Hoy, al Departamento de Policía de la ciudad de Jiangzhou llegó una persona a presentar una denuncia.
Era un estudiante de secundaria, de unos diecisiete o dieciocho años.
Durante la espera, permaneció sentado todo el tiempo. Sus pestañas, negras como la tinta, bajaban sobre unas ojeras azuladas.
Dijo que había visto morir a alguien y que también había visto al asesino.
Mucha gente no entra en una comisaría en toda su vida y no conoce cómo es por dentro.
La luz del interior estaba encendida; esos focos tan fuertes eran demasiado deslumbrantes, calentaban la cara. A los sospechosos les hacía sudar frío y confesar sin querer. A las personas inocentes, en cambio, les daba una sensación de seguridad.
Y delante de él estaban sentados dos agentes con uniforme negro. El policía, de rostro recto y serio, tenía una mirada aguda. La policía, enérgica y firme, mostraba un aire alentador. A simple vista, ambos resultaban dignos de confianza.
El chico también lo sintió así, y su expresión se fue relajando poco a poco, perdiendo la tensión inicial.
El policía suavizó la voz:
—Preséntate, pequeño. ¿Cómo te llamas? Por tu uniforme, debes ser del Instituto Yinghua. Seguro que tienes buenas notas. ¿Estás en segundo o tercer año?
—Jiang Xuelü. Segundo año.
El intercambio inicial era necesario, ayudaba a relajar el ambiente y bajar las defensas.
—Bien, compañero Jiang. Dijiste que querías denunciar una agresión. ¿El agresor es un familiar tuyo…?
Si así fuera, las ojeras sombrías del chico tendrían sentido.
Cuando alguien cercano comete un crimen imperdonable, uno se debate entre encubrirlo o sacrificar los lazos en nombre de la justicia. Ese dilema basta para atormentar a cualquier persona.1
Justo recientemente, la ciudad de Jiangzhou había tenido varios casos espeluznantes. La prensa los había inflado tanto que todo el mundo estaba con los nervios de punta. El departamento entero estaba bajo enorme presión.
Y hoy, una pista había venido sola a tocarles la puerta.
En la sala, aparentemente solo estaban ellos dos y una cámara. En realidad, detrás del vidrio había varios compañeros más. Todos miraban con expectación, preguntándose qué información explosiva traería este menor y si serviría para alguno de los casos abiertos.
—No tengas miedo, puedes hablar con confianza. Protegeremos tu privacidad.
La mujer apagó la grabación y solo tomó notas. Incluso le mostró la puerta perfectamente cerrada, sin dejar pasar ni un rayo de luz. Era una estrategia psicológica.
En psicología, un espacio completamente cerrado aumenta la necesidad de confesión. Hace que la gente hable más libremente sin miedo a ser escuchada.
El chico negó con la cabeza.
—No es un familiar. Es alguien que no conozco…
¿Ah? ¿Un desconocido?
La mujer hizo una breve pausa y adaptó sus palabras.
—Entonces, ¿estuviste presente y viste a alguien cometer el crimen?
Los dos siguieron escribiendo, manteniendo una expresión alentadora.
Jiang Xuelü escogió cuidadosamente sus palabras. Tras un silencio, habló suavemente:
—Más o menos… a veces puedo ver la cara del agresor.
La voz del muchacho era agradable, con un leve titubeo que no conseguía ensuciar su pureza y claridad.
Sus bolígrafos se detuvieron por un instante. Algo de confusión cruzó sus rostros.
¿Qué significaba eso?
Intentaban descifrarlo, pero lo que jamás habrían imaginado era que, en la frase siguiente, aquel chico sonaría como un completo lunático que había entrado a la comisaría a desvariar. Cada palabra era más escalofriante que la anterior.
—La vi a ella no amarlo. Él mató a toda su familia. Ahora está a su lado, hablándole con dulzura, hundida en el dolor y en la red que él tejió…
—Vi a una chica de rojo ser secuestrada. Si no van pronto a rescatarla, la enterrarán en un descampado…
—Vi en un hotel extranjero a alguien disparar a lo loco. Por todas partes había cadáveres ensangrentados y turistas gritando…
Los policías se miraron entre sí. Aquello era ridículo.
