Porque partir una galleta por la mitad y compartirla no garantizaba que fuera completamente segura. Había innumerables maneras de administrarle veneno a alguien.
«Todavía es un niño».
Bueno, por eso era adorable. Los ojos de Teodoro brillaron como estrellas después de darle una mordida a la galleta con mermelada de fresa.
—¡Esto, esto!
Con una expresión que decía que no sabía cómo describirlo, devoró también el resto de la galleta sin dejar migajas. Si Richt no hubiera estado delante, probablemente hasta habría lamido las que cayeron.
—¡Está deliciosa! —exclamó Teodoro, emocionado—. Así que esto es lo que llaman dulzor.
Era un sabor que su madre, la emperatriz, siempre le había prohibido. Al darse cuenta de ello, el rostro de Teodoro se puso pálido. Había cedido a la tentación y comido algo que no debía. Sin embargo, la galleta estaba tan buena que lo envolvió una sensación indescriptible.
—He roto la promesa que hice con mi madre… —dijo con voz apagada.
Richt se acercó y envolvió la pequeña mano de Teodoro con la suya. El calor repentino de otra persona hizo que su pequeño cuerpo se estremeciera.
—Pero, ¿estaba rica?
—No debía gustarme.
—No pasa nada. Los niños deben probar de todo. Desear dulces es un privilegio propio de la infancia.
—¡Yo no soy un niño común! —protestó Teodoro.
—Lo sé —respondió Richt, sonriendo con los ojos redondeados—. Es el príncipe heredero, ¿no es así?
A simple vista parecía tener mal carácter, pero al sonreír su expresión cambiaba por completo. Teodoro lo miró con desconcierto. Al principio, solo le había tomado la mano. Pero mientras escuchaba las palabras tranquilas de Richt, de pronto se encontró sentado en su regazo.
—¡Magia! —exclamó Teodoro, agitando los pies con nerviosismo.
Hacía siglos que la magia había desaparecido y, encontrarla, sería algo de cuento. Definitivamente seguía siendo un niño.
—¿De qué habla?
—De… de que estoy sentado en las rodillas del conde.
Richt dejó escapar una risa baja detrás de él.
—No, hace mucho que la magia desapareció.
—Entonces, ¿por qué estoy aquí?
—Porque está cómodo.
Richt extendió la mano desde atrás y jugueteó con la pequeña mano de Teodoro. Era tan agradable que el niño, sin darse cuenta, relajó el cuerpo.
—Mi madre decía que demasiado calor humano no era necesario.
—Esto no es demasiado calor, así que está bien.
—¿De veras? —preguntó Teodoro, con el interés reflejado en su rostro.
Aunque era su tío, a quien su madre le había dicho que tuviera cuidado, el calor humano que no sentía desde hacía tiempo nublaba su juicio. A pesar de que sabía que no debía, terminó apoyándose en Richt.
«Este hombre es distinto a mi madre».
Aunque su madre lo regañaba severamente, lo quería. En cambio, él era alguien capaz de matarlo.
«Debería huir…».
Pero su cuerpo no respondía. Un niño que había perdido a la persona en quien apoyarse era más débil de lo que parecía.
—Así es.
Fue entonces cuando la puerta cerrada se abrió de golpe y dos caballeros entraron corriendo. Uno casi rodó por el suelo para entrar y el otro lo siguió.
Uno era el capitán de la Guardia Imperial y, el otro, Ban, capitán de la Guardia Leviatán.
Al verlo, Richt chasqueó la lengua en silencio, sin que Teodoro lo notara. Les había dicho que los detuvieran, pero al parecer no lo habían conseguido.
—¡Príncipe heredero! —Cubierto de heridas, el capitán de la Guardia Imperial llamó a Teodoro con voz desesperada.
—Sir Alex —parpadeó Teodoro al reconocerlo y pronunciar su nombre.
Entonces Alex fijó la mirada en él.
—¿Príncipe heredero?
El príncipe que había estado buscando con tanta urgencia estaba sentado tranquilamente sobre las rodillas del peligroso Richt, y además le estaba tomando la mano.
«¡¿Qué demonios estaba pasando?!» Alex tragó saliva. Cerró los ojos un segundo y volvió a abrirlos, pero la imagen no cambió.
—Baje de ahí, por favor. Es peligroso —dijo con voz temblorosa.
—¿Es peligroso? —preguntó Teodoro, girando la cabeza hacia Richt.
—Depende de quién lo vea.
—¿Entonces debo bajar?
—Como usted prefiera. —Richt volvió a juguetear con su mano.
—Entonces me quedaré aquí. —Teodoro declaró su decisión con firmeza.
—¿Príncipe heredero? —Alex lo llamó de nuevo, sin entender la situación. Richt lo miró con sorna.
—Parece que lo único que sabe decir el capitán Alex es “príncipe heredero”.
