Capítulo 41

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—Esto es un sueño.

Si no lo fuera, algo así no podría estar ocurriendo. Su mente había vuelto en sí antes de abrir los ojos, así que recordaba todo lo que había pasado. Sabía que la actitud de su maestro había cambiado recientemente. Él mismo le había tratado las heridas que le había hecho, o incluso le había dado cosas dulces.

Hasta ahí, era algo comprensible. El problema había empezado al llegar aquí. Le dio un beso para ayudarle a tragar la medicina, le limpió el cuerpo con una toalla húmeda, y le dio la sopa directamente. A este nivel, estaba claro que sus propias fantasías se estaban manifestando en un sueño.

Dicen comúnmente que en los sueños no se siente dolor. Pero al parecer también hay sueños en los que sí. Ban llegó a esa conclusión a medias.

«Todo esto es un sueño».

Entonces, ¿no estaría bien comportarse un poco a su antojo? Ban extendió la mano y atrajo suavemente a Richt hacia sí. Aunque pensara en comportarse como quisiera, con él no podía ser brusco.

Abrazó con cuidado el cuerpo que se había dejado llevar dócilmente y escondió el rostro en la nuca. Aunque parecía no haber perfume encima, su piel olía de manera dulce.

«¿Ves? Es un sueño. Si no lo fuera, ya le habría dado una bofetada». Ban decidió ser un poco más atrevido. Con la mano recorrió el cuerpo que tenía entre los brazos. Acarició su cintura delgada y, entre la ropa desordenada, metió la mano.

Ya de por sí su maestro era alguien de complexión delgada, pero parecía haberse vuelto aún más delgado. Eso le causó una profunda pena, pero aun así no podía detener su mano. Esta empezó a subir por la línea de la espalda. Entonces la respiración de Richt cambió ligeramente.

—Ban.

Al oír que lo llamaban en voz baja, sonrió sin darse cuenta.

—Sí.

Richt extendió la mano y acarició la mejilla de Ban. Luego cerró los ojos con fuerza y apretó los dedos. Le estaba pellizcando la mejilla. Parecía que había usado bastante fuerza, pues sintió un leve dolor.

—¿Duele?

—Un poco —Ban respondió con sinceridad.

—En los sueños no se siente dolor.

Eso ya lo sabía.

—Esto no es un sueño.

Lo sabía, pero entonces, ¿por qué su maestro se quedaba quieto? No lo entendía. Así que decidió preguntar.

—Entonces, ¿por qué no me castiga?

—Ahora mismo estás herido.

—Aun así, puedo recibir castigo.

—Cuando estés completamente recuperado.

«¿En serio? ¿De verdad esto no era un sueño?» Ban aflojó la fuerza con la que sujetaba a Richt.

Este se apartó rápidamente y acomodó su ropa. El rostro de Ban palideció al verlo.

—Lo siento—. Iba a ponerse de pie para arrodillarse en el suelo, pero Richt hizo un gesto.

—¡Está bien! Fue un accidente. Esta vez te lo pasaré.

¿Se podría llamar accidente a eso? No. Si en la realidad se hubiera presentado la oportunidad, quizá habría hecho algo peor. Mientras reflexionaba sobre su propia arrogancia, Ban bajó de la cama. Al levantarse de repente, sintió mareo, pero era soportable. En ese estado, se arrodilló en el suelo.

—¡Ban! —Richt se alarmó y corrió hacia él— ¿Estás loco? ¡Sangraras de nuevo!

Revisó la herida del muslo y, apretando los dientes, abofeteó a Ban. El dolor que sintió en la mejilla le resultó agradable.

«¿Por qué antes había pensado que eso le disgustaba?» Con ese pensamiento, bajó los ojos, y gritó:

—¡Haz lo que te digo! ¡Súbete a la cama ahora mismo!

Ban obedeció y volvió a la cama. Al confirmarlo, Richt salió corriendo y trajo al médico.

—¿Por qué se volvió a abrir la herida? —El médico lo dijo con tono sorprendido mientras examinaba la herida de Ban. Le limpió la sangre, colocó hierbas y vendó la zona—. Por suerte no parece ser un problema grave. Pero evite movimientos bruscos. En pocas palabras, debe permanecer quieto como un ratón muerto durante un tiempo.

Ante esas palabras, Richt miró de reojo a Ban. Él juntó las manos sobre el pecho y escuchó atentamente al médico. Cuando este terminó sus advertencias, salió de la habitación. Les dijo que iría a preparar el medicamento.

—De verdad no era un sueño.

Al darse cuenta de eso, sintió su mente nublarse.

«¿No era un sueño, y aun así su maestro lo había tratado así?». Entonces empezó a preocuparse por otra cosa.

Ban creía que para Richt él era la persona más inferior que existía, por lo que pensó que lo que le hacía a él también podía hacerlo con cualquiera.

—Maestro.

—Llámame por mi nombre.

—Señor Richt.

—¿Qué?

—El beso en los labios es un acto que se hace con alguien a quien se ama. No debería hacerse tan a la ligera solo porque la otra persona esté enferma.

Aunque sonara insolente, no podía evitar decirlo. Pensar en Richt besando a otra persona hacía que su estómago se revolviera. Sentía que podría llegar a querer matar a esa persona.

