Capítulo 1 (2)

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Vol 1

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Aunque no tenía clases por la mañana y podría haber descansado, Joowon no pudo hacerlo. Tenía que comprar gachas y llevárselas a su hermano menor, Wonyoung, que se quejaba de que la comida del hospital no sabía a nada. Otros en su lugar le habrían regañado diciéndole que aguantara, pero Joowon, que adoraba profundamente a su hermano, cumplía sus deseos sin rechistar.

—¿No puedo recibir el alta ya? Te digo que no me duele nada —dijo Wonyoung con un mohín mientras Joowon desplegaba la mesa auxiliar y colocaba encima las gachas y las guarniciones—. Prefiero vivir haciendo lo que quiera y luego marcharme. Odio este lugar, es asfixiante.

Las palabras de Wonyoung tenían parte de razón. A Joowon ya le costaba horrores cubrir los gastos básicos de vida como para, además, costear los gastos hospitalarios. Sumado a la deuda que su padre había dejado al morir, Joowon sentía literalmente que se estaba secando por dentro. Sin embargo, forzó una sonrisa para no proyectar la aridez de su realidad.

—Voy a hacer que te cures del todo. Así que no te preocupes.

Un día, Wonyoung empezó a desplomarse de repente; tras llevarlo al hospital y hacerle pruebas, le diagnosticaron un defecto del tabique ventricular. El estado de su hermano era tan grave que la cirugía era inevitable. Joowon aún no podía olvidar la imagen de Wonyoung derrumbado en el suelo del hospital, clamando al cielo entre sollozos.

Deseaba curarlo a toda costa, pero la realidad no era tan amable. La agenda del cirujano jefe estaba completa para meses y, además, era imposible reunir el dinero de la operación con lo que Joowon tenía. Si apenas lograba costear el tratamiento de ingreso, ¿de dónde sacaría una suma tan grande? Joowon sintió como si una pesada losa de piedra se asentara sobre su pecho mientras observaba su reloj.

“Si vendiera esto, ¿podría pagar el tratamiento?”, se preguntaba. No importaba lo que pensaran sus compañeros; lo primero era la realidad que tenía frente a sus ojos.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

—Yo me encargaré, tú no tienes por qué preocup…

—¡Si también tienes que pagar las deudas! ¿Crees que tiene sentido?

Wonyoung empujó la mesa auxiliar con irritación, haciendo que el cuenco de gachas abierto se volcara y cayera al suelo. Aun en medio de eso, lo primero que hizo Joowon fue revisar a su hermano para ver si se había hecho daño.

—¿Estás bien?

—…Deja eso. No me he hecho nada. ¿Por qué te preocupas tanto? 

—Porque está caliente. Si te quemas… 

—¿Acaso porque soy un paciente me ves como a un inútil?

Wonyoung estalló y alzó la voz, provocando que los demás pacientes y acompañantes se giraran a mirarlos.

—No es eso, Wonyoung.

Ante un enfado tan irracional, lo normal habría sido responder con la misma aspereza, pero Joowon no pudo. Se limitó a sacar pañuelos de papel en silencio y a limpiar el suelo manchado.

¿Cómo no iba a querer a ese hermano que nació cuando sus padres ya eran mayores y que siempre lo seguía a todas partes? Joowon adoraba a Wonyoung. No fueron ni una ni dos las veces que se quedó sin comer para que su hermano estuviera saciado. Además, cada vez que conseguía algo de dinero extra, se lo entregaba íntegramente a Wonyoung para sus gastos.

Antes de enfermar, Wonyoung siempre escuchaba a Joowon. Sus irritaciones y quejas constantes eran solo producto del dolor, de tener los nervios a flor de piel y de la frustración de conocer la precaria situación de su hermano, que apenas lograba ganar algo de dinero. Como Joowon lo comprendía, escuchaba sus quejas con paciencia. Más que la frustración de que su hermano no le hiciera caso, por el cuerpo de Joowon circulaba el remordimiento por no poder darle una habitación de hospital mejor y la desesperación por curarlo pronto.