Con la complicidad de tantos años trabajando juntos, no necesitaban hablar. Sus miradas coincidieron:
—Desde que la ciudad endureció los requisitos del examen de ingreso a la universidad, ¿ya volvieron a volver loco a otro?
Aun sabiendo que sus palabras eran inverosímiles, el chico apretó los labios hasta formar una línea recta.
—Oficial… no estoy mintiendo. Vi muerte y peligro. También vi que ‘ellos’ ya se han puesto en acción.
Vio un coche negro estacionado a un lado de la calle. Dentro, un sicario hablaba con su empleador.
—¿Estás seguro? Una vez actúe, no habrá vuelta atrás.
El empleador asintió:
—Hace mucho que quiero que muera. Hazlo ya.
Eso era el presente.
También vio a alguien con una risa deformada por la locura levantar una hoz sobre su presa. Era un asesino serial que había destrozado incontables familias en el norte, dejando a parientes llorando sobre cadáveres cubiertos con sábanas blancas.
Veinte años habían pasado, el asesino seguía libre. Incluso había formado una familia.
Eso era el pasado.
Y vio edificios desplomarse, fuego estallando, toda una calle comercial convertida en cenizas, un infierno terrenal.
Aquel hombre dijo:
—No es una explosión. Es una gran obra de arte.1
Solo quería ponerle un toque interesante a su vida aburrida y anodina. Después de hablar, desapareció entre la multitud.
Eso era el futuro.
Jiang Xuelü había visto demasiadas cosas: historias retorcidas, corazones siniestros. Tenía pesadillas constantes.
Quizá era algún tipo de poder.
Porque desde ese día, en muchos rincones del mundo, mucha gente empezó a comportarse de forma extraña.
Algunos soñaban con grandes artistas y escritores de siglos pasados, hacían exposiciones o se volvían autores famosos. Él, en cambio, soñaba con asesinos. Observaba tragedias inhumanas una tras otra.1
Un estudiante de secundaria, menor de edad, había adquirido por accidente esa capacidad.
Al principio, Jiang Xuelü estaba perdido.
Como alguien sin rumbo que pasa frente a un abismo y escucha los susurros de un demonio, contemplando tragedias humanas sin saber qué hacer.
Con las manos empapadas en sudor, pensó durante mucho tiempo…
Y solo encontró una respuesta: tenía que entregarse.
Tanto para el caso del asesino en serie del norte —nunca resuelto, ocurrido a treinta grados bajo cero—, como para los crímenes que estaban por ocurrir y sacudir la ciudad…
Quería guiar al país hacia la verdad.
Donde apuntara la espada, no habría miedo.
Todos lo miraron desconcertados, deteniendo sus notas.
La calefacción vieja hacía un ruido constante, molesto en días normales.
Pero en esa sala, tan silenciosa que se podía oír caer un alfiler, el único sonido era aquel zumbido, igual de estridente que el torbellino de emociones en sus pechos.
¿Aquel chico sabía lo que estaba diciendo?
Retrocedamos unos meses.
Un día, apareció un fenómeno astronómico misterioso: incontables estrellas brillaban y se movían. Era una visión sin precedentes, presenciada por muchos. Aquella inmensidad misteriosa, extraña y fascinante, despertaba curiosidad y anhelo.
Blogueros de astrología, emocionados, decían:
—¡Es un raro encuentro estelar! ¡Pidan un deseo, seguro se cumplirá!
Miles de personas juntaron las manos y pidieron deseos con devoción.
En ese momento, Jiang Xuelü estaba en casa. Su móvil vibraba. En solo unos minutos, el grupo de clase tenía más de cien mensajes: todos sobre las estrellas y los deseos. Sus compañeros estaban eufóricos.
Deseaban volverse más guapos, más altos, ricos… o juraban que entrarían en las mejores universidades.
