Cap 48. Obsesión

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Volumen V.- La isla de la diosa Luna

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Capítulo 48 — Obsesión

 

Siguieron besándose hasta quedarse sin aliento, y solo entonces lograron separarse un poco de aquel abrazo que los mantenía pegados.

Sha Qing apoyó la barbilla en el hueco del hombro de Leo y, jadeando, murmuró:

—La razón me dice que debería irme, antes de que tu sentido del deber vuelva a su nivel habitual y me claves otra inyección en el cuello… Tienes otra jeringa escondida en la manga, ¿verdad?

El agente federal lo sostuvo por la nuca. El asesino en serie, ya con el cabello teñido de nuevo de negro, tenía esa piel de un suave tono trigo que ejercía sobre sus dedos una especie de hechizo del que Leo no podía desprenderse.

—¿Te da miedo que te atrape y te meta en prisión? Entonces deja todo esto de una vez —dijo él.

—Si lo dejo ahora, ¿no iré a la cárcel?

—Sí, pero si te entregas puedes obtener una reducción de condena. —Leo depositó un beso en su entrecejo, con una ternura firme—. Y yo te esperaré a que salgas.

Los hombros de Sha Qing temblaron bajo su mano, primero con una risa baja, descontrolada, que enseguida estalló en carcajadas. Alzó el rostro para que el otro viera claramente la burla en su expresión, ocultando muy adentro la decepción que no quería revelar.

—Agente, deberías recibir una condecoración al Mérito por parte del gobierno federal, por seguir cumpliendo con tu deber incluso en estas circunstancias.

—Sé que para ti es difícil aceptarlo, pero…

—…pero no quiero convertirme en uno de los logros que represente esa medalla, algo que puedas exhibir en tu historial. —Sha Qing lo apartó de un empujón, retrocediendo paso a paso hasta que los muslos chocaron con la ventana abierta—. Parece que nuestra cooperación termina aquí. Y de paso te doy un aviso: los otros cinco miembros aún no han salido del club. Por culpa del desvarío y la paranoia de pequeño Jafford, que ya han llegado a un extremo sin retorno, sospecha que, además de ti, entre ellos hay más infiltrados de la policía. Los ha retenido y escondido. ¿Qué te parece si hacemos una carrera? A ver si los encuentras tú antes… o si los degüello yo.

Antes de que su voz se apagara, Sha Qing se dejó caer hacia atrás y desapareció por la ventana del quinto piso.

—¡Mierda! —maldijo Leo. 

Corrió hacia la abertura y se agarró al marco para asomarse. Solo alcanzó a ver cómo el otro se desplazaba por la pared exterior, aferrándose a las grietas de la piedra y saltando de una a otra con la agilidad de una lagartija, hasta perderse de vista.

El agente, de cabello oscuro, se quitó la chaqueta sin dudarlo. Sacó un pequeño cuchillo y, sin pensarlo, abrió con él una herida reciente en la parte interna del brazo. Con la punta extrajo de allí un diminuto emisor del tamaño de una uña, cubierto de sangre: solo llevándolo dentro del cuerpo podía evitar con mayor seguridad que lo descubrieran en un cacheo.

Dos minutos después, el equipo de operaciones especiales del FBI, con el nombre en clave “Zona Prohibida”, recibió una señal GPS desde una isla en el Pacífico a cientos de kilómetros de distancia. Tras descifrarlo, confirmaron que provenía del emisor que portaba el agente encubierto.

—Objetivo: 8°33′ S, 161°10′ O. ¡Escuadrón de asalto, a la acción! —ordenó el agente encargado del respaldo.

Inmediatamente, tres aviones de combate AV-8B Harrier, dos helicópteros de transporte pesado CH-47F con más de un centenar de soldados armados cada uno, y un destructor clase Burke prestado de la base naval se pusieron en marcha rumbo al objetivo.

Sha Qing escaló la pared del club y se internó ágilmente en la vegetación cercana. Entre los arbustos escuchó un par de sonidos: “¡Chu, chu!”. Sacó el arma y apuntó, pero vio a Shainer asomando medio rostro.

—¡Hey, soy yo, soy yo!

—¿Todavía no te has ido? —pensó Sha Qing, sorprendido—. Creí que siendo un oportunista ya se habría escondido en algún rincón o directamente se habría desplazado al aeropuerto o al puerto para escapar.

