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El corazón de Cheng Shiying perdió un latido.
En ese momento, la voz de Zheng Jiaming sonó junto a su oído:
—¿Te has enterado de lo de Chu He? —La respiración de Cheng Shiying se cortó. La llama le quemó las yemas de los dedos. Siseó y dejó caer el mechero. Al verlo, Zheng Jiaming frunció el ceño, divertido y dejó su copa—: ¿Por qué te alarmas? —Recogió el mechero—: Vamos, ya te lo enciendo yo.
Cheng Shiying, con la cabeza gacha, se frotó el pulgar y el índice, se colocó el cigarrillo entre los labios y se inclinó hacia la llama.
La flama azul encendió la punta del cigarrillo. El fuego carmesí centelleó y se alzaron tenues espirales de humo.
A través del humo, Zheng Jiaming vio sus espesas pestañas, como pequeños abanicos. Justo entonces, el bar ajustó la iluminación; el foco sobre sus cabezas se atenuó de repente, proyectando una sombra sobre el puente nasal alto y recto del hombre.
Por un instante, el corazón de Zheng Jiaming se suavizó. Llevaba años siendo amigo de Cheng Shiying y aún no podía ser inmune a su apariencia. Con un aspecto así, no solo las mujeres, sino también los hombres sentirían el deseo de cuidar de él.
—Ay —suspiró sin poder evitarlo, mirándolo—: Cuando no haya nadie para atenderte, ¿qué vas a hacer?
Cheng Shiying alzó la vista y dio una calada:
—¿Qué le ha pasado a Chu He?
—¿Qué podría pasarle? —dijo Zheng Jiaming—. He oído que le ha cambiado la suerte. Alguien lo vio entrando y saliendo del apartamento «Bai An».
Los apartamentos Bai An eran un complejo residencial de lujo con apartamentos de un solo nivel, c que solo se vendían, no se alquilaban. La hermana mayor de la familia Zheng tenía su hogar allí. El «alguien» que mencionaba Zheng Jiaming probablemente era su hermana o su cuñado, Liu Weihao.
Cheng Shiying mostró un poco de sorpresa y arqueó una ceja:
—¿En serio?
Pero Zheng Jiaming parecía algo resentido:
—En los tiempos que corren, hasta un criado puede conducir un Rolls-Royce. Eso demuestra que, si uno no tiene escrúpulos, es muy fácil medrar…
Cheng Shiying no dijo nada. Zheng Jiaming, como si estuviera un poco borracho, perdió su compostura y se quejó abiertamente:
—¿Quién sabe si ese lugar se lo ha dado otro?
Al oír esto, Cheng Shiying se atragantó con un trago de vino y no pudo evitar toser. Alzó la vista para mirar a Zheng Jiaming, divertido:
—… ¿Crees que lo mantiene alguien?
—Quién sabe —los ojos de Zheng Jiaming brillaron levemente tras sus gafas—. Hay muchas mujeres ricas ahora.
Cheng Shiying supo a qué se refería. La mayoría de los matrimonios no duraban mucho. Se refería a esas mujeres solteras, casadas o divorciadas, que merodeaban por los vestíbulos de los hoteles de lujo, esperando que los jóvenes y apuestos botones llamaran a la puerta de sus suites por la noche.
Pensó en el rostro de Chu He y le pareció algo gracioso. Ese chico era del tipo que nunca sostenía la puerta a una mujer, ni era ingenioso ni sabía leer las situaciones. Parecía completamente ajeno a los llamados modales de caballero o al espíritu caballeresco, capaz de pasar con toda naturalidad entre un grupo de chicas en vestido de noche que se quejaban en voz baja del frío y coger una manta solo para sí mismo. Las chicas lo odiaban por eso.
Cheng Shiying no pudo evitar soltar una risa incrédula y negó con la cabeza, diciendo con tacto:
—No creo que sea capaz de hacer ese tipo de cosas.
No tenía la menor intención de menospreciarlo; ser capaz de atender bien a una dama adinerada también es un talento y merece una compensación adecuada. Pero Chu He… Cheng Shiying soltó otra risa.
Zheng Jiaming dijo fríamente:
—Eso es lo que tú crees. Después de tantos años, ¿cómo sabes en qué se ha convertido?
Cheng Shiying se detuvo. Recordó lo sucedido en el funeral el otro día y la sonrisa en sus labios se desvaneció un poco. Tras un momento, se llevó el cigarrillo a la boca:
—También es cierto.
Zheng Jiaming lo miró fijamente y, de repente, dijo:
—Parece que realmente no habéis mantenido el contacto. —La comisura del ojo de Cheng Shiying tembló. Volvió la cara y apagó la colilla en el cenicero—. ¿Por qué os distanciasteis? —preguntó algo resentido—. Durante un tiempo, no te soltaba y tú, de verdad, no parecías molesto.
Cheng Shiying no dijo nada. Bajó la mirada para ocultar ese atisbo de incomodidad y pidió otro coñac:
—No hablemos más de él.
La noche cayó gradualmente, envolviendo el bar. Después de varias rondas de bebida, ambos estaban borrachos. El nombre de Chu He se desvaneció gradualmente. Zheng Jiaming había recibido hoy la tarea de acompañarlo y también venía con un encargo.
—Lo que te he dicho, considéralo bien. El anciano realmente quiere reclutarte —hizo una pausa y añadió, a medias entre serio y en broma—: En realidad, no estaría mal. Aunque hay mucho talento ahora, ¿cuántos hay de tu edad que hayan manejado adquisiciones tan importantes?
