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DESPUÉS DE VARIOS intentos, Lin Xun confirmó con desesperación que era incapaz de zafarse.
Madame Hudie volvió a pellizcarle las mejillas.
—¿Cómo que mi pequeño tesoro no sabe hacer expresiones? Entonces jiejie te arreglará un papel especial: ¡un conejito con parálisis facial!
Lin Xun se quedó sin palabras.
Madame Hudie por fin soltó su rostro y le revolvió el cabello.
—Ven con jiejie.
—No… no, gracias —dijo Lin Xun—. Estoy bien reparando computadoras.
Madame Hudie se rio.
—Todavía se pone terco.
Fue entonces cuando Madame Kongque ofreció al fin una mano amiga:
—Shimei, lo vas a asustar.
—Tranquilo, no temas —dijo Madame Hudie—. Jiejie no te va a comer.
«Demasiado tarde —pensó Lin Xun—. Ya estoy aterrado».
Por suerte, Madame Hudie vio de reojo a Yuan Xiao detrás del Maestro Xiaoyao.
—¡Oh!
Un segundo después, Yuan Xiao se escondió detrás de su maestro… aunque sin éxito.
—¡¿Cómo que hay otro tesorito?! —Madame Hudie soltó una risa encantada.
Lin Xun pensó: «Shidi, yo ya he pasado por esa calamidad, que los cielos te protejan».
Sin embargo, pronto descubrió que estaba lejos de escapar de su destino. Atravesó el Monte Riyue de Nanzhao, luego la Secta Danding de Nanhai, continuando con la Escuela Qiushui de Hangzhou.[1],
En resumen: esa mañana inhaló no menos de veinte perfumes distintos, y recibió la esmerada atención de todas las séniores que pasaban. Enfrente, la situación de Yuan Xiao no era en absoluto mejor. Después de unas cuantas horas, al cruzar miradas, se dieron cuenta de que ambos parecían animalitos demasiado sobados, completamente decaídos.
En medio de ese silencio compartido, Lin Xun vio de repente que a Yuan Xiao se le iluminaban los ojos.
—Shifu —dijo, tirando apenas de la túnica del Maestro Xiaoyao, con una voz lastimera—, ¿puedo volver a estudiar? Ya se acerca el segundo examen de prueba y estoy muy nervioso.
El Maestro Xiaoyao lo meditó un momento.
—Está bien. Ya has conocido a la mayoría de los séniores del mundo inmortal. Ve y estudia con calma. Por la tarde y en la noche están previstas reuniones entre las sectas. Mañana, en el Torneo de Espadas, tendrán ustedes, los jóvenes discípulos, la oportunidad de mostrar sus habilidades.
—¡Gracias, shifu! —respondió Yuan Xiao. Acto seguido, miró a Lin Xun—. Shifu, quiero que el shixiong Lin Suan venga conmigo, así puedo pedirle ayuda con los problemas de matemáticas.
El Maestro Xiaoyao miró al anciano Huo con expresión consultiva.
—Hermano Qingshan, ¿tú qué opinas…?
El anciano Huo contestó con entusiasmo:
—¡Por supuesto! ¡Los estudios del pequeño Yuan Xiao son lo primero! Discípulo, acompaña a tu shidi y ayúdalo con sus tareas.
Lin Xun asintió con un «sí» y, antes de que pudiera reaccionar, Yuan Xiao lo arrastró casi como si escaparan de una calamidad.
Afuera, la brisa fresca soplaba y las montañas y ríos se extendían majestuosos; un paisaje hermoso. Lin Xun respiró hondo varias veces, saboreando el aire libre, y por fin recuperó la alegría.
—¿Vamos a resolver problemas de matemáticas? —preguntó.
Yuan Xiao frunció el ceño.
—En realidad, esa fue una excusa…
Lin Xun se rio.
—Entonces…
—Aunque creo que sí debería estudiar. —Yuan Xiao parecía estar enredado.
—Pues vamos —dijo Lin Xun.
