꧁ Capítulo 6 ꧂

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Shan Ming se recuperó en aquella pequeña aldea durante tres días. Su constitución física era extremadamente fuerte. Qiao Bo además había conseguido las mejores medicinas. Aunque el médico local que habían llamado no era muy hábil logró estabilizar sus heridas.

Al tercer día llegaron las personas enviadas a recogerlos.

Shen Changze estaba parado en la habitación de Shan Ming y vio un Hummer acercarse desde la entrada de la aldea. Qiao Bo les gritó algo desde lejos. El vehículo se detuvo en el patio y de él saltó un hombre fornido y una mujer de piel marrón oscura.

Aquel hombre blanco era similar a Qiao Bo, de unos treinta años y complexión robusta. Pero esa mujer era muy diferente. Shen Changze nunca había visto a una mujer de apariencia tan seductora y llena de encanto.

Ella llevaba una camiseta ajustada negra y unos shorts tan cortos que apenas llegaban a la raíz del muslo. Su pecho prominente, su cintura delgada y sus muslos largos y firmes, al compás de su paso oscilante, desprendían al máximo una ferocidad y una belleza indescriptibles.

Los aldeanos al mirarla se quedaron directamente atónitos.

Qiao Bo dijo con afecto: —Peier, estás aquí.

Ella sacudió su largo y espeso cabello negro, sus profundos y hermosos ojos brillaron con un destello. Le preguntó a Qiao Bo: —¿Dónde está?

Qiao Bo señaló la choza de paja frente a ellos: —Dentro.

Per sacó del coche un enorme baúl de metal que parecía pesar bastantes decenas de kilos. Lo cargó sobre su hombro sin esfuerzo y caminó hacia la casa.

El niño alzó el cuello para mirarla.

Peier frunció el ceño y miró al niño pequeño. Pensó que era hijo de algún aldeano y no le prestó atención. Si no se fijaba deliberadamente no distinguía la diferencia entre un chino y un birmano.

Shan Ming se sentó en la cama: —Peier.

En el instante en que lo vio, en el rostro de Peier apareció la suavidad propia de una mujer. Se acercó a la cama, tomó el rostro de Shan Ming entre sus manos y besó suavemente sus labios: —Estaba muy preocupada por ti.

Shan Ming sonrió: —No voy a morir.

Peier le dio unas palmaditas en la cara. Se levantó y abrió el baúl de metal. Dentro había solo equipos médicos y medicinas. Dijo: —Primero te haré unos tratamientos simples. Luego nos iremos de aquí inmediatamente. El Jefe espera tú regreso.

Peier era la médica jefe de su grupo mercenario. Debido a su belleza excepcional y sus sólidas habilidades disfrutaba de un estatus muy alto dentro del grupo.

Peier reabrió y trató las heridas que el médico local le había hecho toscamente a Shan Ming. Las vendó una por una y luego le puso un suero nutritivo.

Después de almorzar Qiao Bo y Kesiqi, el otro hombre blanco que había venido, planearon cargar a Shan Ming al vehículo para partir de regreso a su base temporal.

Pero Shan Ming no quería que lo cargaran de un lado a otro como un inválido. Tenía un pie perfectamente sano. Además estas personas habían comido, bebido y descansado bien. Él podía caminar perfectamente solo.

Qiao Bo dejó a los aldeanos una gran suma de dinero y les pidió que prepararan comida y agua para poner en el vehículo.

Shen Changze, aunque no entendía lo que decían, también notó que se iban. Así que se pegó al lado de Shan Ming.

Shan Ming caminó dos pasos y de repente recordó que a sus pies aún había un niño pequeño. Se detuvo y lo miró.

Peier también miraba al niño con curiosidad.

Qiao Bo detrás de ella dijo: —Ese lo encontró Shan. Es chino igual que él.

Peier parpadeó y dijo en voz baja: —¿Todos los chinos son tan guapos?

Qiao Bo se encogió de hombros: —Yo tampoco he visto muchos pero…— dijo con una sonrisa aduladora: —Pero creo que todas las amazonas son tan encantadoras como tú.

Peier acarició sonriente su barba corta y le dio un beso en la mejilla.

El niño miró a Shan Ming: —Tío ¿adónde vas?

—Adonde vaya no tiene nada que ver contigo. No me sigas más.

El niño abrió mucho los ojos: —¿Vas a dejarme aquí?

—Aquí hay comida, bebida y gente. No voy a llevarte a casa. Busca la manera tú solo.

