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Tang Heng se limpia la cara patéticamente. Tiene la palma húmeda y el viento es anormalmente frío. Sabe que la camisa de Li Yuechi también está húmeda y que el viento también la ha enfriado. Acerca la mano para cubrir la mancha de lágrimas, pero Li Yuechi lo aparta suavemente.
—¿Te han dicho algo? —Su tono es muy tranquilo—. ¿Lao Ren, o alguna otra persona?
Tang Heng no responde. Después de un momento, reprime el nudo en su garganta y pregunta, desviándose del tema:
—¿Cómo has estado viviendo estos últimos años?
—Bueno, ya sabes. —Li Yuechi se da la vuelta, poniendo distancia entre ambos—. Si de verdad quieres ver, te llevaré a dar un vistazo.
Con eso, echa a andar hacia delante. Los alrededores están demasiado oscuros, así que Tang Heng tiene que encender la luz de su teléfono para seguirlo. No vino aquí durante la visita diurna. Aunque también es una carretera asfaltada, hay muchos baches y pendientes pronunciadas. Es increíblemente desafiante. Li Yuechi camina al frente con paso firme; ni siquiera necesita luz.
Caminan alrededor de cinco minutos, y entonces Li Yuechi se detiene.
—Llegamos.
Tang Heng levanta su teléfono, queriendo examinar la casa bajo la luz, pero entonces escucha a Li Yuechi soltar una pequeña risa burlona.
—Ese gesto tuyo es muy similar al de los protagonistas de las películas de terror justo antes de entrar a una fábrica abandonada a explorar. —Hace una pausa—. Aunque para ti, esta clase de casa probablemente no difiere mucho de una fábrica abandonada, ¿verdad?
La mano de Tang Heng se tensa y enseguida guarda su teléfono.
Puede percibir el sarcasmo y el disgusto en la voz de Li Yuechi, aunque no sabe de dónde provienen esos sentimientos.
—Yuechi… —se escucha una voz lenta y ronca desde el interior—. ¿Ha vuelto Xiao Di?
—Sí, ella vino a hablar conmigo sobre algo, mamá. Tú duerme.
—Ay, ustedes también deberían irse a dormir pronto…
—Claro —contesta Li Yuechi. Luego se gira e instruye—: No hagas ruido cuando entres.
Tang Heng se queda perplejo por un momento antes de preguntar:
—¿Xiao Di es esa compañera de clases tuya? —Ella es la chica de la chaqueta rosa a cuadros.
—Sí, ella —responde Li Yuechi.
Li Yuechi entra primero y enciende la luz. Tang Heng se queda parado allí, confundido, pensando en si Xiao Di suele pasar la noche en la casa de Li Yuechi con frecuencia. ¿Qué tipo de relación tienen exactamente? Recuerda también la expresión de timidez y expectativa en el rostro de ella cuando fue a recoger a Li Yuechi después de la cena.
Al segundo siguiente, Tang Heng levanta la cabeza. Hay luz. Por fin puede ver claramente la casa de Li Yuechi.
Y entonces se da cuenta de que Li Yuechi le volvió a mentir.
La casa de los Li no es de ladrillo.
Si tuviera que describirla, diría que las paredes de madera tenían un tono marrón más oscuro que la sangre de cerdo, como si estuvieran cubiertas por una capa de suciedad imposible de limpiar, de manera que incluso las coplas que rodean el marco de la puerta –tinta negra sobre papel rojo– parecen apagadas. Tang Heng cruza el umbral y entra, viendo un montón de leña apilada en una esquina y el piso de cemento duro y sucio, que cruje levemente bajo sus pisadas.
Li Yuechi se sienta en un taburete rectangular, cruzado de brazos, inexpresivo. Frente a él hay una caja de televisión. Tang Heng se da cuenta de repente de por qué la llaman «caja»: porque, efectivamente, es una caja. ¿Cuándo vió por última vez ese tipo de televisiones? Tal vez hace unos veinte años.
En las vigas altas cuelgan dos gruesos trozos de jamón curado, que han sido ahumados incontables veces y se han vuelto completamente negros, como dos pedazos de carbón.
—¿Interesante? —pregunta Li Yuechi.
