Volumen III Como un azul profundo
Editado
Capítulo 19 — El castillo del homicidio
El pasillo era oscuro, estrecho y largo. Una fila de bombillas viejas colgaba del techo; las paredes, cubiertas de papel tapiz mugriento se descascaraban por la humedad. Puertas idénticas, todas cerradas con llave y con manijas oxidadas pero sorprendentemente resistentes, se alineaban a ambos lados.
¿Qué demonios era ese lugar?
Tenía el aire de un hotel barato de los años veinte o treinta…
Apoyándose en las paredes húmedas y mohosas, Leo avanzó despacio, intentando encontrar las escaleras que bajaban. No sabía en qué piso estaba, pero por lo que había dicho Erlan, al menos sabía que no era el último.
Una de las manijas a la derecha parecía floja. La agitó con fuerza y consiguió abrir la puerta.
Dentro lo esperaba una habitación amplia y extraña. Las paredes, el techo y el suelo eran completamente blancos y grises. Al pisar, notó que el suelo cedía bajo sus pies: todo estaba forrado de acolchado, igual que las salas de contención de un hospital psiquiátrico, diseñadas para impedir que los pacientes se golpearan la cabeza contra las paredes.
Era, sin duda, una celda para evitar que los prisioneros se suicidaran.
Salió de aquella habitación y siguió avanzando. Varias puertas más cedieron al ser probadas, y lo que encontró dentro le heló la sangre: un estanque de ácido sulfúrico, una mesa de disección, un pozo de cal viva, una sala cubierta de instrumentos de tortura, una cámara de gas, un crematorio…
¿Qué demonios era aquel infierno? Quien hubiera construido y usado este edificio no era más que un sádico que encontraba placer en la tortura y el asesinato.
Leo observó aquellas estancias impregnadas de una sombra sangrienta y opresiva; el cuero cabelludo se le erizó, pero al mismo tiempo una llamarada de furia se encendió en su pecho.
Si ese lugar realmente estaba manchado con la sangre de víctimas inocentes, él se aseguraría de llevar al responsable ante la justicia, ya fuera a una prisión o directamente al corredor de la muerte.
El suelo estaba desnivelado, a veces en pendiente ascendente y otras descendente. El pasillo daba vuelta tras vuelta, como si caminara dentro de una cinta de Möbius que jamás terminaba. Su fuerza se le escapaba sin tregua; las heridas palpitaban, y los pies, entumecidos y adoloridos, casi se negaban a levantarse.
Se apoyó un momento en la pared junto a una puerta. Sin querer, golpeó con el codo algo sobresaliente del muro: emitió un chirrido oxidado, como el que haría un viejo péndulo a punto de quebrarse.
Entonces escuchó un ruido sordo, profundo, que se acercaba… cada vez más cerca.
¿Qué era eso?
Una enorme esfera metálica de más de un metro de diámetro avanzaba por el pasillo, tan grande que casi lo ocupaba por completo. Rodaba hacia él con un estruendo ensordecedor, como una gigantesca bola de boliche lanzada por una mano monstruosa.
Maldita sea, pensó. Aquello parecía sacado de una película de terror antigua y barata.
Pero era real. Aunque se aplastara contra la pared, igualmente acabaría siendo arrollado, con las vísceras pegadas a la columna vertebral.
Desesperado, Leo sacudió las puertas de ambos lados, esperando que alguna cediera, pero ninguna se movió ni un milímetro. Al ver que no tenía escapatoria, se giró y echó a correr. Mientras avanzaba tiraba de cada manija que encontraba. Recordaba que no muy lejos había una puerta que sí se abría, pero el estruendo que se le venía encima le dejó claro un hecho cruel: no llegaría a tiempo.
El pánico le atravesó la cabeza como una daga ardiente. Estaba convencido de que aquel era su final cuando, de pronto, escuchó la voz de un hombre desde arriba:
—¡Agarra mi mano, rápido!
El instinto de supervivencia se adueñó de él. Saltó sin dudar y atrapó aquel brazo tendido desde una abertura en el techo.