Mientras Joowon estudiaba día y noche y se desvivía en trabajos a tiempo parcial, su padre se hundía en el juego y el alcohol, despilfarrando hasta el último centavo que Joowon lograba ahorrar. Y encima, ¿por qué confiaba tanto en la gente?

Joowon intentó limpiar el desastre que su padre, Lee Kangjae, había dejado atrás, pero la deuda, que al principio equivalía al precio de una botella de soju, creció como una bola de nieve hasta asfixiarlo.

No le importaba que los usureros fueran a su casa, pero no podía tolerar que irrumpieran en la habitación del hospital donde estaba Wonyoung. No tuvo más remedio que ir pagando la deuda de su padre poco a poco, tragando saliva y aguantando. Conceptos como la rehabilitación financiera o la declaración de quiebra no servían de nada con los préstamos ilegales. Si él no se hacía responsable de ese calvario, le harían daño a Wonyoung. Al recordar los rostros amenazantes de los usureros, Joowon soltó un pequeño suspiro y terminó de limpiar las gachas derramadas.

—Lo siento… Estar enfermo no me da derecho a tratarte así. Lo limpiaré yo. No te vayas a lastimar las manos, Hyung.

Wonyoung pareció recobrar el juicio al ver a Joowon limpiando el suelo; bajó de la cama con dificultad y empezó a recoger a su alrededor.

—Si lo sientes, entonces come bien.

Su hermano, aunque irritable, tenía un corazón blando y siempre pedía perdón tras decir palabras crueles. Cada vez que eso pasaba, a Joowon se le partía el alma; pero, temiendo que Wonyoung rompiera a llorar, en lugar de decirle que todo estaba bien, se limitó a darle palmaditas en la espalda. Eran toques suaves y afectuosos, con una ternura que no suele verse entre hermanos.

—Iré a comprar más. ¿Quieres gachas de abulón esta vez?

Wonyoung, consciente del agotamiento de su hermano, sacudió la cabeza con rostro compungido. 

—No. Mejor come algo tú.

No entendía por qué le gritaba y se ponía así con su hermano, quien corría de un lado a otro como si las 24 horas del día no fueran suficientes. Se preguntaba si bastaba con pedir perdón después de haber soltado el veneno, pero ante las palabras de consuelo de Joowon, Wonyoung siempre lograba aliviar un poco su culpa.

—Ya puedo volver a casa, de verdad. No me duele nada, en serio.

—Te he dicho que no te preocupes. Recibo becas y tengo mis trabajos a tiempo parcial. 

—Pero…

—Que estés así me preocupa todavía más.

Joowon forzó una sonrisa y sujetó a su hermano por los hombros. Lo cierto es que estaba exhausto. Entre los estudios y tener que compaginar dos trabajos, sentía que su cuerpo no iba a aguantar mucho más. Aun así, quería ver a Wonyoung recuperado y volviendo a la escuela. Vivir feliz y por mucho tiempo con su único pariente de sangre: ese era el único deseo y la meta en la vida de Joowon.

Sin embargo, de repente, la cruda realidad nubló su vista. Un pequeño cuarto alquilado, tan precario y estrecho que ni siquiera podían instalar un aire acondicionado; los usureros armando escándalos para que pagara la deuda y el costo del tratamiento de Wonyoung, que parecía inalcanzable. Cada centavo contaba, y si esta vez tampoco lograba la beca completa, tendría que dejar la universidad por un largo tiempo para centrarse solo en trabajar. Sentía ansiedad al ver cómo su sueño de conseguir pronto un buen empleo se alejaba cada vez más.

—Vuelvo enseguida.

Joowon sonrió levemente para evitar que Wonyoung se angustiara. Quería demostrarle que podía con ello, que como hermano mayor tenía dinero suficiente para comprarle unas gachas. Al ver esa sonrisa, Wonyoung finalmente se relajó y se despidió con la mano.

