Cap. 21 El beso de sangre

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Volumen III Como un azul profundo

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Capítulo 21 — El beso de sangre

Cuando las retinas por fin se acostumbraron a la penumbra, y con la tenue luz de luna filtrándose por la ventana, las siluetas de los objetos comenzaron a perfilarse ante sus ojos.
Qué sensación tan horrible, pensó Leo, alerta e incómodo, como si él mismo se hubiera convertido en una presa, obligado a vigilar cada instante por si un cazador escondido en las sombras le disparaba una flecha helada.
Suponía que Sha Qing debía de sentir algo parecido; en cierto sentido, ambos habían sido cazadores desde el principio.
Al bajar las escaleras del tercer piso, Leo tropezó sin querer con algo oscuro, probablemente una lata vacía que los dos sospechosos de asesinato habían dejado caer y un clang metálico rompió el silencio.
¡Maldición! El pensamiento apenas cruzó su mente cuando ya estaba encogiéndose en el aire, rodando escaleras abajo hecho un ovillo. El golpe contra los peldaños le abrió un dolor punzante en la herida de la espalda baja, pero aun así tuvo suerte: una ráfaga de balas impactó exactamente en el lugar donde había sonado el ruido. El estampido retumbó en el espacio cerrado y las lenguas de fuego destellaron en la oscuridad con un brillo casi cegador.
Detrás de él, Sha Qing respondió de inmediato a los fogonazos, disparando cinco balas en una ráfaga controlada.
Los tiros y las llamas desaparecieron tan rápido como habían surgido. Leo se arrastró hasta ponerse a cubierto detrás de la estatua humana situada en el rincón de la escalera, tratando de adivinar si el “Jinete” había sido alcanzado. Por el sonido del arma, dedujo que el otro estaba usando un MP5 de H&K: alta potencia, cadencia feroz, gran precisión y recarga rápida. Una herramienta perfecta para el CQB, el combate cercano en interiores. Como ex militar, el Jinete manejaba las armas con una soltura casi elegante; según las necesidades de cada situación, ya había cambiado al menos cinco veces de arma: pistola, rifle de francotirador, fusil estándar, carabina y subfusil. Todo un fanático de las armas, sin duda.
No se oyó el sonido de un cuerpo pesado cayendo. Leo concluyó que el Jinete seguía vivo, quizá herido, pero lo bastante consciente como para no barrer a Sha Qing a tiros. Y aquel breve margen de apenas unos segundos, le había bastado a Sha Qing para cambiar de posición.
El aire, saturado de olor a pólvora, parecía coagulado con pegamento. Ambos permanecían ocultos, vigilándose y calculando, como dos fieras hambrientas en busca del instante perfecto para lanzarse al cuello del otro.
Leo reguló su respiración, lenta y cuidadosamente. Sus dedos tantearon el pequeño bolsillo en la cintura del uniforme CQB. En el bolsillo izquierdo ya había gastado la micro granada ofensiva. En el derecho quedaba un objeto cilíndrico y rígido. Lo recordó al instante: una granada aturdidora. Una herramienta de apoyo táctico que la policía usaba con frecuencia en rescates de rehenes. La había guardado como repuesto cuando cambiaron de equipo.
Visor nocturno de baja luminosidad… Perfecto. Con un poco de suerte, el otro no habría podido pagar un modelo de tercera generación (que contaba con protección contra destellos). Leo tiró del pasador de seguridad, sujetó la espoleta y gritó en chino:
—¡Cierra los ojos!
Y acto seguido hizo rodar la granada por el suelo.
Gritar aquello le valió una lluvia inmediata de fuego. Las balas golpearon la estatua y las paredes con un pupupupu seco; astillas de madera y polvo de ladrillo saltaron por todas partes. Leo se pegó lo más posible a la base de la estatua, hundió la cabeza en el brazo y apretó los ojos.
