba claro si por el susto o por la vergüenza.
—¿Todo bien? —Sun Wenqu echó un vistazo al cojín que Fang Chi sostenía sobre su entrepierna y le dieron ganas de reír, pero se contuvo.
—Sí… —Fang Chi se incorporó un poco, frunciendo el ceño—. Solo… me llevé un buen susto.
—No tienes que sentirte avergonzado conmigo. —Sun Wenqu le pasó una rodaja de piña.
—No lo estoy. —Fang Chi la tomó y se la metió a la boca, masticando con fuerza.
Sun Wenqu no dijo nada, solo siguió comiendo fruta con calma. Fang Chi, aún en el pozo de cojines, se quedó un rato paralizado antes de soltar un pequeño suspiro, incorporarse y arrimarse de nuevo a su lado.
Después de unos minutos más de silencio, Fang Chi pareció volver en sí. Se giró de lado, dándole la espalda a Sun Wenqu, y encogió las piernas. Dijo muy bajito:
—Carajo, casi me muero del susto.
Sun Wenqu por fin no pudo aguantar más la risa. Sosteniendo un trozo de papaya en la mano, se rio tanto que casi no podía respirar.
—Ya, deja de reírte —masculló Fang Chi.
Sun Wenqu le dio unas palmaditas en el brazo, todavía riendo.
—No te comas la cabeza, no vio nada.
—Igual me siento avergonzado. —Fang Chi seguía con la voz ahogada.
—¿Qué tiene de vergonzoso? —Sun Wenqu se metió la papaya a la boca y le acercó el platito de fruta—. A esta edad, ¿quién no se ha quemado con el fuego un par de veces? Anda, come un poco.
Fang Chi se relajó un poco. Agarró otro trozo de piña, se lo metió en la boca y masticó un rato. Luego, dudativo, lo miró de reojo.
—Es solo que me siento… incómodo. ¿Tú… estás bien?
—¿Yo? ¿Por qué no iba a estarlo? —Sun Wenqu lo miró y luego bajó la vista hacia su entrepierna—. Oh, el rufián llegó tan rápido como un tornado… Fue demasiado repentino, no me dio tiempo ni de levantarlo.
—No me refería a eso… —Fang Chi se atragantó con la piña y enseguida se volvió de espaldas—. Ay, mierda, ya está, olvídalo.
Sun Wenqu se recostó contra un cojín y se rio por un largo rato.
Después de terminar la fruta y descansar un poco más, Sun Wenqu revisó su teléfono: ya pasaban de las nueve. Llamó al camarero para pedir la cuenta.
Fang Chi por fin se sentó derecho. El aura de vergüenza que lo envolvía empezaba a disiparse poco a poco.
—Te llevo a casa —dijo Sun Wenqu—. Llegaremos pasadas las diez.
—Hum. —Fang Chi se puso de pie, recogió su chaqueta y se la puso—. Oye, tú…
—¿Qué? —Sun Wenqu se ponía también el abrigo mientras lo miraba.
—Nada. —Fang Chi se frotó la nariz, bajó la cabeza y salió del reservado.
Quería preguntarle a Sun Wenqu dónde pasaría la noche, pero al momento de abrir la boca no se atrevió.
Le daba un poco de vergüenza.
Más bien, le daba muchísima vergüenza.
En realidad no era una pregunta rara. Para nada. Muy normal, de hecho. Pero justo ahora, si la soltaba, sentía que sonaría con muchas otras implicaciones… aunque sus propios pensamientos no fueran tan descabellados.
El camarero los guio hacia la salida. Fang Chi caminó unos pasos y se volvió a mirar: Sun Wenqu, que iba detrás, le sonrió y aceleró el paso para ponerse a su lado.
Fue solo ahora que Fang Chi notó que la bufanda alrededor del cuello de Sun Wenqu era la suya.
—¿Esa es mía? —preguntó.
—Ajá. —Sun Wenqu se acomodó la bufanda—. Abriga bien y combina con todo. ¿La quieres?
—No, quédate con ella, tengo otra —respondió Fang Chi enseguida.