Yuan Xiao empezó resolviendo un banco de preguntas de matemáticas; cuando no sabía algo, se lo preguntaba a Lin Xun. Una vez lo entendió, se dispuso a repasar ciencias sociales.
Pero eso estaba fuera del campo de conocimiento de Lin Xun. Él miró por la ventana hacia las montañas verdes que se adivinaban a lo lejos y recordó su misión con límite de tiempo: «El Secreto de Shangqing». Preguntó a Yuan Xiao:
—¿Hay algún lugar especial detrás de la montaña?
—Solo la montaña —respondió Yuan Xiao—. Hay varios miradores pequeños y unas cuantas posadas. ¿Shixiong quiere ir a pasear?
—¿Son todos establecimientos mortales?
—Hum, la energía espiritual detrás de la montaña no es muy buena, por eso ni los shifu ni los shishu[2] suelen ir.
Lin Xun quedó pensativo. Luego le dijo a Yuan Xiao:
—Voy a salir a dar una vuelta. Puede que no regrese pronto.
—Está bien —respondió Yuan Xiao, obediente.
Lin Xun salió llevando su teclado.
Activó la técnica Cuerpo Ligero y, con unos cuantos saltos dentro del Palacio Shangqing, abandonó ese territorio y siguió avanzando hasta llegar al área de la montaña trasera de Qingcheng.
Yuan Xiao era un discípulo recién iniciado, así que, naturalmente, no conocía los secretos de Qingcheng. Y, dada su propia posición, preguntar a otros miembros de la secta tampoco era viable.
Sin embargo, esta misión venía con una pista proporcionada por el sistema: «Desde hace mucho tiempo, los espadachines han estado codiciando un secreto jamás transmitido del Monte Qingcheng».
Es decir, los espadachines podrían estar investigando ese secreto.
Y si habían venido al Monte Qingcheng para provocar, sin duda tendrían un lugar donde alojarse. Ese lugar no podía ser el Palacio Shangqing; lo más probable era que estuviera en alguna casa de campo o posada detrás de la montaña.
Si partía de esa idea, tal vez obtendría pistas. Con la decisión tomada, Lin Xun abrió el mapa en su teléfono y comenzó a guiarse.
El Monte Qingcheng era enorme y con una vasta extensión, pero con la ayuda de la técnica Cuerpo Ligero, no resultaba agotador. Al cabo de una hora, llegó a la zona con más posadas.
Tres días antes, el área turística del Monte Qingcheng había dejado de vender entradas, y todas las ya vendidas fueron reembolsadas, así que los negocios de las posadas estaban desiertos. Lin Xun entró en la más grande y preguntó al dueño si recientemente se habían hospedado varios jóvenes con atuendo extraño y aire de maleantes, o si había ocurrido algún hecho raro..
El dueño lo miró con duda y luego negó con la cabeza.
—No.
Preguntó en varias posadas más, siempre con la misma respuesta. Eso sí, cuando se topaba con una dueña, al menos recibía una botella de bebida gratis. Pasó más de una hora sin resultados. Al parecer, los espadachines no habían elegido quedarse en territorio de mortales.
Ese camino estaba cerrado.
Lin Xun abandonó la zona y buscó un sitio apartado. Se sentó sobre una roca, los dedos apoyados en las teclas del teclado, y empezó a pensar en otro plan. Mientras meditaba, escuchó de pronto un crujido en los arbustos de más arriba, como si algo se moviera. Se puso en guardia de inmediato, alzó su teclado y miró hacia allí. Entonces, un grito agudo y desgarrador retumbó:
—¡Aaah!
El ruido se intensificó, acompañado de un golpe pesado y el sonido de algo rodando cuesta abajo.
¡Alguien estaba cayendo!
Lin Xun calculó la distancia y la velocidad de la caída, se impulsó con un salto y llegó hasta una roca escarpada a la altura perfecta para agarrar la mochila del desconocido. Con la fuerza de ese tirón, la persona logró estabilizarse, dejó de acelerar y pudo detenerse con esfuerzo.