Dos coma cinco segundos después, una explosión de luz blanca inundó toda la estancia, como si una nube de hongo devoradora de sombras hubiese estallado dentro del edificio. Las formas sólidas perdieron contorno y se diluyeron en el resplandor, reducidas a pura nada.
Desde algún punto del pasillo llegó un golpe seco, como si algo se hubiera caído en medio del desconcierto. Leo supuso que el Jinete se había arrancado el visor nocturno. En cuanto la luz se disipó, rodó fuera de su escondite y se deslizó hacia otra cubierta. Una nueva andanada destrozó por completo el rincón de la escalera.
Disparo ciego. Aquello significaba que el Jinete había quedado temporalmente cegado por el destello; no recuperaría la vista en un buen rato.
Una bala de pistola cayó desde arriba en un ángulo endemoniado y chocó contra la carcasa del MP5, arrancándolo de las manos del Jinete con un destello metálico. La segunda bala le alcanzó de lleno en la pierna derecha, levantando una nube de sangre.
—¡Basta, Sha Qing! —gritó Leo en chino mientras corría hacia el hombre caído, que gemía en el suelo.
Rápido como un resorte, sacó unas esposas de acero de carburo y le dobló el brazo derecho por encima del hombro, sujetándole el izquierdo por la espalda para esposarlo en diagonal.
Sha Qing bajó de un salto apoyándose en la barandilla, el cañón de su Beretta M9 apuntando directo a la frente del Jinete.
—Él merece morir —dijo en un murmullo gélido.
—Está detenido —replicó Leo, apuntándole a su vez—. No seas impulsivo. No hagas una estupidez. Sha Qing, no olvides nuestro acuerdo.
Sha Qing permaneció inmóvil, sin un solo gesto en el rostro. Solo después de un largo silencio cerró los ojos con fuerza, como si tomara una decisión dolorosa, y bajó el arma muy lentamente.
—De acuerdo… ahora es tuyo —susurró.
Leo siguió vigilándolo sin relajarse ni un ápice. Sha Qing lanzó una sonrisa fría hacia el arma que lo apuntaba.
—Puedes disparar. Así no tendrás que volver a perseguirme. No te preocupes: no existe una ley que te acuse por romper el puente después de cruzarlo.
Leo sintió un amargo sabor a culpa. Dudó un instante.
—No puedo dejar que huyas. Vuelve conmigo y entrégate. Testificaré en tu favor por todo lo que has hecho hoy. Te prometo que convenceré al juez para que reduzca tu condena.
Frente al cañón oscuro y helado, Sha Qing avanzó hacia él paso a paso.
—Baja el arma… o dispara.
Su voz, serena y desapegada hizo que Leo retrocediera medio paso sin darse cuenta. Su dedo se tensó en el gatillo.
—No me obligues… Sha Qing. No quiero matarte.
—¿Ah, sí? Entonces, según tú, ¿debería pasar el resto de mi vida encerrado en una prisión, vestido con un uniforme áspero y barato, comiendo una bazofia infame, peleándome con toda clase de demonios y alimañas por una litera, por el inodoro o por la ducha, y librando de vez en cuando batallas épicas para proteger mi trasero? ¿Crees de verdad que ésa es la vida que merezco?
No… ésa no es mi intención. Leo miró al joven frente a él y sintió una punzada de dolor, un conflicto tan extraño como inexplicable. En ese instante, la mirada de Sha Qing era razonable y serena; cada uno de sus gestos parecía medido, elegante, correcto. Su porte era tan recto y luminoso que parecía nacido para caminar bajo un sol cálido, para disfrutar de la libertad, de la alegría, de todo lo hermoso… no para verse envuelto en las sombras turbias y sucias del mundo.
¿Por qué demonios tenía que ser un asesino serial? Había tantos caminos posibles en la vida; ¿por qué elegir precisamente uno que no llevaba a ningún futuro?
—…Una persona tiene que asumir la responsabilidad de lo que ha hecho —dijo suavemente el agente federal de cabello negro—. Somos iguales en eso. Nadie puede hacer lo que le dé la gana. La prisión no existe para destruir la vida de alguien, sino para reemplazar la cadena rota que ya no puede contener a la bestia que lleva dentro, hasta que quede completamente sometida.