—La abuela me regaló unas pantuflas de lana, ella las tejió para mí —le susurró Sun Wenqu al oído—. ¿Fuiste tú el que le dijo mi talla de calzado?
—Sí. Calzas lo mismo que yo. —Fang Chi esbozó una sonrisa—. ¿Son cómodas?
—Mucho. —Sun Wenqu asintió—. Le eché un par de flores y dijo que me va a tejer también una bufanda.
Fang Chi soltó un pequeño chasquido.
—… La anciana sí que se fue con el enemigo, ¿eh?
Una vez en el auto, Sun Wenqu puso música. El volumen era bajo, apenas se distinguía una melodía suave y envolvente. Fang Chi iba apoyado contra la ventanilla, observando el paisaje urbano.
Estaba bastante a gusto.
Toda esa vergüenza y tensión que había sentido por lo de antes ya se habían esfumado.
—¿Ya no escuchas las torturas medievales? —preguntó de repente.
—¿Eh? —Sun Wenqu lo miró de reojo.
—Digo, esas canciones que oías siempre, que apenas empezaban daban ganas de morirse.
Sun Wenqu se rio.
—Las sigo escuchando. Pero contigo en el auto…, candidato en época de repaso, mejor algo tranquilo. ¿Qué te parecen las que te guardé?
—Muy buenas. —Fang Chi sonrió—. Solo, ¿no te preocupa que me duerma estudiando con eso de fondo?
—¿Te dormiste?
—No.
A esa hora ya había menos vehículos en la calle y casi ningún atasco. Sun Wenqu no se perdió y, siguiendo las indicaciones de Fang Chi, llegó sin problemas a la entrada del vecindario.
—¿Puedo entrar? —Sun Wenqu miró la garita de seguridad.
—Sí —dijo Fang Chi—. No es que sea un vecindario súúúper exclusivo ni nada, nadie se fija.
Sun Wenqu condujo el auto hasta justo debajo del edificio.
Una vez estacionado, Fang Chi no se movió y Sun Wenqu tampoco dijo nada. Ambos se quedaron sentados en silencio.
Pasado un rato, Fang Chi preguntó:
—¿Dónde vas a quedarte esta noche?
—En un hotel o en casa de Ma Liang —respondió Sun Wenqu, mirándolo. Notó su vacilación, lo que le sorprendió bastante: había asumido que Fang Chi no dudaría tanto con algo como invitarlo a quedarse.
—Entonces… —Fang Chi lo pensó un momento—. ¿Y si… damos un par de vueltas más con el coche?
—De acuerdo. —Sun Wenqu sonrió y volvió a encender el auto.
Junto al vecindario había un río casi seco y un puente en ruinas a punto de ser demolido. Sun Wenqu condujo hasta allí y estacionó en el borde del puente.
Durante el día, este sitio no tendría nada de especial: era gris y bastante sucio. Pero de noche, desde el auto, el negro absoluto salpicado de destellos de luz creaba la ilusión de flotar en el cielo nocturno.
Sun Wenqu reclinó un poco su asiento y se recostó.
Era hermoso.
Después de contemplar en silencio las luces durante un rato, Fang Chi carraspeó y murmuró:
—En realidad… en realidad yo pensaba decirte que, si querías, podías… quedarte en mi casa.
—Mmm —respondió Sun Wenqu.
—Pero luego… lo pensé mejor y mejor no. —Fang Chi se rascó la cabeza y lo miró de lado—. No es que no quiera que te quedes. Es que…
—No te atreves. —Sun Wenqu sonrió.
—… Ajá. No sé cómo decirlo, es que… —Fang Chi hablaba con dificultad. Nunca había sido bueno expresándose y ahora le costaba aún más.
—Una vez que empiezas, ya no puedes dejar de pensarlo. —Sun Wenqu sonrió de lado—. Como una caja llena de cosas: mientras está cerrada, no pasa nada. Pero si la abres y revuelves el contenido, cerrarla de nuevo es complicado. No es fácil para un pequeño virgen contenerse luego de probar algo de carne… Pero tú tienes mucho autocontrol.
—¿Qué tonterías estás diciendo…? —Fang Chi lo miró con los ojos muy abiertos. Tardó un rato y después exclamó—: ¡Eso no es lo que quise decir!