Un par de manos fuertes, enfundadas en guantes tácticos sin dedos, cerraron con firmeza sobre su muñeca y lo levantaron hacia el conducto de ventilación. Leo colaboró lo mejor que pudo, apoyando los antebrazos en el borde metálico y trepando con todas sus fuerzas, mientras el desconocido lo arrastraba hacia arriba. Finalmente logró introducir su cuerpo en el angosto ducto.
La enorme esfera pasó rodando bajo sus pies, rozando las suelas de sus botas con un chirrido aterrador.
Leo se quedó jadeando en el interior del conducto maloliente; un temblor irresistible le recorrió el cuerpo, una mezcla de adrenalina, horror y el súbito alivio de seguir vivo.
—Tranquilo. Ya pasó —dijo la voz muy cerca de él.
Leo levantó la vista hacia el hombre que acababa de salvarle la vida. Estaban frente a frente, tumbados en el mismo ducto. Era joven, no más de veintiocho años, de rasgos asiáticos, cabello y ojos negros. Era guapo, aunque de una belleza extraña: impresionante al primer vistazo, pero difícil de recordar, como una imagen demasiado retocada en la portada de una revista. Su inglés fluido tenía un ligero acento de Oxford; seguro que había sido educado por algún profesor del sur de Inglaterra.
Un rostro completamente desconocido.
Pero cuando sus miradas se encontraron, Leo sintió en aquellas pupilas negras la misma frialdad que en una daga templada a bajas temperaturas: el filo oculto bajo un revestimiento oscuro. Como garras de una fiera escondidas bajo un pelaje suave.
Y entonces, como un fogonazo, lo comprendió.
No sabía cómo, pero lo comprendió.
Sus labios resecos se movieron, y desde el fondo de su mente emergió un nombre ,o mejor dicho, un código:
—¡“Sha Qing”! Tú eres Sha Qing.
El hombre lo observaba fijamente, tan cerca que casi podían sentir el aliento del otro. Poco a poco, la comisura de sus labios se alzó en una sonrisa cargada de malicia.
—Hola, Leo, mi incansable perseguidor.
Leo abrió la boca en silencio. Tras un año entero persiguiéndolo, acumulaba demasiadas dudas, ira y sentimientos encontrados. Había imaginado innumerables veces cómo lo interrogaría si llegaba a capturarlo… y, sin embargo, ahora, frente a este encuentro repentino y a tan corta distancia, no era capaz de pronunciar ni una palabra. Aquella colisión súbita entre ambos había convertido todos sus pensamientos en una ensalada de fragmentos mezclados, pegados con una salsa espesa y sin rastro de tenedor o cuchillo: no sabía por dónde empezar.
Al final, fue Sha Qing quien habló primero:
—Vamos, sígueme. Salgamos por el conducto de ventilación. Aquí está lleno de mecanismos. Algunos llevan años averiados; otros pueden activarse en cualquier momento. La sala de control está en el dormitorio del último piso. Y dudo que quieras enfrentarte solo a esos dos asesinos profesionales.
Empezó a retroceder, impulsándose con las suelas contra las paredes internas del conducto. Leo, aturdido unos segundos, recuperó por fin la voz. Entre todas las preguntas que lo atormentaban, eligió la más urgente dada la situación:
—¿Qué es este lugar?
—El Castillo del Terror de Holmes. ¿Lo has oído nombrar?
—¿Holmes? ¿Sherlock Holmes?
—No, no el célebre detective. Hablo de H. H. Holmes.
En cuanto lo dijo, Leo comprendió al instante: Henry Howard Holmes, el primer asesino en serie de la historia criminal estadounidense, también el primer homicida con trastorno disociativo diagnosticado. El apodo de “doctor del dolor” le quedaba corto: asesinaba para cobrar seguros y apropiarse de propiedades, amasó una fortuna y luego construyó un edificio con apariencia de hotel, The World’s Fair Hotel, esperando a que las víctimas entraran por voluntad propia. Más de cien habitaciones llenas de trampas y dispositivos… De algunas ya había sido testigo Leo. Antes de huir, Holmes incendió su castillo asesino, y la policía encontró más de doscientos cadáveres entre los escombros: un auténtico infierno ardiendo.