Era un joven delgado, de cuerpo liviano. Lin Xun lo llevó hasta una roca plana.
Temblando, con la respiración entrecortada, el chico miró al cielo durante tres minutos antes de recuperarse lo suficiente y volverse hacia Lin Xun.
—Gra… gracias, amigo. Ca… —su voz seguía quebrada—. Ca… casi me muero del susto, maldita sea. Amigo, de verdad iba a reventar contra el suelo.
En ese momento, Lin Xun escuchó a lo lejos una voz que gritaba desde arriba:
—¿Cabo? ¿Cabo? ¿Estás vivo?
Cabo respiró hondo antes de gritar:
—¡Sigo vivo!
—¿Dónde estás? —preguntó el de arriba.
—¡Aquí! —respondió Cabo.
Lin Xun se quedó sin palabras.
Por suerte, el cerebro de Cabo no se dañó por completo y, tras una pausa, agregó:
—¡Abajo!
—¡Okay! —dijo el de arriba—. Voy.
—No, espera —intervino Lin Xun—, ¿y si también se cae?
Cabo respondió enseguida:
—¡No bajes! ¡Yo subiré! —Con esfuerzo, se puso en pie y dijo a Lin Xun—. Arriba está mi Capi. Tengo que ir a buscarlo.
Lin Xun lo pensó y decidió seguirlo. Si a este chico le pasaba algo, al día siguiente podría salir una noticia como: «Aparece un cadáver sin identificar al pie del Monte Qingcheng; ¿se trata de un turista que perdió el equilibrio?». La policía vendría a investigar y, al hacerlo, el Palacio Shangqing sería implicado. Entonces arrestarían a un grupo de cultivadores equipados con armas prohibidas, serpientes venenosas y escorpiones. La policía de Qingcheng se anotaría un gran mérito en la campaña contra el crimen.
Siguió a Cabo. Gracias a la técnica Cuerpo Ligero, Lin Xun se movía ágil como una golondrina, e incluso podía echarle una mano al joven sudoroso de vez en cuando.
Finalmente, Capi y Cabo se reunieron a mitad de camino.
—¡Te dije que no bajaras! —protestó Cabo.
—¿Y si te morías, qué? —replicó Capi.
Cabo presentó a Lin Xun:
—Hermano, este amigo me salvó.
—¡Benefactor! —A Capi solo le faltó arrodillarse allí mismo.
Lin Xun quedó estupefacto.
—Si puedo preguntar —dijo—, ¿qué están haciendo aquí?
Capi era un poco más robusto que Cabo, pero solo en comparación; ambos tenían el rostro delgado y afilado.
El mayor se rascó la nuca.
—Esto… bueno…
Lin Xun sacó su teléfono y lo agitó frente a él, su rostro inexpresivo.
—¿Caza furtiva? ¿Tala de árboles? ¿Debo llamar a la policía?
—¡No lo hagas! —se apresuró a decir Capi—. En realidad… venimos a buscar la inmortalidad.
Lin Xun los miró, incrédulo.
—¡Ambos anhelamos la vida en la montaña! —explicó Capi—. Llevamos medio año siendo vegetarianos; al principio queríamos retirarnos al Monte Zhongnan… pero resulta que lo están remodelando y ya no permiten construir casas allí. Pensamos en volvernos monjes o sacerdotes taoístas, pero piden título de posgrado… Así que… decidimos venir al Monte Qingcheng a levantar una cabaña.
—¿Y entonces él se cayó? —preguntó Lin Xun.
—No, eso es porque… —dijo Capi—. Es que estábamos buscando un buen sitio.
Lin Xun se quedó sin palabras.
Recordó aquella frase brillante «¡Abajo!» de Cabo y pensó que, con la inteligencia de estos dos, alcanzar la inmortalidad les quedaba demasiado lejos. El Monte Qingcheng tenía muchos tramos peligrosos; si uno se salía del camino marcado, las probabilidades de resbalar eran altas y una caída fuerte podría ser mortal.
