Arco IV – Capítulo 7

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Arco IV

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Doctor pervertido x paciente obsesivo: Celos descontrolados, juego de montar en la sala de hospital forzando la abertura para pedir la penetración / Escena extra: desarrollo uretral controlando la eyaculación (Parte 7)

Lu Hanyu se había vuelto pervertido, pero seguía siendo el mismo obsesivo de siempre: 

—Igual que hace cinco años.

He Shuqing esbozó una sonrisa en los ojos, pero su tono era helado: 

—¿Estás tomando venganza?

Lu Hanyu apretó el teléfono hasta que sus dedos palidecieron, su voz un susurro frío: 

—Profesor He, nuestra transacción no termina cuando usted lo decide. Ahora el control está en mis manos.

Lu Hanyu parecía un zombi errante, sumergido en el único y hermoso recuerdo del pasado: 

—No puedes rechazarme.

Igual que él no podía rechazar a He Shuqing, ni en cuerpo ni en alma.

Cuánto deseaba Lu Hanyu que He Shuqing probara la agonía de anhelar desesperadamente a alguien. El tiempo se estiraba infinitamente, el dolor de la separación lo atormentaba sin cesar. Solo reviviendo una y otra vez, grabando cada instante junto a He Shuqing, podía escapar del sufrimiento.

Sin embargo, cuanto más felices eran los recuerdos, más dolorosa se volvía la realidad. Cada palabra, cada expresión de He Shuqing quedaron grabadas a fuego en la mente de Lu Hanyu, imposibles de borrar.

El demonio en lo profundo de Lu Hanyu susurraba: No debiste darme vida, para luego arrebatármela con tanta crueldad. No me fuerces a destruir todo lo tuyo, a convertirte en algo exclusivamente mío.

Con voz serena, He Shuqing provocó intencionalmente a Lu Hanyu: 

—Para vengarte de mí, eres capaz de cualquier cosa. Si no fuera por las deudas de mi hermano, no nos habríamos encontrado “casualmente”.

Lu Hanyu atisbó el significado implícito en las palabras del joven, su rostro palideció, profundamente herido: 

—¿Crees que yo lo planeé?

Rechinando los dientes, todo su cuerpo temblaba de rabia: 

—Te observaba día tras día, esperando que algún día te acordaras de mí. Pero tú vivías feliz y despreocupado, sin contactarme nunca. Y yo esperaba, esperaba a que tu reputación se arruinara, que vinieras llorando a suplicarme. Pero a ti no te importa tu fama, mientras que yo no puedo evitar preocuparme por ti.

Eres perfecto, admirado por miles, en la cima de tu gloria, pero también le arrebataste beneficios a otros. Hay quienes desean sin descanso mancharte, pisotearte en el fango, condenarte a una perdición eterna.

Cuando llegue ese momento, muchos se apresurarán a darte la puntilla, a arrojarte piedras, y solo yo… solo yo, como un idiota, te ayudaría.

—Entonces, ¿debo agradecerte? —rio He Shuqing, desnudando la verdad sin rodeos—: Pequeño pervertido, te gusto.

—…¿Estoy loco? Tú me abandonaste. Solo un loco podrías gustarle.

Las pestañas de Lu Hanyu temblaron, sus mejillas sonrojadas traicionando sus verdaderos sentimientos.

Su voz sonaba segura, pero en realidad su corazón latía con ansiedad desbocada. Había observado a He Shuqing desde lejos durante tanto tiempo, soportando días que se sentían como años, todo por este momento: 

—Una respuesta: ¿aceptas o no?

—Precisamente, un loco —murmuró He Shuqing con una risa baja, su tono frío—: Lu Hanyu, lo único que no debiste hacer es forzarme. Mucha gente quiere colaborar conmigo. Venderé la patente a cualquiera, excepto a ti.

Un dolor agudo atravesó el pecho de Lu Hanyu, su rostro se ensombreció: 

—¿Por qué? No lo permitiré.

El secretario casi derramó el café que llevaba en las manos. El presidente Lu, conocido por su crueldad despiadada y su obsesión por las ganancias, lucía una expresión furiosa y una mirada aterrorizada, como un niño a punto de ser abandonado nuevamente, sin nada salvo las púas que lo recubrían, repitiendo tercamente: 

—No lo permito, ellos no pueden ayudarte…

—Podemos intentarlo —dijo He Shuqing con una sonrisa antes de colgar. Quería ver hasta qué punto Lu Hanyu se había sumido en la oscuridad.

