Volumen III Como un azul profundo
Editado
Capítulo 20 — Alianza temporal
Sha Qing se mantenía en silencio, oculto en la oscuridad.
A su juicio, la oscuridad era un aliado fiable; claro que, a veces, también podía volverse en su contra y convertirse en un peligroso cómplice. Todo dependía de si uno tenía la fuerza suficiente para dominarla. Siempre había creído que en el mundo solo existían dos tipos de personas: los cazadores y las presas. La frontera entre ambos no era tan rígida como agua y aceite: alguien podía ser presa toda su vida, pero resultaba casi imposible seguir siendo cazador para siempre. El mundo era así. Como una enorme moneda arrojada al aire, girando sin control; anverso y reverso solo dependían de qué cara quedaba hacia arriba.
Y ahora, en esa penumbra, Sha Qing calculaba en cuál de las dos caería él mismo a continuación.
Al notar que el sistema de iluminación fallaba, sus presas bajarán inevitablemente al cuarto de generadores para comprobar qué había ocurrido: uno, o quizá dos. Él esperaba que fuera solo uno. Considerando que el “Jinete” estaba herido, las probabilidades indicaban que sería el “Rey Demonio”. Antes de que el otro sospechara algo, debía eliminar cuanto antes a aquel excampeón de las peleas clandestinas.
No tuvo que esperar demasiado: tras unos siete u ocho minutos, la puerta metálica del cuarto eléctrico se abrió y entró un haz de luz blanca, barriendo la habitación. Eran los pasos de Erlan. En una mano sostenía una linterna; en la otra, su cuchillo favorito, Mad Dog. En la cintura llevaba una pistola FN 57. Su avance estaba cargado de tensión y puro instinto de combate.
Tras asegurarse de que no había nada extraño, se acercó al generador, se agachó y empezó a revisarlo. Descubrió un cable en espiral totalmente roto, como si lo hubieran mordisqueado.
—Malditas ratas… —gruñó mientras buscaba un repuesto.
Durante todo ese tiempo, Sha Qing permaneció inmóvil, oculto en las sombras, observando cómo el otro bajaba la guardia poco a poco y, para poder cambiar el cable, guardaba la Mad Dog en la funda lateral del muslo.
Y justo en el instante en que las luces parpadearon y se encendieron de golpe, el brusco contraste entre penumbra y resplandor hizo que Erlan entrecerrara los ojos… y Sha Qing atacó.
Una sombra grisácea atravesó el aire como un relámpago silencioso, dejando apenas una línea nítida y mortal impresa en la retina: fría, letal, tan decidida como la mordida de una serpiente venenosa.
Ese mordisco habría acertado de lleno en un punto vital… si no fuera porque la sensibilidad casi antinatural de Erlan, forjada en el infierno de un campo de entrenamiento en Siberia. Le permitió torcer el cuerpo un segundo antes de que la muerte lo tocara con los dedos. De no haber reaccionado así, ahora estaría descendiendo al verdadero infierno con un agujero atravesando su pecho.
Su brazo recibió el golpe destinado al corazón.
La hoja triangular perforó su bíceps, y las tres ranuras drenaron sangre a la vez que empujaban aire hacia dentro. Al retirar el arma, no quedó atrapada por la contracción del músculo: salió con la facilidad con que se saca un palillo de una barra de mantequilla.
La sangre brotó como una fuente. Erlan lanzó un alarido, sacó la Mad Dog, y en cuanto llegó la segunda estocada, logró bloquear la hoja del atacante.
Las chispas saltaron. Las dos armas de élite chocaron con tal fuerza que ambas salieron despedidas. En ese momento, Erlan por fin pudo ver claramente a su agresor.
—¡Una bayoneta triangular! —rugió, apretando con furia la herida que no dejaba de sangrar mientras encaraba al hombre de ojos negros y cabello oscuro—. ¡Chino! ¡Odio a los chinos!
Sha Qing lo vio embestir como un rinoceronte enfurecido, desatando una patada alta que caía como un hacha sobre su sien, veloz y brutal.
