—Pri…Príncipe heredero. —Alione titubeó y necesitó del apoyo de una doncella.
—Pareces muy cansada. Será mejor que vayas a descansar—. De esa manera, Teodoro le dio la orden de retirarse.
Alione parecía furiosa, pero no insistió más. Aunque se había desahogado insultando cuanto quiso delante del afectado, parecía temer las repercusiones. Bueno, después de todo, Richt sí que era un completo desastre.
Richt le agitó la mano con ligereza a la cada vez más lejana Alione. Luego se levantó, tomó prestada a la doncella del príncipe heredero y se cambió de ropa. De manera natural, desayunó con ellos y salió de la habitación.
Ese día pensaba volver a preguntar a Ain sobre el progreso de la liquidación de sus bienes. No había pasado mucho desde la última vez que lo había hecho, pero su impaciencia lo llevaba a insistir. Quería tomárselo con calma, pero entonces se topó con Alex.
—¿Por qué sale de ahí?
—¿Es raro que un tío salga de la habitación de su sobrino?
La respuesta tan tranquila hizo que Alex apretara los dientes.
Solo había pasado una noche allí por petición de Teodoro y aun así, el rumor parecía haberse extendido por todo el palacio. De camino al despacho provisional, sentía sobre sí miradas llenas de desprecio lo siguieran.
«¿Qué carajos se supone que están malinterpretando?».
Era agobiante.
El pasillo se sentía mucho más largo de lo habitual. Cuando, a duras penas, llegó frente al despacho, vio a alguien esperando en la puerta.
—Maestro. —Ban estaba allí.
Richt, al mirar de reojo el reloj, notó que era una visita más temprana de lo habitual. Por ello, no había preparado las golosinas que solía reservarle. Revisó sus bolsillos por si acaso, pero solo encontró un caramelo.
—¿Qué ocurre?
Ban lo miró sin responder. Como siempre, con el rostro rígido era difícil adivinar su expresión, pero esta vez Richt creyó captar algo: parecía querer preguntar algo.
«Pero ¿qué?».
¿Había algo que Ban pudiera estar cuestionándose? Mientras Richt lo pensaba, Ban bajó la cabeza y dio un paso atrás. En sus hombros anchos había una ligera vacilación, pero Richt no lo detuvo. Se había esforzado en tratarlo un poco mejor, en mostrarle algo de compasión, pero sabía que eso duraría poco.
Pronto, Richt dejaría ese lugar. Quizás era hora de cambiar la forma en que trataba a su caballero.
Ban, en cambio, sentía una expectación. Richt nunca permitía que le dieran la espalda sin su autorización, y cuando eso pasaba, el castigo era inmediato.
«¿No me castigará?»
Las heridas que le había tratado recientemente ya estaban casi curadas. Pronto cicatrizarían del todo. No había necesidad de que Richt siguiera atendiéndolo. Pero, si volvía a ser herido… ¿no lo llamaría otra vez?
No era que disfrutara del dolor, pero ansiaba la recompensa dulce que venía después.
«No, ¿qué demonios estoy pensando?». Ban apretó los puños.
Un esclavo no debía esperar nada. Solo obedecer. Lo sabía bien, y aun así, ¿por qué se atrevía a tener pensamientos indebidos? Recordó lo que había oído esa madrugada.
—¿Supiste la noticia? —En el cambio de guardia, Adelhardt comentó—. Hoy el maestro Richt dormirá en la habitación del príncipe heredero.
Ban no lo creyó al principio.
—¿Por qué pones esa cara! ¡Es verdad! Lo escuché de una doncella que le atendía. En esta situación, ¿no deberíamos prepararnos para lo que pueda pasar?
Adelhardt pensaba que Richt haría daño a Teodoro.
—Claro, no será de inmediato, pero al menos plantará una semilla. —Adelhardt suspiró.
Así era él.
El antiguo duque Divine no era así. Pero sus hijos… todos eran crueles. A veces se arrepentía de servirles. Ojalá Ban pudiera detenerlos. Pero él siempre actuaba como un esclavo a pesar de que poseía un talento extraordinario.
—Entonces… —Tras escuchar en silencio, Ban preguntó—. ¿Está diciendo que mi maestro pasará la noche en la misma habitación que el príncipe heredero?
—Sí.
—Eso no está bien, ¿cierto? Tengo entendido que los nobles no comparten habitación si no son esposos.
—Es verdad.
—¿Entonces por qué? —mostró una expresión de desconcierto.
Puso la mano sobre su pecho: por alguna razón, su estómago se retorcía. Como si cayera en un abismo. Ni siquiera durante la guardia pudo calmar ese malestar.
«¿Por qué?».