Sun Wenqu no paraba de reírse.
—Entonces, ¿qué quisiste decir?
—¡Pues…! Tú lo entiendes, seguro que lo entiendes —dijo Fang Chi, ya medio resignado.
Sun Wenqu solo sonrió sin decir nada.
Fang Chi lo observó un momento y luego, como si algo se le encendiera en la cabeza, chasqueó la lengua.
—Sabes mucho del tema, eh.
—Ni que tuviera quince años —respondió Sun Wenqu, divertido.
—Entonces tú… —Fang Chi no sabía de dónde sacó tanto valor de repente—. Has tenido… novios, ¿verdad?
—Vaya preguntita. —Sun Wenqu lo miró—. Tengo treinta. Si nunca hubiera tenido pareja, tal vez necesitaría ir al médico.
—Todavía no llegas a los treinta. —Fang Chi se rio.
—¿Gracias?
—¿Cuándo es tu cumpleaños?
—Acababa de pasar cuando viniste a reconocerme como padre. Después de que termines tus exámenes de ingreso a la universidad, podrías celebrarlo conmigo.
—Está bien. —Fang Chi asintió. Tras un momento, añadió—: ¿Sueles celebrarlo con tus amigos?
Sun Wenqu lo miró unos segundos antes de responder:
—Si quieres que lo celebremos solo tú y yo, también me parece bien.
—Hum. —Fang Chi asintió de nuevo.
—Entonces lo celebraremos solo nosotros dos —dijo Sun Wenqu.
Nunca tuvo expectativas especiales sobre sus cumpleaños. Antes solía juntarse con sus amigos, pero más como una excusa para reunirse que por la fecha en sí. Ahora que se había peleado con Li Bowen y cortado contacto con los demás, prefería pasar el día solo con Fang Chi.
La calefacción dentro del coche estaba bastante alta, creando un ambiente cálido y acogedor. Fang Chi sentía ese calor en la cara y en el cuerpo, pero cuando se dio cuenta de que no todo provenía del aire acondicionado, una oleada repentina de calor lo recorrió entero, alterando su respiración.
Este coche era bastante compacto; si hubieran estado en la vieja furgoneta de Ma Liang, seguro que no sentiría lo mismo. Ahora mismo estaba medio girado hacia Sun Wenqu, prácticamente cara a cara. Este seguía recostado con la cabeza ladeada contra el asiento. A un palmo de distancia estaban sus labios y el lóbulo de su oreja: lugares donde sus propios labios se habían detenido hace apenas una hora.
Desvió la mirada con algo de esfuerzo, enfocándola en el parabrisas. Lástima que no hubiera mucho que ver ahí afuera.
Después de apenas dos segundos volvió a girar la cabeza. Esta vez, como por la inercia del movimiento, se acercó un poco más a Sun Wenqu, pero se detuvo a último momento.
Sun Wenqu lo observó y sonrió antes de acercarse para darle un beso en la comisura de los labios.
Fang Chi se quedó quieto, pero, en cuanto Sun Wenqu volvió a recostarse en el asiento, lo siguió para besarlo en los labios.
Fue un beso suave y delicado, casi como si tanteara, o como si saboreara.
Sun Wenqu, que ya se había preparado mentalmente para la arremetida de besos tempestuosos de Fan Chi —esa técnica de perro salvaje hambriento—, se quedó paralizado un instante, demasiado desconcertado para reaccionar.
Fang Chi se movía despacio, rozando sus labios con los suyos, acariciándolos con la lengua, como si hubiera olvidado cómo besar o cómo lo había besado antes.
—Oye —dijo Sun Wenqu, recostándose un poco más—, ¿está rico?
—Cállate —le dijo Fang Chi, con los ojos cruzados de tanto enfocar al centro—. No hables.
Sun Wenqu no pudo evitar reírse al verlo así.
—Estoy bizco, ¿no? —Fang Chi parpadeó.
—… Sí —asintió Sun Wenqu.
—Ahora entiendo por qué la gente cierra los ojos al besar, es fácil terminar bizco. —Fang Chi desvió la mirada para reajustar su enfoque y luego volvió a mirarlo—. ¿Puedes no hablar?