Lin Xun recordó una charla nocturna en la universidad, cuando él, Wang Anquan y Zhao Jiagou estaban aburridos en el dormitorio.
Wang Anquan planteó una pregunta profunda, casi filosófica:
Según la teoría de la evolución de Darwin —la selección natural, supervivencia del más apto—, en un entorno natural hostil solo sobreviven los animales con mejores genes, transmitiéndolos y optimizando el acervo genético con cada generación. Entonces, si la sociedad humana es lo bastante segura y estable como para que todos sobrevivan, ¿no se detendría la evolución? ¿No habría llegado la humanidad al final de su proceso evolutivo?
Esa noche no llegaron a ninguna conclusión.
Ahora, Lin Xun conocía la respuesta: incluso en un mundo pacífico y estable, siempre habrá quien, con incansable dedicación, busque maneras creativas de jugar con su vida, manteniendo viva la oportunidad para que el darwinismo actúe.
—¿Por qué quieren cultivar la inmortalidad? —preguntó.
Capi bajó la mirada.
—Hoy en día la sociedad está llena de materialismo. Estoy agotado. Creo que solo en la montaña puedo hallar la verdadera felicidad.
—¿No encuentras trabajo? ¿O tu novia te dejó? —preguntó Lin Xun.
El silencio de Capi fue elocuente.
—Vamos, los acompaño a bajar de la montaña. Y en adelante, caminen con cuidado —dijo Lin Xun.
—¡No! —saltó Cabo—. ¡De verdad hay cultivadores!
—¿Mmm? —Lin Xun alzó una ceja.
—Anoche, justo por esta zona, había luces que parpadeaban. Dos noches seguidas ha pasado lo mismo. Seguro que hay un maestro lanzando hechizos.
Lin Xun lo observó con detenimiento; no parecía estar mintiendo.
—¿Dónde? —preguntó.
—Mi Capi y yo estábamos en alto y lo vimos claro. Hasta marcamos el lugar —dijo el Cabo. Después de decir eso, sacó de su mochila un mapa detallado de la zona de Qingcheng y señaló un área en el lado oeste de la montaña, que estaba marcado con un círculo feo—. Más o menos por aquí.
Lin Xun entrecerró los ojos. Confirmó que no era la ubicación del Palacio Shangqing y dijo:
—Llévenme.
Capi y Cabo intercambiaron una mirada; al final, el mayor asintió.
Los tres emprendieron la marcha juntos.
Mientras avanzaban entre el mar interminable de árboles del bosque, Lin Xun pensó que así no llegarían a ninguna parte.
Sacó su teclado e imitando al anciano Huo, lanzó un programa de rastreo.
En cuanto a qué debía rastrear, ni él mismo lo sabía, así que estableció un valor nulo… para su sorpresa, el programa realmente empezó a correr.
El mundo ante sus ojos se sacudió. Sus sentidos se expandieron como si abarcaran cincuenta o sesenta metros a la redonda. Solo después de un mareo logró adaptarse. La sensación era extraña: dentro de un radio de sesenta metros, podía dirigir su atención a cualquier punto y verlo con claridad. Y si ocurría un cambio repentino en alguna zona, su mirada era atraída allí de inmediato.
Con la lección aprendida de la vez anterior, Capi y Cabo ya no se metieron en rincones peligrosos. Siguieron las pasarelas de madera que se adentraban en la montaña trasera, hasta que, al no haber más camino, comenzaron a trepar.
Cuanto más se adentraban en lo profundo, más sombrío y apartado se volvía todo. El frío empezaba a colarse y, en el valle vacío, lo único que se escuchaba era el trinar de los pájaros.
Cabo pareció temblar un poco.
—Capi, ¿estás seguro de que es aquí?
—Sí —afirmó Capi, señalando al frente—. ¿Ves ese árbol torcido? La luz de anteayer lo iluminó. Lo recuerdo.
