Capítulo 26

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«¿Por qué está ahí?».

No importaba cuánto lo pensara, la elección de esa ubicación era claramente para vigilar. Considerando las extraordinarias habilidades de Abel, hablar de algo importante bajo su supervisión era imposible. Por eso Richt decidió cambiar de lugar. Le pidió al dueño de la posada que encontrara un sitio libre, y lo único disponible era el almacén de licor en el sótano.

—Si es aquí…

Abel no podría observarlos directamente. Además, una vez más, los espíritus del viento bloquearon cualquier posible fuga de sonido. Así que ahora debía hablar con Ban. Decidido, se preparó para hablar, pero fue la voz de Ban la que se escuchó primero.

—No quiero.

Pero, ni siquiera había dicho nada todavía. Richt miró a Ban completamente desconcertado.

—No iré, señor Tigre.

Usó el alias de Richt, no su verdadero nombre. Eso podía interpretarse como un intento de proteger su identidad, pero también implicaba otra cosa: que no obedecería órdenes bajo el nombre de Richt.

—Vine a petición de la Orden de los Caballeros de Redford. Prometí ayudar por un año, así que no puedo irme.

Las palabras de Ban hicieron que las orejas de Richt se pusieran rojas. Ya lo había abandonado en el pasado y, aun así, ahora intentaba impedir que Ban siguiera con su vida. Naturalmente hizo eso, porque, en el fondo, dio por hecho que Ban lo había seguido.

«Qué vergüenza».

Al parecer, desde que se convirtió en Richt, su ego había crecido innecesariamente.

—Entiendo. —Con la situación así, no tenía más que decir. Se frotó la oreja caliente con la mano—. Está bien, entonces vete.

Él mismo necesitaba quedarse un poco más para calmarse. Pero Ban no se movió. Permaneció de pie como una estatua durante un largo rato y solo después abrió la boca.

—¿Está enojado?

—No, no lo estoy. —Respondió con firmeza y agitó la mano, indicando que se fuera.

Sin embargo, Ban se acercó aún más. Que un hombre mucho más grande se acercara sin expresión le hizo estremecerse sin querer, aunque ya sabía cómo era él.

Ban, con su mentalidad de esclavo, no podía hacerle daño a Richt. Aunque ya no fuera su amo, no era el tipo de persona capaz de pensar en hacer algo así. Por eso se sentía tranquilo. Pero la sombra de Ban, ahora muy cerca, cubrió por completo a Richt.

El almacén subterráneo de vino estaba completamente sellado, por lo que era completamente oscuro. La única fuente de luz era una lámpara colgada del techo que habían traído.

«Se siente extraño esto». Richt levantó la cabeza con lentitud para mirarlo. Debido a la sombra, no podía ver bien su expresión.

Ban levantó la mano y la colocó en la mejilla de Richt. Era una mano grande y áspera, pero más cálida de lo esperado.

—¿Está enojado? —Ante la misma pregunta por segunda vez, Richt parpadeó.

El Richt original habría explotado en cuanto Ban lo tocara. Lo habría apartado, abofeteado y buscado su látigo. Si no tuviera látigo, habría golpeado a Ban con lo primero que tuviera a mano.

Pero Richt no quería hacer eso. Ban ya había tenido suficiente sufrimiento en su vida; no quería causarle más dolor. Aun así, quedarse quieto tampoco parecía correcto. Apartó la mano de Ban, pero él insistió. Seguía tocándolo, al punto de parecer que buscaba pelea.

—¡Ban!

Solo al elevar la voz y llamarlo por su nombre, Ban detuvo lo que hacía.

—¿Está enojado?

Por fin Richt empezó a entender la intención de Ban. Quería que Richt se enojara con él.

«Pero… ¿por qué?». Lo miró, desconcertado, y Ban volvió a hablar.

—Castígueme.

El peor escenario cruzó por su mente. Cada vez que cometía un error, Ban era castigado por Richt. Aunque se llamara ‘castigo’, lo correcto sería llamarlo tortura. Y la verdad, es que muchas de las veces, Ban no tenía la culpa, solo era Richt queriendo desquitarse con él.

Ban pasó por eso una y otra vez, incluso antes de llegar a ser un adulto. Quizás por eso, ese proceso adquirió cierto significado para él.

«Está acostumbrado al dolor…».

Sentía que algo andaba mal cuando no sufría. Pero Richt ya no quería tratar a Ban como antes. No tenía el hábito de arrancar carne ajena y esparcirle sal.

—Ban, eres libre.

Ya no tenía que sufrir a causa de otros.

—Castígueme.

Richt intentó persuadirlo como pudo, pero Ban no cedía.

«Qué problema». Richt se quedó parado sin responder, y entonces empezaron a brotar lágrimas de los ojos de Ban.

Al ver las lágrimas en esos ojos rojos como gemas, sintió un vuelco en el pecho.

—¿Estás… llorando?

Con cuidado, estiró la mano y la llevó al rostro de Ban. Sintió la humedad: sí, estaba llorando de verdad.

—Castígueme. —dijo arrodillándose en el suelo.