Jiang, en cambio, no fue arrastrado por la emoción. Aquellos días se cumplía el aniversario de la muerte de la señora Jiang Meiqin. Su corazón estaba lleno de añoranza; no tenía ánimo para pedir deseos.
Con exámenes y ejercicios delante, siguió estudiando en silencio. Al terminar, se acostó a dormir.
Nunca imaginó que, al amanecer, todo cambiaría.
Las pesadillas empezaron.
Era un chico normal.
Desde ese día, él —que nunca soñaba— solo tenía sueños llenos de sangre, terror y asesinatos. Afectaron gravemente su vida.
Otra noche.
El aislamiento del cuarto bloqueaba el ruido de la ciudad y la fuerte lluvia exterior. Un ventilador giraba, echando aire sobre la cama.
El chico estaba acostado, dientes apretados, ceño fruncido, manos aferradas a la almohada. Pálido como el papel, con sudor en las sienes. Otra pesadilla.
Ya eran tantas que no podía contarlas.
En esta, otra vez, todo era demasiado real:
Había un cadáver ante él. En su mano, un cuchillo.
Las manos del chico eran bonitas: piel blanca sobre huesos finos, dedos largos. Habían sostenido bolígrafos, manubrios, un piano, un balón… como cualquier chico joven.
Pero desde la llegada de los sueños, su mano ya no parecía suya. En sueños, había sostenido bisturíes, cuchillos de cocina, hachas, martillos, palos… incluso piedras cubiertas de sangre.
Él, que carecía de imaginación, aprendió que, si —quería— matar, cualquier cosa podía ser un arma.
Pálido, no se movió. En sus sueños, era solo un títere que observaba.
Otra mano, larga y limpia, surgió detrás de él. Parecía querer abrazarlo, pero lo atravesó y siguió adelante.
El verdadero dueño del arma, en sueños, le mostraba una masacre limpia y eficiente. El rostro aterrorizado de la víctima quedó grabado en su memoria.
La cinta adhesiva apagaba los gritos.
—Grites o no, da igual. Nadie duda de mí—, decía el hombre, su voz baja y delicada, como el susurro de un amante. Sus manos adultas no se detenían mientras lavaba la sangre con una manguera.
—Solo si alguien viera… pero nadie ha visto nada. La policía no tiene pruebas…
¡Yo lo vi!
La escena sangrienta casi devoró su cordura. Incluso sabiendo que era un sueño, gritaba internamente.
El despertador del teléfono sonó sin parar. Jiang Xuelü despertó sobresaltado, incorporándose bruscamente y casi cayéndose de la cama.
Dentro del sueño no distinguía realidad de ilusión hasta que sonaba la alarma.
Con el pelo empapado y la ropa mojada en sudor, estaba débil y mareado. La sangre parecía fría y aún veía flashes del sueño.
Llevaba días sin dormir bien. El corazón le latía con violencia y tenía la mente nublada. Necesitaba agua fría.
Se cambió, fue al baño, abrió la llave y se lavó la cara.
Cuando el agua helada aclaró un poco su mente, levantó la vista hacia el espejo.
Entonces ocurrió algo horrible: Se quedó rígido.
El pánico lo invadió.
La luz del baño era suave, difusa. En el espejo estaba la imagen de un joven impecable: él mismo. Ese espejo había sido destrozado por él dos semanas atrás. Tenía grietas en forma de telaraña.
Pero ahora, aun con esas grietas, reflejaba un rostro dividido en ocho fragmentos. El chico del espejo, hermoso y de expresión siniestra, sostenía un cuchillo con las manos llenas de sangre… y le sonreía lentamente, con malicia.
Jiang Xuelü abrió mucho los ojos, aterrado. A plena luz del día, estaba viendo otra alucinación.
Aquel tormento diario estaba por volverlo loco. Un estudiante que solo tenía estudio en la cabeza ahora perdía la razón. Su cordura estaba al borde del colapso.
Finales de septiembre.