No había ningún ser humano que pudiera recibir ese golpe y seguir vivo. La muerte por daño cerebral era inevitable. Sha Qing tuvo que esquivar, retrocediendo entre una andanada de barridos feroces que explotaban contra el aire como explosiones comprimidas.
El estilo de combate del mercado negro era simple y directo: un 90% piernas, casi ninguna lucha cuerpo a cuerpo. Los mejores peleadores tienen repertorios de patadas en todos los ángulos y posiciones posibles, cada una capaz de partir huesos o provocar hemorragias cerebrales de un solo impacto.
Sha Qing, en cambio, peleaba con técnica cercana, ligera y precisa: atrapaba articulaciones, puntos vulnerables, y generaba dolor explosivo para invalidar al rival. Con su complexión, no podía pretender que un cuerpo veinte kilos más ligero resistiera choques frontales como dos tanques embistiéndose.
La disparidad de talla y fuerza reducía su margen técnico al mínimo.
El título de “Rey Demonio” no era un adorno. La resistencia de Erlan rozaba lo inhumano: soportaba tres golpes con tal de acertar uno. Y Sha Qing lo sabía con claridad aterradora: un solo golpe certero del otro en un punto vital bastaría para arrebatarle media vida.
El otro podía equivocarse. Podía exponerse. Él, no. Ni por un segundo.
Era, sin duda alguna, la pelea más ardua de su vida.
Cuando el otro probó el sabor de articulaciones forzadas al revés, tendones desgarrados y puntos vitales presionados hasta casi colapsar, sus alaridos de dolor llenaron la sala; pero Sha Qing también pagó su precio. Por falta de fuerzas, recibió varias patadas de barrido que le provocaron contusiones masivas en los tejidos blandos, fisuras en brazos y pantorrillas, y por poco le quiebran toda una hilera de costillas.
El sudor frío le empapó la espalda, oscureciendo la tela gris de la camisa hasta volverla negra. Su respiración se volvió superficial; en sus oídos resonaban los latidos acelerados de su propio corazón. La visión se le nubló, casi negra, y el mareo le subió hasta la garganta. Sabía que aquello era un episodio de colapso momentáneo tras un esfuerzo físico extremo.
Frente a él, aquel coloso de piel clara seguía avanzando entre gritos desgarradores, tan brutal y obstinado como una vieja locomotora empeñada en no desarmarse.
La mente fría de Sha Qing gritó que debía esquivar, pero su cuerpo exhausto apenas respondía. Jadeando, logró torcerse a un lado, y entonces vio una bola de fuego, tan grande como un balón de baloncesto, que con un silbido ardiente, se estrelló contra el pecho y abdomen de Erlan.
La llamarada desató en él un terror visceral. Toda la piel cicatrizada de su brazo derecho pareció incendiarse, y el estallido de ese dolor recorrió su mente como un latigazo: ¡fuego, quemaduras, agonía, muerte! Las lenguas del infierno se enrollaron a su alrededor, devorándolo; el suelo se abrió bajo sus pies y cayó hacia un abismo de magma hirviente…
Si su psicólogo hubiese estado allí, le habría explicado que aquella visión no era más que un episodio de estrés postraumático. Pero lamentablemente, Erlan ya nunca volvería a consultar a un psicólogo.
Una silueta negra trazó una línea recta en el aire, girando sobre sí misma a toda velocidad, y su larga pierna descendió como un hacha sobre el rostro de Erlan: era una rotación perfecta, un tornado kick impecable. Dientes rotos y una mezcla de sangre y saliva volaron en todas direcciones. Erlan retrocedió tambaleante hasta chocar de espaldas contra una estantería metálica repleta de trastos.
La sombra volvió a lanzarse sobre él: saltó con la ligereza de quien corre por los muros, apoyó el pie izquierdo en su pecho y, con la punta de la bota derecha, descargó un puntapié brutal contra su mandíbula. Entre el chorro de sangre y el crujido nítido de huesos partiéndose, la figura se impulsó hacia atrás con una voltereta completa, pero al aterrizar cedieron sus piernas y cayó al suelo.