No encontraba explicación. Cuando acabó su turno, en lugar de ir al campo de entrenamiento, sus pasos lo llevaron al despacho provisional de Richt.
«¿Qué hago aquí?».
Estaba a punto de marcharse cuando vio a Richt acercarse a lo lejos. Sus pasos eran lentos, lo que le permitió observarlo durante más tiempo.
El corazón le latía con fuerza. ¿Qué era ese sentimiento? Se lo preguntó mientras lo miraba. Ese día, Richt no lo reprendió ni lo castigó.
«Sí, eso podría ser verdad».
Su maestro también era humano; podía cansarse y olvidar cosas. Así lo pensó y lo dejó pasar. Pero después tampoco lo llamó. Cuando había algo que comunicar, Ain, el mayordomo, se encargaba.
Adelhardt lo consideraba algo positivo, pero Ban no. En las noches, al mirarse al espejo, observaba la piel ya sana de su espalda.
Si se volvía a herir, ¿lo llamaría otra vez? Recordaba el toque suave aplicándole medicinas, y los dulces que siempre le daba después. Ni siquiera le gustaban tanto las golosinas, pero las deseaba.
«Concéntrate».
Ban volvió a ponerse la ropa y salió al campo de entrenamiento, donde corrió como un loco hasta quedar sin aliento. Aun así, el deseo no desapareció.
«Un esclavo no exige nada a su amo».
Lo sabía, y aun así no comprendía por qué estaba así. Decidió entrenar hasta borrar esos pensamientos.
El palacio del príncipe heredero estaba custodiado por la Orden de Leviatán, pero eso no significaba que fuera seguro. Siempre había huecos.
Y esa noche, un asesino logró infiltrarse. Ban lo descubrió mientras rondaba sin dormir. Podría haberlo perdido, pero no fue así.
—¿Quién es tu objetivo? —Llevó al asesino al sótano y lo torturó.
El antiguo duque quería que Ban fuera un caballero, pero él decidió aprender de todo, si así podía servir mejor a su amo.
«Yo nunca seré un caballero de verdad».
Así eran las personas como él. Un hombre que se arrastra en el fondo. Al fin, tras destrozar al asesino, logró arrancarle la respuesta.
—El príncipe heredero.
Entonces, no era difícil imaginar quién lo había enviado.
¡Creeeek!
La puerta del húmedo y frío sótano se abrió. Tras tres días de ausencia, Richt apareció.
Ban se sorprendió al verlo en un lugar tan miserable. Y justo en ese instante, el asesino moribundo aprovechó esa oportunidad. En el breve instante de distracción, con un metal afilado le dio un tajo en su espalda.
Ban lo golpeó de inmediato, pero ya era tarde. Le había mostrado su espalda. No pudo evitarlo.
«¿Realmente no podía evitarlo?» mientras reflexionaba con duda, oyó una voz conocida.
—¡Ban! —Era Richt.
Tras él, se oyeron voces de caballeros.
—¡Capitán! ¿Está bien?
Corrían hacia él, encabezados por Richt.
La herida ardía como fuego, y pronto le vino mareo. Los asesinos solían usar veneno, así que debió ser algo así.
—¡Traigan al médico! —Los dedos de Richt temblaban al revisar su cuerpo. Mientras, Adelhardt registraba las pertenencias del asesino, buscando un antídoto.
—¡No hay nada!
Ese asesino no era alguien fácil. Adelhardt no encontró remedio alguno. Poco después, llegó el médico.
—¡Dios mío, ¿qué ha pasado aquí?!
El médico, alarmado, se lanzó sobre Ban. El veneno ya había recorrido su cuerpo, robándole el calor. Los temblores lo sacudían.
«¿Qué clase de veneno era?» Se suponía que era inmune a la mayoría. Ban respiraba con dificultad.
—¡Ban! —Richt volvió a llamarlo.
Ban sintió alivio: su amo estaba a salvo. Los demás caballeros podrían protegerlo. Les había enseñado a dar su vida si era necesario.
«Maestro…»
Quiso pronunciarlo, pero la voz no salió. Lo último que vio fue a Richt corriendo hacia él antes de desvanecerse.
Richt lo miraba con el rostro desencajado. Todo pasó en un instante: el asesino se movió, luego Ban fue herido.
—¡Capitán! —Richt llegó primero, Adelhardt lo siguió.
Este se abalanzó sobre el asesino, pero ya era tarde: se había suicidado tras herir a Ban.
Adelhardt inclinó la cabeza, con remordimiento de no haber podido ayudar.
—Ha usado un veneno terrible.
Con el rostro grave, colocó a Ban sobre una camilla improvisada. Richt estiró la mano, pero solo rozó sus dedos. No podía hacer nada más.
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