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La ubicación de la Cordillera Minggong era muy particular; atravesaba Chizhou y colindaba directamente con el Río Laoxin. Era un lugar de relativa importancia en la ruta imperial acuática del Departamento Tianming, por lo que los trámites y documentos para entrar y salir eran extremadamente engorrosos. Con la reputación de la Secta Posuo como seguidores del camino torcido y hereje, era absolutamente imposible que les permitieran el paso. Tian Nanxing tuvo que buscar una ruta alternativa, llevando a Jiang Zhuo desde la Montaña Sanyang hasta Cangchuan, y de Cangchuan… dieron un rodeo enorme, para finalmente desembarcar en un cruce de transbordadores.
El clima en la cordillera era sofocante y lluvioso. Jiang Zhuo perdió toda su energía en cuanto bajó del barco y, aprovechando el rato que Tian Nanxing se ausentó para recopilar información, se dirigió a una taberna al otro lado para comprar vino.
Debido a lo rudimentario de aquel embarcadero, la taberna también era un montaje provisional, con apenas una bandera de taberna hecha jirones colgando en la puerta para atraer clientes. Jiang Zhuo levantó la cortina y entró. Adentro había algunas personas sentadas de manera dispersa que, a juzgar por su apariencia, también pertenecían al camino torcido y hereje, y se encontraban charlando.
—Vengo del sur y en el camino escuché a la gente decir que últimamente ocurren muchas anomalías en la Cordillera Minggong. Ha muerto un buen número de personas.
—Yo también lo escuché. Primero, las chicas de las aldeas cercanas empezaron a morir súbitamente una tras otra, y luego, incluso en el pueblo, la gente empezó a morir. Esas familias ni siquiera habían tenido tiempo de enterrarlas cuando, a medianoche, los fantasmas ya estaban llamando a la puerta.
—¡Los fantasmas de aquí están bajo las órdenes de Minggong, vienen expresamente a llevarse los cadáveres a domicilio! ¿No les parece de lo peor? Hasta los cadáveres le disputa a la gente.
—No digas “llevarse los cadáveres”; la gente de aquí llama a este asunto “tomar una novia”. ¡Minggong va de puerta en puerta tomando novias!
—Si hablamos de esta Cordillera Minggong, su feng shui es terrible al tener que lidiar con una deidad como Minggong. Desde que apareció hasta ahora, ¿cuántas veces se le ha entregado una novia? Pero Él simplemente no se conforma y cada vez exige más.
—¡Si no fuera porque el Departamento Tianming lo respalda, yo no toleraría ver algo así!
—Es realmente extraño. La mala fama de Minggong es conocida por todos, nadie la ignora, y aun así el Departamento Tianming se desentiende por completo.
—Eso es porque no lo entienden. Aunque Minggong tiene la afición de comer personas, es capaz de garantizar abundantes cosechas año tras año en la Cordillera Minggong. Si no fuera por Él, me temo que este lugar se habría convertido en un terreno baldío hace mucho tiempo.
—Ay, las familias de los alrededores que tienen hijas se han escapado todas… ¡Es un verdadero pecado!
Habían llegado a este punto de la charla cuando vieron entrar a alguien, por lo que cerraron la boca y guardaron silencio. Jiang Zhuo, picado por la curiosidad, se acercó al mostrador y pidió un poco de vino, esperando que el grupo continuara conversando. Sin embargo, al ver la ropa impecable y llamativa de Jiang Zhuo, temieron que fuera un oficial del Departamento Tianming de incógnito. Intercambiaron miradas y se encogieron en los rincones como codornices, sin emitir un solo sonido.
Jiang Zhuo no tuvo más remedio que dejarlo pasar. Salió con su vino y se quedó bebiendo junto a la bandera de la taberna. Un momento después, Tian Nanxing regresó y le dijo: —Estuve preguntando. Hay un Río Heishe en la cordillera, y el Templo de Minggong está en ese río.
—¿En el río? —preguntó Jiang Zhuo.
Tian Nanxing asintió: —Dicen que cuando se construyó ese templo, originalmente era para venerar al dios de la montaña local, pero resultó que Minggong lo vio y le gustó mucho, así que provocó lluvias y desvió el río para inundarlo por completo. Por eso ahora está, literalmente, en el río.