Clac. En cuanto cerró la puerta de la habitación, la sonrisa desapareció del rostro de Joowon y una sombra lo cubrió. Aunque se preguntaba por el origen de su desgracia, no se sentía capaz de afrontar el mañana que se avecinaba. Una pena profunda y un grito silencioso se amontonaron en su interior, oprimiéndole los pulmones como si quisieran asfixiarlo. “No. Tengo que aguantar”, se dijo. Tenía que lograr que Wonyoung recibiera tratamiento, conseguir un empleo en una buena empresa y comprar una casa acogedora. «Debo vivir, esforzándome con uñas y dientes». Con ese pensamiento, presionó el botón del ascensor con firmeza.

Nada más llevarle las gachas a Wonyoung, Joowon corrió a su siguiente trabajo y se puso el uniforme a toda prisa. Hoy le tocaba trabajar en un Hof (cervecería). El alboroto de la gente le taladraba los tímpanos y le hacía retumbar la cabeza. «Otra vez a pasar horas de locura», pensó. Tirando cerveza del dispensador, sirviendo aperitivos comprados en el supermercado y descongelados en el microondas, y lidiando con clientes pesados. Limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo, Joowon se movía de un lado a otro con bandejas de cerveza y comida.

—¡Que me escuches, te digo!

Al ver que la mesa junto a la ventana estaba inusualmente ruidosa, un presentimiento le recorrió la nuca: alguien iba a causar problemas. Tras decidir que evitaría esa zona en la medida de lo posible, Joowon tomó los platos que salían de la cocina y se acercó a unos clientes que acababan de sentarse.

—Es el Hyung Joowon.

Entre las personas sentadas en grupo, apareció un rostro familiar. Era Park No-yoon. En cuanto Joowon vio esa sonrisa, tan radiante como una flor, sus dedos se entumecieron sobre el bloc de notas. Una incomodidad punzante, la de encontrarse con alguien que no es bienvenido, comenzó a extenderse desde la punta de sus pies hasta invadirlo por completo.

—Vaya, nos encontramos aquí.

Park No-yoon, que se había quitado el abrigo para colgarlo en la silla, se acercó hacia donde estaba Joowon. Sus amigos no paraban de parlotear y preguntarle: “No-yoon, ¿lo conoces?”, pero él los ignoró, manteniendo sus ojos brillantes fijos únicamente en Joowon. Sus pupilas, claras como los rayos del sol de otoño, recorrieron su rostro hasta bajar a sus dedos. Aunque a Joowon le molestaba ese escrutinio, respondió con una sonrisa fingida y natural.

—Sí. Pero estoy muy ocupado ahora, así que no podré quedarme a hablar. ¿Qué van a pedir?

Joowon, creyendo que había cortado la conversación de forma natural, sostuvo la hoja de pedidos mientras miraba a Park No-yoon. El silencio y una brisa gélida parecieron responder por él, rozando la mejilla de Joowon. Una bruma oscura y profunda se filtró por sus pulmones, haciendo que sus músculos se tensaran.

Le golpeó la extraña sensación de que solo ellos dos permanecían en el mundo. Era demasiado intenso para ser solo una paranoia; la mirada de No-yoon era implacable. Joowon, sintiéndose incómodo, apretó con fuerza el bolígrafo y el papel.

—Tráenos patas de pollo deshuesadas, huevos al vapor y cinco botellas de soju. Nadie tiene problemas con el alcohol, ¿verdad No-yoon también va a beber mucho.

 —¿Para qué preguntas? Si él es el que más… 

—No, qué va. Bebo muy mal. Tres copas de soju ya son demasiado para mí. 

—Pero qué dices…

Que si bebía o no… Park No-yoon decía algo, pero Joowon decidió no escuchar a propósito. «¿Por qué demonios no deja de mirarme?», pensó. Sin siquiera hacer contacto visual, Joowon anotó el menú que los acompañantes habían pedido.

—Hyung… por cierto… 

—¡Joowon! ¡Mesa 5!

Justo cuando No-yoon intentaba hablarle de nuevo, el dueño del local lo llamó a gritos. Joowon aprovechó la oportunidad para fingir que no había oído nada y se dirigió a la zona de recogida.