—Puedo —dijo Sun Wenqu—. Continúe usted, señor.
El aliento de Fang Chi volvió a acercarse, cálido, rozando la punta de la nariz de Sun Wenqu antes de que sus labios húmedos se posaran sobre los suyos.
De nuevo, un roce suave, una caricia pausada, su lengua deslizándose con delicadeza.
No dejó escapar ningún rincón de los labios de Sun Wenqu. No parecía que estuviera besando, sino más bien disfrutando, o tal vez… memorizando. Memorizando los contornos, el tacto, cada parte recorrida.
Cuando por fin se detuvo, no se separó, pero tampoco se movió más.
Sun Wenqu nunca había recibido un beso así. Ni siquiera cuando era un ingenuo pequeño virgen experimentó algo semejante. Sin embargo, de alguna manera, este beso —algo torpe y a la vez extremadamente meticuloso— de Fang Chi hizo que su corazón latiera fuera de control.
Aunque el fuego del deseo no parecía encenderse, su corazón latía a toda prisa y su respiración se volvió inestable. La misma mezcla de emoción y nerviosismo de la «primera vez» lo invadió. Esta sensación le provocó, de repente, un rubor que amenazaba con aparecer.
Como una serpiente de piel gruesa, hacía años que no se sonrojaba.
Y ahora, aquí estaba, atrapado en el beso torpe y algo desconcertante de un chico inexperto.
El tiempo se escurrió entre esos labios que se quedaron sin aliento.
Hasta que un auto se acercó por el carril contrario, con las luces altas encendidas. Los faros los bañaron de golpe y ese beso que tenía a uno con la cara encendida quedó interrumpido.
Fang Chi volvió a su asiento, se limpió la boca y se quedó mirando al frente, como en blanco.
Sun Wenqu también se recostó en su asiento sin decir nada.
—Sube la calefacción —dijo Fang Chi después de quedarse paralizado un momento, volviendo la cabeza—. Está empezando a hacer frío.
—Hum. —Sun Wenqu encendió el motor y subió el nivel de calor.
—Qué forma tan innecesaria de contaminar —suspiró Fang Chi.
—Entonces bájate y corre un par de vueltas. —Sun Wenqu chasqueó la lengua.
Fang Chi se rio.
—Desde aquí hasta mi casa son menos de diez minutos corriendo. Más rápido que en tu auto.
—Pues corre —dijo Sun Wenqu.
—No —respondió Fang Chi, sin dudar.
Pronto, el calor volvió a llenar el reducido espacio del auto, envolviendo a los dos, que seguían mirando al frente, sin moverse.
Fang Chi no quería volver, Sun Wenqu lo sabía muy bien. Sin embargo, miró la hora de todos modos. Ya era tarde. Carraspeó suavemente.
—¿Te llevo a casa?
Fang Chi tardó un par de segundos en asentir.
—Mmm.
Sun Wenqu giró el auto y abandonó el puente. Durante el trayecto de vuelta, ninguno habló. Fang Chi se limitó a recostarse contra la ventana, observándolo.
—Me iré directo mañana por la mañana —dijo Sun Wenqu—. Según cómo avance el trabajo que tengo entre manos, si necesito buscar a Liang-zi, pasaré a verte de camino.
—Mmm —asintió Fang Chi. Luego pensó un momento y preguntó—: ¿Esta vez mi abuela no te pidió que me trajeras comida?
—Sí, lo hizo. —Sun Wenqu lo miró de reojo—. Una fiambrera de carne seca. Dijo que te gustaba mucho.
—Oh. —Fang Chi también lo miró—. ¿Y dónde está?
—Yo… me la comí. —Sun Wenqu soltó una carcajada—. Lo siento. Me la terminé en el autobús de camino aquí…
Fang Chi se quedó perplejo un momento antes de reírse también.
—Vaya, sí que comes.
—Tampoco era tanto. Solo esa pequeña fiambrera redonda. Salí sin desayunar y apenas subí al bus ya tenía hambre. —Sun Wenqu sonrió—. No sé ni cómo, pero me lo terminé todo.