Erlan, alcanzado por los dos golpes encadenados, se desplomó.
Sha Qing aprovechó el mínimo resquicio, se incorporó y, con el brazo encorvado, lanzó un golpe de codo afilado que, apoyado en todo su peso, se hundió en la sien del otro.
El cuerpo de Erlan empezó a convulsionar de forma violenta. De su nariz, boca y oídos brotó un reguero oscuro y espeso.
—An… don… —balbuceó con dificultad, apenas dos sílabas arrastradas desde una garganta llena de sangre. En sus ojos amarillentos solo quedaba una incredulidad desesperada, congelada para siempre en la mueca monstruosa de su rostro.
Los nervios de Sha Qing continuaban tirantes. Ante un enemigo así, no podía permitirse ni un segundo de descuido. Sujetó con ambas manos la cabeza del hombre y la giró hacia atrás con toda su fuerza. Un chasquido seco confirmó que el cuello se había roto por completo; la cabeza quedó torcida en un ángulo imposible, mirando de frente su propia espalda.
La escena parecía terriblemente familiar…
El agente federal caído en el suelo lo recordó de golpe: aquel policía nocturno en motocicleta también había sido asesinado así, con el cuello retorcido…
El “Rey Demonio” Erlan, experto en patear cráneos ajenos y romper cuellos como si fueran ramas secas, había terminado con el mismo destino: la cabeza destrozada y el cuello hecho añicos.
¿Era esto un ojo por ojo, diente por diente?
Leo contempló a Sha Qing con estupor. Ese asesino serial que se dedicaba a matar asesinos seriales estaba ahora sentado sobre su presa, recuperando el aliento mientras la vida volvía lentamente a su cuerpo.
Instantes después se puso en pie, recogió del suelo la bayoneta triangular tipo 56, aún manchada de sangre, y la guardó en la manga. Luego se acercó a Leo y lo ayudó a levantarse.
—Aunque no obedeciste y volviste por tu cuenta, cosa que me enfadó bastante… gracias. Me salvaste una vez más. Estamos en paz.
—Lo mataste —dijo Leo, con una voz sombría, como si estuviera narrando un hecho triste e irrevocable.
Sha Qing le sonrió.
—Lo matamos. Mira, así son las cosas: tú eres policía; si matas, no es homicidio. Yo, porque no llevo uniforme, sí lo es. La ley es una puta: con ropa tiene una cara, sin ropa tiene otra. Cualquiera que la adore como si fuera una diosa es un idiota.
Leo apretó los labios; su expresión se volvió tan helada que parecía que el aire entre ambos iba a cristalizarse.
De pronto, un timbre sonó en el bolsillo del cadáver. Sha Qing se inclinó, sacó el móvil de Erlan, miró el nombre en la pantalla y contestó. Su voz imitó a la perfección la del muerto, con un marcado acento hebreo:
—…Nada, era el cable. ¿No está ya arreglado? Maldita sea, ¿tenías que llamar por una tontería así…? El que necesita que le partan el culo eres tú, Jinete. Espérame arriba, que voy a patearte.
Colgó con fuerza. Luego miró a Leo, que aún estaba sorprendido pero empezaba a comprender, y suspiró.
—Supongo que ya no sirve de nada pedirte que te vayas. Entonces, ¿vamos juntos a patearlo?
Leo vaciló, y finalmente dijo con voz grave:
—Debe enfrentar un juicio público. Debe pagar por sus crímenes. Debe arrepentirse, debe expiar. No morir sin dolor a causa de una simple bala.
—Qué hermoso suena —murmuró Sha Qing con burla—. Resumiendo: que no lo maté, para que tú puedas ponerle las esposas y llevarlo como un perrito hasta el tribunal, ¿no? ¿De verdad crees que un criminal acorralado va a entregarse así como así?
