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—Shen Wei, el príncipe de Jianxing, sufrió una aplastante derrota en el noreste del río Chashi. La primera línea de la prefectura de Dunzhou cayó en manos enemigas, y treinta mil soldados fueron enterrados vivos en el sumidero de Chashi. Tú estabas entre ellos, ¿cómo es que eres el único que quedó vivo?
Shen Zechuan tenía los ojos vidriosos y desenfocados. No contestó.
El interrogador golpeó la mesa con las manos y se inclinó hacia él, con un brillo cruel en los ojos.
—Shen Wei llevaba mucho tiempo en comunicación clandestina con las Doce Tribus de Biansha. Pretendía entregar en bandeja de plata a nuestros enemigos las seis prefecturas de Zhongbo. Junto con sus aliados de Biansha, planeó romper las defensas de Qudu por dentro y por fuera. Por eso, los Jinetes de Biansha te perdonaron la vida, ¿no es así?
Los labios secos y agrietados de Shen Zechuan se separaron mientras se esforzaba por comprender las palabras del interrogador. Su garganta se estremeció al tiempo que respondía con dificultad:
—N-no.
—Shen Wei se inmoló para escapar del juicio. Los Guardias del Uniforme Bordado ya han presentado al emperador la correspondencia que prueba sus relaciones secretas con las tribus de Biansha. Y aún así, muchacho, sigues negándolo. Tu obstinación raya en la estupidez —espetó el interrogador.
Shen Zechuan sentía la cabeza pesada y la mente aturdida. No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había dormido. Se sentía como si pendiera de un solo hilo a miles de metros de altura. Si lo soltaba por descuido, aunque fuera por un instante, caería en picado y se haría pedazos.
El interrogador abrió la declaración escrita de Shen Zechuan y le echó un vistazo superficial.
—Anoche dijiste que pudiste salir con vida del sumidero de Chashi porque tu hermano mayor te protegió… ¿es así?
La escena se agitó confusamente ante los ojos de Shen Zechuan. El sumidero era tan profundo que incontables soldados se apiñaban en su interior. Pero incluso cuando la pila de cadáveres crecía más y más debajo de sus pies, seguían sin poder alcanzar el borde. No importaba cómo lucharan, no podían salir. Los Jinetes de Biansha rodeaban el sumidero, y el silbido de las flechas se mezclaba con el gélido viento nocturno. La sangre le subía hasta las pantorrillas mientras los gemidos desesperados y los jadeos finales de los moribundos se agolpaban cerca de sus oídos.
Shen Zechuan empezó a respirar rápida y superficialmente, y se estremeció en su asiento. Se agarró el cabello con fuerza, incapaz de evitar que un sollozo ahogado escapara de su garganta.
—Mientes.
El interrogador levantó la declaración y la golpeó con un dedo.
—Tu hermano es Shen Zhouji, el hijo mayor legítimo del príncipe de Jianxing. Este hermano tuyo abandonó a treinta mil soldados ante el sumidero de Chashi e intentó huir sigilosamente con sus propios guardias privados. Los Jinetes de Biansha lo ataron con una cuerda y lo arrastraron hasta su muerte en el camino que bordea el río Chashi. Ya estaba muerto cuando las Doce Tribus de Biansha masacraron a esos soldados en el sumidero. Es imposible que te pudiera salvar.
La mente de Shen Zechuan era un torbellino. La voz del interrogador sonaba muy lejana; lo único que oía eran los interminables lamentos.
«¿Por dónde salimos? ¿Dónde están los refuerzos?».
Los muertos se apiñaban contra los muertos. La carne putrefacta le oprimía las manos. Mu-ge le protegía desde arriba, tendido sobre los cadáveres ensangrentados. Shen Zechuan escuchaba la respiración entrecortada de Mu-ge; los gritos que escapaban de su garganta eran de desesperación.
—Tu hermano es imbatible. —Ji Mu se esforzó por esbozar una sonrisa, pero las lágrimas corrían por su rostro y su voz se entrecortó al continuar—: ¡Soy una fortaleza inexpugnable! Aguanta un poco más; todo irá bien.
—Pronto llegarán refuerzos. Cuando lleguen, iremos a casa a buscar a nuestros padres, también necesito encontrar a tu cuñada…
—¡Dime la verdad! —ladró el interrogador, golpeando la mesa.
Shen Zechuan empezó a luchar como si quisiera liberarse de unos grilletes invisibles, pero el Guardia del Uniforme Bordado se abalanzó sobre él y lo inmovilizó contra la mesa.