—Pues tendrás que compensarme con otra. —Fang Chi chasqueó la lengua—. En mi familia no solemos darnos regalos de cumpleaños. Y la única vez que me mandaron un poquito de carne seca… vas y te la zampas tú.
—Dime qué quieres y lo tendrás. —Sun Wenqu sonrió.
—Ahora mismo no tengo ganas de nada, estoy lleno. —Fang Chi se dio un golpecito en el muslo—. Cuando tenga hambre, te aviso.
—Bueno. —Sun Wenqu asintió.
Poco después, el auto llegó al edificio. Fang Chi seguía sentado sin intención de moverse.
Sun Wenqu echó un vistazo a la hora, pero no lo apuró.
—Bueno, yo… —dijo Fang Chi, rascándose la cabeza— subiré.
—Hum —asintió Sun Wenqu—. Con los estudios, trata de darlo todo sin excederte.
—¿Eh? —Fang Chi lo miró.
—Has adelgazado. Aunque tu espíritu sigue lozano —dijo Sun Wenqu, y le dio un toquecito en la barbilla— tu cara se ha afilado.
Fang Chi no respondió. En su lugar, le agarró la mano y la estudió con atención.
—¿Te interesan tanto mis manos? —le preguntó Sun Wenqu.
—Mmm —respondió Fang Chi—. Siempre me han parecido bonitas. Primero me gustaron tus manos… y luego descubrí que tú tampoco estabas mal.
Sun Wenqu soltó una carcajada.
Fang Chi le masajeó los dedos con suavidad, uno a uno.
—¿Nunca te han dicho que tienes manos bonitas?
—Nunca. —Sun Wenqu negó con la cabeza—. Eres el primero.
—El primero, ¿eh? —Fang Chi esbozó una sonrisa.
—Sí, el primero. —Sun Wenqu chasqueó la lengua—. También el primero por quien he viajado mil millas solo para celebrar su cumpleaños.
—Pero no viniste por eso, viniste porque te quedaba de paso —lo corrigió Fang Chi.
—¿Ese era el punto? —Sun Wenqu suspiró.
Fang Chi se rio por lo bajo. De pronto abrió la puerta del auto; ya tenía una pierna afuera, pero se volvió a último momento, lo tomó del cuello y lo acercó para darle un beso rápido en los labios.
—Me voy. Conduce con cuidado. Y mañana, cuando salgas, llamame. Aunque esté en clase puedo atender —soltó todo eso en el tiempo que tardó en bajar del auto y cerrar la puerta. Luego dio un par de golpecitos en la ventanilla—. ¡Buenas noches!
—¡Buenas noches! —respondió Sun Wenqu con una gran sonrisa.
Fang Chi giró sobre sus talones y corrió hacia el edificio.
Sun Wenqu no arrancó hasta que vio la luz encenderse en una de las ventanas.
Había un mensaje en su teléfono.
Ma Liang:
¿Dónde te quedarás?
Se puso los auriculares y llamó a Ma Liang.
—¿Todavía estás despierto?
—¿Qué? ¿No lograste… colarte en su ca-cama? —Ma Liang soltó una carcajada.
—Ejercí el autocontrol —rio Sun Wenqu—. Voy para allá ahora.
—Ven —dijo Ma Liang—. Yuanyuan ya te… preparó todo, dijo que se-seguro terminarías durmiendo aquí.
—Hmm. —Sun Wenqu colgó.
Las calles ya estaban desiertas, con apenas uno que otro vehículo circulando. Sun Wenqu condujo a buen ritmo; al mirar ese camino vacío, iluminado solo por las farolas, sintió una inexplicable sensación de desasosiego.
Fang Chi volvió a sorprenderlo. Aunque él no tenía intención de quedarse a dormir —la razón era simple: una vez que empezaran, no habría forma de aquietar las cosas—, no esperaba que Fang Chi, que al principio apenas podía hablar con claridad de la emoción al verlo, no hubiera considerado en ningún momento la idea de invitarlo a quedarse.
—Tss —murmuró para sí. Quién lo diría: este chico tenía más autocontrol del que aparentaba.