En la oficina del presidente, Lu Hanyu sostenía el teléfono, sintiendo una derrota que no conocía desde hacía tiempo. Estaba atrapado por sus sentimientos; ya fuera rabia u obsesión, no podía escapar de la palma de la mano de He Shuqing.

El secretario, temblando, informó: 

—Señor Lu, hace cinco minutos, ese grupo de cobradores irrumpió en el laboratorio del profesor He…

La mirada de Lu Hanyu se volvió filosa. Se puso de pie de un salto: 

—¿Le pasó algo?

—N-no, nada —respondió el secretario, conteniendo el miedo. Siempre que se trataba del profesor He, su jefe perdía la compostura. A lo largo de los años, él mismo había tenido que ocuparse de innumerables personas que intentaron perjudicar al profesor.

El secretario comenzó a sentir lástima por aquellos cobradores despiadados: ¿A quién se le ocurrió meterse con la mayor vulnerabilidad del señor Lu?

La investigación de He Shuqing tenía un valor incalculable, suficiente para salvar a millones. Los problemas en su laboratorio conmocionaron al país y al extranjero. Afortunadamente, los datos se salvaron a tiempo, pero algunos experimentos tuvieron que reiniciarse, lo que implicaba otro gran gasto.

Una corriente interminable de preocupaciones y ayuda financiera llegó hasta He Shuqing. Las cifras en su cuenta bancaria saltaban frenéticamente, suficientes para construir cinco laboratorios de primer nivel. Los responsables de los disturbios recibieron numerosos “saludos cordiales” durante su estancia en el calabozo, y probablemente terminarían en bancarrota, con deudas que no podrían pagar ni en varias vidas.

He Shuqing rechazó cortésmente a quienes deseaban visitarlo personalmente para ofrecer consuelo. Él mismo se ocupó del caos en el laboratorio, siendo claro en recompensas y castigos, calmando eficazmente a todos.

Al laboratorio llegó una visita familiar: Shen Ta, heredero de un magnate petrolero, rodeó a He Shuqing, examinándolo con preocupación mientras sostenía el rostro del apuesto joven: 

—¿No te lastimaron? Tranquilo, me encargaré de que paguen. Por seguridad, ven a quedarte a mi casa.

He Shuqing lo empujó suavemente hacia la puerta del instituto, sonriendo: 

—No es necesario, estoy bien. No soy de cristal.

Shen Ta, aún entusiasta, insistió: 

—Tú eres un caballero, ellos son ruines. Solo razonar no basta.

Lo que ignoraba era que, en comparación, el nivel de peligrosidad de He Shuqing era lo más aterrador.

Lu Hanyu, que había corrido apresuradamente todo el camino, llegó justo para ver a He Shuqing riendo y conversando con otro hombre. Shen Ta, el amigo más cercano de He Shuqing en Suiza. Aunque la mayor parte de la iniciativa provenía de Shen Ta, lo que más inquietaba a Lu Hanyu era que He Shuqing permitiera que alguien se le acercara tanto.

El corazón de Lu Hanyu se ensombreció por completo; conocía demasiado bien esa sensación. En el pasado, no entendía por qué, aún teniendo color, no podía dejar de anhelar a He Shuqing.

Cuando, tercamente, seguía a He Shuquin, solo recibía un rechazo frío. Cada vez que veía a He Shuqing acercarse a alguien, deseaba apartar a esa persona de un empujón.

Una profunda envidia brotó de su posesión desesperada por He Shuqing. Lu Hanyu comprendió que su obsesión por él, su rendición ante el deseo hacia el joven, iba mucho más allá del color que había esperado media vida.

El calor del verano era sofocante, pero Shen Ta sintió un escalofrío inexplicable recorrerle la espalda. Al girarse, vio a Lu Hanyu bajando de un automóvil, impecablemente vestido con un traje, su rostro frío y sus facciones idénticas a las del joven que una vez lloró desesperado por ver a He Shuqing.

Shen Ta dio una palmadita en el hombro de He Shuqing: 

—¿Es amigo tuyo?

La mirada de He Shuqing se deslizó por el rostro de Lu Hanyu: 

—No.

Lu Hanyu apretó los puños y se acercó con una sonrisa: 

—Profesor He, hablemos.

La mirada sombría y gélida de Lu Hanyu se clavó en el hombro de He Shuqing, como si deseara cortar la mano que allí reposaba. Shen Ta sintió un nuevo escalofrío y retiró la mano instintivamente: 

—Shuqing, me está fulminando con la mirada.

He Shuqing reflexionó un momento: 

—Vete a casa primero. Tengo algo que hablar con el señor Lu.