—Si se rinde al verse sin salida, prohíbo que lo mates.
—¿Y si se resiste? —preguntó Sha Qing con un brillo desafiante.
—Entonces lo abatimos —respondió Leo, inexpresivo.
Sha Qing sonrió.
—Perfecto. Creo que podemos formar una alianza temporal. O sea, que por ahora estoy a salvo y no tengo que preocuparme de que me apuntes con la pistola a la espalda diciendo “Freeze”, ¿verdad?
—Antes de que atrape al Jinete, sí —prometió con cautela el agente federal.
Sha Qing sacó de la cintura de Erlan la FN 57, abrió la recámara para inspeccionarla y se la tendió.
—Toma. Es mejor que la Glock que les da el gobierno. Más potencia, más penetración y más capacidad de carga. Las balas son de uso militar; pueden atravesar los chalecos antibalas estándar de la policía. Ah, por cierto, ¿sabes cómo la llama la mafia? —Hizo una pausa, y en sus labios asomó una sonrisa desdeñosa—: “La asesina de policías”.
El agente de cabello negro apretó la empuñadura del arma, y dijo con frialdad:
—Claro que lo sé. Dos de mis compañeros murieron precisamente por culpa de una de estas.
Ante aquella mirada helada, la sonrisa de Sha Qing se desvaneció. Volvió junto al cadáver de Erlan y, de un tajo, le cercenó el pulgar derecho. Luego se dio la vuelta y salió del cuarto de distribución eléctrica.
Leo lo siguió en silencio, tres metros detrás. No volvieron a intercambiar una sola palabra.
Ascendieron hasta la azotea, donde los esperaba una puerta de metal completamente cerrada. A un lado había un panel con cerradura de huella dactilar y teclado numérico. Sha Qing sacó de un bolsillo oculto un poco de polvo fluorescente, lo esparció sobre las teclas y, al iluminarlas con una luz ultravioleta, quedaron marcadas claramente seis de ellas, todavía impregnadas de residuos de piel. Insertó un pequeño decodificador; en cuestión de segundos, el sistema quedó resuelto. Después presionó el pulgar amputado de Erlan contra el lector biométrico. La puerta se deslizó hacia los lados.
Ambos se apartaron rápidamente a los lados, ocultándose mientras observaban el amplio salón del interior. Sha Qing sacó una Beretta M9 que llevaba bajo las costillas; la sostuvo con la mano izquierda y levantó la derecha sobre su cabeza, con la palma hacia abajo formando un cuenco.
Era la seña de SWAT para “cúbreme”.
Leo asintió.
Entraron uno detrás del otro, moviéndose entre los muebles con absoluto sigilo.
Registraron el lugar con la mayor cautela… pero no encontraron al Jinete. Frente a las ventanas veladas por gasas blancas había una mesa de mármol, y sobre ella un tablero de ajedrez a medio jugar. La contienda entre blanco y negro estaba ya en su tramo final. El caballo blanco que antes ocupaba F5 había sido capturado por un peón negro; aquella pieza, tallada en hueso humano de un gris blanquecino, se erguía ahora en el centro del tablero, como si aguardara a la mano victoriosa que, en el próximo movimiento, la llevaría hasta el cuerpo de su presa para saciarse con su sangre.
Leo clavó la mirada en la pieza con repugnancia, como si mirara una cucaracha moviendo sus antenas sobre una encimera. En dos ocasiones había estado peligrosamente cerca de ese “Jinete de Hueso”, símbolo de muerte. Verlo ahora le despertaba la antigua sensación de haber escapado por un pelo; una emoción que lo irritó y le frunció el ceño.
Una mano se posó suavemente en su hombro. Era un gesto de consuelo, incluso de ánimo. Leo giró la cabeza hacia Sha Qing. Por primera vez, en aquellos ojos negros, siempre fríos, siempre insondables creyó ver un matiz cálido, suave, fugaz como una ilusión.
