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CUANDO JIANG LIAN volvió a despertar, ya era el crepúsculo de ese día.
El doctor Huo se acariciaba la barba.
—Antes gritaste de pronto y volviste a convulsionar. Ya te he aplicado acupuntura y te administré unas píldoras. Esta medicina se llama «Píldora Wuji para la Epilepsia», es una receta secreta transmitida en mi familia. Mi linaje ha practicado la medicina durante generaciones, incluso contamos con herencia de médicos imperiales. Puedes estar tranquilo. Si vuelves a presentar síntomas de epilepsia, no será tarde para consultar a un médico occidental.
Cambiando de tono, añadió:
—Sin embargo, la causa de tu enfermedad aún debe investigarse. Antes de esto, ¿estuviste en algún lugar extraño? ¿O encontraste a alguien con comportamiento anormal?
Jiang Lian negó con la cabeza.
—No, todo normal.
El doctor Huo puso una expresión seria.
—Este asunto es muy importante. ¿De verdad no viste nada fuera de lo común?
—No —respondió Jiang Lian—. Lo único raro… son us…
Se contuvo a tiempo. Tal vez por cortesía.
El doctor Huo suspiró.
—Entonces que así sea. Descansa bien. Pronto mejorarás.
Jiang Lian recorrió la habitación con la mirada. Todo parecía normal. También miró a Lin Xun y los demás. Todos parecían normales.
Wang Anquan se acercó con amabilidad.
—Jiang-ge, ya es hora de salir del trabajo. Descansa tranquilo. Si necesitas ir al hospital, nosotros cubriremos todos los gastos.
—También ofrecemos alojamiento —añadió Lin Xun—. El cuarto de al lado está libre. Si el transporte te resulta un problema, puedes mudarte allí.
Jiang Lian tenía la mirada un tanto dispersa, pero en cuanto oyó a Lin Xun decir «puedes mudarte», se espabiló de inmediato.
—No, gracias por la oferta. —Acto seguido, guardó su computadora—. Me voy. Nos vemos luego.
Y con eso, salió de la habitación a toda prisa, como un visitante de parque de diversiones huyendo de la casa embrujada.
Zhao Jiagou le dio un codazo a Wang Anquan.
—Dime, ¿crees que mañana vendrá a trabajar?
Wang Anquan no dijo nada, solo le lanzó una mirada advirtiéndole que se callara.
Zhao Jiagou no entendió.
—¿Eh?
Wang Anquan se inclinó hacia su oído, echando un vistazo de reojo al anciano Huo, y susurró:
—Sabemos demasiado.
Zhao Jiagou sintió un escalofrío al instante.
El anciano Huo, con las manos a la espalda, los recorrió con la mirada severa.
—Imagino que ustedes, que se la pasan en casa reparando computadoras y jugando videojuegos, no tienen mucho contacto con el mundo exterior.
—Así es, abuelo Huo —respondió Wang Anquan con sinceridad—. En realidad, Zhao y yo sufrimos tres enfermedades incurables: sordera intermitente, ceguera intermitente y mudez permanente. No vimos nada, no oímos nada y mucho menos diremos algo.
El anciano Huo resopló.
—Jum. Por ahora confiaré en ustedes. Pero mañana, Xiao-Lin vendrá conmigo a la región de Shu. Ustedes dos, arréglenselas por su cuenta.
Dicho esto, caminó hacia la puerta con pasos firmes y pegó un talismán de papel amarillo en el marco.
—He colocado una barrera. Estarán protegidos.
—Gracias, shifu —dijo Lin Xun.
En cuanto el anciano Huo se fue, Lin Xun fue rodeado de inmediato por Wang Anquan y Zhao Jiagou.
—Suanfa, sé honesto —dijo Wang Anquan—. ¿Estoy soñando?
—Ojalá lo estuvieras —respondió Lin Xun—, pero no.
No ocultó nada: les contó en detalle todo lo que había vivido en los últimos días. Mientras hablaba, casi podía escuchar el sonido de sus cosmovisiones materialistas desmoronándose.
Zhao Jiagou se quedó mirando al vacío por la ventana, sin enfoque en los ojos.