Tang Heng sabe que ha estado mirando con demasiada obviedad, pero este lugar le hace imposible pretender que «así debería ser».
No debería ser así. Le resulta difícil imaginar a Li Yuechi creciendo en este tipo de casa.
Después de recomponerse, pregunta:
—¿Tu casa no fue remodelada por el gobierno?[1]
—No cumplíamos los requisitos —dice Li Yuech—, porque yo había ido a la universidad.
Tang Heng no puede abrir la boca.
—Mi mamá también me preguntó por qué no estábamos en la lista. —Li Yuechi sonríe levemente, y su tono es tan impasible como si hablara de otras personas—. A veces pienso que hubiera sido mejor si no hubiera ido a la universidad. ¿Sabes? Si no hubiera ido a la universidad y en su lugar me hubiera ido a trabajar a Guangdong con los demás de la aldea, en una fábrica de zapatos o de plásticos, y me hubiera lesionado uno o dos de mis dedos, esa plaza se la habrían dado a mi familia.
Una fresca brisa cruza el corredor. Li Yuechi vuelve a hablar:
—Si no hubiera ido a la universidad, tampoco te habría conocido.
Tang Heng retrocede un paso, su espalda choca con el áspero marco de la puerta. Tiene la sensación de que la casa está a punto de derrumbarse, y él también.
—También sabes lo de mi hermano, ¿verdad? Él nació así, pero al menos goza de buena salud, así que podría decirse que tuvo suerte. —Li Yuechi toma un sorbo del agua que hay sobre la mesa—. Yo no quería engañarte, simplemente no quería causar problemas.
—… ¿Causar qué problemas?
—Causarte lástima. —Li Yuechi se levanta de repente, cerniéndose sobre Tang Heng—. Han pasado seis años y tú no has cambiado nada, sigues cayendo rendido en cuanto me ves. Dime, ¿no eres una zorra? Pero me arrepiento, Tang Heng. No debí haberte buscado. Solo tenía curiosidad.
Tang Heng contiene la respiración, incapaz de articular palabra y sin atreverse a mirarlo a la cara.
—Solo tenía curiosidad por saber si seguías como antes, a mi entera disposición. Ahora, te pido disculpas, ¿está bien? —Su voz se suaviza poco a poco. Incluso podría decirse que está siendo sincero—. No estoy tratando de obtener tu simpatía, ni nada de ti. Solo tenía… curiosidad.
—Li Yuechi… —dice Tang Heng con la voz ronca—. Yo, nosotros…
—Hagamos como si estos últimos días no hubieran pasado.
—Déjame explicarte, Li Yuechi…
—Ayer por la tarde te dije que no bebieras, ¿lo hiciste?
—N-no.
—Bien. —Li Yuechi estira la mano y jala la cuerda de la lámpara, sumiendo la habitación nuevamente en la oscuridad—. Este es el último paso que te prometí.
Los ojos de Tang Heng se abren de par en par.
Su visión desaparece por completo. Le duele la espalda por el marco de la puerta, pero le tiemblan los labios. Puede sentir a Li Yuechi acercándose a él despacio, despacio, despacio. Al instante siguiente, las yemas de los dedos de Li Yuechi tocan su mejilla. Las yemas de sus dedos están frías y tienen callos ásperos; su palma también lo toca, la fuerza se hace más pesada y le agarra la barbilla.
Lo besa con fuerza. Sus labios están secos y sus acciones son feroces, casi como si besar pudiera matar y ese fuera su objetivo. Duele tanto, pero es precisamente por ese dolor que Tang Heng sabe que no es un recuerdo, no es un sueño, no es una alucinación de su enfermedad. Esto es real. Li Yuechi está besándolo, mordiéndolo. Esto es real.
Tang Heng no sabe cuánto tiempo ha durado, solo siente que su boca y su mandíbula se entumecen, que todo su ser se ha vaciado. Es como si Li Yuechi, al retirarse, se hubiera llevado consigo todo su ser.
Li Yuechi le da unas palmaditas en la mejilla a Tang Heng.
—Se acabó.
—… ¿Qué?
—Todo —responde Li Yuechi con voz suave—. Tang Heng, lárgate ya.
[1] En China hay un programa de renovación de casas en ruinas en zonas rurales como parte de sus políticas para el alivio de la pobreza.