—Lord Abel —Richt pronunció por su nombre.
En realidad, no quería llamarlo de esa manera, pero pensó que era mejor que llamar por el de Ban.
No quería que Ban se girara al oírlo y terminara lastimándose, así que, con un poco de malicia, llamó a Abel. Tampoco quería usar el nombre honorífico, pero, aunque ambos eran duques, había una diferencia de linaje. En la familia Devine corría algo de sangre imperial, pero si se consideraba la línea de sucesión, Abel estaba por encima.
«Bueno, tampoco es que quiera tutearlo».
Había usado siempre el trato formal, y si de repente comenzaba a tutearlo, ese descarado se le pegaría sin reparos.
El efecto de llamarlo por su nombre fue inmediato. Abel desvió con rapidez la espada de Ban y miró hacia Richt. Su expresión al girarse era de alegría. En cambio, Ban ni siquiera intentó recoger la espada que había volado; se quedó allí, con los labios temblando.
«Qué adorable se veía así». Richt contuvo con esfuerzo la sonrisa que amenazaba con escapársele.
—¿Me llamaste? —preguntó Abel con una sonrisa.
—No —Richt negó de inmediato la pregunta de Abel.
—Pero juraría haber oído tu voz.
—Se equivoca —respondió Richt con frialdad, y enseguida caminó hacia Ban.
Este, con la cabeza baja como si se hubiera desinflado, no se movió ni cuando Richt se plantó frente a él.
—Ban —lo llamó en un susurro.
Entonces Ban, que había estado mirando al suelo todo el tiempo, levantó lentamente la cabeza. En su rostro, normalmente inexpresivo, se dibujó una sombra de resentimiento. Al verlo, Richt levantó la mano sin darse cuenta.
Cuando la punta de sus finos dedos rozó su mejilla, los ojos de Ban se abrieron de par en par. «¿Tanto se asustaba solo por eso?» Richt sintió dentro de sí crecer un oscuro deseo.
«¿No podría tocarlo un poco más? Con tanta gente mirando, ¿qué podría hacerle?».
Estaba a punto de mover la mano, como si estuviera hipnotizado, cuando de repente alguien le sujetó la muñeca. Sorprendido, giró la cabeza y vio a Abel.
—¿Qué crees que haces? —Su voz baja sonaba como el gruñido de una bestia enfurecida.
«¿Y ahora por qué se enfada este?»
Richt le habló a Abel con voz suave y pausada.
—Por favor, suelte mi muñeca.
—Si prometes que no volverás a hacer algo así.
—¿A qué se refiere?
—Acabas de tocar la mejilla del caballero Ban, ¿no?
—Se equivoca.
—Imposible. Tengo muy buena vista.
¿Y qué con eso? Te digo que no fui yo.
Richt volvió a abrir la boca.
—Aún no he cometido ningún delito. Limite su falta de respeto a esto, por favor.
—¿Esto te parece poca cosa? Parece que aún no has visto lo que es una verdadera falta de respeto—. Aunque Abel se burló de sus palabras, terminó soltándole la muñeca.
No se sabía si no quería o no podía controlar su fuerza; de cualquier modo, a Richt le quedaría otro moretón sobre el anterior.
«Que hombre tan bruto».
Se contuvo de chasquear la lengua, y en ese momento, la voz fría de Ban resonó.
—Lord Richt.
Solo había dicho su nombre, pero comprendió perfectamente lo que Ban quería decir. Era algo posible tras tanto tiempo juntos. Aunque lo odiaba, Richt lo entendía.
—Ya basta. Hay demasiados ojos mirando.
—¿Y si no los hubiera?
—Aun así, no. —Ban entendió el significado detrás de sus breves palabras con la misma soltura.
«Si no fuera un esclavo… si tuviera una sangre más noble…».
Entonces no tendría que ver a su amo siendo herido. Ban se sintió atrapado por la impotencia. Normalmente, Richt habría hecho lo que le viniera en gana, pero verlo ahora inclinarse lo oprimía por dentro. Empezó a odiar al gran duque Abel Graham.
—Contrólate —dijo Richt con dulzura, casi como si lo consolara.
«Qué amable es mi señor», pensó Ban, que sin darse cuenta extendió una mano hacia él.
Quería arrodillarse y besarle el dorso, como hacían los caballeros. Solo con eso sería feliz, pero sabiendo que era imposible, la retiró.
«Seguro que me consideraría sucio».
Ocultando sus sentimientos, Ban siguió dócilmente a Richt.
—¿Eh?
El sonido se le escapó de la boca por la sorpresa. Por un momento, olvidó que debía permanecer disfrazado.
«¿Estoy viendo bien?». Jin se frotó los ojos, pero la imagen no cambió. «¿Por qué está él ahí?».
Richt, que siempre se quejaba diciendo que Jin era un tipo desagradable, estaba justo frente a él. Jin era el líder de los Caballeros de la Sombra de la familia Devine. Sus principales tareas eran la recopilación de información, los asesinatos, las amenazas… todo lo relacionado con la oscuridad. En otras palabras, él también sabía que Richt había desaparecido de la capital.
«No sé cuáles son sus intenciones».