Desde allí lo miró con ojos brillantes por las lágrimas, y un escalofrío le recorrió el cuerpo.

Lloraba de una manera tan hermosa. ¿No estaría bien darle lo que quería? Si fuera un pequeño toque… No, ¿de dónde salía este deseo?

Sus dedos temblaban ligeramente.

«Solo un poco… un poquito».

Acarició suavemente la mejilla lisa de Ban con la yema de los dedos. Estaba a punto de levantar la mano cuando un grito resonó en su oído.

—[¡Ah!]

Los espíritus que custodiaban la puerta del almacén saltaron.

—[¡Otra vez!]

—[¡¿Por qué solo nos sigue a nosotros?!]

Entonces Richt recordó que no estaban solos en ese lugar. Claro, también estaban los espíritus en la entrada.

«¿Qué demonios estaba por hacer?». Richt apretó los puños. Estuvo a punto de abofetear a Ban. Estaba por causarle el dolor que él mismo pedía.

«¿Será que me estoy volviendo como ese maldito villano?» Un escalofrío le recorrió la espalda. «No, esto no está bien».

El Richt original era una basura total. Si actuaba igual, no quedaría nada del cuerpo de Ban. Richt levantó ambas manos y se abofeteó, el dolor lo hizo volver un poco en sí.

Entonces miró a quien lo había salvado en esa situación.

—¿Una cita secreta en un lugar como este? —Era Abel, con una sonrisa burlona.

—No es una cita.

—Sí, claro, no lo parece. Pero si no es eso, ¿qué hacían? No parecía algo común.

Ban ya se había levantado, pero parecía que Abel lo había visto todo.

—Es un asunto entre nosotros dos.

—¿Entonces por eso no debo intervenir?

—¿Tiene usted algún motivo para intervenir?

Ban, que parecía un esclavo obediente frente a Richt, mostraba una actitud inesperada ante Abel. Claro, era el comandante de la Orden de Leviatán, una de las órdenes de caballeros más importantes del imperio. Si se comportara igual con otros, lo subestimarían.

Así que esa actitud era comprensible. Pero al verlo así, Richt sintió algo extraño. Tal vez no conocía tan bien a Ban como pensaba.

—Claro que tengo motivo. Él será mi subordinado, y tú aceptaste trabajar bajo mi mando por un año, ¿no?

—… ¿Señor Tigre?

—¿Cuándo dije que sería su subordinado? —Richt no podía quedarse callado.

—La otra vez.

—Yo no dije eso.

—No, no lo dijiste.

—¿Entonces por qué llega a esa conclusión?

—Porque quiero.

«¿Pero qué clase de hombre es este?». Richt lo miró con ojos afilados, pero no tuvo efecto.

—No quiero.

—Yo tampoco. Pero piénsalo bien, ¿sí? Loren moja la almohada con lágrimas todas las noches. —La mirada de Abel se dirigió a los espíritus que habían salido volando de la puerta—. Tú le quitaste todo a Loren ¿o no?

—No entiendo de qué está hablando. Nunca le quité nada a nadie. No sé qué sea, pero si quiere, puede quedárselo. —Richt estaba tranquilo.

—[Hmm, Loren también nos gusta, pero…]

—[A mí me gusta más él.]

—[Pero dice que llora todas las noches.]

—[¿Entonces lo consolamos?]

La mitad de los espíritus susurraron y desaparecieron. La otra mitad voló y se pegó a Richt.

—[No conocemos a Loren.]

—[Cierto. Queremos quedarnos aquí.]

—[Nos gustas más tú.]

Tres pequeños pájaros se posaron en sus hombros. Abel, y también Ban, podían sentir la presencia de los espíritus por lo que posaron sus miradas en los hombros de Richt.

—Bueno, tal vez el problema sea de Loren por perderlos. —Abel se encogió de hombros—. Ya es hora de cenar. ¿Subimos?

—Puedo encargarme solo de mi comida.

No entendía por qué lo seguía a todas partes. Tal vez, como conocía su verdadera identidad, pensaba que estaba conspirando con Ban.

«Sería peligroso».

Si Abel lo consideraba una amenaza, no dudaría en cortarle el cuello.

«Por ahora, mejor mantendré la distancia con Ban».

Ya era bastante peligroso. Tal vez los instintos de Richt estaban resurgiendo. Si no tenía cuidado, podría repetir los errores del pasado. Es mejor alejarse.

«De todas formas, huiré a mitad del camino».

Solo debía extremar precauciones hasta entonces. Richt suspiró. Sobrevivir se sentía increíblemente difícil.

~ ◊◊◊ ♦♦ ◊◊◊ ~

Loren, que trabajaba duro en lugar de Abel, sintió una presencia familiar y se levantó de golpe. ¡Había vuelto el espíritu!

—[¡Yuju!]

Un pequeño pájaro entró volando por la ventana abierta y rodó sobre el escritorio. Los papeles se esparcieron, pero no le importó en lo más mínimo.

—[¡Cuánto tiempo!]

Y luego aparecieron los otros dos.

~ ◊◊◊ ♦♦ ◊◊◊ ~

Gracias por la ayuda~

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