
Dinastía Jin. Cuarto año del período Taiyuan¹, primer día del Segundo Mes Lunar, Xiangyang.
Durante la noche una repentina tormenta de nieve azotó la antigua ciudad. La ola de frío congeló las pocas luces cálidas que quedaban; los únicos sonidos que persistían eran el susurro de la nieve y el crepitar del carbón en las estufas.
Fuera de la ciudad, doscientos mil soldados de Qin rodeaban Xiangyang, esperando la batalla final contra los defensores de Jin.
Chen Xing no había estado al tanto de lo que pasaba en la ciudad, y ahora se sentía bastante nervioso. Podía haber llegado en cualquier otro momento, ¿por qué había elegido precisamente este? Le había costado todo su empeño abrirse paso hasta Xiangyang como pudo, y ahora debía hallar a alguien dentro de la ciudad, ¡lo que era como buscar una aguja en un pajar! Incluso si lograba dar con esa persona, ¿cómo podría abandonar la ciudad al despuntar el alba?
Xiangyang llevaba ya un año entero bajo asedio, y sus municiones y provisiones se habían agotado desde hacía tiempo. Los soldados de infantería estaban demasiado hambrientos para combatir, los civiles demasiado débiles para huir; y aun así, a todos les quedaba aliento suficiente para maldecir. La tensión era alta y la gente causaba disturbios por doquier.
Una vez que encontró la forma de entrar, a Chen Xing no le resultó sencillo dar con Zhu Xu, gobernador de Liangzhou y encargado de defender la ciudad. Le hizo saber su identidad al gobernador, pero antes de que pudiera explicar el propósito de su visita, Zhu Xu ya había hecho llamar a todos los consejeros militares y generales bajo su mando. En un abrir y cerrar de ojos, el salón se colmó de hombres: algunos se sentaron, otros permanecieron en pie, pero todos esperaban que Chen Xing hablara.
—Repítelo una vez más, delante de todos. ¿Qué eres? —preguntó Zhu Xu.
Vestido con una túnica negra, Chen Xing se sentó erguido ante él.
—Ex, or, cis, ta —respondió con seriedad.
—Dijo que es un mago —le comunicó Zhu Xu a la multitud.
—No soy un mago —explicó Chen Xing con paciencia—. Soy un exorcista. Es la tercera vez que lo digo.
Las resplandecientes lámparas del salón principal de la mansión del gobernador arrojaban un fulgor que iluminaba a Chen Xing, acentuando sus rasgos. Vestía de negro de pies a cabeza, un llamativo contraste con su tez clara. Llevaba una túnica de brocado Han con intrincados motivos; de la cintura le pendía una diminuta bolsa de medicinas, y en los pies calzaba botas para vadear nubes. En las manos sostenía un pequeño calentador chapado en oro. Sus ojos estaban cubiertos por una tela negra que dejaba al descubierto únicamente sus labios rosados y su puente nasal alto. Estaba ciego.
—Permítanme presentarme —dijo el joven—. Mi nombre es Chen Xing, el cuadringentésimo octogésimo primer sucesor de los exorcistas de la Tierra Divina² y el único Gran Exorcista que queda en este mundo. Tengo dieciséis años, mido un metro setenta y tres, peso sesenta y cinco kilos. Nací en Hanzhong y soy heredero de la gran empresa de los exorcistas en el mundo humano. Vine a Xiangyang por asuntos oficiales y confío en obtener la ayuda de Zhu Xu-daren³. Aquí, por favor, echen un vistazo. Este es un documento emitido por el Ministro de Nombramientos del Gran Jin, Xie-daren, Xie An.
En la mansión abarrotada del gobernador, los consejeros cuchicheaban entre sí, mientras los generales de Zhu Xu observaban con recelo al invitado inesperado.
—¿Xie-daren? —La orden escrita a mano pasó de mano en mano entre la multitud—. ¿Dónde están los refuerzos? —exigió Zhu Xu, apenas conteniendo su frustración—. Pedí refuerzos a Xie An, ¿y me envía un mago? ¿Qué significa esto?