—Todos tenemos una bestia dentro, agente —dijo Sha Qing, extendiendo un dedo para tocarle el pecho, justo donde latía su corazón—. Tú también.
—Sí. Pero, a diferencia de ti, yo mantengo esa bestia encadenada con hierro: la ley y la moral —respondió Leo.
—No es tan fácil como crees, agente. Las cosas cambian, siempre cambian… y suelen salir de tu control.
El dedo de Sha Qing descendió lentamente por la pechera del uniforme, pasó por el abdomen y bajó hacia la cintura. Aquel gesto, tan inesperado y atrevido, hizo que Leo quisiera apartarlo de un manotazo… pero una sensación extraña, densa, casi viscosa, parecía adherirse a sus extremidades, dejándolo inmóvil, atrapado como un insecto envuelto en resina. Le faltaba el aire; no podía moverse.
El dedo se detuvo en su muslo.
—Te alcanzó una bala —dijo Sha Qing—. Aquí.
Leo despertó del aturdimiento de golpe. Miró hacia abajo: su muslo izquierdo sangraba; un agujero de bala le perforaba el pantalón. Curiosamente, no le dolía tanto como esperaba… aunque quizá se debía a que le dolía todo el cuerpo, y esa herida apenas era una más entre tantas.
Sha Qing rasgó la tela negra y, con una pequeña linterna, iluminó la herida: un orificio limpio y redondo aparecía bajo la luz.
—Es una bala desviada —dijo Leo—. No ha entrado muy profundo. No pasa nada.
—Aun así, hay que tratar la herida cuanto antes. —Sha Qing le pasó la linterna—. Sostén esto. Voy a sacar la bala.
—¿Con la punta del cuchillo?
—Sólo tengo una daga triangular. Ya sabes que lleva arsénico en el acero: las heridas que toca tardan muchísimo en sanar. Tengo un método mejor.
Hablando, sus dedos siguieron la línea del músculo del muslo, presionando con una destreza casi quirúrgica, siguiendo un ritmo extraño y preciso. Leo gruñó de dolor cuando Sha Qing apretó con fuerza y el extremo de la bala asomó entre la carne.
Intentó cogerla con los dedos, pero la sangre la hizo resbalar. Entonces hizo algo que Leo jamás habría imaginado.
Todo ocurrió demasiado rápido: Leo ni siquiera tuvo tiempo de apartarse.
Sha Qing inclinó la cabeza, se hundió entre el pliegue donde nacía el muslo y, con los dientes, sujetó el extremo de la bala. Con un tirón rápido y firme la extrajo.
Al levantar la cara, la bala deformada y manchada de sangre seguía entre sus labios. Bajo su cabello negro, el rostro estaba intensamente iluminado por la linterna, tan pálido que parecía brillar; y la sangre en los labios era de un rojo brutal. Cuando levantó los ojos para mirarlo desde abajo, Leo aspiró aire como si algo lo hubiera perforado, y se quedó sin respiración.
La bala cayó al suelo con un ding apenas audible… pero Leo sintió que ese sonido lo atravesaba otra vez, quebrándolo por dentro como un espejo que se resquebraja desde el centro.
Permaneció con los ojos abiertos, la mente completamente en blanco. Y en ese vacío quedaron suspendidos colores iridiscentes, un temblor dulce y un perfume que le aceleraba el pulso. Ni siquiera vio el momento en que el rostro de Sha Qing se acercó a él.
Sólo sintió que lo besó.
No sabía quién había tocado a quién primero. El sabor salado y ferroso se extendió entre ambos, caliente como si quemara la lengua, dulce como una pena antigua.
Esto está mal… pensó Leo, aturdido. Pero no puedo detenerme.
Y quien lo besaba tampoco parecía querer hacerlo. Le sostuvo la mandíbula con la mano, como si quisiera estabilizar un hueso roto… o profundizar más suavemente.