El niño se abrazó a su muslo. Sabía que Shan Ming hablaba en serio. El miedo a ser abandonado llenó por completo su corazoncito: —Tío no me abandones. No quiero quedarme aquí.

No entendía ni una palabra de lo que decía la gente de aquí. No quería quedarse aquí. ¡No quería ser abandonado!

Shan Ming como advertencia golpeó su muslo con el bastón: —Suéltame.

—¡No! ¡No! Tío no me abandones llévame contigo. No quiero estar aquí. No entiendo lo que dicen tengo miedo tío te lo ruego llévame—. Las lágrimas del niño caían sin parar. En un instante empaparon por completo su carita. Parecía especialmente lastimoso.

Peier le preguntó a Qiao Bo: —¿Ese niño no quiere separarse de Shan?

—Debe ser eso. Yo tampoco entiendo. Parece muy lamentable.

Shan Ming dijo fríamente: —No tengo razón para llevarte. Eres una carga, no tienes valor para mí.

—Tío… llévame contigo, te lo ruego, no me abandones—. El niño temblaba de miedo de pies a cabeza. Aunque Shan Ming era frío y feroz era la única persona con quien podía comunicarse y además lo había salvado en un momento crítico. El niño aunque le temía en su corazón dependía mucho de él. Si Shan Ming lo abandonaba así, sabía que nunca tendría oportunidad de volver a ver a su papá y su mamá. Por eso se aferraba con desesperación al muslo de Shan Ming y no soltaba su mano sin importar que tan amenazante y severo fuera.

Qiao Bo dijo: —Shan ¿quiere irse contigo? Qué lamentable es.

—No somos una organización benéfica, ¿Por qué deberíamos preocuparnos por él?

El niño aunque no entendía lo que decían podía adivinarlo un poco por el tono de Shan Ming. Abrazaba el muslo de Shan Ming como si se aferrara a un salvavidas. Por más que intentara sacudírselo no podía.

Lloraba a gritos, solo tenía cinco años. El miedo a ser abandonado lo hacía temblar por completo.

Los otros tres miembros del grupo mercenario estaban parados al lado mirando el espectáculo. Querían ver cómo resolvería Shan Ming la situación.

Shan Ming miró al niño que abrazaba su muslo llorando. La escena ante sus ojos por un instante lo dejó aturdido. La imagen de este niño parecía superponerse con la de sí mismo años atrás.

Hace más de diez años él mismo había vagado así al borde de la vida y la muerte. Luego su padre lo había introducido en este mundo sangriento. Aunque él seguía vagando al borde de la vida y la muerte ya era lo suficientemente fuerte. Tan fuerte que podía controlar su propia vida y muerte.

Sin embargo, el destino de este niño estaba en manos de otro. Quizás nunca tendría la oportunidad de volverse fuerte y así poder elegir entre la vida y la muerte.

Entonces ¿debía darle esa oportunidad? Por un instante, la vacilación cruzó la mente de Shan Ming.

Miró al niño pequeño y preguntó: —¿Quieres venir conmigo?

El niño que lloraba con dificultad. Al oír la pregunta asintió con la cabeza apresuradamente.

Shan Ming esbozó una sonrisa cruel: —Si insistes en venir conmigo puedo llevarte. Pero no te llevaré a casa. A partir de ahora tendrás que vivir según la manera que yo te diga. Quizás quedándote en esta aldea serías incluso más feliz—. Shan Ming hizo una pausa: —¿Aún quieres venir conmigo?

El niño solo dudó un momento e inmediatamente asintió. No sabía qué destino desconocido le esperaba, pero sabía que si se quedaba en esta remota aldea nunca saldría de ella.

Shan Ming soltó una risa burlona: —Sube al coche.

Él mismo subió primero al vehículo. El niño con dificultad trepó al coche, se deslizó hábilmente en sus brazos y se acurrucó formando una bola. Mientras se secaba las lágrimas observaba a escondidas a los otros tres miembros del grupo mercenario. Su carita enrojecida por el llanto parecía especialmente lastimosa.

Los tres se miraron unos a otros.

Sin una orden no tenían derecho a interferir en las acciones de otro miembro. Que Shan Ming debiera o no llevar a un niño de regreso debía decidirlo el Jefe. Ellos no iban a opinar sobre este asunto.

Nadie podía prever cuán grande sería el impacto del impulso momentáneo de Shan Ming, para ellos y para cada miembro del grupo mercenario.

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