—Realmente está acostumbrado a actuar como un tirano. —Al ver que se hacía tarde, Jiang Zhuo guardó su jarra de vino—. En un rato, aprovechando la oscuridad de la noche, entraremos a investigar qué está pasando.
Los dos descansaron brevemente en el embarcadero y esperaron a que cayera la noche para adentrarse en la cordillera. El relieve de las montañas era escarpado, envuelto en una densa niebla, lo que hacía que avanzar de noche fuera una tarea ardua. Tras caminar poco menos de una hora, finalmente llegaron frente a una estela de piedra. La estela medía media altura humana, estaba cubierta de musgo y hojas caídas, y tenía grabados los méritos de Minggong en idioma Zhushen; era idéntica a la que el Tío Liu y los demás habían encontrado en la Montaña Sanyang.
Jiang Zhuo observó el sendero sinuoso junto a la estela, en el que aún quedaban huellas frescas de alguien que acababa de pasar: —Qué extraño. A todos y cada uno de ellos les encanta venerar a los dioses por la noche. Andando, subamos a echar un vistazo al alboroto.
El Templo de Minggong estaba en el río, por lo que la gente común definitivamente no podía entrar. Para demostrar su sinceridad, los lugareños habían construido a orillas del río un Salón Gongxiang alterno, que servía como sustituto del templo original. Cuando Jiang Zhuo y Tian Nanxing llegaron, un grupo de personas estaba encendiendo lámparas dentro del salón.
—… Minggong toma a una novia… es un evento de alegre ascensión al cielo… No llores y no hagas alboroto…
Todo este grupo vestía ropas cortas y raídas. Estaban arrodillados ofreciendo incienso mientras escuchaban el cántico de una mujer vestida como chamana.
—Esta noche sirves a Minggong… la gente de la cordillera ofrecerá lámparas eternas para tu generación tras generación…
Una ráfaga de viento gélido sopló, disipando parte del miasma de niebla y revelando que todas las luces encendidas dentro del salón eran lámparas eternas. La chamana agitaba un bastón de madera con cabeza de serpiente, caminando en círculos alrededor de un bulto envuelto en tela blanca, haciendo el gesto de golpearlo de vez en cuando. ¡Clac, clac!, los adornos de hueso que colgaban de su bastón repiqueteaban rítmicamente.
Este Salón Gongxiang era sumamente parecido al Templo de Minggong, con la única diferencia de que en la entrada había dos botes adicionales, usados exclusivamente para transportar las ofrendas. El cántico de la chamana continuaba en el interior, y el viento proyectaba sombras monstruosas a través de los árboles centenarios de los alrededores. A lo lejos, parecía escucharse el llanto lastimero y resentido de una joven.
La chamana detuvo sus movimientos, tomó una lámpara eterna recién encendida y le dijo a la multitud: —Ya he ahuyentado a su fantasma, pueden irse.
El grupo se puso de pie obedientemente. El aldeano que iba a la cabeza, llevando un sombrero de bambú, levantó en brazos el bulto envuelto en tela blanca. Salieron del Salón Gongxiang, arrastraron los dos botes que estaban en la entrada y, mientras tocaban música festiva, se dirigieron hacia el río.
En ese momento, el aldeano rompió a llorar de repente: —La gente del pueblo recuerda tu bondad y le pidieron a papá que encienda una lámpara por ti en el templo; no odies a nadie… Después de casarte con Minggong, pase lo que pase, no mires hacia atrás…
Las personas que iban detrás también comenzaron a llorar. Flotaban a orillas del río como almas en pena, atrayendo a innumerables fuegos fatuos. Una vez que los botes estuvieron en el agua, el grupo subió y remó hasta el centro del río. A esas alturas, la noche ya era muy profunda; el agua del río era negra como la tinta y no se podía ver nada debajo de la superficie.