—No es cierto. También sabe decir otras cosas, ¿verdad, Sir Alex?
—P-por supuesto.
—Oh, qué alivio. —Richt aplaudió con las manos de Teodoro. Con su atractivo rostro y el adorable príncipe a su lado, la escena era hermosa… pero Alex no podía verla con buenos ojos.
—¡Esto es una insolencia! —gritó, desenvainando la espada—. ¡Suelte al príncipe heredero de inmediato!
—Creo que está malinterpretando. No lo tengo atrapado.
—Así es, parece que usted malinterpretó, Sir Alex —añadió Teodoro.
No llevaban mucho tiempo juntos y ya parecían llevarse bien.
«¡Antes no era así!» pensó Alex, sintiendo una opresión en el pecho.
El príncipe, aunque joven, siempre había sido frío y sensato, y él confiaba en que actuaría con racionalidad. Pero ahora, viéndolo pegado al conde Devine, solo parecía un niño común. Sí, lo había olvidado: Teodoro, aunque príncipe heredero, seguía siendo un niño.
«Debí haberlo hecho mejor…»
Los problemas habían estallado de forma repentina, obligando a parte de la Guardia Imperial a salir del palacio. Hasta ahí, podía considerarse una de las habituales jugarretas del conde Devine. El problema vino después: la emperatriz murió repentinamente.
Aunque su salud era frágil por una enfermedad, fue algo inesperado. Hubo quienes murmuraron que podría tratarse de un envenenamiento, y si así era, el principal sospechoso era el hombre que tenían delante. Alex apretó los dientes. Tenía que resolver la situación a toda costa.
—Su difunta majestad la emperatriz aún está en palacio. ¿No cree que es inapropiado comportarse así en lugar de presentar sus respetos?
Richt puso cara de falsa pena.
—Claro que me duele la muerte de mi hermana, pero si me quedo de brazos cruzados, ¿qué pasará? Al menos yo puedo cuidar de mi único sobrino.
Su tono fluido era como la lengua de una serpiente, y su sonrisa con los ojos entrecerrados resultaba taimada.
—El príncipe puede valerse por sí mismo. Usted solo es un estorbo.
—Qué fácil habla…
La espada de Ban, que observaba a un lado, se estremeció ligeramente. La intención asesina que emanó, erizó la piel de Alex. Era un espadachín temible, difícil de creer que fuera un exesclavo. Ese tipo de talento debería haber estado en la Guardia Imperial.
«No, ahora no es momento para eso».
Actualmente Ban era el perro de Richt, y solo obedecía sus órdenes. Así que si quería librarse de él… debía eliminar al amo. Alex apretó el puño sin darse cuenta.
—Hmm… —Richt, notándolo, apoyó su barbilla sobre la cabeza de Teodoro a propósito.
—Me hace cosquillas —refunfuñó el niño, pero no se apartó.
Probablemente no entendía el significado de ese gesto. Alex relajó el cuerpo. Richt lo estaba amenazando, mostrándole que tenía al príncipe heredero como rehén.
Sabía que Richt había heredado la fragilidad de su hermana Maia, pero eso no significaba que fuera inofensivo. Si quería, encontraría la forma de matar al príncipe. No podía arriesgar la vida del heredero.
—No es tan tonto, después de todo.
—Conde Devine, por favor, suelte al príncipe. Usted sabe que su futuro es incierto. —Alex ahora trataba de persuadirlo—. Pronto la Guardia Imperial regresará, y esta noticia llegará al gran duque Graham.
No estaba equivocado. Richt también lo sabía: el cuerpo que ocupaba era débil, ambicioso y estúpido. Por más que pensara estrategias, siempre había huecos.
A la Guardia Imperial podría controlarla usando la vida del príncipe, pero el gran duque Graham, apodado “el carnicero”, no sería igual. Por eso lo mató.
Mientras jugueteaba con la mano de Teodoro, Richt pensó. Aunque se estaba adaptando a ese cuerpo, su personalidad original seguía intacta, así que podía tomar una decisión.
«Me iré cuando sea el momento».
En realidad, no tenía gran ambición por el poder. Incluso si la tuviera, ¿sería más valioso que la vida? No, para él, la vida era más importante. Así que se comportaría como villano lo justo para sobrevivir, y llegado el momento, fingiría su muerte y desaparecería.
«Y así tendré un final feliz».
Con esa conclusión, abrazó de nuevo a Teodoro con fuerza. Hasta que pudiera escapar, debía mantenerse pegado a él.
—Príncipe heredero, su caballero me está asustando mucho —susurró Richt.
Alex, que lo escuchó, puso cara de incredulidad. Teodoro también lo notó. Al principio se había dejado arrastrar sin pensar, pero ahora que estaba más calmado, podía reflexionar con claridad.
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