Sin embargo, ese maldito complejo de inferioridad volvió a agitarse en su interior. Le hervía la sangre al pensar que, mientras él caminaba hasta que le dolían las plantas de los pies, Park No-yoon estaba allí sentado como cliente, disfrutando de un tiempo cómodo y divertido. Lee Joowon se sentía incómodo frente a No-yoon. De eso no hay duda.

—Joowon, ve rápido. Aquel cliente de rojo. 

—Sí.

El dueño le entregó dos jarras grandes de cerveza; Joowon las tomó al instante y se dirigió a la mesa 5. Resultó ser justo donde estaba el cliente problemático. Decidido a actuar con la mayor cautela posible, dejó las jarras y saludó diciendo: —Aquí tiene su cerveza—, pero, de repente, un puñado de aperitivos de maíz le golpeó la cara.

—Oye.

El cliente, con la mirada perdida por el alcohol, miró a Joowon y soltó una risita burlona. Por experiencia, Joowon supo que algo malo estaba por ocurrir. Con la intención de responder de buenas maneras y terminar rápido con el asunto, se acarició la cara por donde le habían golpeado los aperitivos y sostuvo la mirada del hombre.

—Te daré dinero, ve a comprarme tabaco. 

—Lo siento, señor. Puede ir usted mismo. 

—He dicho que vayas a comprar tabaco.

Sus acompañantes intentaron detenerlo, pero el cliente los ignoró por completo y le tendió un billete de diez mil wones a Joowon.

—No es que no te esté pagando, así que ¿por qué me jodes? Toma, con lo que sobre, cómprate esos dulces que comen los chicos de ahora o lo que sea.

Como si no supiera cuánto cuesta el tabaco hoy en día, pretendía humillarlo con apenas diez mil wones. Joowon sintió que el aire se le atascaba en el pecho desde lo más profundo, pero, queriendo evitar un problema mayor, habló con calma.

—Por política del local, me es imposible hacerlo. Lo siento.

Habló con suavidad e intentó darse la vuelta. Sin embargo, el cliente, que sostenía una jarra de cerveza, la vació sin piedad sobre el rostro de Joowon. Se oyeron exclamaciones de asombro por todos lados y el ambiente animado se enfrió como si le hubieran echado un balde de agua helada. Solo se escuchaba el retumbar de la música mientras un silencio incómodo flotaba en el aire.

—¡Ay, Dios mío! Le daré una lección a mi empleado, así que, por favor, no se enoje.

El dueño del local, sin haber procesado bien la situación, llegó corriendo tarde para calmar al cliente y le hizo señas a Joowon para que saliera fuera. Al ser un negocio de barrio, el cliente era más importante que un empleado que cobraba por horas. A Joowon le daba vueltas la cabeza, pero apretó los puños pensando que al menos saldría a fumar.

En ese momento, su mirada se cruzó con la de Park No-yoon.

Su rostro, que siempre solía estar adornado con una sonrisa, ahora se mostraba inexpresivo, como si un cincel afilado le estuviera raspando las entrañas. Su orgullo, desecho como masa de harina demasiado cocida, se pegó a su pecho y vibró con puro complejo de inferioridad. Sintió como si le restregaran en la cara que, mientras No-yoon disfrutaba relajado con sus amigos, Lee Joowon no era más que el blanco de las frustraciones de un borracho. La humillación apenas contenida y el complejo de vivir en un entorno desfavorecido formaron una colonia de amargura que despertó su desesperación más antigua. Apretando los dientes, Joowon caminó rápido y abrió la puerta del local. Se sentía tan avergonzado y herido en su orgullo que era difícil ignorar ese malestar que florecía como un brote nuevo.

Ya en la calle, donde el viento soplaba con fuerza, se quitó el delantal con irritación y sacó el tabaco y el encendedor de su bolsillo. A pesar de encender el cigarrillo, su ira no se disipaba; seguramente era por la cerveza que aún le empapaba la cara.

—Qué mierda de vida, joder.