De pronto tuvo la sensación de conocer a ese asesino serial al que había perseguido durante un año entero… Sí, de conocerlo. No desde los retratos hablados ni desde los perfiles psicológicos; ni desde las noches de insomnio o desde las paredes llenas de fotos y apuntes. Era una certeza extraña: él había aparecido en su vida alguna vez. Quizá fue el hombre que hacía fila delante de él para comprar el almuerzo; quizá un transeúnte que le rozó el coche y se disculpó con una sonrisa; quizá alguien que lo adelantó durante una carrera matutina y le dijo un par de palabras casuales…
Sentía que lo había visto antes. Que incluso habían tenido algún tipo de interacción. Y, sin embargo, ahora no podía recordar cuándo, dónde ni cómo.
Tal vez era aquello que llaman déjà vu: esa ilusión que fabrica el cerebro, esa sensación de familiaridad sin memoria. La misma que hace que dos desconocidos crean haber compartido otra vida, que este encuentro ya tuvo lugar en algún ayer.
Sha Qing… ¿Dónde demonios te he visto antes?
Se quedó sumido en aquel trance un segundo más de la cuenta, hasta que una voz grave a su lado lo sacó del estupor.
—Despierta, Leo. No puedes quedarte embobado aquí. Tenemos que encontrar al Jinete, y rápido.
Leo parpadeó, sobresaltado. La vergüenza le subió a la cara. ¿Cómo había podido distraerse justo ahora? Para ocultar su incomodidad, hurgó en la bolsa bajo la mesa y recuperó una a una sus armas y equipo confiscados.
—¿Crees que escapó? —preguntó, solo para romper el silencio.
—En la llamada anterior no dejé escapar ningún detalle. No debería haberlo notado. —Sha Qing dudó un instante, también consciente de que no podía estar completamente seguro—. Hay otra posibilidad: que haya bajado a revisar al prisionero. Cuando vea que la habitación está vacía, se enfadará. Y seguramente llame al móvil de Demonio. Claro que en el infierno no hay compañías telefónicas… —Miró a Leo con una expresión clara: ya perdimos la ventaja.
En ese preciso momento, las luces se apagaron de golpe.
La oscuridad cayó sin aviso, tan abrupta que parecía amplificar hasta el pulso y la respiración. Instintivamente, ambos se ocultaron tras los objetos más cercanos, armas en mano, balas ya listas en la recámara.
—¿Desconectó el generador? —murmuró Leo.
—No —respondió Sha Qing—. Creo que solo apagó las luces. Conoce su guarida como la palma de su mano, y es probable que tenga un visor nocturno. Ahora no solo tenemos que lidiar con un matón que dispara desde las sombras, sino también con este laberinto infernal y una colección de viejas trampas letales. Qué suerte la nuestra.
—No podemos quedarnos aquí. Al ver el dedo de Erlan entenderá lo que pasó. Tenemos que bajar —dijo Leo.
—¿Bajar a ciegas? Ni de broma.
—Siempre puedes encender tu mini linterna… cuando yo ya esté lo bastante lejos.
—Oh, agente… resultas más siniestro de lo que recordaba. ¿Quieres usarme de cebo para atraer los disparos y después recoger los restos?
—Si así fuera, sí que sería mi día de suerte.
—¡Fuck you!
—Si además resultara que tu género también es falso, tal vez me lo pensaría —soltó Leo sin pensarlo.
Luego se quedó mudo un instante, sintiendo un calor extraño subirle a la cara. Por suerte, la oscuridad lo escondía todo.
—¡…Cerdo lascivo! —le gritó de pronto una voz femenina, joven, melosa, casi coqueta.
Leo estuvo a punto de reír. La habilidad de Sha Qing para imitar voces era sencillamente prodigiosa.
Aquel intercambio de apenas unos segundos bastó para deshacer la tensión del deslumbramiento repentino. Sin ponerse de acuerdo, ambos callaron al mismo tiempo y, guiados por la imagen mental que conservaban de la sala antes de quedar a oscuras, comenzaron a avanzar a tientas hacia la puerta.