Wang Anquan se desplomó en una silla. Pasaron cinco minutos antes de que, de pronto, se incorporara como si despertara de un coma.
—Entonces, Suanfa… Si yo también cultivara, o si tú escribieras un Hello World en mi compilador… ¿quiere decir que me libraría del problema de la caída del cabello?
—En teoría, sí —respondió Lin Xun.
Wang Anquan se relamió, maravillado.
—Eso sí que sería una bendición.
Y así, la firme cosmovisión materialista de Wang Anquan se hizo añicos ante la tentación de conservar su cabello.
—Lin-ge, llévame contigo.
—Por ahora solo puedo programar dentro de mi propio compilador. No puedo modificarte a ti. Pero buscaré una forma. —Y al decir esto, bajó la vista desde su posición hacia Wang Anquan—. Lo que puedes hacer ahora es ayudarme con programas útiles. Necesito un firewall. Envíamelo.
Una vez que Wang Anquan y Zhao Jiagou aceptaron la realidad, se apoyaron el uno en el otro y salieron tambaleándose de la habitación. Lin Xun cerró los ojos de inmediato y sumergió su conciencia en el espacio del sistema.
Todavía no había recogido su recompensa: Un Cofre del Caos, un Arma Mágica nivel principiante.
Los cofres contenían objetos aleatorios. Pero, ¿qué sería esa arma mágica?
Lin Xun sentía curiosidad. Se acercó a la interfaz de misiones y, de pronto, se quedó pasmado.
—¿Qué mi…? —Estuvo a punto de soltar una palabrota. No podía creer lo que veían sus ojos.
¿Qué era eso?
Flotando en el vacío… ¡había un teclado Cherry! ¡Idéntico al que tenía en su habitación!
Le dolía la cabeza. Extendió la mano para tomarlo. En cuanto sus dedos tocaron el teclado, este se desvaneció al instante, transformándose en una corriente de luz compuesta por datos binarios que se fundieron con su cuerpo.
La voz mecánica del sistema anunció:
[Arma mágica transformada con éxito.]
Lin Xun se frotó las sienes y luego tomó el Cofre del Caos. Según su experiencia en los videojuegos, este tipo de cofres aleatorios tenían sus reglas. Si uno tenía mala suerte, era mejor recurrir a ciertos rituales místicos.
Cerró los ojos, fingiendo desinterés y, en un momento inesperado, ¡lo abrió de golpe cuando el cofre «no miraba»!
Lin Xun abrió los ojos.
—Fuck… —Al final no logró contenerse.
Dentro del cofre plateado, yacía en silencio un disco duro externo. A simple vista, parecía el que usaba con más frecuencia. Lo tomó en sus manos y, como era de como era de esperarse, el objeto también se desintegró como el teclado Cherry, convirtiéndose en luz y desapareciendo en su cuerpo.
El sistema repitió con voz monótona:
[Arma mágica transformada con éxito.]
Lin Xun sintió que el mundo se volvía cada vez más absurdo e inverosímil. Pero en ese momento, la voz del sistema volvió a sonar:
[Felicitaciones por desbloquear el arma mágica rara «Joya Primordial del Caos». Probabilidad: una entre mil.]
¿Joya Primordial del Caos? ¿Una entre mil? ¿O sea que el disco duro era una caída rara con probabilidad de milésimas?
Miró a su alrededor en el espacio del sistema, pero no encontró nada especial. Así que regresó a la realidad.
El teclado Cherry —aquel que había usado para noquear a Jiang Lian y, con ello, salvado su vida— seguía en el mismo lugar. Pero las teclas estaban intactas y… tenía algo extraño.
Lin Xun sentía que emitía un leve resplandor. Lo levantó. Al tacto seguía siendo frío como el metal y su peso no había cambiado. Pero el cable de conexión había desaparecido.
¿Qué significaba eso?
Probó colocar los dedos sobre las teclas, familiares bajo su tacto. De pronto, el mundo frente a sus ojos se onduló como la superficie de un lago. A medida que las ondas invisibles se extendían como agua, apareció una capa de imágenes fantasmales ante sus ojos.