Durante su encarcelamiento, aquel médico sanguinario escribió un libro proclamando su inocencia. Sus admiradores reconstruyeron el hotel sobre las ruinas y lo bautizaron como “El Castillo del Terror de Holmes”, abriéndolo como atracción turística. Pero pronto la furia de los familiares de las víctimas lo redujo otra vez a cenizas. Holmes terminó en el patíbulo, pero el fantasma del asesino siguió vagando entre los restos chamuscados y en las sombras del alma humana. El hotel se reconstruyó por segunda vez; multitud de curiosos y fanáticos acudieron a venerarlo, hasta que el gobierno ordenó su clausura por completo.
Un siglo después, la copia de aquel castillo asesino se alzaba desierta en la costa del Lago Míchigan, en una ciudad fantasma. Y ahora resultaba ser el refugio de dos asesinos seriales.
—Un lugar espantoso… —murmuró Leo mientras seguía a Sha Qing a través del conducto.
—Desde luego. Igual que una araña gorda sentada en su tela, esperando a que las presas lleguen solitas. No discrimina entre ancianos, mujeres o inválidos; recibe a todos por igual. No tiene nada de mérito —respondió Sha Qing.
Por supuesto, las mentes de un policía y de un asesino jamás recorrerán la misma senda. Leo apretó los dientes. Su cuerpo estaba tan dolorido y exhausto que ni siquiera podía indignarse.
—¿Por qué me salvaste? —preguntó con amargura—. Pensé que éramos enemigos mortales.
—Lo somos. Y mi intención al venir aquí no era salvar a nadie —respondió Sha Qing, dejando escapar una corta risa.
Claro, sino matar, pensó Leo sin decirlo.
—Como agente incluido de regalo, no te pido que me agradezcas. Solo te ruego una cosa: no estorbes mi trabajo. —Sha Qing se detuvo de pronto, ladeó el rostro y añadió con voz helada—: O miraré sin intervenir mientras ponen al Caballero Blanco sobre tu cadáver.
Su perfil era de una belleza impecable… y de una frialdad glacial. Aquello hizo que el corazón de Leo se contrajera, sin saber si era rabia, pena o ambas. En ese momento incluso le asaltó el impulso absurdo de querer devolver a aquel hombre descarriado al buen camino.
—¿Dices “trabajo”? No es tu trabajo ni tu responsabilidad, Sha Qing —dijo Leo con gravedad—. Es mío. Sé que los odias, pero te estás convirtiendo en ellos. Créeme: no querrás mirarte al espejo y ver reflejado al mismo ser al que deseas destruir.
—¿Intentas convencerme de que vuelva a la luz y me entregue a los brazos de la ley, señor oficial? —ironizó Sha Qing—. Por desgracia, bastante tiene consigo misma. Políticos, corruptos, empresarios sin escrúpulos y mafiosos la han dejado hecha un trapo, como una prostituta en fase terminal de sida. ¿Tú crees que puede ocuparse de unos asesinos con tan poca influencia? Al fin y al cabo, por mucho que un asesino se esfuerce, solo puede matar de uno en uno. Pero a los políticos… les basta mover la lengua para masacrar una ciudad entera o arrasar un país.
Sha Qing soltó unas risitas cargadas de veneno.
Está tergiversando todo… cambiando el tema, pensó Leo.
—Además —continuó Sha Qing—, les ahorró bastante dinero a los contribuyentes. Mira, el gobierno gasta cien millones al año solo en condenados a muerte. Cada preso cuesta treinta mil dólares anuales. El pueblo mantiene, con su sudor, la basura que debería estar en el infierno hace tiempo. Los procesos judiciales son tan interminables como una venda de pies y las lagunas legales son más numerosas que las estrellas en el cielo. Como agente de la ley, ¿no te frustra? ¿No deberías agradecer que les resuelva todos estos gastos y molestias? En realidad, creo que aún soy demasiado débil. Al fin y al cabo, la fuerza de un solo hombre es limitada. Solo puedo hacer lo que está en mis manos: atrapar a uno y eliminar a uno.