Los tres avanzaron un poco más, giraron una curva y, de pronto, tras la abrupta senda de montaña, se abrió un claro inesperado: una planicie sobresalía en medio del camino empinado.
—Quédense aquí —dijo Lin Xun en voz baja—. No se muevan.
Los dos hermanos parecían confusos, pero obedecieron y se detuvieron.
Lin Xun entrecerró los ojos y miró hacia adelante. A simple vista, aquel terreno llano parecía común, pero tras un gran grupo de arbustos bajos que resultaban sumamente engañosos, se ocultaba otra plataforma de piedra azul.
En ese momento, varios discípulos espadachines vestidos de negro estaban sentados en círculo, con los ojos cerrados, en meditación. Observó los códigos que flotaban en sus cuerpos y descubrió que se habían enlazado entre sí formando una especie de plataforma de cálculo. Estaban ejecutando algún tipo de operación de gran escala: no sabía con qué propósito, aunque parecía parte de un sistema aún más complejo.
Lin Xun lo pensó un momento y volvió a esconderse detrás de una roca. En voz baja, dijo:
—Luo.
La pantalla de su teléfono se iluminó: el sistema de inteligencia artificial se activó.
—Guardar información de ubicación —ordenó Lin Xun—. Esperar comando de voz… —Hizo una pausa—. Comando de voz: «Cultivo». Operación: enviar ubicación y mensaje de auxilio al mismo tiempo a mi shifu, al sénior Xiaoyao, a Madame Hudie y a Yuan Xiao.
Una línea apareció en la pantalla: «Ejecución completada».
Sin más preocupaciones, guardó el teléfono, tomó su teclado y avanzó hacia el frente.
Por ahora solo dominaba una técnica de ligereza. Nada extravagante. Ante cualquier situación, parecía que no le quedaba más que enfrentarlo de frente.
Atravesar los arbustos a pie frente a los espadachines le habría hecho quedar en ridículo, así que activó la técnica Cuerpo Ligero: dio un salto, flotó como una pluma y aterrizó justo frente al grupo de discípulos.
El que quedó delante de él abrió los ojos de golpe.
—¿Tú? —dijo.
La voz le resultaba familiar: era Qi Yun. Su aspecto era correcto, aunque las ojeras marcadas lo hacían ver débil y algo demacrado.
Los demás espadachines también abrieron los ojos y lo miraron con cautela. Su actitud era muy distinta de la arrogancia desbordada del día anterior. Lin Xun sospechó que allí ocurría algo extraño.
Aun así, Qi Yun mantenía un tono altivo:
—¿Qué pasa? —dijo—. Ayer no hice más que burlarme de tu artefacto, ¿y por eso vienes desde tan lejos a buscar venganza?
Lin Xun sintió que algo no cuadraba. Las palabras de Qi Yun sonaban más a una pregunta disfrazada, como si quisiera sonsacarle el motivo de su llegada.
El anzuelo era demasiado obvio, y él no pensaba morderlo. Miró a Qi Yun y respondió con calma:
—No soy rencoroso.
Qi Yun desenvainó su espada y se puso en guardia. El arma era nueva, parecía recién forjada y brillaba con un filo gélido.
—Entonces, ¿por qué viniste hasta aquí?
Lin Xun no contestó. Echó un vistazo al programa de Qi Yun: se había normalizado, lo que significaba que su maestro restauró bien sus meridianos.
Muy buenos meridianos. Una lástima que fueran a arruinarse otra vez.
Lin Xun dejó caer suavemente los dedos sobre el teclado. De verdad, no era el tipo de persona que guardaba rencor. Porque, por lo general, se vengaba en el acto.
[1] Nanzhao, Nanhai y Hangzhou son localizaciones con fuerte carga cultural en el wuxia/xianxia, asociadas a clanes o sectas importantes.
[2] Shishu (师叔): Literalmente «tío-maestro». Se refiere a un discípulo sénior del propio maestro, usualmente de menor rango que el shifu pero con autoridad sobre los aprendices.