—No lo hago a la ligera, ¿sabes?

—Pero conmigo… —Antes de que terminara de hablar, la expresión de Richt cambió.

Sus mejillas, antes pálidas, se enrojecieron y sus ojos temblaron.

—No me digas que estabas despierto entonces.

—Si se refiere al momento en que intentó darme la medicina, sí.

—¡Entonces deberías haberlo dicho!

Estaba despierto, pero no tenía fuerzas para hablar o abrir los ojos. Sin embargo, en vez de justificarse, Ban se disculpó.

—Lo siento.

Al oír una disculpa tan honesta, Richt abrió y cerró la boca sin decir nada y salió de la habitación. Sus pasos eran inestables, lo que preocupó a Ban, pero por suerte no se golpeó con nada y salió caminando bien.

Al cerrar los ojos y concentrarse, Ban pudo percibir a Richt fuera de la habitación. Él pisoteó el suelo unas cuantas veces, suspiró y luego regresó. Después, como si no hubiera pasado nada, se sentó en la silla junto a la cama.

—Por ahora, duerme.

Ban obedeció encantado. Había estado dormido casi inconsciente todo el tiempo, así que no tenía sueño, pero podía fingir dormir. Poco después, el sueño real empezó a invadirlo. Incluso mientras caía en el sueño, Richt no desapareció de su mente.

«Si me duele un poco más… Entonces, ¿volvería a darme la medicina con los labios?», pensó Ban.

~ ◊◊◊ ♦♦ ◊◊◊ ~

 

Varios sirvientes y doncellas, incluyendo a Alione, que habían sido manos y pies de la emperatriz Maia, fueron expulsados. Eran quienes, mientras vivía Maia, la seguían y presionaban al príncipe heredero Teodoro.

Por eso algunos puestos habían quedado vacantes, pero no era difícil llenarlos de nuevo. Había muchos sirvientes y doncellas que querían servir bajo el príncipe heredero. Ese no era el problema.

El emperador había muerto y la emperatriz también, pero el príncipe heredero aún no era adulto. Los nobles comenzaron a decir que necesitaba un tutor. Parecía que Alione estaba en el centro de esa conversación, pero decidió no prestarle demasiada atención. De todas formas, era cierto que necesitaba un tutor.

—El problema es a quién poner como tutor.

«Alguien de alto rango, con conexiones y poder, pero fiable». Pensando de esa forma Teodoro dejó escapar un profundo suspiro.

No había nadie. Nadie.

La emperatriz Maia quería que Teodoro hiciera nada sin pasar por ella. Por eso, incluso cuando se reunía con nobles, solo veía a aquellos que ella permitía.

Entre ellos había nobles que se mantenían neutrales, pero no sabía si podía confiar en ellos. Habían servido un tentador banquete, pero nadie lo protegía. ¿Cuánto podrían soportar esas bestias hambrientas al verlo?

Seguro que, si entraban como tutores, tratarían de asumir el rol de regentes.

«No quiero entregar tanto poder».

Mientras pensaba, le dolía la cabeza, así que se acercó a la ventana para ver el jardín, aunque fuera un momento. En momentos así, habría querido que Richt estuviera allí. Incluso si quisiera el puesto de regente en lugar del de tutor, se lo habría dado. Quería sentir sus manos cálidas y oír su amable voz. Pero aún no habían encontrado su paradero.

Sabía que había disuelto la orden de caballeros, pero no sabía a dónde había ido después. Ain, el mayordomo de la casa Devine, guardaba silencio hasta un punto irritante. Para él, las órdenes del príncipe heredero parecían no tener importancia. O quizá le era tan leal a Richt que estaba dispuesto a arriesgar la vida.

En ese momento, alguien llamó a la puerta.

—Su Alteza, el conde Mentel solicita una audiencia.

—Dije que no recibiría a nadie por el momento.

Usó como excusa la muerte de su madre.

—Se lo transmitimos, pero dice que vendrá hasta que Su Alteza supere su tristeza.

«Maldito mapache». Teodoro sabía de sobra lo que quería el conde Mentel, era el líder de la facción de nobles del sur. Seguramente quería colocarse en el puesto de tutor. Había muchos nobles ansiosos por venir, así que podría rechazarlo de nuevo, pero…

—Entonces le concederé un momento.

El conde Mentel no era alguien manejable. Si no lo veía, podría causar problemas por detrás.

Teodoro le dio la vuelta al reloj de arena sobre su escritorio. Cuando la arena terminara de caer, iría a la sala de audiencias.

Sería su tercer encuentro. Las dos veces anteriores habían sido a instancias de Maia.

Su primera impresión fue: un mapache. No porque fuese adorable como uno, sino porque su rostro recordaba a un mapache desagradable. Su carácter también era igual de molesto.

Mientras pensaba en él, la arena terminó de caer. Teodoro llamó a una doncella para arreglarse la ropa y salió de la habitación.

En cuanto salió, dos caballeros se colocaron detrás de él. Uno de ellos era Sir Alex. Últimamente estaba custodiándolo él mismo por preocupación.

Al entrar en la sala de audiencias, el desagradable mapache erguido sobre dos patas le dio la bienvenida.

—Su Alteza, cuánto tiempo sin verlo.

Esa cara sonriente lo irritaba. Aun así, Teodoro sonrió.

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