022. DDoS – parte cuatro

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

AL VER QUE NO respondía, Qi Yun fijó su mirada en él y volvió a hablar:

—Mis shidis y yo estamos cultivando duro y sin molestar a nadie en este lugar. Si vienes a perturbarnos sin motivo, ¡me veo obligado a pensar que tienes motivos ocultos!

Lin Xun permaneció en silencio. Cuanto más alterado se mostraba Qi Yun, más sospechoso le parecía todo. Además, sumado a la pista previa de la misión, resultaba obvio que la reunión de estas personas escondía algo turbio.

Por fin respondió:

—Es la primera vez que vengo al Monte Qingcheng. Solo estaba explorando la zona y coincidí con ustedes por casualidad.

—Anoche fui yo quien actuó sin cortesía; perder una vez frente a ti nos deja a mano —dijo Qi Yun—. Pero si insistes en interrumpir el entrenamiento de mis shidis y el mío, ¡no me dejarás más opción que ser grosero!

Lin Xun entrecerró los ojos.

—Eso mismo decían anoche—señaló.

Y, sin embargo, diez minutos después de soltar  tales amenazas, Qi Yun yacía derrotado.

Luego, en la media hora en que perdió el control y cayó en la desviación de Qi, tuvo la mala fortuna de cruzarse con el anciano Huo, que regresaba de visitar a un amigo en la Cueva del Maestro Celestial; lo que resultó en la confiscación de todas sus armas.

Pero esta vez, para sorpresa de Lin Xun, Qi Yun no mostraba el menor rastro de miedo.

Con un resoplido despectivo, declaró:

—Ignoro qué artes arcanas y retorcidas empleaste anoche, al amparo de la oscuridad, pero hoy no permitiré que te salgas con la tuya.

»Y además —agregó, marcando cada palabra—, ¡ya que has tenido la temeridad de venir hasta aquí, no pienses en escapar! La afrenta de haberme despojado de mi espada es una ofensa que jamás podrá ser perdonada. —Dicho esto, desenvainó de golpe su nueva espada—. ¡Matriz de formación!

Con un «shua-shua», los discípulos espadachines también sacaron sus relucientes espadas. El frío resplandor de las hojas centelleó. Con pasos de peculiar cadencia, se desplazaron al unísono y en un instante formaron un arco que se lanzó contra Lin Xun.

Era el mismo truco que Lin Xun experimentó la noche anterior. Se impulsó en el aire, apenas rozando con las puntas de los pies las copas de los arbustos —como una libélula sobre el agua— para, acto seguido, ganar aún más altura y esquivar la Energía de Espada que los espadachines lanzaban en un amplio barrido.

Al instante siguiente, pulsó con ligereza el teclado y envió el archivo troyano a Qi Yun. En el aire pareció levantarse un viento, ¡que se precipitó hacia él!

Lin Xun aguardaba a que apareciera la interfaz del programa troyano, pero para su sorpresa, no apareció nada.

Y Qi Yun… seguía ileso, sin un solo rasguño.

Se deslizó rápidamente hacia la izquierda, esquivando otra ráfaga de Energía de Espada. Vio a Qi Yun erguido en medio de la formación de espadas.

—Con tu insignificante período de Refinación de Qi —espetó—, ¿cómo pretendes romper el tesoro de protección que me concedió mi shifu?

Mientras hablaba, levantó su espada y se lanzó de frente, una luz plateada atravesó el aire directo hacia Lin Xun.

Lin Xun detuvo el ataque con el teclado y retrocedió de un tirón.

Qi Yun dejó escapar una risa burlona, giró su muñeca con un leve movimiento y cambió la dirección de la hoja, reanudando el ataque. Su espada arrastraba una fuerza poderosa, al punto de sacudir los arbustos cercanos y hacer caer sus hojas.

Esta vez, el filo impactó de lleno contra el firewall, detenido por una barrera invisible. Sin embargo, en ese instante, todos los demás discípulos, excepto Qi Yun, se detuvieron en sus sitios y cerraron los ojos, como sumidos en meditación.

Era otro ataque DDoS.

A ojos de Lin Xun, ahora mismo, estas personas no eran más que computadoras en pleno cálculo a gran velocidad.

Un ciberataque exitoso requiere de enorme poder de cómputo. La fuerza de Qi Yun, por sí sola, no bastaba. Pero ahora él y los demás espadachines estaban enlazados a través de la formación, y la capacidad de procesamiento de todos se concentraba en su espada.