Cheng Shiying resopló con frialdad:
—¿Cómo? ¿Ahora eso es algo bueno?
Zheng Jiaming guardó silencio un momento, con sentimientos encontrados. En la reunión de hoy, apenas había tenido oportunidad de intervenir. Llevaba tres o cuatro años graduado y aún estaba atrapado en departamentos menores. Ver a Cheng Shiying negociando de igual a igual con Zheng Xiantong le hacía albergar pensamientos complejos.
—Olvídalo, haz como si no hubiera dicho nada —rectificó, y luego volvió la cabeza—: Pero es cierto que mi padre quiere reclutarte. No te preocupes, definitivamente no te pondrá como chico de los recados en una oficina. Un puesto de jefe de departamento está garantizado.
Cheng Shiying no dijo nada. Bebió un trago.
Zheng Jiaming lo miró fijamente y bajó un poco la voz:
—¿Temes perder prestigio?
—No —lo interrumpió Cheng Shiying, volviendo la cabeza—. Gracias, Jiaming… pero quiero un tiempo de tranquilidad.
—Ah —asintió Zheng Jiaming—. Descansar un tiempo tampoco está mal.
Una vez que se anunciara la quiebra de Cheng Shi, sin duda se desataría una polémica, así que sería mejor alejarse un tiempo. Zheng Jiaming bebió un trago y miró a su amigo, sin poder evitar preguntarse cuánto dinero le quedaría a él una vez vendida la empresa.
«Un camello muerto sigue siendo más grande que un caballo»(1), pensó; en teoría, no debería haber ningún problema.
Sabía que la madre de Cheng Shiying era de familia ilustre, pero todo había sucedido muy repentinamente. No sabía si habría tenido tiempo de hacer los arreglos necesarios… Pero, en cualquier caso, solo el fideicomiso que el difunto anciano Cheng había dejado era una suma considerable. Así que preguntó:
—¿Tienes algún plan?
Cheng Shiying, apoyado en la mesa, con una mano en la sien y los ojos semicerrados, dijo:
—No lo sé… Primero enviar a Ziyu a estudiar fuera.
Zheng Jiaming asintió:
—De paso, podéis visitar Escocia. El anciano tiene un castillo allí, podéis alojaros.
Cheng Shiying sonrió. De repente, un mareo lo invadió. Bajó la cabeza y se pellizcó el entrecejo.
Al verlo, Zheng Jiaming se levantó y dijo:
—Vamos, te llevo a casa.
El chófer de la familia Zheng los llevó a casa. Cheng Shiying se despidió de su amigo frente a la residencia familiar, entró a la casa y, sin cambiarse de ropa, se desplomó en la cama y se durmió de inmediato, sin tener ningún sueño.
Al día siguiente, al levantarse, la señora Chen lo reprendió:
—Joven amo, estaba tan borracho que no se enteraba de nada. Le llamé para que bebiera algo para la resaca pero no se levantó, todo se le ha quedado dentro, es malo para el cuerpo.
Cheng Shiying se incorporó y notó que le habían cambiado la ropa; no olía nada a alcohol, obviamente la señora Chen y las sirvientas se habían ocupado de él. Pensó en lo que había dicho Zheng Jiaming. En el futuro… ¿quién lo cuidaría? Llegaría el día en que tendría que acostumbrarse a vivir sin sirvientes.
—Tendré más cuidado en el futuro —dijo Cheng Shiying.
La señora Chen solo se quejaba por quejarse. Al ver su actitud, se quedó un momento desconcertada antes de decir con suavidad:
—No pasa nada por beber un poco. Últimamente ha estado muy agobiado…
Cheng Shiying sonrió y miró con seriedad el rostro surcado de arrugas de la mujer. Su madre había muerto joven, su padre era un fantasma, y él y su hermana Cheng Ziyu habían sido criados más bien por la señora Chen y el mayordomo. Ya lo tenía todo planeado; podía faltarle de todo, menos lo necesario para asegurar su jubilación.
La primavera se adentraba y la ciudad se volvía gradualmente más calurosa. El cuerpo de Cheng Hongyu aún reposaba en la funeraria; necesitaban enterrarlo antes de que llegara la famosa ola de calor de la ciudad.
Tres casos de adquisición avanzaban simultáneamente. Cheng Shiying, ocupado también con los preparativos del funeral, no paraba ni a sol ni a sombra, durmiendo casi todas las noches en la oficina, deseando poder dividirse en dos.
A veces, su mente estaba tan abarrotada que, tumbado en la sala de descanso, sentía un latido en la nuca. Se levantaba a medianoche para lavarse y no reconocía su propio rostro en el espejo. Rostro pálido, mejillas hundidas, ojeras oscuras… El propio Cheng Shiying se veía demacrado y alarmante.
Con tantas cosas, siempre había descuidos. Unos días después, el asistente Wang le informó que, como no había aparecido por allí, los joyeros de Shanghai se sentían desatendidos y estaban molestos.
Así que Cheng Shiying no tuvo más remedio que aplazar una reunión, volver a la residencia Cheng para asearse y acudir por la noche al banquete para recibir a los invitados.
Los comerciantes de Shanghai eran madre e hijo. En superficie, el hijo heredaba el negocio del padre, pero en realidad era la madre quien gobernaba entre bastidores.