—Bueno, de eso no sé nada —respondió Chen Xing con franqueza—. Y me gustaría repetirlo una vez más: no soy un mago.
Mientras los murmullos se calmaban, el corazón del gobernador Zhu Xu se aceleró, llevándolo finalmente a expresar la pregunta que había estado pesando en su mente durante mucho tiempo.
—¿Puedes ayudarnos a hacer retroceder al vasto ejército que acampa tras nuestras murallas?
Chen Xing se rascó el cuello, pensativo.
—Es difícil de decir; eso depende de la situación. Pero lo más probable es que sea imposible.
—Exorcista —intervino uno de los generales que hasta ahora solo había estado observando—. ¿Puedes esparcir frijoles y convertirlos en un ejército?
—No —respondió Chen Xing.
—¿Alguna vez has adivinado el futuro a través de las estrellas? —preguntó Zhu Xu—. ¿Puedes comandar el viento y la lluvia para ayudar a todos en Xiangyang a salir de esta terrible situación?
Chen Xing se quedó sin palabras. Señaló su venda. ¿Querían que adivinara a través de las estrellas? ¿Cómo se suponía que iba a hacer eso si no podía verlas?
—¡Muchacho! —dijo otro general—. ¿Sabes algo de magia? ¿Puedes hacer algún tipo de truco? ¡Aunque sea solo para aparentar, no importa! ¡Si lo haces delante de la gente, les dará a todos la confianza para defender la ciudad!
—Esparcir frijoles para crear un ejército es solo algo escrito en los libros para engañar a las personas —respondió Chen Xing con inocencia—. No existe tal magia en el mundo. Bueno, al menos no todavía.
El gobernador Zhu Xu dejó escapar un suspiro, al igual que todos los demás en el salón. Su decepción era palpable.
—Señor gobernador —dijo Chen Xing—, el propósito de mi viaje es encontrar a alguien.
La multitud en el salón comenzó a dispersarse. Zhu Xu, que pensó que finalmente le habían arrojado un salvavidas, preguntó con desinterés:
—¿A quién?
—Una persona destinada para mí —respondió Chen Xing con seriedad—. Mi Dios Marcial Protector⁴ se encuentra en Xiangyang. Esa persona es crucial, no solo para mí, sino también para el mundo entero.
Zhu Xu lo contempló con escepticismo.
—Esa persona destinada se me ha revelado tres veces en sueños —prosiguió Chen Xing—, cada vez con mayor claridad. En el último, vi con certeza que se halla aquí, dentro de esta ciudad. Y cuando la encuentre, yo…
Zhu Xu sintió que acababa de ver un atisbo de esperanza; el corazón le dio un vuelco en el pecho.
—¿Entonces nos ayudarás a romper el cerco del ejército de Qin?
—No…, me iré sin demora —dijo Chen Xing seriamente—. Todos están demasiado ocupados; no me atrevería a distraerlos de su guerra.
Zhu Xu no tenía energías para responder.
—Por favor, reúna a todos los hombres sanos de la ciudad en un solo lugar —añadió Chen Xing—. Para mi evaluación… para que yo busque a mi Dios Marcial Protector. Le aseguro que este asunto es de gran importancia para el bienestar milenario de la Tierra Divina. No se arrepentirá.
Zhu Xu quiso preguntar: «¿Qué clase de broma es esta?». Sin embargo, el muchacho no parecía estar mintiendo. Si aquello fuera realmente una burla, no habría tenido razón alguna para internarse en la ciudad en el momento de mayor peligro. La verdad era que Zhu Xu ni siquiera comprendía cómo había logrado infiltrarse. Quizás se debía a que él mismo se hallaría en las últimas en unos días más, o tal vez la frase «bienestar milenario» había rozado una fibra sensible; en cualquier caso, la esperanza se desvanecía día tras día. Al menos, el joven portaba en sus manos un documento auténtico del Ministerio. De pronto, a Zhu Xu se le encendió una idea: debía averiguar cuáles eran las verdaderas intenciones que se ocultaban tras las enigmáticas acciones del joven.