Una interfaz azul, semitransparente, se desplegó frente a él, superponiéndose al mundo real. Lin Xun probó presionar algunas teclas del teclado. Las letras comenzaron a aparecer en la interfaz de programación.
Así que era eso.
La función de este teclado… ¿era escribir comandos en el compilador dentro de su propio cuerpo?
Eso significaba que, a partir de ahora, no necesitaría ingresar al espacio del sistema: incluso en el mundo real, ¡podría compilar sus propios programas!
Y eso que solo era un arma mágica de nivel principiante.
Entonces, ¿para qué servía ese arma rara —con una tasa de caída de una entre mil— que el sistema había anunciado con tanta solemnidad?
Lin Xun se dirigió a su escritorio, abrió uno de los compartimentos y sacó su propio disco duro portátil. Era negro, pero en ese momento ya no se parecía en nada al modelo ordinario de antes. Ahora era un negro deslumbrante, cubierto de matices tornasolados.
Y entonces… ¿cómo se usaba?
Lin Xun lo pensó un poco, pero sin encontrar una respuesta clara, decidió regresar a lo esencial.
Un disco duro portátil era, después de todo, una herramienta de almacenamiento. Tenía más capacidad que una memoria USB y una mayor velocidad de lectura, pero en esencia seguía siendo lo mismo: había que conectarlo a una computadora.
Encendió su computadora, conectó el disco duro y abrió la carpeta.
Todo seguía como antes. Una interfaz familiar, sin nada especial. Igual de corriente.
Lin Xun comenzó a explorar el directorio de archivos. Y de repente, su mirada se detuvo. Había algo nuevo: al final de la lista, yacía una carpeta llamada simplemente «L».
Desde pequeño, Lin Xun había estado familiarizado con el uso de computadoras, y sabía muy bien los problemas que traía el desorden. Por eso, siempre organizaba sus archivos con nombres claros y clasificaciones precisas. Jamás le pondría a una carpeta un nombre vago como «L», que en medio año ya no recordaría qué significaba.
Dejó el cursor reposando sobre la carpeta durante tres segundos, luego la abrió.
Tres archivos en C: un Hello World y dos programas de bucles.
Lin Xun sintió que la respiración se le aceleraba. Estos eran los tres programas del sistema dentro de su cuerpo…
Entonces, esa carpeta «L» estaba conectada directamente a su directorio interno. Abrió la carpeta donde almacenaba sus programas en lenguaje C y copió uno dentro. Efectivamente, ese archivo también apareció en su mundo interior.
Lin Xun se sintió revitalizado.
¿Eso quería decir que ahora podía copiar directamente programas externos al mundo dentro de su cuerpo, y ejecutarlos como quisiera, sin tener que reescribirlos desde cero?
Sin dudarlo, copió toda su carpeta de C al disco: contenía todos los programas completos que había escrito desde pequeño. No sabía si serían útiles, pero más valía tenerlos que no. Contar con una biblioteca rica y disponible en cualquier momento le daba una enorme sensación de seguridad.
Tres minutos después, la transferencia terminó. Retiró el disco duro, salió de su habitación y llamó a la puerta de Wang Anquan.
Y así, Lin Xun pasó casi toda la noche depurando, verificando y renombrando sus programas antiguos. No fue hasta las dos de la madrugada que se fue a dormir. Sin embargo, para su sorpresa, a la mañana siguiente despertó despejado, sin el más mínimo rastro de haber trasnochado.
Los cultivadores, sin duda, eran diferentes.
Lin Xun se vistió, se aseó y encendió el microondas para calentar el desayuno de los tres. Después de dejar todo en orden, salió a tirar la basura.
La llegada de Galaxia había desatado una ola de automatización a nivel global. No solo los autos eran autónomos: las tecnologías de hogar inteligente también se habían desarrollado y habían comenzado a entrar en la vida diaria. No obstante, los conjuntos habitacionales antiguos no podían adaptarse fácilmente a esa modernización debido al cableado y otras limitaciones. La mayoría de los residentes originales se habían mudado, y quienes quedaban eran inquilinos temporales o ancianos apegados a lo tradicional.