—Yo también tengo asuntos contigo —dijo Shen Ta, sin atreverse realmente a irse. Se quedó parado a dos metros de distancia, observando a Lu Hanyu con cautela.

La temible reputación de demonio del hombre al mando del grupo Lu hacía temblar a innumerables rivales. La actitud glacial de este tipo dejaba claro que venía a ajustar cuentas.

La palma de Lu Hanyu acarició el hombro de He Shuqing, como queriendo borrar el rastro ajeno, y solo dijo: 

—Profesor He, mi enfermedad no se ha curado.

Esta inusual muestra de vulnerabilidad por parte de Lu Hanyu dejó a Shen Ta boquiabierto. Si quienes temblaban ante el solo nombre de Lu Hanyu lo vieran, probablemente pensarían que era el fin del mundo.

He Shuqing fue brutalmente frío: 

—¿No te has cansado aún de usar esa excusa?

Lu Hanyu sonrió, con una sombra de melancolía en sus ojos entrecerrados: 

—Es verdad. No te estoy mintiendo. Eres mi doctor, ¿podrías ayudarme? Ofrezco toda mi fortuna como honorarios, con tal de que me trates.

Shen Ta estuvo a punto de que se le cayera la mandíbula. ¿Acaso Lu Hanyu sufría una enfermedad incurable, para ofrecer así una fortuna de cientos de miles de millones?

Lo que ignoraba era que Lu Hanyu sí padecía una enfermedad terminal: su obsesión por He Shuqing, que se había convertido en una locura.

He Shuqing sonrió: 

—Con el patrimonio del señor Lu, podría buscar médicos mucho mejores.

Lu Hanyu fue categórico: 

—Solo tú puedes curarme.”

He Shuqing lo desdeñó: 

—Aparte de dinero, ¿qué más puedes ofrecerme?

Lu Hanyu extendió los brazos: —Todo lo que poseo.

Estoy dispuesto a ser tu sirviente más devoto, tu amante, tu seguidor de por vida.

He Shuqing, curioso, preguntó: —¿Todo?

Lu Hanyu: —Todo.

Shen Ta estaba atónito. Los rumores decían que Lu Hanyu era un loco, y ahora veía que no mentían. Quiso aconsejar a He Shuqing que lo pensara bien, pero la mirada serena y aterradora de Lu Hanyu lo paralizó de miedo.

Sin embargo, pronto dejó de tener tiempo para reflexionar. Su padre, sin razón aparente, lo envió a la fuerza a África. No podía volver, ni contactar a nadie, durante cinco años.

Con despreocupación, Lu Hanyu había eliminado a Shen Ta de la vida de He Shuqing.

En la silenciosa habitación de consulta, He Shuqing sacó su pluma plateada para tomar notas:

—¿Desde cuándo dejaste de ver los colores?

Lu Hanyu cerró la puella con llave y se acercó paso a paso a He Shuqing: 

—Desde el día en que me abandonaste. 

Habiendo perdido a He Shuqing, su mundo había perdido hacía tiempo toda luz.

He Shuqing alzó ligeramente la vista: 

—Han pasado cinco años. ¿No buscaste tratamiento?

Lu Hanyu acarició el rostro de He Shuqing y sonrió levemente: 

—No hace falta. Tú eres mi medicina.

He Shuqing inclinó la cabeza hacia atrás, preguntando a sabiendas: 

—¿Quieres que llame al departamento de psiquiatría?

—¿Crees que estoy loco? Ah, sí, lo estoy. ¿Quieres ver cuánto más puedo enloquecer? —Lu Hanyu apoyó las manos a ambos lados del asiento de He Shuqing, inclinándose hasta que sus narices casi se tocaron, su aliento era perceptible—. ¡No dejes que te vea de nuevo siendo cercano a alguien, o no podré evitar matarlos!

Sus ojos estaban llenos de He Shuqing, de un amor profundo y ardiente. Capturó sus labios ligeramente fríos en un beso apasionado, un enredo ferviente de lenguas y dientes.

Toda la calma y el autocontrol de Lu Hanyu se desmoronaron al instante al tocar a la persona que había anhelado día y noche. El iceberg se derritió, revelando el volcán ardiente en su interior.

Poco después, el joven y desnudo cuerpo de Lu Hanyu fue depositado en los brazos de He Shuqing. Lu Hanyu había adelgazado considerablemente, como si el alma bajo aquella cáscara terrenal hubiera atravesado grandes tribulaciones. Su piel, suave y ligeramente fresca, temblaba bajo la palma de He Shuqing, mientras de su garganta escapaban jadeos de una urgencia insoportable.

—Doctor He, sálvame. Sin ti, moriré. 