Richt era más sensible que la mayoría y le gustaban las cosas limpias. Incluso si viajaba, solo se alojaría en las posadas para nobles. No era alguien que se quedara en una posada de un pueblo pequeño ni que usara ropa como esa. Por eso, al principio creyó haberlo confundido con otra persona.
«Pero el que estaba a su lado era Ban».
Un hombre que, igual que Jin, había nacido en los bajos fondos y había sido capturado por la familia Devine. Si hubiera sido solo uno de ellos, habría dudado…
«Pero Ban no es alguien que traicionaría a Devine».
Incluso si los Caballeros se habían dispersado, seguiría fiel a Richt hasta el final.
«No, pero aun así… ¿ese hombre es realmente Richt?»
Jin se pellizcó el dorso de la mano. Le dolió, así que no era un sueño.
Sí, eran Richt y Ban. Eso era un hecho innegable.
«Entonces, ¿por qué está con el gran duque Graham?»
Incluso lo había visto sujetarle la muñeca a Richt. Al principio pensó que era para atacarlo tras provocarlo, pero no parecía ser el caso. Después, al caminar, el duque se colocó junto a Richt y le puso una mano en el hombro.
Richt se la quitó con fastidio, pero el otro volvió a apoyarla con insistencia. Ban observaba aquello con una mirada cargada de hostilidad.
—¿Qué clase de relación tienen? —se le escaparon las palabras. Jin sobresaltado, se tapó la boca y se apresuró a alejarse.
Iba a hospedarse en esa misma posada, pero parecía que esa noche le tocaría dormir al aire libre.
Por muy audaz que fuera, no se atrevía a meterse entre ellos. Ni el duque Graham ni Ban eran personas comunes; ambos eran luchadores excepcionales. Si se equivocaba, podían descubrir su identidad. No importaba si era Ban quien lo descubría, pero si era el duque Graham, acabaría muy mal.
«Primero debo descansar un poco…».
Y luego encontrar una forma de contactar con Richt. Su contrato seguía atado a él. Si algo le pasaba ahora, sería un gran problema. Al menos debía vivir hasta que el contrato se rompiera.
Aunque el gran duque Graham mostrara buena disposición por ahora, no había garantía de que fuera sincero. Podía estar ocultando intenciones hostiles. Al fin y al cabo, era el guardián del imperio.
Jin se ocultó entre las sombras de los árboles y esperó a que anocheciera. Por la naturaleza de las habilidades que había aprendido, moverse en la oscuridad le resultaba más fácil.
Ya entrada la noche, una sombra se deslizó hacia la posada. Uno de los caballeros que vigilaba la entrada giró la cabeza un instante, pero no vio nada.
—¿No te pareció que algo pasó por aquí?
—¿Qué cosa? No había nada.
—¿Será mi imaginación? De todos modos, demos una vuelta por si acaso.
El caballero inspeccionó los alrededores y dio una vuelta completa a la posada, pero no encontró nada.
«Qué sensible», refunfuñó Jin para sus adentros, volviendo a fundirse con la oscuridad.
Ya había visto de antemano cuál era la habitación del duque Graham. El problema era dónde se alojaba Richt.
—¿Estoy loco o qué? —Una voz se filtró desde la ventana. No era alta, pero se oía con claridad.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué tengo que dormir aquí? Hay dos camas, así que no entiendo por qué dice tonterías.
Estaba muy enojado. La voz de Richt sonaba afilada.
—¿Dos camas? ¿Dónde?
Luego se oyó un ¡golpe! fuerte.
—¿Está loco? ¡¿Por qué rompe la cama?!
—No la rompí, se cayó sola de lo vieja que estaba.
Sin siquiera verlo, Jin pudo imaginar la expresión de Richt: esa mirada de desprecio, condescendiente, que hacía hervir la sangre.
—Si su objetivo es vigilarme, dormiré en otra habitación. De todos modos, con mi fuerza no podría ganar a ningún caballero de Redford —dijo Richt, moviendo los pies.
Aunque solía caminar sin hacer ruido, el edificio era tan viejo que sus pasos resonaron claramente.
—¿Y en la habitación de quién vas a dormir?
—En la del caballero Louis
Siguió una pequeña discusión. Richt se enfadaba, y Abel respondía entre risas, provocándolo más. Uno no quería dormir juntos; el otro sí quería hacerlo.
«Ojalá durmieran separados».
Así le sería más fácil hablar con Richt. En ese momento, un sonido familiar resonó.
¡Paf!
Por el ruido, parecía que Richt había abofeteado al duque Graham. Si hubiera sido al revés, Richt estaría muerto. El problema era que el duque Graham no era alguien que dejara que cualquiera lo golpeara.
—Una vez—. Su voz baja sonó fría como el hielo.
¡Paf!
Otro golpe. Esta vez también parecía ser Richt quien lo daba. Lo normal sería echarse atrás cuando el otro reaccionaba así, pero aquel loco malcriado seguía a su aire.
«El anterior duque era alguien con quien aún se podía razonar…»
Por eso Richt era tan difícil de tratar. Débil, pero confiado en su título, se comportaba como un demonio arrogante.
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