Lin Xun observó cómo la hoja descendía sobre él con extrema lentitud. Aunque al principio el firewall la había detenido a unos cuarenta centímetros de distancia, avanzaba lenta, muy lentamente y ya había ganado al menos cuatro centímetros.

Alzó la mirada y vio las gotas de sudor formándose en la frente de Qi Yun. En ese momento, Lin Xun esbozó una leve sonrisa.

—¿Por qué sonríes? —preguntó Qi Yun.

—Por nada —respondió Lin Xun—. Su formación de espadas es impresionante.

—Mejor que lo sepas. —Qi Yun arqueó las cejas, su mirada llena de desprecio—. Al final, no eres más que alguien refugiado en una barrera defensiva. ¡Prepárate para morir!

Los músculos del brazo derecho se le tensaron y, con un fuerte empuje, el filo descendió otro centímetro.

—Todavía no termino de hablar —dijo Lin Xun.

—No tendrás esa oportunidad —replicó Qi Yun.

Lin Xun leyó en su mirada la certeza de que para Qi Yun ya era hombre muerto. Sin mostrar ninguna emoción en especial, dijo con calma.

—Su formación de espadas es impresionante, pero…

Qi Yun frunció el ceño.

En el siguiente instante, los dedos de Lin Xun se movieron con rapidez sobre el teclado: ¡trece pulsaciones seguidas! Ajustar programa, cambiar parámetros, ejecutar.

—¡Qué resistencia tan obstinada! —escupió Qi Yun.

De pronto, pareció advertir algo extraño y miró hacia atrás. Los espadachines seguían con los ojos cerrados, en actitud de meditación, sin ninguna anomalía.

Volvió a mirar a Lin Xun.

—Pero ahora… —dijo él—, me pertenece.

Acto seguido, retrocedió de un salto y lo miró desde lo alto en el aire.

«Tú tienes un tesoro protector; yo tengo un cortafuegos. Pero tus hermanos espadachines no tienen nada».

«Tú te apoyas en un ataque distribuido para captar su poder de cómputo y forzar mi firewall; pues yo también puedo implantar programas en ellos y disputarte esa potencia de cálculo».

Mientras lidiaba con Qi Yun, Lin Xun siguió tecleando con la mano derecha. Diez minutos más tarde, su plataforma de ataque estaba lista.

Lanzó otra ofensiva contra Qi Yun.

Esta vez no era solo su fuerza: la de los otros espadachines también estaba de su lado. La presión fue tanta que el tesoro de protección de Qi Yun empezó a mostrar grietas, hasta que en medio de la avalancha de datos apareció un punto débil.

Detrás de escena, el archivo troyano que hasta entonces había sido bloqueado, logró infiltrarse.

Lo que seguía era el procedimiento habitual: generar bugs, provocar caos.

Los discípulos espadachines cayeron desordenados al suelo. Qi Yun, aunque aún consciente, ya no podía sostener la espada. Respiró con dificultad y, con la mirada inyectada en sangre, gritó:

—¡Tú… maldito demonio…! ¿Qué clase de hechicería es esta? ¿Quién eres en realidad?

Lin Xun se quitó la pulsera negra de la mano derecha. En un instante, se alargó hasta convertirse en una cadena de hierro negra, tan gruesa como un dedo meñique y de cinco o seis metros de largo.

Aquel día, en su casa, había dejado inconsciente a Jiang Lian y lo ató con una sábana y una cuerda de saltar. El anciano Huo lo detestó tanto que le entregó esta cadena, llamada «Cadena Atademonios.

Y eso de amarrar gente era como todo: la primera vez cuesta, la segunda se vuelve fácil. En poco tiempo, Lin Xun había sujetado firmemente la parte superior del cuerpo de Qi Yun.

—¿De verdad quieres matarme? —preguntó Lin Xun con seriedad.

—Si no… ¿qué otra cosa? —respondió Qi Yun, jadeando.

Lin Xun volvió a confiscarle la espada y, tirando de un extremo de la cadena para ponerlo en pie, dijo:

—¿No conoces la ley o qué? —Luego, ignorando los débiles insultos de Qi Yun, comenzó a examinar los alrededores.

No tenía intención de preguntarle qué misterio ocultaba este lugar. Aunque el tipo no parecía muy listo, hasta el necio puede tener un acierto. Si lo interrogaba, era probable que le diera información falsa para tenderle una trampa. Así que, llevando a Qi Yun como un perrito con correa, recorrió la plataforma en busca de alguna pista.