—¡Pero primero necesito encontrar un medio de transporte! —dijo Shainer, mirando alrededor y sonriendo—. ¿Y ese soplón? ¿Lo atraparon? ¿Está muerto?

Sha Qing lo fulminó con la mirada, sin responder.

Shainer, más prudente, agregó:

—Bueno, ya nos separamos, ¿no? Mejor nos vamos rápido… tengo un mal presentimiento… estas dos islas van a meterse en serios problemas.

Sha Qing tocó instintivamente el bulto de su bolsillo, dudando un instante.

—¿A qué esperas? —lo urgió Shainer—. Vamos, tú ya te divertiste suficiente, y mi dinero… bueno, el dinero se puede recuperar, ¡pero ahora lo importante es salvarnos, hermano!

—Aún quedan cinco personas que no he borrado de mi lista.

Shainer hizo un gesto de oración, con expresión pura y sincera:

—Por favor, da a esas cinco ovejas descarriadas una oportunidad de redimirse, ¡por nuestro Padre que está en los cielos!

Sha Qing le dio una palmada en la parte trasera de la cabeza.

—¡Deja de poner esa expresión que da escalofríos, no va contigo! —sacó del bolsillo un lujoso teléfono púrpura, que era el mismo que Jafford, había usado antes para engañar a Oliver—. Me habría gustado darles un final acorde a sus crímenes…

—Demasiado complicado. ¿Por qué no dejamos ese trabajo agotador en manos de Dios? —susurró Shainer.

—Lamentablemente, el tiempo no lo permite. Sería cómo manchar un plano perfecto… Siempre me califico con A en mi trabajo, y ahora por este error podría caer a B —lamentó Sha Qing.

—Con que sea suficiente para aprobar, está bien —lo consoló Shainer con resignación.

—Ya conoces mi estilo: “ojo por ojo, diente por diente”. No me gusta hacer excepciones con estos cinco escoria, salvo que sea estrictamente necesario.

—¡Pues ahora es estrictamente necesario!

Sha Qing se encogió de hombros y, usando el teléfono de Jafford, marcó a Oliver.

Veinte minutos después, los tres Harrier llegaron primero al cielo sobre la Isla de la Luna. El centro de comando terrestre del aeropuerto de la isla norte detectó objetos voladores extraños en el radar y emitió advertencias, pero dos misiles Maverick impactaron directamente, enviándolos al aire.

Las explosiones sacudieron toda la isla. Los guardias del club salieron corriendo de los edificios, mirando aterrados hacia el aeropuerto.

Leo aprovechó para salir de la habitación de Jafford y entrar al estudio, contactando al centro de respaldo. Como línea privada del líder del club, confiaba en que nadie se atrevería a intervenirla.

—Hola, viejo amigo, ¿todo bien? —dijo Rob al otro lado—. ¡Felicidades por completar la misión! Tenemos dos equipos de operaciones “Snoogan” y un destructor en camino. Solo espera seguro hasta que te veamos… Espera, hay novedades: según los pilotos, en la isla del sur, el pequeño aeropuerto tiene una aeronave despegando… ¿es el objetivo que intenta huir?

—No, Aver Jafford sigue bajo mi control —respondió Leo, mirando la puerta cerrada de la habitación. El objetivo final aún estaba en la cama, inconsciente. Las inyecciones no pondrían su vida en riesgo, pero los efectos secundarios como confusión, mareos y vómitos eran inevitables.

—Eso es raro. Mandaré un Harrier a revisar… espera, ¡es un helicóptero del Club de la Luna! Probablemente un alto cargo intenta escapar. Haré que los cazas lo obliguen a aterrizar —dijo Rob.

Justo después, un estruendo como trueno resonó desde el cielo lejano. Leo dejó el teléfono y corrió al balcón, viendo una intensa llamarada cayendo desde el horizonte sureste.

—¿Un helicóptero del club? —frunció el ceño, regresó y tomó el micrófono—. ¿Lo derribaron?

—No, el piloto no hizo nada —aclaró Rob—. Simplemente explotó solo y casi daña nuestros aviones.

Leo guardó silencio unos segundos y dijo:

—Revisen bien a los ocupantes del helicóptero, sospecho…

—¿Qué?

—Nada, aún es demasiado pronto para sacar conclusiones.

—Leo, ¿me estás ocultando algo otra vez? —preguntó su perspicaz compañero—. Dime dónde estás y te envío refuerzos.