El aldeano desenrolló lentamente la tela blanca. ¡Jiang Zhuo pudo ver claramente que dentro de la tela había una jovencita de unos dieciséis o diecisiete años! La chica tenía los ojos fuertemente cerrados y el rostro pálido y amoratado; era evidente que llevaba muerta bastante tiempo. Sus manos habían sido atadas con tres vueltas de cuerda, dejando marcas rojizas y púrpuras entrelazadas que resultaban espeluznantes a la vista.
El grupo arrojó varias monedas de cobre al río; luego recogieron agua con las manos y se la vertieron a la chica. Su padre se secaba los ojos llorando a gritos; cuanto más fuerte lloraba, más se agrupaban los fuegos fatuos alrededor. En la cordillera parecía escucharse el lamento de zorros salvajes, haciendo eco con el llanto y volviendo la noche aún más desoladora y lúgubre.
—Minggong toma a una novia —dijo el grupo al unísono, arrodillado en el río y recogiendo agua—. Invitamos respetuosamente a los pequeños fantasmas a levantar el palanquín…
Solo se escuchó un ¡splash, splash! repentino, y un viejo palanquín nupcial salió balanceándose desde un recodo del río. El palanquín subía y bajaba, haciendo sonar sin cesar las campanillas de sus cuatro esquinas, un sonido extremadamente parecido al que la chamana había hecho hace un momento. ¡Pero los lugares destinados para cargar el palanquín estaban vacíos, no había ni media sombra de alguien allí!
Era evidente que este grupo ya estaba acostumbrado a ver a Minggong tomar una novia. Uno por uno, con los ojos vacíos, contemplaron esta escena espeluznante en medio del sonido del agua. El palanquín se acercó balanceándose hasta quedar frente a ellos. El padre levantó los brazos y empujó a la chica dentro del palanquín. Inesperadamente, en ese preciso instante, la joven muerta abrió los ojos de golpe y clavó la mirada en su padre.
Alguien gritó: —¡Mala suerte, nos demoramos demasiado y el fantasma ha regresado!
Las pupilas de la chica se volvieron verticales, adoptando un aspecto inhumano, mientras su cabello y uñas crecían a una velocidad vertiginosa: —No me casaré… jejeje…
Su padre, que ya había caído a un lado muerto de miedo, gritó: —¡Rápido, rápido, cierren las cortinas!
Todo el grupo se abalanzó, uniendo fuerzas para empujar a la chica de vuelta al palanquín. Sus manos y pies habían sido atados con antelación, y no se sabe qué hechizos habían adherido en las cuerdas que le impedían liberarse. Soltó un grito desgarrador: —¡Papá!
Ese grito fue verdaderamente estremecedor y desgarrador. Sin embargo, su padre, como si estuviera poseído, respondió: —¡El palanquín ya llegó, de ninguna manera podemos arrepentirnos! Buena niña, ¿qué otro deseo tienes? Papá lo cumplirá por ti…
Mientras decía esto, usó toda su fuerza con las manos para mantener a la chica firmemente aplastada dentro del palanquín. La chica gritó con voz aguda: —¡¿Qué clase de padre eres tú?! ¡¿Qué clase de padre eres tú?!
Justo en ese momento, una ráfaga de viento helado golpeó de frente, volcando el bote. Todos cayeron al agua, salpicando grandes ráfagas de espuma. Jiang Zhuo apoyó un pie en la vara del palanquín, estabilizando el vehículo nupcial que había empezado a girar sobre sí mismo.
—¿Qué están haciendo? —preguntó con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Ella ya dijo que no quiere casarse y ustedes actúan como si no escucharan.
El agua del río estaba helada y calaba hasta los huesos. El padre temblaba sin control: —Se acabó… ¡Se acabó! Arruinamos el asunto de Minggong; el próximo año nos enfrentaremos a un gran desastre…
Mientras hablaba, el río de repente levantó grandes olas que dispersaron al grupo. Miraron a lo lejos y todos perdieron los nervios: —¡Minggong, Minggong ha venido!
Para entonces, los fuegos fatuos ya cubrían toda la superficie del río, densamente agrupados. Aprovechando el brillo azul fosforescente de los fuegos, Jiang Zhuo vio que algo se acercaba nadando en el agua.
¡Swaaash!