Sha Qing lanzó un suspiro cargado de falsa compasión.
Leo tuvo que contener una carcajada de pura incredulidad. Que alguien aplicara sus ideas hasta tal extremo era… impresionante, incluso si a él le parecían un delirio desquiciado. Pero podía sentir que, en todo aquel discurso, había muchísimo más artificio que verdad. Igual que su rostro: imposible distinguir qué parte era auténtica y cuál una máscara. Ese hombre escondía su alma bajo capas cambiantes, resbaladizas como un pez. Ni siquiera él, que había tratado con incontables criminales y conocía al dedillo las tácticas psicológicas, era capaz de agarrarlo. Y esa impotencia le calaba hasta los huesos.
No hacía falta discutir con él; bastaba con atraparlo. Hay ciertas verdades de la vida que uno acaba entendiendo solo, después de pasar muchos años frente a la pared. Pensó Leo, con una mezcla de frustración e impotencia.
—De acuerdo, deja de intentar convencerme de volver al buen camino, agente federal —murmuró Sha Qing mientras avanzaba por el conducto, sin darle mayor importancia—. Sé perfectamente lo que quiero. Tú puedes seguir persiguiéndome y yo puedo seguir escapando. Cada uno hace lo suyo.
—¡Te atraparé! —replicó Leo con firmeza—. Tal vez no sea hoy, pero llegará el día. Te llevaré al lugar al que perteneces.
—¿La prisión federal? Qué sitio tan encantador —Sha Qing soltó una risa burlona—. Quizá algún día me dé por hacer turismo ahí dentro, pero no porque tú me captures, sino porque yo quiera entrar.
De pronto dejó de avanzar. Sacó un destornillador del bolsillo, aflojó la placa metálica bajo su cuerpo y descendió por la abertura con la agilidad de un gato.
Leo lo imitó, estirando una pierna hacia el hueco. Al caer, la herida ya destrozada más allá de lo razonable, volvió a desgarrarse. Se quedó un momento en el suelo, apoyado sobre las manos, incapaz de incorporarse mientras un frío helado le corría por la piel. El sudor le caía a chorros desde la frente.
Sha Qing le sostuvo la espalda y, al ver la sangre en sus dedos, frunció el ceño.
—Has perdido demasiada sangre. Si sigues así, en poco tiempo entrarás en shock.
Cuando intentó abrir la cremallera de su ropa, Leo lo agarró del brazo con desconfianza.
—¿Qué haces? —preguntó con voz débil pero aún cortante.
—¿Qué crees? Voy a ocuparme de la herida —respondió Sha Qing con un deje de irritación—. Tranquilo, ahora mismo tienes la cara tan hinchada que ni el más desesperado sentiría deseos de nada. O… ¿será que este es un truco tuyo y en el fondo esperas algo, agente?
Leo apretó los puños, ofendido por la insinuación. Él solo actuaba por instinto profesional, evitando cualquier contacto inesperado; pero Sha Qing lo retorcía todo con un cinismo exquisito, pronunciando aquella pulla con un acento tan elegante que Leo sintió que todo su esfuerzo del último año había servido para criar una planta que, al florecer, resultó ser una trampa carnívora en vez de un jacinto.
—…You, son of a bitch! —estalló el agente, incapaz de contenerse.
Sha Qing se encogió de hombros, indiferente. Le abrió la cremallera de la chaqueta empapada de sangre, retiró la ropa de combate y levantó la camiseta térmica interior. La herida, enorme y brutalmente maltratada, se extendía por la parte baja de la espalda. Algunas suturas sin disolver habían actuado como cuchillas, desgarrando aún más la carne.
—Maldita sea… —susurró.
Rápidamente abrió su propia chaqueta gris oscuro y sacó un polvo hemostático. Lo espolvoreó sobre la herida, aplicó una cinta adhesiva elástica especial —sustituto de las suturas— y aprovechó la fuerza de contracción del material para unir la carne desgarrada.