—Desde que llegaste a nuestra Prisión Imperial, he tenido en consideración que eres joven y por eso no te he impuesto castigos severos. Pero parece que no sabes lo que te conviene, no nos culpes si somos despiadados. Hombres, ¡ejecuten su castigo!
Los brazos de Shen Zechuan estaban atados con una cuerda; lo arrastraron a un espacio abierto de la cámara. Alguien colocó un banco con un estruendo y le ató las piernas al mismo. El hombre corpulento que estaba a su lado levantó su ancho bastón de madera, lo sopesó brevemente en sus manos y lo hizo descender con un golpe.
—Te lo voy a preguntar una vez más. —El interrogador limpió la espuma de su té con la tapa de la taza y bebió unos sorbos sin prisas—. ¿Colaboró Shen Wei con nuestros enemigos y cometió traición?
Shen Zechuan apretó los dientes y se negó a ceder. Gritó entre los golpes del pesado bastón:
—¡N-no!
El interrogador dejó su taza a un lado.
—El clan Shen no estaría hoy en esta posición si hubieras mostrado tal tenacidad en el campo de batalla. ¡Continúa!
—Shen Wei no se confabuló con el enemigo… —jadeó Shen Zechuan, con la cabeza colgando y la voz ronca. Se estaba desmoronando, poco a poco.
—Sufrimos una aplastante derrota en la batalla del río Chashi, todo porque Shen Wei se enfrentó imprudentemente al enemigo. Después de esa derrota, tuvo la oportunidad de cambiar las tornas en la línea del frente de Dunzhou, pero a pesar de su gran ventaja en poder sobre las tropas enemigas, retiró sus fuerzas.
—Debido a ello, las tres ciudades de la prefectura de Duanzhou cayeron en manos enemigas. Diez mil ciudadanos comunes perdieron la vida en el filo de las cimitarras de Biansha.
El interrogador lanzó un largo suspiro y continuó con un amargo desdén:
—Las seis prefecturas de Zhongbo quedaron bañadas en sangre. Shen Wei tomó sus tropas y se retiró de nuevo hacia el sur. Pero la batalla que libró en la prefectura de Dengzhou fue la más sospechosa de todas. La guarnición de la comandancia Chijun de Qidong ya había cruzado la Atalaya de Tianfei para prestar ayuda, pero él abandonó este ataque en pinza. En su lugar, movilizó a miles de soldados de caballería para escoltar a su propia familia hasta la ciudad de Dancheng. Todo el frente de la prefectura de Dengzhou se derrumbó sin esas tropas. ¿No fue esto un sabotaje intencional? Si no fuera porque la Caballería Acorazada de Libei corrió tres días y tres noches para cruzar el Río Glacial, ¡los Jinetes de Biansha estarían ahora mismo a las puertas de Qudu!
Shen Zechuan estaba empapado de sudor frío, su conciencia se desvanecía.
El interrogador le arrojó la declaración con desprecio, y ésta le golpeó en la nuca.
—Prefieres ser un perro que un hombre de Zhongbo, ¿eh? Shen Wei es un pecador ante el Gran Zhou. ¿Aún lo niegas? No tienes más remedio que aceptar la culpa.
Shen Zechuan estaba agonizando, con medio cuerpo entumecido. Yacía desplomado en el banco, con el papel revoloteándole ante los ojos. Los trazos de tinta en él eran claros, cada caracter como el humillante latigazo en la cara, anunciando al mundo:
—Shen Wei traicionó a su país. Es menos que un perro.
Habían dejado a las seis prefecturas de Zhongbo repletas de cadáveres. Hasta la fecha, los cadáveres del fondo del sumidero de Chashi seguían sin ser recogidos. Todos los que pudieron haberlos recogido en las ciudades de Dunzhou también habían sido masacrados.
Shen Wei se había inmolado, era cierto, pero esta deuda de sangre debía ser asumida por una persona viva. Shen Wei tenía un gran harén de esposas y concubinas que le habían dado muchos hijos, pero todos habían fallecido cuando los Jinetes de Biansha entraron en Dunzhou. Sólo porque Shen Zechuan era de baja cuna, criado lejos de la familia, había logrado escapar con vida.
Arrastraron a Shen Zechuan de vuelta a su celda, con los talones dejando rastros paralelos de sangre a su paso. Se puso de cara a la pared y miró por la pequeña y estrecha ventana. Afuera, el viento helado aullaba y la nieve caía a cántaros.