Después de avanzar un tramo, aparecieron en su campo de visión dos figuras pegadas a la roca, temblando de miedo.

Eran Capi y Cabo. Al parecer, la curiosidad acabó por vencerlos: no se habían quedado quietos como les dijo, sino que vinieron… y vieron cosas que no deberían haber visto.

Cabo estaba temblando, ya ni siquiera lo llamaba «amigo».

—Ma… maestro, usted… ustedes…

—Está todo bajo control —dijo Lin Xun—. Ellos no pudieron contra mí.

—Ah… bien… usted… —balbuceó Capi.

—¿Qué? —Lin Xun frunció el ceño.

De pronto notó que ambos tenían los ojos clavados en su teclado, que estaba iluminado. Tal vez en medio de la frenética ráfaga de operaciones anterior había presionado alguna tecla de función y activado la retroiluminación.

La luz del teclado era un recurso muy práctico: permitía a un programador ver con claridad las letras incluso en la oscuridad total, sin forzar la vista con la luz de la pantalla.

Lin Xun pensó que tal vez allí estaba el problema.

Había dos tipos de luz de teclado. Una, llamada RGB, multicolor y cambiante, muy popular entre los chicos. Pero a él no le gustaba; la encontraba ostentosa y frívola. La suya era monocromática: roja.

Su teclado, con base plateada y teclas negras, irradiaba un resplandor rojo oscuro. Luego de la modificación del sistema, la luz parecía aún más intensa, con un aire algo siniestro.

Entonces escuchó a Cabo decir:

—Maestro, ¿no será que usted es… de esa… esa legendaria… secta demoníaca?

—¿Así que de verdad eres un demonio? —preguntó Qi Yun.

Lin Xun no supo qué decir por un momento, luego apagó la luz de su teclado.

—Pertenezco a una secta recta y honorable.

—¡Ja! —soltó Qi Yun.

Lin Xun no le hizo caso y siguió caminando mientras usaba un programa rastreador para inspeccionar el entorno.

Y en efecto, detectó algo extraño.

Había un sitio donde el programa no lograba detectar nada: un punto ciego, inexplorable por más que lo intentara.

Se dirigió hacia allí llevando a rastras a Qi Yun, seguido de cerca por Capi y Cabo. El destino final era un callejón sin salida: montañas a la izquierda, montañas a la derecha y montañas al frente. Paredes rocosas, piedras, enredaderas colgando como una cascada desde lo alto…

Lin Xun apartó las enredaderas con la mano. Apareció una abertura oscura, de aproximadamente la altura de una persona y el ancho de dos. Tras pensarlo un instante, empujó primero a Qi Yun dentro.

—¡Malna…! —pareció soltar una blasfemia, que Lin Xun filtró mentalmente.

Cinco segundos después, él mismo entró en la cueva. De inmediato, se oyó un estruendo sordo.

«¡Boom!».

Algo pesado se desplomó detrás de ellos.

Lin Xun retrocedió y sintió la fría pared de piedra. La salida estaba bloqueada y la luz exterior quedó cortada; ante sus ojos, todo era oscuridad absoluta. Solo escuchaba la respiración agitada de Qi Yun.

Apretó con fuerza la cadena en su mano.

—¿Qué es este lugar?

—Un sitio del que no podrás salir —respondió Qi Yun. Y añadió—: Suéltame, suéltame y si me suplicas, usaré el destello de mi espada para iluminarte. Si no, veremos quién muere primero de hambre aquí.

—¿Y cómo debería suplicarte?

—Señor Qi Yun… No, papá Qi Yun, cometí un error. Mis ojos de perro no reconocieron al Monte Tai[1] y te ofendí. —Poco a poco se metió en el papel y su tono se volvió cada vez más sentido—. Es este hijo el que fue indigno… Este hijo viene ahora mismo a pedir perdón, a suplicar a papá que canalice su energía para iluminar…

Lin Xun guardó silencio.

Un segundo después, la voz de Qi Yun se interrumpió de golpe, como un pato al que le aprietan el cuello.

Con el rostro impasible, Lin Xun encendió la linterna de su teléfono y la cueva se iluminó como si fuera de día


Notas:

[1] 狗眼不识泰山 (gǒuyǎn bù shí Tàishān). Lit. Unos ojos de perro no reconocen el monte Tai. Significado: alguien vulgar que no reconoce la importancia o el estatus de otro.

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x