Su voz, pequeña pero cargada de espinas, se dispersó sin rumbo como un eco hasta desaparecer. Joowon dio una calada al cigarrillo y se restregó la cara mojada con el delantal. Intentó calmarse pensando en su salario por hora, pero no podía aplacar la rabia. Le estresaba pensar que tendría que seguir viendo la cara del dueño, quien presumía de pagarle un sueldo miserable.

—¿Estás bien?

Intentaba calmarse bajo el viento gélido cuando una voz molesta llenó sus oídos. Al girar la cabeza, Park No-yoon estaba allí, con las comisuras de los ojos caídas en un gesto de pesadumbre.

No sabía desde cuándo lo había estado siguiendo, pero su corazón se arrugó como un papel hecho un nudo en cuanto lo vio. «¿Por qué me sigue? ¿No puede simplemente quedarse ahí bebiendo tranquilo?». A pesar de sus pensamientos retorcidos, calmó su agitación interna y apagó el cigarrillo de inmediato; por mucho que lo odiara, no podía seguir aspirando el filtro frente a su cara.

—¿Hyung fuma?

En lugar de preguntar si estaba bien, le preguntó si fumaba. Suponía que era mejor eso a que armara un escándalo fingiendo preocupación. Lo miró en silencio y se dio la vuelta para tirar la colilla, asegurándose de que el fuego estuviera bien extinguido.

Fue entonces cuando su mirada luminosa, tan clara como los rayos del sol de otoño que no encajaban con la noche profunda, rozó sus dedos. Era una mirada que parecía el brillo de una bestia o un monstruo asomándose por la grieta de un azulejo roto.

Observó a Jowoon de una manera detallada, tenaz, escalofriante y casi nauseabunda, sin emitir un solo sonido. Recorrió sus dedos, bañados por la luz de la farola, y saltó hacia el lóbulo de su oreja, que lucía redondo y suave. Para cuando tiró la colilla y se volvió hacia él, ese brillo intenso ya había desaparecido.

—Sí —asintió Jowoon levemente.

—Nunca había percibido olor a tabaco en ti —murmuró Park No-yoon.

¿Qué le importaba a él? ¿Y qué clase de olor desprendía para que dijera algo así? Hasta ese detalle tan insignificante le irritaba los nervios. Definitivamente, la respuesta era no involucrarse con él. Jowoon se movió en silencio para alejarse, pero la sombra de No-yoon lo siguió, acortando la distancia.

—Ten esto.

Pensó que lo seguía por algo más, pero simplemente sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo tendió. Park No-yoon lo observaba con ojos preocupados, intentando entrelazar su mirada con la suya, lo cual le dejó un sabor de boca desagradable.

—Estás muy mojado.

Sus ojos marrón claro se movieron y se pegaron a su rostro con insistencia. Era como si una película que fluía bien se cortara de repente. Un paso. No-yoon se acercó. Otro paso. Le puso el pañuelo casi en las narices. La incomodidad le oprimía el pecho, obstruyendo el plexo solar de Jowoon. Retrocedió un poco y sus miradas se cruzaron.

«¿Acaso está haciendo esto porque me tiene lástima?».

Jowoon sintió algo revolviéndose en su interior mientras observaba el pañuelo. No tenía nada de especial, pero debido a su complejo de inferioridad, lo sentía como un instrumento diseñado para provocarle. Incluso si no tuviera ese maldito sentido de superioridad de clase, su gesto no era bienvenido.

Sentí que su mirada penetrante se me pegaba a la piel. No era la mirada cortés de alguien que mantiene una conversación, sino más bien la actitud de alguien que explora cada detalle de un objeto. Pensó que era paranoia suya, pero se sentía extrañamente inquieto. Si hubiera sido otra persona, lo habría sentido como amabilidad, ¿pero era diferente porque el sujeto era Park No-yoon?

—Está bien. Voy a pasar por el baño, así que vete tú primero.

No tenía intención de ir al baño, pero quería escapar de su mirada ahora mismo, así que caminó en dirección contraria. Mientras se alejaba, tuvo la sensación de que esos ojos extraños seguían clavados en su espalda. Ignorándolo todo, entró en el estrecho y maloliente baño que estaba justo al lado de la cervecería.

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