—No hay prisa. ¿Nunca escuchaste eso de “en el ojo de la tormenta, todo está tranquilo”? Me quedaré aquí, esperando a atrapar a alguien que realmente conozca los hechos —dijo Leo, colgando después.

Sha Qing y Shanier se quedaron al borde del bosque, mirando hacia el sureste. Allí, el cielo había estallado en un brillante fogonazo blanco y, de repente, volvió a la calma.

—Vaya, cómo se te ocurren esas cosas… —murmuró Shanier—. Imita el acento de ese duque afeminado, llama a su secretario, ordena que suban a esos cinco miembros al avión y luego les vuela los sesos con explosivos. Y yo que pensé que de verdad planeabas perdonarlos… —Volvió la cabeza hacia el hombre de expresión indiferente que tenía al lado y sintió un escalofrío recorrerle la columna—. ¿Nunca pensaste en mostrar piedad, verdad?

—Para un objetivo previamente decidido… —Sha Qing habló con voz grave—, no, no muestro piedad.

Shanier lo observó como si tuviera delante a un monstruo. Al final, encogiéndose de hombros, aceptó la evidencia.

—En fin, tampoco sé qué esperaba de un asesino en serie: ¿ternura, quizá? Lo único que lamentas es no haber podido darles la muerte que habías planeado. Aunque, oye, a mí me encanta: un fugitivo hace pedazos, delante de las narices de la policía, a un montón de asesinos y testigos problemáticos. Cuando los polis se enteren, seguro que se vuelven locos.

Sha Qing imaginó la expresión de Leo al recibir la noticia y no pudo evitar que la comisura de los labios se le curvara. Si se extralimita, un poco más y se lleva por delante al verdadero culpable… ¿qué cara pondría entonces?

Al fin y al cabo, ese era el verdadero propósito de su viaje: cortar las garras y, después, cortar la cabeza. En cuanto a la promesa que una vez hizo a Leo de no interferir, incluso de cooperar temporalmente…

Perdón. Te engañé una vez más. Sonrió hacia la imagen mental del agente de cabello negro. Cuando llegue el momento, estarás muy, muy enfadado. Así que ven con todo lo que tengas y atrápame.

—Bueno —dijo Shanier, conteniéndose como pudo—, ya podrías revelar tu plan de huida. ¿Cómo demonios piensas largarte de aquí?

—¿Y por qué te preocupa eso? —replicó Sha Qing sin darle importancia—. Siempre puedes volver a la isla sur, ponerte uno de esos uniformes naranja para “bestias humanas” y quedarte tranquilo a esperar a que te rescate la policía. ¿No eras ya un ciudadano respetuoso de la ley?

¿Después de chantajear a Aver Jafford con información del policía infiltrado y sacarle cien millones?
A Shanier le subió un calor incómodo detrás del cuello.

—Vamos, ni loco quiero volver a un calabozo a dar declaraciones. Después de salir de prisión, ver a un policía me provoca migrañas. Y tú… no pensarás presentarte ahí tan campante diciendo: “Soy Sha Qing, pónganme en primera clase”, ¿verdad?

Sha Qing soltó una risilla.

—Bueno, si insistes, puedo sacarte de aquí… pero no todavía.

—¿¡Qué!? —estalló Shanier—. ¡Santo Dios, si ya dejaste al Club Luna medio muerto, como una prostituta apaleada que ni puede ponerse la ropa! ¿Qué más quieres hacer? —Perdió la compostura, saltó sobre él y trató de estrangularlo, dispuesto a morir juntos.

—¡¿Estás jugando conmigo?! ¡No me importa lo perfeccionista que seas ni ese maldito plan tuyo! ¡Yo me largo de esta isla ahora mismo! ¡Ahora!

Rodaron por el suelo, entre forcejeos. Sha Qing, sin alterarse, le apartó los brazos tensos del cuello.

—Tienes dos opciones: o te vas por tu cuenta, o vienes conmigo y obedeces. Tú decides.

A Shanier casi se le escaparon las lágrimas. Le lanzó golpes y patadas a lo loco.

—¡Voy a matarte, maldito!

Sha Qing lo inmovilizó con unas cuantas maniobras sencillas: dedos en su garganta, rodilla clavada en su abdomen.

—¿Quieres morder la mano que te da de comer, lobito mío? —se burló.

Jadeando en la hierba, Shanier abrazó el brazo del asesino con desesperación.

—Vámonos ya… mi señor, mi rey… ahora mismo… Te doy diez millones, billetes verdes.