Se saborearon, compartieron el aliento, y durante un instante pareció que carne y alma se mezclaban en un todo único. Era una sensación inquietante y a la vez apacible, excitante y serena.
A unos pasos de ellos, tirado en el suelo, el Jinete seguía esposado y sangrando. No veía nada, estaba casi ciego por el destello, y la impotencia lo volvía loco. Pero a nadie le importaba su dolor. El mundo entero era un desierto sin esperanza.
No sabía cuánto tiempo pasó cuando volvió a oír las voces de los otros dos, murmurando en un idioma que no entendía.
—¿Qué… qué me has hecho tragar? —preguntó Leo, llevándose la mano a la garganta. Una pequeña cosa redonda acababa de deslizarse por allí.
—Una cápsula para que descanses un rato. No quiero verte debatirte así —respondió Sha Qing con una sonrisa leve, aún teñida del rojo de la sangre—. Y, lo más importante… si me vieras escapar frente a ti, creo que al final apretarías el gatillo.
—Juicio correcto. —Leo sintió cómo los párpados le ardían, cada vez más pesados, como si se le vinieran abajo. Luchó por mantener los ojos abiertos, y en su rostro no había irritación alguna por haber caído en una trampa—. ¿También habías previsto esto? —preguntó, mientras hacía un esfuerzo por levantar la muñeca.
Sha Qing abrió mucho los ojos: unas esposas de acero unían firmemente su muñeca izquierda con la muñeca derecha de Leo.
¡Leo! ¿Cuándo había conseguido hacerlo?
—Lamento decirte que la llave se perdió en medio de la pelea —continuó Leo—. Está todo oscuro y hecho un desastre. Puede que encuentres la llave… cuando amanezca. Además, el móvil que me diste se encendió solo. Mientras estabas concentrado sacándome la bala, metí la mano detrás y marqué la línea directa de la oficina. Es un número que sólo yo conozco. Van a rastrear la señal, aunque esté cifrada. En menos de una hora tendrás a medio departamento de policía viniendo hacia aquí. No podrás escapar… —su voz se fue apagando hasta que la cabeza le cayó hacia delante.
Sha Qing lo miró, atónito, con una sonrisa amarga. Había creído tener un plan de reserva… pero al final aquel agente del FBI lo había superado.
—¿…Crees que no me atrevería a cortarte la muñeca? —masculló amenazante, al agente inconsciente. Por supuesto, no obtuvo respuesta.
En realidad, Leo podría no haberle dicho nada acerca del teléfono. Podría haber esperado tranquilamente a que el edificio se llenara de sirenas y luces rojas y azules y tal vez Sha Qing habría estado todavía arrastrándose por los pasillos oscuros intentando encontrar la llave con el cuerpo del agente atado a él. Al pensarlo, Sha Qing volvió a sonreír.
Se inclinó y besó el cabello húmedo del otro, impregnado de polvo y olor a pólvora.
—Adiós, joven y valiente león —susurró.
Luego apretó los dientes y, con un tirón brutal hacia atrás, se dislocó la articulación del pulgar. Un crack seco resonó en la oscuridad. Conteniendo el dolor punzante, retiró la mano de la esposa y enseguida recolocó la articulación.
Sacó su arma y la apuntó a la nuca del Jinete tirado en el suelo. Tras pensarlo unos segundos, bajó el arma. No quería hacerlo mientras Leo estaba inconsciente.
Se dio media vuelta y se perdió en la oscuridad con paso decidido.
El sonido insistente de voces despertó a Leo. Parpadeó, y su visión borrosa terminó enfocándose en un rostro familiar.
—Rob… —murmuró con voz ronca—. Tienes una cara como de resaca de una fiesta salvaje.
—¡No he dormido ni un maldito minuto! —protestó el agente de ojos verdes, el ceño fruncido de preocupación pese a su tono irritado—. Me alegra que sigas vivo. Y, por lo que veo, faltarían años antes de que alguien te cubra con una bandera.