—Todos los hombres sanos están en el ejército —dijo fríamente Zhu Xu—. Búscalo allí, y volveremos a hablar una vez que lo hayas encontrado.
Dos horas después, los 12 200 oficiales y soldados que aún quedaban en la ciudad fueron convocados con urgencia y reunidos en el campo frente a la mansión del gobernador. Muchos de ellos incluso bostezaban.
La nieve caía tenue al caer la tarde. En la entrada de la mansión habían dispuesto un diván, y sobre él se sentaba Chen Xing, contemplando desde lo alto la vasta y oscura multitud. Abajo había acaloradas discusiones. La gente carecía de alimentos desde el comienzo del invierno, hacía ya varios meses. Tan pronto como el ejército se reunió, fue como si se hubiera abierto una válvula de escape: la frustración contenida brotó de golpe, y todos comenzaron a clamar al unísono.
—¡Silencio! ¡Silencio! —ordenó el general en jefe en voz alta.
Viendo que la situación se tornaba grave, Zhu Xu comprendió que, si todo seguía así, el motín era solo cuestión de tiempo.
—Empieza ya —le instó.
Chen Xing guardó silencio. Alzó apenas la mano, que le tembló un instante antes de dejarla caer de nuevo. Un consejero militar de la mansión no dejó pasar aquel detalle.
—Pareces estar un poco nervioso —dijo en voz baja.
Chen Xing refutó inmediatamente esta acusación malintencionada.
—No estoy nervioso en absoluto.
«No entre esta gente».
Chen Xing esperó durante mucho tiempo, pero la guía que esperaba nunca apareció. Escuchó con atención, pero dentro de esa oscuridad infinita, solo se oía el susurro de la nieve.
«Lámpara del Corazón, rápido… dime dónde está el Dios Marcial Protector. ¡Se me acaba el tiempo!».
El clamor se intensificó. Los soldados de abajo se enfurecían cada vez más, sus maldiciones llenaban el aire, y algunos incluso habían comenzado a exigir provisiones.
Y entonces, en la oscuridad dentro de la venda, surgió una luz lejana.
«¡Lo encontré!».
Chen Xing se incorporó de golpe y se apresuró hacia esa luz.
—¡Oye! ¡Oye! —exclamaron los generales apostados junto a Zhu Xu—. ¿A dónde vas?
Chen Xing pasó rápidamente por la primera fila de soldados, dirigiéndose hacia el lado este del campo de entrenamiento. Zhu Xu, sin otra opción, descendió las escaleras para seguirlo. Poco después, los generales comenzaron a dispersar a las tropas, ordenándoles volver a sus puestos. La multitud, al comprender que todo no había sido más que otra farsa, dejó escapar un coro de suspiros y maldiciones antes de dispersarse rumbo a sus hogares.
Al abandonar el campo, Chen Xing se volvió hacia la mansión del gobernador. Miró en todas direcciones antes de dirigirse al lado oeste de la residencia.
—¿Qué es este lugar? —preguntó.
Zhu Xu y un grupo de soldados lo alcanzaron. Levantaron antorchas encendidas para mirarlo.
—El calabozo —respondió Zhu Xu.
Una luz blanca apareció de repente frente a él. Estaba aún más cerca ahora.
—Abran la puerta —pidió Chen Xing seriamente.
—¡No puedes entrar! ¡Dentro está…! —Un general quiso detenerlo, pero Zhu Xu hizo un gesto para que alguien abriera la puerta.
Chen Xing, todavía con los ojos vendados, avanzó por los pasadizos subterráneos de la mansión del gobernador, iluminados por lámparas de aceite que titilaban. Dobló una esquina y se dirigió directamente a la parte más profunda del calabozo. Ante él, la luz guía pulsaba cada cierto tiempo, como el latido de un corazón. A veces la estancia se bañaba en una luz brillante, a veces se sumía en una oscuridad total, con solo destellos ocasionales que emanaban de lo más profundo de la celda.