Luego examinó las costillas izquierdas del agente, hundidas y amoratadas. Presionó con suavidad.
—Fractura cerrada de la novena y décima costilla. No tengo nada para inmovilizarlas ahora, pero mientras no vuelvas a golpearte, no será un gran problema.
Cogió su rostro entre las manos, evaluando la mandíbula.
—Sospecho una fractura baja del maxilar superior. Necesitas un escáner. Si hay desplazamiento, tendrán que operarte, reponer el hueso y fijarlo con placas en la cresta cigomática y en el borde de la apertura piriforme.
—Suena grave… —masculló Leo, con la mandíbula sostenida por él.
—Necesitas tratamiento cuanto antes —repuso Sha Qing, señalando un recodo del pasillo—. Ahí hay una escalera hacia abajo. Estamos en el segundo piso; bajando al primero y siguiendo esta ruta llegarás a la puerta principal.
Sacó un bolígrafo negro de un bolsillo oculto y le dibujó un mapa en la palma, marcando las trampas que debía evitar.
—La puerta está cerrada por fuera. Difícil de abrir desde allí, pero desde dentro es otra historia.
—¿Conoces la estructura interna del edificio? —preguntó Leo.
—Todo deja rastros. Si sabes qué buscar, lo encuentras. Ventajas de la era digital.
Después sacó un teléfono del mismo bolsillo interior y lo colocó en la chaqueta de Leo.
—Tienes dos opciones: una, caminar entre cincuenta minutos y una hora hasta volver a la civilización. Con tu estado, no lo recomiendo. Dos, esconderte y esperar una hora. El teléfono se encenderá solo. Entonces podrás llamar a tu gente para que te recojan.
—¿Una hora…? ¿Es tu tiempo calculado para cometer el crimen? —Leo abrió mucho los ojos, de pronto lúcidos. Forzó las palabras a pesar del dolor—. ¡Estás loco si piensas enfrentarte tú solo a esos dos! ¿Sabes quiénes son? Uno fue campeón de lucha clandestina, el otro es un Ranger retirado. No puedes vencerlos juntos, ¡es imposible! Déjalo. Déjanos encargarnos. Te juro que esos bastardos pagarán.
—Shhh —Sha Qing colocó su dedo índice sobre sus labios. El guante táctico dejaba ver la punta blanca de su dedo—. No gastes más fuerzas ni tortures la herida. Prefiero que salgas caminando… y no tener que dejarte inconsciente para sacarte de aquí.
—¡Maldita sea, eres desesperante!
—Lo mismo digo —respondió él, levantando la mano en forma de golpe de canto—. Tienes tres segundos.
Leo apretó los dientes y, arrastrando aquel cuerpo exhausto y dolorido, se encaminó hacia las escaleras.
Su mente, sin embargo, estaba más despejada que nunca: en su estado no podía frenar a Sha Qing ni enfrentar a los otros dos asesinos. Lo único sensato era ponerse a salvo y contactar cuanto antes a la policía para enviar equipos tácticos al lugar.
Sha Qing observó cómo su silueta desaparecía en la esquina del pasillo. Su mirada tembló levemente, aunque su rostro siguió tan pálido y vacío como una máscara sin vida. Se tocó la piel artificial, lisa y elástica: una barrera perfecta que lo separaba de la vulnerabilidad de sus emociones.
Los asesinos eran sus enemigos. La policía y el FBI también lo eran. En esa soledad absoluta, cualquier emoción sobrante era una carga que no podía permitirse.
Esperó unos minutos. Cuando calculó que Leo ya habría salido al exterior, descendió al primer piso y avanzó con rapidez hacia la sala eléctrica. Aquel edificio abandonado no tenía conexión a la red; funcionaba con generadores. Si cortaba la corriente, la oscuridad lo cubriría todo, dándole la mejor ventaja posible.
El crepúsculo envolvía la solitaria réplica del castillo en la orilla del lago Michigan. La noche estaba a punto de caer.