Mientras Lin Xun bajaba la basura, su vecino del frente también salía de casa. Era un joven aficionado al gimnasio, con un cuerpo bastante musculoso.
Lin Xun le asintió en señal de saludo: no solía salir mucho, y menos aún socializar, así que con todos en el edificio mantenía una relación de simples conocidos. Después del gesto, dejó de prestarle atención, bajó las escaleras y se dirigió al área de reciclaje para depositar la bolsa.
Al terminar, alzó la vista hacia el horizonte oriental, donde el sol se asomaba tras una fina neblina. Amaneceres y atardeceres, la vida se repetía día tras día. Pero desde que había descubierto aquella interfaz tres días atrás, su mundo parecía haber cambiado de forma sutil e inexplicable.
Detrás de él, se oyeron pasos.
Y de pronto, sintió una ráfaga violenta que le rozó el oído: ¡un golpe venía directo hacia él!
No se movió. Tampoco tuvo tiempo de reaccionar. Solo alcanzó a ver, con el rabillo del ojo, el brazo musculoso de su vecino y su puño cerrado viniendo directo hacia su cabeza..
¡Estaba a punto de golpearlo!
Pero justo en ese instante crítico, el movimiento del vecino se detuvo.
A cincuenta centímetros de su cuerpo, el puño quedó suspendido en el aire, como si se hubiese estrellado contra una membrana invisible. Ya no pudo avanzar ni un centímetro más.
Lin Xun se dio la vuelta.
Los ojos del vecino estaban completamente oscuros, sin un solo destello de luz. Al fallar el primer golpe, ¡sacó una cuchilla de cortar sandía de su espalda! Se le hincharon las venas de la frente, se podía ver que estaba usando toda su fuerza para clavar el cuchillo en él. Sin embargo, la hoja se detuvo justo frente al cuerpo de Lin Xun, sin poder avanzar ni un centímetro más.
—Hola, amigo —dijo Lin Xun, mirándolo a los ojos—. ¿Sabes lo que es un firewall?
El vecino lo observó con mirada vacía, sin responder.
Lin Xun no sabía por qué esos seres demoníacos lo habían tomado como objetivo, pero tenía plena confianza en el firewall que Wang Anquan había diseñado.
—Un firewall es una barrera entre la red interna de una computadora y la red externa. La red interna soy yo. Ustedes, la red externa —explicó con calma—. ¿Y cuál es la función del firewall? Rechazar todo acceso de usuarios no autorizados.
El vecino ya había perdido por completo el juicio. Con el cuchillo, intentaba apuñalarlo desde todos los ángulos posibles.
Lin Xun le dio una palmada en el hombro, con una mezcla de lástima y ternura.
—Está bien, ya entendí que no tienes educación.
Y con eso, lo rodeó con tranquilidad y se adentró en el pasillo. Bajo la luz dorada del amanecer, vio cómo su silueta se proyectaba débilmente sobre el suelo. Y detrás de él, la sombra del vecino se abalanzaba con violencia.
Lin Xun parpadeó, se dio la vuelta y se encontró de nuevo con su mirada. Al instante siguiente, levantó el teclado que había estado sosteniendo con el brazo izquierdo desde que salió de casa esa mañana.
Desde que fue atacado por Jiang Lian, Lin Xun había entendido que ese nuevo mundo era peligroso. Por eso, incluso para salir a tirar la basura, no dejó el teclado en casa.
Sus dedos se movían con una destreza absoluta sobre las teclas. Con una sola mano, tecleó con rapidez, seleccionando un archivo: un virus tipo gusano elaborado con esmero por Wang Anquan.
En Turbo C, la combinación Ctrl + F9 servía para ejecutar un programa. Pero Lin Xun solo tenía una mano libre para operar el teclado, y pulsar combinaciones de teclas no era tarea fácil. Previó ese inconveniente, así que había configurado una macro para que la tecla F11 reemplazara la combinación.
Con el dedo suspendido sobre F11, justo antes de presionar, Lin Xun miró al vecino a los ojos. Su rostro era inexpresivo, pero su tono albergaba una sinceridad absoluta:
—Tú empezaste.