Nota del escritor: (Algunas expresiones pierden gracia al traducirlas literalmente. Por ejemplo, ese “My lord. My king” de Shanier. Pero como hay lectores que no quieren inglés, aquí queda. Interprétese según contexto…).

—No necesito tu maldito dinero —gruñó Sha Qing con un deje de jerga mafiosa—. Considera esos diez millones un pago por el buen rato.

—¡Cuando salgamos de este infierno te doy todo lo que quieras, lo que sea! —Shanier, ya desesperado, trató de meterle fajos imaginarios entre la ropa—. ¡A nadie le sobra el dinero! Veinte millones, no, treinta. Sólo llévame vivo a tierra firme. ¡Te vendo hasta media alma si hace falta!

—¿Para qué querría yo esa cosa mugrienta? —Sha Qing se incorporó y le dio un toque en las nalgas con la punta del pie—. Yo quiero la vida del pequeño Jafford.

Shanier se cubrió los ojos con el antebrazo, lamentándose en silencio.

Al menos piensa que es para matarle a él también… así no tendré que confesar a la poli que chantajeé al infiltrado… Maldita sea, por qué hablé con este loco… ¿Quién dijo que era una aventura romántica? Esto es una tragedia…

Sha Qing se inclinó, lo agarró por el cuello de la camisa y lo levantó como a un gato.

—No pierdas tiempo, si quieres salir de aquí con vida. ¿Escuchaste las dos explosiones? Desde el aeropuerto de la isla norte. La policía ha iniciado el cerco; los paracaidistas estarán aquí en nada.

—Van a ir a por el jefe primero —dijo Shanier, desesperado—. ¿Cómo piensas arrebatarles la presa a un ejército entero?

Sha Qing lo pensó un momento.

—Tomando un rehén. Además de Aver Jafford y los once cazadores muertos, ¿quién es la persona que más conoce la verdad de todo este caso?

—¿…El secretario personal? —aventuró Shanier.

Sha Qing chasqueó los dedos.

—Exacto. Lo secuestramos como moneda de cambio. Tú hablas con la policía, yo me muevo entre las sombras y, en cuanto vea un hueco, eliminó al objetivo.

—Aunque tú no mates a Aver Jafford —balbuceó Shanier—, la policía lo hará igual.

—No. Por la necesidad de maximizar sus beneficios políticos, no le impondrán la pena de muerte —dijo Sha Qin con frialdad—. Solo fabricarán opinión pública, alzarán la voz para elogiar lo brillante y veloz que fue resolver el caso, cómo salvaron la vida de sus ciudadanos en un momento crítico. Cuando hayan acumulado suficiente prestigio, pondrán como condición para la extradición que no pueda aplicarse la pena capital, y enviarán a Aver de vuelta a su país. Así ambos lados quedarán satisfechos y las relaciones diplomáticas seguirán intactas.

Shanier frunció el ceño.

—¿No le darán pena de muerte? Hasta yo siento que eso no tiene sentido…

—Piensa en aquellos dos terroristas islámicos que provocaron la explosión en el aeropuerto. Uno de los requisitos de Estados Unidos para extraditarlos fue justamente que no se les pudiera ejecutar. El otro país no lo aceptó, y esos dos desgraciados siguen encerrados en una prisión federal: sin proceso, sin sentencia, viviendo y muriendo allí como si no existieran. Y recuerda también a aquel caníbal japonés. Tras ser extraditado, no solo no pisó la cárcel, sino que hasta publicó un libro alardeando de sus actos… —Sha Qing soltó una carcajada fría—. ¿Crees de verdad que el duque Jafford permitiría que su primogénito pase el resto de su vida pudriéndose en prisión?

Shanier no encontró palabras.

—Por eso lo dije desde el principio: la ley es una prostituta. Aunque esté envuelta de pies a cabeza en un largo manto… sigue siendo una prostituta —murmuró Sha Qing, bajando la mirada hacia sus palmas. Una sangre invisible, densa y pegajosa, parecía deslizarse lentamente por ellas. Cerró los dedos, como si aferrara una afilada hoja negra que lo desgarraba a él mismo—. Yo hago lo que considero necesario. Nadie podrá detenerme.

En ese instante, Shanier sintió que, mientras estuviera a su lado, no tenía nada que temer.

Pasaron varios segundos antes de que lograra sacudirse aquella ilusión hechizante. Cuando volvió en sí, empapado en sudor frío, se maldijo:

—¡Estoy perdiendo la cabeza!

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