—¿Lo atraparon?
—Oh, sí. Uno muerto y otro herido. Parece que subestimé tus habilidades, Leo.
Por un instante, el corazón de Leo dio un salto; luego entendió que Rob hablaba de Erland, el “Rey Demonio”, y del Jinete.
—…¿Y Sha Qing? —preguntó, dudando pero ansioso.
—¿Sha Qing? ¿Estuvo aquí? ¿Llegaste a enfrentarte con él? —Rob lo miró sorprendido.
Leo levantó la muñeca derecha y vio, por primera vez, el aro metálico colgando, vacío en el otro extremo.
Rob abrió los ojos como platos.
—Dios santo… ¿lo atrapaste? ¿Lo esposaste a ti mismo? ¿Y luego escapó? ¿Él fue quien te dejó inconsciente? ¿Llegaste a verle la cara?
—…Es complicado de explicar —respondió Leo.
—Vámonos, ya hablaremos cuando volvamos —dijo Rob, intentando ayudarlo a ponerse de pie. Quizá porque la venda que le inmovilizaba medio brazo le daba un aspecto especialmente lamentable, un agente del FBI que estaba cerca se apresuró a ocupar su lugar.
Las manos del Jinete seguían dolorosamente esposadas a la espalda. Dos policías lo sujetaban por ambos lados y lo arrastraban fuera del edificio, con la pierna derecha herida rozando el suelo. Leo miró hacia atrás: aquel edificio desolado y lúgubre parecía conservar la conciencia residual de un fantasma, agitando sus garras en la oscuridad. Sobre el muro exterior, en la piedra fundacional, había dos líneas grabadas en gótico, apenas visibles bajo los faros de los coches. Leo las leyó palabra por palabra.
—“No puedo evitar matar, como el poeta que, cuando llega la inspiración, no puede evitar cantar”.
Era el credo vital del antiguo dueño del “castillo del asesinato”, la declaración triunfante de un asesino serial esquizofrénico.
—Maldita sea… —murmuró Leo.
—Ya lo creo. ¡Todos esos asesinos seriales son unos psicópatas que no merecen vivir! —Rob asintió con furia, y lanzó una mirada llena de odio al Jinete que estaba a punto de ser subido al vehículo—. Solo de pensar en los agentes que murieron a manos de esos dos bastardos… McEnn… ¡Me dan ganas de volarle la cabeza de un tiro!
No había terminado la frase cuando la cabeza del Jinete estalló de pronto, como un huevo reventado en el microondas. La sangre roja y la materia blanca se esparcieron por completo sobre los policías que tenía al lado.
El disparo llegó un instante después, profundo y retrasado, como un trueno lejano.
—¡Francotirador! —gritó alguien. Los policías corrieron a buscar el escondite más cercano. Un equipo de asalto del FBI se lanzó hacia las sombras en dirección al posible punto de disparo.
Rob prácticamente arrastró a Leo al coche y lo empujó hacia abajo, bajo el asiento trasero, como si temiera que él intentara lanzarse al frente.
—¡Eres un herido! ¡Nada de heroicidades!
Leo dejó que su compañero lo acomodara; aquel desenlace no lo sorprendía en absoluto. Desde que supo que Sha Qing había escapado, había previsto cuál sería el destino del Jinete. Ahora, la mala premonición se había cumplido.
Ese hombre era un asesino serial, un ser que actuaba según su propio capricho, sin ley ni freno. Debería haberlo tenido muy presente, en lugar de esperar a que la verdad bañada en sangre volviera a golpearlo en la cara para lamentarse de no haber apretado el gatillo a tiempo.
En cuanto a ese beso absurdo… por supuesto que había sido un error, la secuela de una descarga brutal de adrenalina. Igual que esas decisiones irracionales que la gente toma cuando está a punto de morir. Debía olvidarlo por completo.
Pero ahora estaba agotado. Tan agotado que nada en el mundo lograba despertarle interés. Necesitaba dormir como un muerto… un sueño sin sangre, sin sueños.

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