Llevaban un mes de clases. El viento cálido de Jiangzhou seguía presente; casi nadie soportaba usar manga larga en la calle.
La entrada del Instituto Yinghua era imponente. El enorme letrero dorado gritaba a toda la ciudad su riqueza y prestigio.
Había puestos por todas partes. La gente pasaba apresurada.
—¡Date prisa, vamos a llegar tarde!
—¡Señora, el desayuno más rápido por favor!
—Joder, olvidé estudiar la lectura. ¿Hoy la profesora llama a números pares o impares?
—¿Qué importa? Mañana hay examen; seguro que quiere avanzar. Ni tiempo para preguntar.
—¡Ah, mierda, es verdad!
Jiang Xuelü caminaba. Se sentía débil.
En un puesto, se detuvo.
—Tía, una leche de soya.
La vendedora sonrió:
—¿Solo una leche? ¿No quieres un huevo o un panecillo? Todo fresco, carne picada esta mañana—. Movía las manos rápido, sin notar que el chico tenía la mandíbula rígida y la mirada perdida.
—No, gracias.
Recordar las escenas del sueño —los cabellos, las manos, los cuerpos— le quitaba el apetito. Varias veces había intentado comer carne y acababa agachado en la calle, vomitando.
No era el único que llegaba tarde.
A lo lejos venía un chico en bicicleta, con los brazos largos colgando el bolso, lleno de una arrogancia despreocupada.
Era Feng Yang, el temido —matón— de la Primera Secundaria.
Andaba pensando qué desayunar cuando vio a Jiang Xuelü. Levantó una ceja. No saludó, solo bufó con la nariz:
—Pero si es nuestro cerebrito. Cerebrito, si no te apuras, vas a llegar tarde.
Había que admitirlo: el uniforme de Yinghua era feo. Camisa blanca y pantalón negro, sin forma ni gracia. Veinte años sin renovar el diseño.
Aun así, alguien conseguía hacer que pareciera una pintura hermosa: Jiang Xuelü.
Alto, cabello negro, rasgos perfectos. La tela blanca marcaba su espalda delgada. Sostenía la leche de soya con una elegancia natural.
Y además era él: la leyenda del instituto. Guapo, inteligente, ejemplar. Cada vez que bajaba las pestañas, toda la clase fantaseaba.
Feng Yang era uno más entre esos.
Y había notado que algo andaba mal en él últimamente.
El cerebrito estaba cada vez más callado. Más ojeroso.
Llegaba con el tiempo justo.
Feng Yang lo miró fijamente.
No podía ponerse a examinar la cara de otro chico. Así que solo dijo:
—¿Estás a dieta? Solo leche de soya. Son cinco clases por la mañana, te vas a morir de hambre.
Deja de preocuparte por lo que otro come…
Su compañero quiso decir eso, pero se calló.
Feng Yang bajó la velocidad.
Pensó que Jiang le respondería, como siempre: Mirarlo un segundo… o asentir fríamente.
Pero hoy, Jiang no levantó la cabeza. Pasó junto a él como un alma en pena.
Fue tan ignorado que Feng Yang frunció el ceño.
Él, que siempre iba a toda velocidad, bajó por completo el ritmo y siguió detrás de él.
Normalmente no tendría que hacerlo.
Jiang también tenía bicicleta. Pero un día apareció cojeando, con una herida en la frente y la palma raspada. Lejos de afearlo, lo hacía aún más impactante. Ese día muchos lo miraron.
Dicen que tuvo un accidente por ir distraído.
A todos —incluido Feng Yang— les sorprendió.
Tan distraído estaba el cerebrito. ¿Hasta qué hora estudiaba por las noches? No se cuidaba nada.
¿Quién demonios choca en pleno día por andar soñando despierto?
En segundo año no hacía falta matarse así.
Pensó que aquel día ya estaba mal, pero hoy… estaba peor.
Qué pálido estaba.
¿Podría con el examen de mañana?
Si es un delito, es un delito… No hay que dudar…
Otro loco!!!
Pobre crio! Yo estaria enferma!