Lu Hanyu desabrochó la camisa blanca de He Shuqing y sus manos vagaron por el pecho impecable del hombre. Persistió en profundizar el húmedo beso, frotando y burlándose apasionadamente de los genitales entre la entrepierna de He Shuqing, revelando una lujuria diferente como la de un hada, con los ojos húmedos como los de un cachorro: 

—¿Alguna vez has tocado a alguien más? 

Llevaba tres años vigilando en secreto a He Shuqing, y estaba preocupado por los dos años que se había perdido antes.

—Esta broma no tiene ninguna gracia —He Shuqing no se inmutó—: No tiene nada que ver contigo con quién estoy. Lu Hanyu, has cambiado.

—A partir de ahora, todo tiene que ver conmigo. 

Lu Hanyu se inclinó con lujuria en los ojos, abrió los labios y chupó el pene de He Shuqing, encaprichado con el olor de las hormonas sensuales del hombre, lamiendo y chupando la enorme polla con deleite. Tenía la boca llena, la saliva manaba de la comisura de sus labios, y estos se estiraron rojos y húmedos. —Sí, he cambiado, pensando en ti todo el tiempo.

—¿Qué quieres decir con que todo tiene que ver contigo?

He Shuqing encendió su deseo, metiendo sus caderas en la boca del joven, follándoselo hasta que rompió a llorar y su semen salió disparado profundamente en la garganta de Lu Hanyu. La punta del enorme pene rozó húmedamente los labios rojos y húmedos de Lu Hanyu, y el líquido blanco se derramó sobre su cara: —Lámelo hasta dejarlo limpio.

—Mmm… qué dulce —el rostro de Lu Hanyu se sonrojó de lujuria. Tragó todo el semen, sacudió las nalgas y se sentó. El agujero sediento escupió el agua sucia, que mojó la base de sus piernas. El fino agujero rojo estaba lleno de lujuria. Abrió las piernas, abrió las redondas y blancas nalgas y tragó centímetro a centímetro la feroz y caliente espada gigante hasta que se combinaron estrechamente sin dejar ningún espacio—. Estoy dispuesto a ser tu más devoto sirviente, amante y seguidor de por vida…

El pequeño agujero que no había sido follado en mucho tiempo estaba apretado y resbaladizo, lo que dificultaba la entrada y la salida, y la comodidad del aprisionamiento era incomparable.

—Mm…

He Shuqing agarró la cintura de Lu Hanyu y se clavó directamente en el suave y hambriento ano, golpeando y frotando la sensible y delicada pared interior, haciendo que las piernas del hombre temblaran ligeramente y profiriera los gemidos más lascivos. He Shuqing palmeó las nalgas del joven: 

—¿Cuánto hace que no follas? ¿Eres tan lujurioso?

El cuerpo de Lu Hanyu, apretado y húmedo tras tanto tiempo sin ser tocado, lo envolvía con una resistencia deliciosa. He Shuqing lo sujetó por la cintura y lo penetró con fuerza, entrando y saliendo de su interior con ritmo firme y profundo, frotando cada rincón sensible hasta hacerle temblar las piernas y gemir sin control.  

—¿Tan poco tiempo sin que te toque y ya te pones así de caliente? —susurró, golpeándole las nalgas con una mezcla de burla y deseo.  

—Ah… doctor He, sigue… qué calor, qué bien se siente… —balbuceaba Lu Hanyu, completamente entregado al placer, el cuerpo arqueado, goteando deseo, temblando cada vez que lo alcanzaban los embistes más hondos.  

He Shuqing lo mordía en el pecho, succionando con fuerza hasta dejarle la piel roja y sensible, mientras seguía penetrándolo sin pausa.  

Lu Hanyu gemía con la voz entrecortada, el rostro encendido y los ojos vidriosos; se ofrecía por completo, hundido en el vértigo del placer.  

El aire de la habitación se volvió espeso, cargado de jadeos y olor a piel. La vara de carne del Doctor He “trató” el pequeño agujero de Lu Hanyu con rudeza y violencia. El doctor lo empujaba sobre la mesa, abriéndole las piernas, moviéndose con violencia deliciosa, hasta dejar su cuerpo tembloroso, húmedo y brillante de sudor.  

El Lu Hanyu tímido de antes ya no existía. Ahora se movía con una pasión desbordada, buscando hasta el último instante de placer, sin miedo ni contención.  

Sabía que He Shuqing era un encantador cruel, un depredador disfrazado de salvador. Pero ya no podía escapar; solo deseaba permanecer a su lado, aunque eso significara su propia perdición.

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