En las profundidades del calabozo, las celdas de ambos lados estaban llenas de espeluznantes huesos blancos y lamentos de prisioneros. Al final del pasadizo, desde el interior de una celda de hierro, provenía un gemido bajo y desesperado, similar al de un animal moribundo atrapado.
Chen Xing se detuvo justo fuera de la última celda. Permaneció en silencio trás la reja de hierro.
El prisionero, un hombre, yacía acurrucado en el suelo, atado con cadenas de hierro. Su cuerpo estaba desnudo, salvo por unos pantalones cortos raídos que colgaban de su cintura. Delante de él reposaba un cuenco de madera enmohecido, cuyo contenido hacía tiempo se había agotado. Claramente, llevaba varios días sin comer ni beber. Con la ciudad sitiada, la supervivencia era un desafío incluso para los buenos ciudadanos; ¿quién se preocuparía por las necesidades de un prisionero?
El cabello del hombre, descuidado y enmarañado, caía suelto, y sus costillas sobresalían en su cuerpo demacrado. Marcas de látigo se veían por todas partes. En aquella celda húmeda y mohosa, en lo más profundo del calabozo, estaba tan enfermo que apenas podía respirar. Aunque se hallaba medio muerto y encogido, aún se adivinaba su gran estatura. Su rostro, sin embargo, estaba tan sucio que resultaba imposible distinguir sus rasgos.
—¿Podría molestarlos para que abran la puerta, por favor? —preguntó Chen Xing.
—¡No! —objetó el registrador—. ¡Chico! ¡No sabes quién es este tipo! ¡No se le puede dejar salir!
—La Lámpara del Corazón lo eligió —insistió Chen Xing.
—¡Eso es una puta mierda! —estalló por fin un general, ya incapaz de contenerse—. ¡Mentiroso! ¡Señor gobernador, este hombre es un mentiroso!
Pero Zhu Xu, sin decir palabra, hizo un gesto para que alguien abriera la puerta de la prisión.
Chen Xing entró en la celda y se arrodilló ante el prisionero. El hombre permaneció callado e inmóvil. Chen Xing se quitó la venda, revelando un par de ojos claros, para observar al hombre.
Los espectadores quedaron atónitos.
—¿Sigues vivo? —le preguntó Chen Xing.
El hombre cerró los ojos con fuerza. Su frente ardía, pero tenía tanto frío que sus labios estaban teñidos de azul y no dejaba de temblar sin control. El nauseabundo hedor a óxido impregnaba la celda, proveniente de los restos de diarrea. Después de días sin sustento, su cuerpo estaba al borde del colapso, cerca de la muerte. Chen Xing lo tocó ligeramente, y de repente el hombre entró en un frenesí, jadeando de manera descontrolada.
Chen Xing se hincó en una rodilla sin dudarlo y colocó su mano sobre la frente del hombre. Pronto, este abrió los ojos, sus labios temblando ligeramente, antes de finalmente cerrarlos y caer inconsciente.
Chen Xing hizo un gesto a derecha e izquierda para que le quitaran las cadenas y se dispuso a levantar al hombre. Pronto se dio cuenta de que, aunque su cuerpo estaba tan hambriento y enfermo que apenas parecía humano, seguía siendo extraordinariamente pesado. Medía casi dos metros diez. Chen Xing no logró alzarlo por completo, y tuvo que conformarse con arrastrar parcialmente su cuerpo por el suelo…
Frunció el ceño a los demás.
—¡Échenme una mano, ¿quieren?!
Zhu Xu y el resto de los presentes lo miraron con una expresión perpleja.
—¡Fingía ser ciego! —exclamó el registrador—. ¡Estaba fingiendo! ¡De verdad es un mentiroso!