Su línea dorsal marrón era como una pequeña colina que aparecía y desaparecía entre las aguas. El palanquín recibió el embate de las olas y debería haberse tambaleado, pero con Jiang Zhuo allí, se mantuvo tan firme como la Aguja Estabilizadora de los Mares1, y la joven dentro se quedó callada como una cigarra en invierno.
Minggong nadó en círculos alrededor del palanquín, agitando las olas hasta formar un remolino. En la cordillera retumbaron varios truenos; los rumores eran ciertos: en cuanto Minggong aparecía, podía convocar tormentas torrenciales. En consecuencia, un viento fantasmal sopló con fuerza en la cordillera, haciendo que las mangas de Jiang Zhuo ondearan en el aire, mientras a su alrededor se propagaba una atmósfera de tensión a punto de estallar. Sin embargo, por extraño que pareciera, en cuanto empezó a llover, Minggong se hundió en el río y desapareció.
Desde lejos, Tian Nanxing exclamó: —¡Cuarto Hermano, Él reconoció tu olor y debe haber huido!
—Bajaré a echar un vistazo —respondió Jiang Zhuo.
Dicho esto, le dio un ligero empujón al palanquín y se lo envió a Tian Nanxing. Ella estabilizó el palanquín y de repente recordó algo: —¡Espera! Cuarto Hermano, no llevas el colgante de coral…
Pero sobre la superficie del río solo quedaban olas agitadas; su Cuarto Hermano había desaparecido sin dejar rastro hacía rato.
Jiang Zhuo dibujó un talismán para repeler el agua y, tras sumergirse, no se mojó ni una gota. Siguió a Minggong durante un tramo, pero la criatura nadaba a una velocidad extrema y desapareció en un parpadeo. Bajo el agua estaba oscuro como boca de lobo; Jiang Zhuo invocó la linterna guía y sintió que el talismán de rastreo estaba cerca. Caminó guiándose por la intuición y, al poco tiempo, en efecto encontró el Templo de Minggong.
Este Templo de Minggong era mucho más grande que el de la Montaña Sanyang. En la parte delantera se erguían dos pilares de piedra, cuyo diseño imitaba claramente a los Pilares Chengtian2 —algo con lo que Jiang Zhuo estaba muy familiarizado, ya que la Montaña Beilu era precisamente uno de los Pilares Chengtian—. Se acercó a observar y descubrió que ambos pilares estaban cubiertos de grabados en idioma Zhushen. El entorno era demasiado oscuro y, dependiendo únicamente de la linterna guía, no podía distinguir los detalles. Apenas logró reconocer algunas palabras como “Rey Verdadero” y “Registro de Nombres”; parecía ser un documento oficial de alabanza y conmemoración de méritos.
Sospechó que había sido erigido por el Departamento Tianming, pero al no poder ver con claridad, subió los escalones y entró en el Templo de Minggong con la intención de investigar su interior. Al cruzar la puerta, descubrió que adentro no había ni una sola gota de agua; era exactamente igual que estar en tierra firme.
En el interior solo había un altar de dos alturas humanas, sobre el cual se alzaba la tablilla espiritual de Minggong. Jiang Zhuo percibió un ligero olor a pescado y supuso que Minggong solía enroscarse allí para descansar, habiendo desgastado y alisado las cuatro esquinas del altar. Se subió al altar y, justo cuando estaba examinando el lugar, de repente escuchó el sonido de ¡splash, splash! de un palanquín.
Qué extraño. Acababa de entregarle el palanquín a Tian Nanxing, ¿cómo es que venía otro?
Jiang Zhuo se dio la vuelta y vio a varios pequeños fantasmas de rostros verdosos y colmillos afilados cargando un palanquín con todas sus fuerzas. El aspecto de este palanquín era ordinario, sin ninguna diferencia con el anterior, pero lo extraño radicaba en que estaba densamente cubierto de talismanes y encantamientos de arriba abajo.
【El Talismán Celestial somete a diez mil males; la Intención Verdadera destruye a los espíritus perversos.】
¡Los dos talismanes que lideraban el frente resultaron ser, sorprendentemente, talismanes diseñados para suprimir a un “Gran Mal”!