La noche, negra como la brea, se extendía sin fin.
En su cabeza reinaba un caos primitivo. Entre los gritos del viento, su mente vagó de vuelta al sumidero.
Ji Mu se estaba muriendo. Su respiración se había vuelto agitada. La sangre goteaba por su armadura hasta la nuca de Shen Zechuan, donde pronto se enfrió. Los quejidos a su alrededor habían cesado y sólo quedaban los lamentos de un dolor insoportable y los rugidos del viento cortante.
Shen Zechuan yacía nariz con nariz con un hombre muerto cuyos rasgos ya no eran reconocibles. Sus piernas estaban inmovilizadas bajo el peso de los cuerpos humanos; un protector se clavaba dolorosamente en sus costillas. Mientras jadeaba, sólo podía oler el espeso hedor de la sangre. Apretó los dientes y las lágrimas corrían por su rostro, pero no podía permitirse llorar en voz alta. Desesperado, miró fijamente la cara destrozada hasta quedar irreconocible, pero no podía saber si se trataba de un soldado que conocía.
—Ge —sollozó Shen Zechuan en voz baja—. Yo… tengo miedo…
La garganta de Ji Mu se agitó. Acarició con suavidad la cabeza de Shen Zechuan.
—Está bien… Estaremos bien.
Shen Zechuan escuchó el cántico de los soldados a las puertas de la muerte. El vendaval rasgó el sonido de sus canciones y envió los jirones revoloteando hacia la gélida noche.
—Batalla en la ciudad del sur… Muerte dentro de la ciudad del norte…
»Sin tumba, expuestos a la putrefacción… Que los cuervos se alimenten.
—Ge —susurró Shen Zechuan debajo de él—. Te llevaré en mi espalda… Ge.
El cuerpo de Ji Mu era como un escudo doblado y roto. Sonrió y respondió con voz ronca:
—Puedo caminar solo.
—¿Fuiste herido por una flecha?
—No. —Las lágrimas de Ji Mu ya se habían secado. Añadió con despreocupación—: Esos calvos de Biansha no tienen puntería.
Los dedos de Shen Zechuan estaban impregnados de carne y sangre. Se limpió la cara con cierta dificultad.
—Shiniang preparó albóndigas. Cuando lleguemos a casa, podremos comer todas las que queramos.
Ji Mu suspiró.
—Como muy lento. No… me quites… la mía. —Shen Zechuan asintió con firmeza.
La nieve cubrió poco a poco el cuerpo de Ji Mu. Parecía estar muy cansado, su voz sonaba muy baja y ni siquiera tenía fuerzas para mover los dedos. La canción fue entonada con dolorosa lentitud, y cuando llegó a la línea, el valiente jinete murió en la refriega. Ji Mu cerró los ojos.
—Yo… yo también le daré mi dinero a Ge, para que se case… —dijo Shen Zechuan—. Ge.
—Ge.
Ji Mu permaneció en silencio. Como si estuviera fatigado de escuchar hablar a Shen Zechuan y no pudiera evitar quedarse a la deriva.
Shen Zechuan temblaba. No recordaba cuándo se habían ido los Jinetes de Biansha ni cómo había salido de allí. Cuando por fin se levantó y salió, se hizo un silencio sepulcral en medio de la espesa nieve. Los cadáveres apilados que cubrían sus rodillas parecían sacos de lona desechados.
Shen Zechuan se volvió para mirar hacia abajo y se ahogó en sollozos.
La espalda de Ji Mu había sido atravesada por un ramillete tan denso de flechas que su cuerpo parecía un erizo enroscado. Toda su sangre había caído sobre la espalda de Shen Zechuan, pero él no se había dado cuenta. El trueno de los cascos de caballos se acercó hacia él tan rápido como la tormenta que se avecinaba.
Shen Zechuan se estremeció y se despertó violentamente.
Sintió arcadas. Pero comprendió que tenía las muñecas bien atadas y un saco de lona lleno de tierra le oprimía el cuerpo.
El saco pesaba cada vez más y le aplastaba el pecho. No podía hacer ruido. Se trataba de un viejo truco carcelario infligido habitualmente a los presos cuyos carceleros preferían verlos muertos antes que vivos. Al asfixiarlos con un saco lleno de tierra, no dejaban rastro de heridas. Si Shen Zechuan no se hubiera despertado cuando lo hizo, al amanecer no habría sido más que un cadáver enfriado.
Alguien intentaba matarlo.